DONDE SE REFLEXIONA SOBRE LOS ESPEJOS Y SUS COMPLEJOS ARTILUGIOS PARA MOSTRAR NUESTRA APARIENCIA: TODO DEPENDE DEL CRISTAL EN QUE TE MIRES
Por Jorge Lillo
(15 de agosto de 2017)
Los espejos de la casa
nos tratan con indulgencia
y suavizan con clemencia
las huellas que el tiempo traza.
Nos cobijan, nos disfrazan,
nos engañan con cariño.
Como si fuésemos niños
nos reflejan con tibieza
y en esa imagen inversa
no muestran el desaliño.
De tanto vivir contigo,
el espejo se acostumbra,
y esperando en la penumbra,
se comporta como amigo.
Tal vez concuerdes conmigo,
si es que observas tus espejos,
pues verás que en sus reflejos
hay un gesto de dulzura
y devuelven tu figura
con un compasivo dejo.
En cambio, hay otros cristales
que nos tratan como extraños
y reflejan todo el daño
que portamos a raudales.
No comiden sus señales:
nos muestran desconocidos
que se miran sorprendidos
en un vidrio indiferente
donde el tiempo, diligente,
su trabajo ha cometido.
Son los espejos ajenos.
Los espejos “funcionarios”,
que se muestran refractarios
a reflejar nuestros sueños.
No son malos ni son buenos,
solo cumplen su tarea:
en su función maniquea
reflejan con frialdad,
la precaria humanidad
que, ante su luna, nos queda.
Así cumplen su función,
sin caer en complacencias,
acusando tu presencia
sin asomos de emoción.
Son espejos de estación,
de comercios o servicios;
son espejos de edificios
que en su luna desmañada
te devuelven, como nada,
tu imagen, sin artificios.
Por esto, cuando te enfrentes
con tu espejo preferido,
obsérvalo agradecido
por su actitud deferente.
No quedes indiferente
cuando muestre tu estatura,
pues verás en su tersura,
tu persona reflejada
con cariñosa mirada,
con espejada ternura.






Emotivo y crítico. Es un gran relato picaresco.