SIMONETTI, Pablo (oct.2021): Chile, edit. Alfaguara, pp.192.
Por Berta López Morales
Enfrentados a la última novela de Simonetti es imposible no detenerse ante la portada del libro y su título, dos elementos que no son azarosos por cuanto ellos constituyen el gancho, que atrapará al lector y lo seducirá para iniciar la lectura-aventura a partir de la superficie textual, que nos hace guiños desde su exposición para ser consumida. Sin embargo, nada hay de sorpresa para el posible lector, todo es explícito, denotativo y casi pornográfico, en los términos Baudrillard: “todas las apariencias se conjuran para luchar contra el sentido, para extirpar el sentido intencional o no y trastocarlo en un juego, en otro más aventurado, más seductor que la línea directriz del sentido”1 ; es decir, se trata de la antítesis de la seducción, de la atracción por las apariencias, de la simulación de lo real: en suma, de la ilusión que envuelve al lector virtual en una atmósfera de hechizos que lo retendrán hasta la palabra fin.
Los hombres que no fui, se inscribe en un momento histórico que mediado por la portada pretende desencadenar un sincretismo entre un acontecimiento social, político, religioso y valórico sobre la diversidad sexual y la percepción de este, que incluye nuestras vivencias, creencias y valores dados por el desborde de la imagen que nos asalta, apelando al lugar inestable del deseo, como diría Goethe: “las manos quieren ver, los ojos quieren acariciar”, pero en esta portada no hay secretos, el libro en sí, objeto de transacción, se presenta ante nuestros ojos sin enigmas, reforzado por su título que hace estallar la ley de la catáfora, llevada a su máxima expresión liquidando así la revelación, el misterio, la trampa de la lectura, que nos precipita a entender que todo ya está dicho: la opacidad del texto se ha diluido de manera grosera.
Los hombres que no fui, se presenta como un relato de vida, en rigor retazos de una vida que se pretende difícil por la cuestión gay; sin embargo, desde la posición del narrador, perteneciente a una clase privilegiada en términos económicos y culturales, aparece bastante edulcorada, protegida y carente de autenticidad. Estos encuentros factuales en un departamento del edificio El Barco en el centro de Santiago, en medio de un remate de antigüedades, es el marco para el recuerdo y el presente del “ estallido social”; se ha reemplazado la madeleine proustiana por un ambiente sofisticado, en concordancia con la clase que se desea mostrar; allí donde todos son gay y no colas, como el chiste tan extendido, que hace la diferencia del homosexual de acuerdo con “su cuna”, y que el texto se encarga de reafirmar en cada encuentro con personajes como Andrés, Cristóbal, Julián, Samuel, Alberto, Lucrecia, Yael, Clarisa, etc. , que invitan al narrador a rememorar aguijoneadas vivencias desde un “estar en el mundo”, distinguido y ventajoso gracias a la posición social, al dinero, a una educación privilegiada y a la droga “de la buena”, que los cobija del rechazo degradante y vejatorio, incluso de aquellos que contrajeron el Sida.
Los hombres que no fui, sigue las reglas del relato retrospectivo que el protagonista Guillermo Sivori hace de su propia existencia, colocando el acento sobre su vida individual, en particular, sobre la historia de su propia personalidad, donde el Yo observa, toma distancia y analiza. Sin embargo, este relato alterna con un análisis menesteroso de los hechos y circunstancias; la confrontación entre dos épocas: el tiempo de los sucesos y el tiempo de la redacción no ayuda a sopesar la disyuntiva de lo que implica ser homosexual, en una sociedad cruzada fuertemente por los privilegios de clase, que se desea saldar con el gesto al lector del “estallido social”, quien tendrá por su parte que hacer ingentes esfuerzos para entender que este elemento histórico-social es un mal artificio, una irrupción temporal que aniquila un mundo desfigurado y carente de profundidad como los moros, las opalinas o los dibujos eróticos de Cocteau, que pueblan el espacio novelesco. El relato desmerece algunos ejemplos como las Confesiones de San Agustín, los ensayos de Montaigne, las Confesiones de Rousseau, y pese a la alusión a Sthendal no consigue dar con el tono, los diálogos, la variedad de personajes aristocráticos y populares con sus respectivas sicologías, que los románticos ponen en boga con el culto del Yo.
Los hombres que no fui da cuenta de la estructura de un relato deficiente, los sucesos evocados responden más al interés por cumplir con un propósito autorial, que a una selección guiada por la impresión de un desorden bastante próximo a los azares de la vida real. La galería de personajes que confluyen forzosamente al sitio de la remembranza corresponde a estereotipos. De este modo, el agenciamiento del relato (la manera como el relato se compone, el orden en que se relacionan los sucesos narrados) pertenece a una visión socialmente sesgada del autor-narrador, carente de un análisis o profundización de la élite homosexual y sus problemáticas que aspira representar. La novela, en nuestra opinión, está lejos de ser un homenaje a “los caídos” expresado en diferentes entrevistas por Simonetti.
Por último, Los hombres que no fui responde mediocremente a las características de los relatos de vida a saber: estereotipos mentales tales como la inserción de lugares comunes, de verdades que garantizan las actitudes y hechos descritos conforme a una ideología establecida, con el fin de cumplir con la verosimilitud en pos de una ilusión referencial de lo real. El recurso de la función evocativa, en este caso, está dirigido a un lector específico, creando para este un lazo social de colaboración y representación, que encontrará en el relato un universo familiar. La novela, desde el punto de vista estético, no deja espacio al placer por la sorpresa, al encuentro con múltiples variables ideológicas, mentales, sociales, espaciales, etc.; porque el narrador-protagonista, Guillermo Sivori, está encerrado en su acuario del que no logra escapar, a pesar de la fallida complicidad que busca con las palabras finales: “En una esquina de mi corazón, un instinto vengativo se dio por satisfecho”, lástima que con los lectores ha quedado una vez más al debe.
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1 BAUDRILLARD, Jean ( 1989): De la seducción, Madrid, Cátedra,p.56.






Emotivo y crítico. Es un gran relato picaresco.