
Simplemente Editores, Santiago, 2018, 155 pp.
Por Diego Muñoz Valenzuela
El autor, Juan Mihovilovich, novelista y cuentista, un escritor que posee un sello propio e indiscutible, de acerada profundidad, hondo conocedor del alma humana en tiempos -como sabemos- marcados por graves carencias en esta dimensión. La ética resulta esencial a su producción narrativa, siempre cuestionada por los hechos y por las debilidades humanas, exaltada por la valentía y generosidad fraterna -la otra cara de la moneda- potencias en lucha perenne, como el ying y el yang.
La contundente producción de nuestro autor alcanza ocho novelas y cinco volúmenes de cuentos, una obra que -al decir del profesor Cristian Montes de la Universidad de Chile- “ha devenido en referente fundamental de la literatura chilena actual”. En este quinto libro, entrega una mixtura de relatos breves y brevísimos, muchos de los cuales poseen la estructura de microcuentos, denominación principal utilizada en Chile para este género (otras son: microrrelato, minificción, minicuento, microficción).
En este caso, nos concentraremos en la parte del volumen que corresponde al género microcuento, pues merece comentarse en forma separada, debido a su interés intrínseco. Ciertamente, los cuentos de extensión mayor destacan por la belleza estilística de su prosa, las hondas problemáticas que abordan y la humanidad desbordante que emana de ellos, cualidades que ya conocemos y reconocemos.
En este libro, por primera vez, se encuentra un corpus muy apreciable y significativo de narraciones menores a dos páginas, que a juicio de este lector se clasifican como microcuentos. Cabe señalar que en libros anteriores también se encuentran algunos microcuentos, lo cual permite concluir un interés creciente del escritor en este género, el cual esperamos mantenga y desarrolle.
En el texto que reproducimos a continuación se advierten las características esenciales de sus trabajos en el género microcuento, muy consistentes con su producción cuentística y novelística. Nos referimos a rasgos que tienen que ver con el extrañamiento de la realidad, contaminándola con una atmósfera kafkiana. El enrarecimiento se desarrolla rápidamente en la brevedad para alcanzar un clímax de corte macabro y, al mismo tiempo, filosófico, sin dejar de lado las consecuencias religiosas. La existencia, la vida y la muerte, son los verdaderos protagonistas, más que aquellos señalados en el título.
El juez y el loco
El supuesto juez se persigna, aunque ya no cree en el Dios oficial y todavía ignora cuál es el alternativo. Se arrodilla junto a la tumba del loco. Coloca una crucecita de madera que hizo por el camino y está por añadir un trozo de papel al que pondrá el nombre del extinto, cuando alguien le golpea un hombro. Se vuelve:
No pierdas tu tiempo, soy yo, le dice el loco. El que está muerto eres tú.
Casa nueva en sus primeras líneas semeja un relato convencional relativo a la construcción de una casa para una pareja, donde la mujer conduce los asuntos comunes. A poco andar, se produce el extrañamiento progresivo que se mantiene en aumento hasta arribar al desenlace absurdo que el narrador logra, en buena medida, trivializar.
Casa nueva
Con S decidimos la construcción de nuestra nueva casa. S es una mujer voluntariosa, a veces obsesiva y, como en otras ocasiones, dejé que asumiera la empresa que simulé secundar. Así miré desde lejos los planos que diseñaron con G. Delinearon todo a diestra y siniestra, acomodaron una y otra vez los dormitorios, colocaron escaleras innecesarias y cerraron el altillo con un grueso candado de cobre obtenido de un ferretero jubilado que vive en las afueras del pueblo. S cree que yo he estado de acuerdo incluso con la puerta de madera añosa de la entrada principal y que carece de cerradura. Ambos asienten con evidente ironía ante mi débil oposición o sonríen sarcásticos por mi silencio cómplice. S insiste que en este nuevo hogar nuestra felicidad será completa. Por eso me dejaron ex profeso una escueta mirilla por donde veo como ambos caminan tomando de la mano a una niña que me recuerda remotamente a alguien impreciso. Los veo alejarse por la costanera, despreocupados y alegres. Comparto a la distancia esa alegría. Ha sido hermosa tarea secundar a S en la construcción de este hogar definitivo. Que esté encerrado en el altillo sin poder salir es un modesto sacrificio ante tan abnegada labor. Nuestro nuevo hogar es lo único que cuenta.
El microcuento anterior culmina en una vuelta de tuerca que acaba de darse en las últimas dos líneas. El hombre ha sido víctima de una conspiración para hacerlo a un lado; la mujer ha conseguido una nueva pareja (quizás una especie de doble) y se le ha recluido indefinidamente en el altillo. Sin embargo, puede contemplar a la distancia la felicidad de su mujer con el cónyuge sustituto. A pesar de todo, el narrador no resiente la situación y se siente feliz de haberla propiciado.
El siguiente relato, brevísimo para los estándares de nuestro autor, aborda desde la óptica kafkiana el ámbito de la pobreza extrema, sin esperanzas.
Mediagua
Teníamos mucho frío, así que decidimos sacar la puerta y quemarla en la cocina. Luego seguimos con los marcos de las ventanas, y al bajar la temperatura a cero grados desmantelamos los paneles. Cuando llegaron los bomberos estábamos abrazados sobre las cenizas. Apenas sentimos unas manos heladas tocando nuestros cuerpos todavía tibios.
No había nada más que perder en la anterior narración. La familia queda en la nada, en medio del frío implacable, sin escape. No hay como huir de esta realidad espantable, una parábola de la pobreza sin esperanzas.
En la siguiente minificción, el autor utiliza el esquema de una parábola: sugerente, profunda, donde establece una relación entre el hombre y el mar, un diálogo marcado por la atracción irrefrenable del primero hacia el segundo. ¿Se trata del regreso al origen marino de la vida? Es esa la fuerza magnética que atrae al personaje hacia las olas. Se nos narra la historia como una pintura de Magritte: extraña, cargada de símbolos y significados; tarea para el lector avezado.
El mar
Esta noche descubro el mar desde el antejardín de mi casa: todo un acontecimiento. Situado en mi sillón habitual intentaba deletrear las estrofas de un poema cuando levanté la vista y lo vi. Sugerente y tumultuoso: estaba allí, enfrente de mí. Su aire intimidante me sacó de mi ensoñación y lo miré como a un aparecido.
Soy solo el mar, pareció decirme a la distancia.
Y tengo olas que se mueven sobre la superficie, pero ello es solo una apariencia, me dijo retrayéndose.
Lo observé con indisimulado temor. Me levanté lento para que no lo advirtiera.
Si se percata, no podré huir, me dije en silencio.
Y cuando estaba próximo a correr, el mar lo percibió. Con una ola inmensa me tragó en su lecho oscuro y abisal.
Ahora camino bajo el agua e intento salir y llegar hasta mi casa. Cada vez que asomó mi cabeza sobre la superficie un anciano me hace señas desde el antejardín corno si estuviera despidiéndose.
El microcuento que cierra esta muestra reviste la mayor carga de enigma en los símbolos que entrega. Poco a poco se nos va revelando la escena surrealista donde se reproduce la dialéctica de la vida y la muerte.
Autopsia
Las uñas tienden a crecer después de muerto, me dijo el médico, mientras realizaba mi autopsia.
Entonces es posible que siga vivo, le dije con cierta vergüenza. como si hubiera dicho un disparate.
No. Ello no es posible. De hecho, lo único que crece siempre son las uñas. Lo demás es la ilusión que se desprende de ellas.
Acto seguido continuó sacando mis vísceras y arrojándolas a un perro.
¿De qué nos habla el autor? ¿De la futilidad de la vida? ¿De la extinción inevitable del cuerpo material? Tales son los afanes de Juan Mihovilovich: reflexionar, simbolizar y hacer reflexionar al lector. Tal es el fondo y leit motiv de la mejor literatura. Destacamos las habilidades del narrador para desplazarse con evidente expedición en el territorio de lo conciso. Y así le damos en grande la bienvenida al mundo de los microcuentistas, donde asume la condición de ciudadano plenipotenciario, aportando un sello personal indiscutible, que se potencia con el bello ejercicio de lenguaje.






Hornado y contento por tu invitación a participar en este proyecto querido Rolando. Me gustó conocer también, la mirada y…