Libro Mireya KellerPor Mireya Keller

La felicidad

En una playa solitaria

A W. Faulkner

No puedo evitar su mirada violenta y decidida. Un velo de porcelana empieza a cubrirla. Eso no podía ser todo. Íbamos a estar juntos, para siempre. Abrí su pecho. Le busqué las venas las arterias las entrañas. Me encogí dentro de su útero roto. Ella me acunó con la sangre que se le iba. A borbotones. Tiñendo el cuarto, la casa, la arena. En mi mano sucia y vehemente se debate aun el insignificante instrumento de tortura que a gritos me pedía introdujera en su vagina. No más niños en este mundo, dijo una y otra vez. Ni siquiera por ti, dijo. Hazlo. Eres médico. Oí el vaivén de las sirenas. La ambulancia escupía su aullido inútil mientras se abría paso como podía entre las palmeras. Entonces ella aferró mi mano y su grito brutal silenció el resto. El mundo impávido me estrujaba con su estúpido aliento. Fue todo. No tuve el valor de irme con ella.

Dijo poco hombre

Eso dijo. Poco hombre, maricón. Usted me entiende señor Juez. Tenía que defenderme. Salvar mi honor. Por eso busqué el martillo. Claro que le pegué fuerte. Pero la maldita seguía gritando. Hasta que saqué el facón, el grande, de hacer asado. Y por fin.

Gracias señor Juez.

Su comprensión me conmueve

Adiós

El viento exaspera el ruido de los motores. O soy yo que no resisto más partidas. Desandar el camino al aeropuerto nunca ha podido convertirse en costumbre. Ella siempre promete que va a arreglar las cosas para quedarse, también detesta las separaciones. Intento creerle cuando sonríe y se le dibujan esos hoyuelos adorables en las mejillas. Nos queremos, dice. Claro, respondo tranquilo, como si no me importara, como si no supiera que esta vez es la última despedida.  

Y en efecto,

eso es lo que yo quería, un cambio. Cansado de ser un caracol enroscado bajo su caparazón, decidí salir al mundo y vivir mi vida. Aparecieron mis antenitas buscando algún camino en esa vastedad. Olí perfumes nuevos. Vi colores imposibles. Palpé sustancias desconocidas. Escuché ruidos extraños. Por un momento fui feliz. Hasta que una sombra gigante se abalanzó sobre mí. Escapé como alma que se la lleva el diablo. De nuevo en mi rinconcito, suspiré con alivio. Estuve a punto de ser aplastado por un enorme zapato.

El Domador

Se cerraron las cortinas. Mojan y cubren el aserrín de la pista con más aserrín. No hay que dejar huellas. El público huyó horrorizado. El león siempre había sido dócil. Lo acostumbré a mi látigo. A mi voz. Puedo decir que lo crié desde pequeño. Era uno de los números más esperados del circo. Para los chicos yo era su héroe. Tal vez la inercia de los actos repetidos hizo que bajara la guardia y no esperara ninguna sorpresa. No sé cuándo empezamos a odiarnos. Fue poco a poco, pero con rigurosidad indudable. Cuando lo tuve encima, como la fiera que en realidad era, sin importarle mi voz ni mi látigo, no dudé ni por un segundo. Apunté directo. Sin alternativas. Era uno de los dos. Ahora que todo terminó, me pregunto sin poder responderme. ¿Quién soy? ¿Mitad animal, mitad hombre? Lo que sea que soy, estoy acá, como sobreviviente.

El gato de Eduviges

La historia de Eduviges es desmesurada, como ella. Demasiado alta, demasiado gorda, demasiado fea. Pero tiene su orgullo. Sus ojos son magníficos, capaces de derretir a cualquiera. Verdes, brillantes y en forma de almendras. Iguales a los ojos de su gato. Desmesurado como Eduviges. Negro, grande, gordo. Era el único amor que se le conocía. Vivían solos. Nadie sabía por qué. Si ella tenía familia, si siempre había vivido en Santiago, o si era del campo, como alguno creía. Eso por sus manotas llenas de callos, como si hubiera empuñado una pala durante mucho tiempo. En todo caso, huasa parecía. Le gustaba bailar la cueca cuando ya nadie lo hacía. Era grotesca su figura dando vueltas con el pañuelo y zapateando con furia. Pero ella era feliz mientras el gato la miraba fijo con sus ojazos y ronroneaba de gusto. Hasta que alguien lo mató. No se sabe quién ni por qué. Pobre Eduviges. Parecía en carne viva. Toda ella una llaga enorme. Nunca más volvió a bailar. Ni fue la misma. Como un edificio que se derrumba, o un río que se desagua, su llanto se escucha día y noche. Los vecinos temen que en cualquier momento aparezca flotando a la deriva.

Mireya Keller nació en Santiago de Chile y reside desde 1992 en Buenos Aires. Es Licenciada en Filosofía, editora y escritora. Codirige Editorial Piso 12. Sus novelas y cuentos han obtenido premios nacionales e internacionales. Publicaciones: Novelas: En el tren de los muertos, La vuelta al mundo en 80 circos, Mujeres del mundo. Cuentos: El sol tenía escote en V, El Ojo en la Cerradura, Veranos turbulentos Antologías: Cuentos de mi país, Chile, Los cuentos, Argentina.  Microficciones: Subirse al micro, (en coautoría con Zulma Fraga), Antologías de microficciones: Cielo de relámpagos, ¡Basta! Argentina, Borrando Fronteras, 69, microrrelatos eróticos.

Pág. Web: www.piso-12.com.ar

Blog: mireyakeller.blogspot.com.ar