El guitarrista que se atrevía a cantar

Por Martín Faunes

«Black bird singing in the dead of night…»

John Lennon

«Towners» se iba a pique. Esperábamos ser los mejores imitadores de «Los Shadows», el gran grupo inglés de rock instrumental que nos estremeció con «Sonambulismo» y «Te veré en mi batería». Es que Los Shadows eran grandes y nosotros gozábamos tocando como ellos con una primera guitarra «Strato» y otra «Les Paul», más una rítmica «Telecaster», agregábamos bajo «Fender» y batería «Ludwing». Instrumentos hechos todos por nosotros, aunque el sonido no fuera el mejor. Pero ya lo ven, si nos íbamos a pique no era porque los imitáramos, sino por la irrupción de Los Beatles, cuatro pelucones que tocaban y cantaban. Con ellos, los grupos instrumentales como el nuestro eran pasado, estaban muertos. Reconozco que no teníamos cómo compararnos con grupos como «Startime» o «Láser», los más importantes de La Serena y Coquimbo, es más, quizá ni siquiera pudiéramos acercarnos a ellos, a su calidad, sin embargo tras Los Beatles la cosa era dramática, si hasta los propios fonomímicos que surgían imitándolos tenían más éxito que nosotros. Por eso, aunque no lo quisiéramos, si deseábamos mantenernos vigentes tendríamos que cantar… y nosotros no cantábamos, no sabíamos. Yo ya le había encontrado el gusto a las canciones de Los Beatles pero nos daba vergüenza cantar, para qué negarlo. El caso es que un amigo del Liceo, nos dio la solución. Nos habló de un primo suyo que tocaba la guitarra y supuestamente se atrevía a cantar y lo hacía bastante bien. Tendríamos que probarlo.

Esa misma tarde partimos buscando la numeración por Alameda abajo más allá de la línea de los trenes, camino del faro. El sector por ese tiempo no era sino un conjunto de terrenos vacíos entre vegas y parcelas con unas cuantas casonas destartaladas, una de las cuales, muy parecida a aquella mítica de la película «Psicosis» casi frente a la célebre «Quinta de Recreo La Playa», resultó ser la que correspondía a la del número de nuestro candidato. Nos salió a recibir un compadre de unos catorce, cabello largo y crespo, que tocó con una guitarra roja hecha de seguro por algún preso en la cárcel de Serena. El muchacho cantó «Love me do» casi sin equivocaciones, y, ante la mirada de felicidad de su hermano menor, le ofrecimos incorporarlo de inmediato mientras nos cantaba «She loves you». 

Tocaríamos en «La Bombonera», sería nuestra gran oportunidad. Pero no sólo Así, con él tocaríamos en la Bombonera y también en «La Pampilla», y por qué no en el «Circo Minero».

Por desgracia, fui aceptado por esos días en la universidad en Santiago y si bien alcanzamos a tocar juntos en unos cinco ensayos y participar de una sesión de fotos en el parque Pedro de Valdivia -para nuestro futuro long play-, nuestro recital cumbre no se produjo jamás.

Tres años más tarde partí a contactar al primer grupo de militantes que se nos incorporaba en La Serena, entre ellos Claudio Contreras «Coco», y Agustín Martínez «Boris», de la Universidad Técnica. Los de la Universidad de Chile aprovecharon de invitarme a la toma de su casa central que coincidió con mi visita. Ahí estaban la Francia Araya y más tarde en la noche, ya dentro del local, es donde me encuentro de nuevo a nuestro guitarrista cantor que con esa misma guitarra y su voz cálida le aportaba al grupo combatividad.

«Vengo a apoyar la toma, soy dirigente del Liceo y de la Unión Socialista Popular», dijo. Cierto es que discutimos algunos puntos de vista sobre los cuales no teníamos cómo ponernos de acuerdo, pero cierto fue también que cantamos casi toda la noche en aquel castillo de la colina que era la casa central de la Universidad de Chile, Sede La Serena. Cantamos y arreglamos el mundo. Mi compadre había cambiado bastante su repertorio y yo lo asumí haciéndole segundas voces para «Plegaria del labrador». Igual terminamos cantamos a todo pulmón «Comes together». Mucho después, casi al amanecer, nos dormimos abrazados de unas compañeras valiosas, valientes y valiosas.

La mañana nos robó la ensoñación en figura de estudiantes de derecha que venían a desalojarnos. Pero no lo consiguieron; la casa central sólo la devolvimos después del mediodía, tras una asamblea general donde el espíritu de la reforma quedó arriba y muy en alto.

Ya por mil novecientos setenta y tres, partí a tomar contacto con más gente del norte que se incorporaba al regional de la costa en Valparaíso; el punto era la esquina norponiente de Plaza Brasil, centro de Santiago. No sabía de quién se trataba porque el nombre que me habían dado era supuesto. En todo caso éste era un compañero que se llamaría «Pedro»; aunque el tal Pedro resultó, nada menos, Horacio, el guitarrista que se atrevía a cantar; ahí lo divisé en un escaño, su guitarra apoyada en el suelo lucía en su funda bien cuidada.

«Ahora soy rojo y negro, compadre», me dijo. Nos dimos un tremendo abrazo y le entregué los barretines con las señas de los que tendría que contactar en el puerto. Partió a Valparaíso con su guitarra, su sonrisa y su cabello flameando. Por un compañero que sobrevivió, supe que una tarde llegó a Grimaldi desde el puerto donde lo tenían prisionero a él, a su compañera embarazada y a su hija mayor, y supe también que a pesar de los golpes que le dieron alcanzó a improvisar con cascaritas, piezas blancas y negras, y se dio tiempo para ejercer ése otro vicio suyo que tenía además de cantar que era el ajedrez.

Y pudo jugar ajedrez aunque no sé cuántas partidas antes de que lo llevaran a la torre de Grimaldi, pero sí sé por ese sobreviviente, que mientras hacia allá lo arrastraban iba cantando. Mucho me pesa por eso no haberme echado entonces con él, aquella última vez de la Plaza Brasil, un par de canciones de Los Beatles de las que más nos gustaban. Tal vez «Paperback writter», o quizá mejor aquello de «black bird singing in the dead of night…»