El poeta Armando Roa Vial vuelve a la escena literaria con la reedición de casi todos sus libros, celebrando así el final de la primera mitad de su vida. “Me siento empezando de cero”, explica.

Por Iván Quezada

Al igual que en sus comienzos, Armando Roa Vial (41 años) sigue siendo uno de esos escritores que necesitan del estrés para hacer sus libros. Y, claro, por este motivo las cosas se le han complicado en más de una ocasión.

Como cuando escribía los poemas del tomo El Apocalipsis de las Palabras o La Dicha de Enmudecer, que apareció en 1998 en las Ediciones del Tridente. Esa vez, con los embalajes producidos tras la muerte de su padre, el psiquiatra Armando Roa Rebolledo (el ’97), perdió los originales de dicho libro y tuvo que reconstruir de memoria los poemas.

“¿Si acaso fue un acto fallido? –se pregunta el poeta con una sonrisa– No lo sé, pero el caso es que encontré mis viejos papeles recién hace unos meses, con la ampliación del departamento de mi madre (estaban en una bodega), y entonces decidí reeditar ese libro porque en él creo que se anuncia todo lo que vino después: la intertextualidad, el silencio como motivo poético, la traducción de los clásicos…”.

El hallazgo le permitiría duplicar el texto con veinte poemas nuevos y, además, lo obligó a reformular los versos publicados anteriormente. Esta situación lo motivó, al percatarse de que le ocurría al pasar los 40 años, a reeditar una parte importante de sus libros, “como un modo de revisitar el trabajo realizado: ningún libro es definitivo, porque la literatura es un borrador. Siento que a esta edad vuelvo a comenzar de cero”, explica al iniciar la cuenta de sus reediciones.

Este año lleva a la imprenta, aparte de El Apocalipsis…, sus volúmenes Elogio de la Melancolía (1999) –al que agregará la traducción de dos poemas de amor de Borges, los únicos que escribió en inglés; y una extensa entrevista al poeta Leopoldo María Panero, entre otras cosas–; El Navegante (1999), su eficaz traducción del poema anónimo anglosajón; Cánticos al Sol, la antología de Ezra Pound del 2003, a la cual sumó las versiones de Pound del mismo El Navegante y de El Lamento del Guardia Fronterizo, poema tradicional chino.

Pero la lista no termina ahí. Falta mencionar El mito y la sombra (2001), una especie de novela inspirada en la música clásica; y el volumen Poesía Escogida de Robert Browning (2001), con nuevas traducciones de dicho vate. Los libros se los reparten las editoriales Universitaria, Be-uve-dráis y Ril Editores. Y al correr del año se sumarán otras dos obras completamente nuevas, una de traducciones de poetas de ingleses junto a Marcelo Pellegrini (esta vez en Editorial Cuarto Propio); y la otra ya tiene título, Ejercicios de Filiación, que él define como “una colección de palimpsestos a partir de monólogos de figuras literarias que crearon una estética con la cita”.

¡Y, aparte de todo esto, Armando Roa es el coordinador de la carrera de Literatura en la Universidad del Desarrollo!… Sin embargo, tal vez con menos actividades no podría escribir ni una línea, como él mismo admite. Hasta necesitaría dormir poco: sólo cuatro horas al día durante el año pasado. Y ahora acaba de retomar sus estudios de guitarra, como otra manera de luchar contra el tiempo libre, que a su juicio lo dispersa. Incluso dice que teme más a “los demonios del tedio que a los duendes de la presión” (aunque estos últimos le hayan hecho perder un libro entero).

Quizá su consuelo ante el cansancio sea la lectura. Su condición de lector la antepone a la de escritor y, por eso, se confiesa un abusador de la intertextualidad, la cual le sirve para poner en jaque el dogma de la autoría literaria. “La poesía se hace con muchas voces”, puntualiza, desechando el ego como motivación central. Y para comprobarlo, pretende realizar un gran proyecto: traducir Moby Dick, de Herman Melville. Después de todo, le hubiese encantado ser novelista; pero fue poeta.