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	<title>Otras Narrativas archivos - Letras de Chile</title>
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	<description>Literatura  Chilena</description>
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	<title>Otras Narrativas archivos - Letras de Chile</title>
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		<title>AFORISMOS</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 13 Apr 2026 22:46:15 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Otras Narrativas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Yiro Moraleda Aforismo 100¡Prudencia! Solo un estratega se hace un mundo aparte dentro de uno ajeno. Aforismo 99 No se debe obviar que la pequeñez también funciona como imperio: a veces como afrenta, a veces desde adentro. Aforismo 83Añorando la soledad, la noche más larga se vive en compañía. Aforismo 76No se asume un [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Yiro Moraleda</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 100<br>¡Prudencia! Solo un estratega se hace un mundo aparte dentro de uno ajeno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 99</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se debe obviar que la pequeñez también funciona como imperio: a veces como afrenta, a veces desde adentro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 83<br>Añorando la soledad, la noche más larga se vive en compañía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 76<br>No se asume un matrimonio sin acojinar su jaula.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 67<br>¡Siempre! Cuando tenemos a todos en contra, además, nos enfrentamos a nosotros mismos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 64<br>¡Prudencia! No se maldice la rutina a oídos de la muerte.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 50<br>En cuanto al sabor propio, no se debe obviar el gusto que tienen nuestras relaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 49<br>Solo en la pequeñez el sonso se hace sublime.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 47<br>Un cobarde nunca busca una batalla: le basta una espalda distraída.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 44</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se le explican conceptos a quienes cuidan preceptos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 43<br>Todo cambio necesita una maleta: para guardar lo viejo o extraviarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 21<br>Acompañar un gusto, aunque superficial, será siempre más honesto que aparentar su agrado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 20<br>Odiar exige un trabajo acalorado y permanente; olvidar, en cambio, uno fino, labrado en la intemperie.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 19</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuidado con aquel que calló sus emociones: pronto encontrará donde estallarlas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 17</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hay patria más genuina que la infancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 12</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la infancia nadie elige a su familia. En la adultez es señal de amor propio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 8</p>



<p class="wp-block-paragraph">La mentira es una moneda de dos caras: a veces cae comedia, a veces cae tragedia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 5</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hay luz más opaca que la que brilla por salario.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 3</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hay amor más grande que sentipensarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aforismo 1</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hay peor traición que la propia: abrazar lo que no emociona.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Biografía</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Yiro Moraleda (Concepción, 1980). Ha escrito aforismos, cuentos y microcuentos, y publicado en revistas de literatura y fanzines.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entre sus libros publicados, Túneles de afectos y otros relatos (Ed. Forja, 2022) y Pese a la niebla. Aforismos (Ed. Oro, 2024).</p>
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		<title>UN ALMA NAVEGANTE</title>
		<link>https://letrasdechile.cl/2025/12/17/un-alma-navegante/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 18 Dec 2025 00:09:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comentarios de Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Otras Narrativas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Horrores, alegrías y misterios en el mar chileno Por Juan Mihovilovich ¿En qué momento ese pez se hizo huemul? ¿En qué momento esepececito hizo un gesto, sintió un leve dolor, un aire tibio dentro de sucuerpo intrínsecamente frío u otra señal desde la que comprendió quedebía salir del agua? ¿Sería en el mismo momento en [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<h4 class="wp-block-heading has-text-align-center"><strong>Horrores, alegrías y misterios en el mar chileno</strong></h4>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Juan Mihovilovich</em></strong></p>



<p style="font-size: .8rem;" class="has-text-align-right"><em>¿En qué momento ese pez se hizo huemul? ¿En qué momento ese<br>pececito hizo un gesto, sintió un leve dolor, un aire tibio dentro de su<br>cuerpo intrínsecamente frío u otra señal desde la que comprendió que<br>debía salir del agua? ¿Sería en el mismo momento en que, sitiado por la<br>tormenta, se quedó quieto unos segundos sobre una roca y dudó entre<br>salir o quedarse en el mar?</em></p>



<p style="font-size: .8rem;" class="has-text-align-right"><em>¿En esa ocasión habrá sentido una clavada en el costado de una aleta,<br>algo como si un nuevo órgano, un pie, le naciera? ¿O un tremendo y<br>virginal mareo lo hizo mirar hacia la tierra mientras intuía el aroma del<br>trébol?</em></p>



<p style="font-size: .8rem;" class="has-text-align-right"><em>¿Habrá sabido ese pequeño pez, en esa fracción de segundo, que un día<br>sería huemul?</em></p>



<p style="font-size: .8rem;" class="has-text-align-right"><em>-Gustavo Boldrini, p.38.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Bastaría esta pequeña introducción como preámbulo de una enorme obra que comienza a expandirse como una ola embriagadora, que avanza a pausas por un territorio que vemos en las fotografías o que, de vez en cuando, reaparece en algún documental como ilustrándonos, cual guía turístico, de una realidad que apenas logramos vislumbrar a intervalos instintivos, insertos como estamos en un mundo vertiginoso que nos arrastra de un punto a otro del planeta sin siquiera imaginar que nuestro propio universo, el cercano, el adyacente, el espacio bañado por sus olas milenarias, guarda en su interior misterios que apenas alcanzamos a dimensionar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es que tras las huellas marinas, embebidos de una salobridad que degustamos circunstancialmente, Boldrini nos indica dónde se hallan nuestros orígenes, esa idea simulada y oculta como una hiedra de corales, el sentido primigenio, la esencia del ser aherrojado hacia el plano terrestre como un niño que gatea a tientas premunido de sus aletas convertidas en extremidades, en el hálito intermitente de una respiración que se agita con cada parpadeo y entonces, el hombre, desnudo y revestido de otra indumentaria, observa a su alrededor asombrado de estar erguido, aspirando la fragancia de la hierba, mimetizado en la esencia salvífica de las aguas internalizadas hasta los tuétanos, que lo han convertido en un “nómade sedentario”, en esa contrahecha mezcla de transeúnte anfibio que se lava las manos y el rostro descubriendo en el oleaje, como un narciso náutico, la síntesis de su existencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gustavo Boldrini es el argonauta hecho palabra, el precursor de una visita interminable, el descubridor de una masa líquida infinita que, paradójicamente, emerge desde las profundidades abisales para hacerse pescador, individuo de mar, pasajero indómito de una naturaleza bravía que despierta al ojo dormido y lo maravilla con sus seres recónditos, con esa frescura indómita de lo que no se puede aprehender de golpe, sino a pausas, como degustando el tiempo y el espacio, deletreándolo con esa persistencia de quien sabe que más allá, en la religiosidad pura y descontaminada del piélago nuestro se esconde una verdadera identidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De ahí que recorra las caletas, “surque” los golfos y ensenadas, navegue a diestra y siniestra por aguas tormentosas, que redescubra como un prestidigitador siempre renovado la belleza sin tregua de las ondas marinas, que nos muestre el apogeo del misterio en una secuencia de rostros curtidos por la sal, de frases entrelazadas sin tregua, de anécdotas que exceden los chispazos del humor o de quienes se inmiscuyen como polizontes en embarcaciones movidas por la eternidad de las corrientes o los inclementes vientos oceánicos, de los canales desafiantes o los estrechos indomables, oyendo como en sueños el canto de las sirenas, el auge de los fabulosos dominios chilotes, sus supersticiones auténticas, impregnadas de sudor y miedos nocturnos bajo el velo sutil de las estrellas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así va rehaciendo el mito, abre las compuertas de un universo ancestral, premunido de su vista alerta, de un caudal de alucinaciones y pesadillas que, a veces lo realza al sitio etéreo de la divinidad o lo sumerge en los recónditos abismos, donde jamás ser humano alguno discernió aún sobre el enigma envolvente que subyace tras una superficie que apenas evidencia pálidos señuelos de su realidad remota.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Allí luego, nacen los llamados, las invocaciones, las pasiones, la idolatría temerosa por esa vastedad ilimitada, que vemos como tenues y lluviosos resplandores de luz sobre las olas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y son aquellas rémoras mentales, los esbozos sensibles de un pasado inserto en un inconsciente infinito, que el narrador intuye en Angelmó o en Duao, en las pétreas arquitecturas de Constitución, que elucubra como náufrago de sí mismo en el Estrecho de Magallanes, que hurga en los recovecos de Cobquecura asombrado del campesinado hecho fruto y navegación, que incursiona en la historia de Quellón o Valparaíso atravesando nuestros físicos vestigios, de la presencia de antiguos marineros que luego “besan y se van”, del anciano millonario que despojado de sus ropas degusta como manjar de los dioses las lenguas de erizos en la mustia soledad de su mansión, de las luchas soterradas de Trentren Vilú y Caicai Vilú para que con esas serpientes mitológicas emergiera como un rompecabezas terrenal el atribulado archipiélago del sur de Chile, en esa puesta escénica de la lucha sideral entre la tierra y el mar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Boldrini ha reabierto las fauces de la ballena y como un Jonás semimoderno, sale dando tumbos por un territorio que le cuesta reconocer. Se refriega los párpados y escudriña a su alrededor para verse retratado en los diluvios del mundo austral, en ese ruido ensordecedor de las tempestades marítimas, en los saltos resplandecientes de las toninas de Aysén o Punta Arenas, de los graznidos estridentes de gaviotas multifacéticas, de los imprevisibles requiebres territoriales próximos a Puerto Edén y esa languidez sombría que mira a cubierta, esperando ser reconocida como seres atávicos todavía, con esa entristecida estirpe de la extinción premeditada, que ha sido camuflada en los albores de un progreso que avasalla sin tregua.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde su ojo avizor, desde sus caminatas y estadías en islotes inhóspitos, embutido en la selva nativa, tiritando de frío y mojado por una lluvia inclemente, un alma navegante pisa suelo firme, se acomoda a los designios de su próxima residencia, camina a tientas hurgando bajo la arena tras la huella palpitante de mariscos milenarios, esboza un guiño sigiloso hacia las enormes montañas de piedra y tropieza a ratos entre la maleza a orillas de una playa para encender entre matorrales el faro de una nueva hoguera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En las alturas se escucha el eco imperecedero de un lenguaje que nos enseña y advierte, que nos educa con serena pedagogía, para que seamos el artista que se zambulla sin miedo al fin bajo las aguas, que no trepida en verse como una sombra que asciende hacia “el descubrimiento real del mundo verdadero”, que escribe y pinta en los peñascos, que toca los troncos de los árboles con venerable asombro, que ha visitado todas y cada una de las caletas costeras, que se ha embebido de mujeres y hombres tocados por el ansia de una naturaleza que secretamente los define.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En suma, en este libro maravilloso Gustavo Boldrini “nos reconvierte” en ese mudo pececito que ahuecado en las rocas de una quietud oceánica miró hacia afuera, y sintió, tal vez, que el huemul que intuyó el aroma del trébol era apenas el anticipo de nuestra feble, prodigiosa y devastadora humanidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Autor: Gustavo Boldrini<br>Obra: “Un alma navegante. Horrores, alegrías y misterios en el mar chileno”<br>Ediciones Kultrún 2025, 319 pp., 2025</strong></p>



<div style="height:20px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:33.33%">
<figure class="wp-block-image size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="500" height="360" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2025/12/retrato_gustavo-boldrini-fotografia-de-claudio-pino-ocampo.jpg" alt="Gustavo Boldrini, Fotografía de Claudio Pino Ocampo" class="wp-image-17651" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2025/12/retrato_gustavo-boldrini-fotografia-de-claudio-pino-ocampo.jpg 500w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2025/12/retrato_gustavo-boldrini-fotografia-de-claudio-pino-ocampo-300x216.jpg 300w" sizes="(max-width: 500px) 100vw, 500px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>Gustavo Boldrini, Fotografía de Claudio Pino Ocampo</em></figcaption></figure>
</div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:66.66%">
<div style="height:30px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Gustavo Boldrini</strong> (Quemchi, 1951), escritor, profesor de la Escuela de Arquitectura de la Universidad ARCIS de Santiago y ARCIS Patagonia de Castro. Cronista de temas históricos y culturales en el diario El Observador de Quillota y diario La Segunda, Santiago, en donde escribió sobre pequeños pueblos y lugares poco conocidos del país. Entre sus obras, “Quillota, una relación personal”, 1988; “Chiloé, andanzas y palabra escrita” (1990); “En un circo podría estar la niña perdida”,1999; “Chuchetas, resistencia y esplendor de una banda de cuatreros en el Norte Chico”, 2010; “Longotoma, Fragmentos de una novela imposible”, 2015; “Raín, Crónica del último canoero”, 2a edición, 2025; “Un alma navegante. Horrores, alegrías y misterios en el mar chileno” 2025.</p>
</div>
</div>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img decoding="async" width="722" height="1024" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2025/12/portada_un-alma-navegante-horrores-alegrias-y-misterios-en-el-mar-chileno-722x1024.jpg" alt="Un alma navegante. Horrores, alegrías y misterios en el mar chileno" class="wp-image-17654" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2025/12/portada_un-alma-navegante-horrores-alegrias-y-misterios-en-el-mar-chileno-722x1024.jpg 722w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2025/12/portada_un-alma-navegante-horrores-alegrias-y-misterios-en-el-mar-chileno-212x300.jpg 212w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2025/12/portada_un-alma-navegante-horrores-alegrias-y-misterios-en-el-mar-chileno-768x1089.jpg 768w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2025/12/portada_un-alma-navegante-horrores-alegrias-y-misterios-en-el-mar-chileno.jpg 903w" sizes="(max-width: 722px) 100vw, 722px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>Un alma navegante. Horrores, alegrías y misterios en el mar chileno</em></figcaption></figure>
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		<title>VIENTO DE AYER</title>
		<link>https://letrasdechile.cl/2025/04/04/viento-de-ayer/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 04 Apr 2025 21:54:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Otras Narrativas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>De nuestro nuevo socio, Jorge Muñoz Gallardo, profesor y escritor, tiene varias publicaciones. Va una muestra de algunas páginas autobiográficas. VIENTO DE AYER Fragmentos autobiográficos Por Jorge Muñoz Gallardo 1Mis recuerdos se remontan a una casa vieja, de dos pisos, con una escalera angosta y empinada y un patio con dos paltos. Por detrás había [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">De nuestro nuevo socio, Jorge Muñoz Gallardo, profesor y escritor, tiene varias publicaciones. Va una muestra de algunas páginas autobiográficas.</p>



<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center">VIENTO DE AYER</h2>



<h3 class="wp-block-heading has-text-align-center">Fragmentos autobiográficos</h3>



<p class="has-text-align-right wp-block-paragraph"><strong><em>Por Jorge Muñoz Gallardo</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">1<br>Mis recuerdos se remontan a una casa vieja, de dos pisos, con una escalera angosta y empinada y un patio con dos paltos. Por detrás había una zanja, un muro y una higuera; luego, otro patio con árboles. Un poco más adelante se encontraba una terraza y un árbol parecido a un pino junto al que había una llave que siempre goteaba. Yo vivía en esa casa con mis padres y mis dos hermanas (aunque, en verdad, no recuerdo a mis hermanas en ese espacio y tiempo). Allí transcurrieron mis primeros años y sueños.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la parte delantera del sitio, que era muy grande, había otra casa, de un piso, con una galería bordeada de muchas ventanas que remataba en un salón redondo, también encristalado. En la galería había sillones, jarrones con plantas y un mueble de madera con un espejo al centro. Junto al salón había otro patio sombreado por un parrón. En el lado opuesto a las ventanas de la galería se alzaban numerosas puertas que conducían a distintas habitaciones, dormitorios, un baño grande y una cocina.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En esa casa vivía una tía con su marido y sus hijos, otra tía viuda con su hijo, una tía solterona y la abuela. Esas tías eran hermanas de mi padre y la abuela era su madre. Enseguida estaba el colegio, no muy lejos de la casa. De aquel colegio solo me quedan, en la memoria, un par de nombres y dos perros. No sé cuánto duró nuestra permanencia en ese lugar, pero según los relatos de mi madre, para ella no fueron momentos felices.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Del tiempo vivido allí hay algunas imágenes persistentes: dos bancos de piedra en la entrada, luego un portón de madera y, cruzando ese portón, una superficie embaldosada. A la derecha estaba la casa principal, luego un sendero que conducía al otro inmueble. Otra vez, el árbol parecido a un pino, la terraza, la escalera de la casa del fondo… No veo mi cara, pero la siento, la mirada es de asombro. La casa se recortaba contra un cielo claro, los árboles también. Una tarde tibia, arbustos, silencio, gradas polvorientas… Es curioso, pero no tengo noción de haber sentido la lluvia en aquel sitio. Allí jugaba con los primos, dicen que yo estaba siempre ordenado y limpio. Eso era obra de mi madre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El lugar tenía algo de enigmático e intimidante para mi imaginación de niño más bien tímido. Los fantasmas poblaban los relatos de las tías viejas que, acomodadas en grandes sillones forrados en telas de colores gastados, con una taza de té en la mano, daban rienda suelta a sus recuerdos y creencias. Entre sus palabras impregnadas de convicción y las sombras de la tarde se asomaban las almas en pena que, según ellas, visitaban los espacios donde habían estado antes, al igual que los duendes que habitaban en los rincones ocultos de las miradas indiscretas, manifestando su presencia misteriosa en los patios y en las dos casas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">2<br>Si pienso en mis padres, en el período y lugar antes descrito, me surge siempre el mismo recuerdo: mi padre en mangas de camisa, con corbata y un pantalón gris, el rostro sonriente. Pero de mi madre no tengo una idea clara. Debo trasladarme a Valdivia para que sus rasgos surjan con mayor nitidez, no física sino de carácter; aunque recuerdo haber visto, siendo niño, una foto de ella, de esas en blanco y negro, y sus ojos me parecieron tristes. Él tranquilo, noble, inteligente, con un gran talento para la invención y diseño de máquinas y aparatos. Ella muy estricta, disciplinada, organizada, alegre y excéntrica; dicen que en su juventud quiso ser actriz o bailarina clásica, pero la familia se opuso. La imagen de la fotografía se contradice con su verdadero ser, sin embargo, sus ojos me causaron esa impresión que conservé durante mucho tiempo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La madre de mi madre era una viejita de pelo blanco, ojos azules y un carácter dulce; es decir, una abuelita de cuento. Se llamaba Helena y tuvo cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres. Vivía en Osorno, en una enorme casa sureña, con gallinero, leñera, huerta y jardín. La huerta era muy grande y ordenada, tenía también árboles frutales como membrillo, manzano y peral. Adelante había un jardín con el césped bien cuidado en cuyo centro se alzaba una palmera recta y alta, en las orillas crecían orejas de oso y helechos de puntas enroscadas. También había una glorieta con una mesa y bancos para sentarse a comer en los asados que se hacían en los veranos y en los cuales participaba una buena parte de la familia. Con mi abuela vivía mi tío Egon y el hijo de este, que tenía a la abuela Helena por su verdadera madre, puesto que mi tío estaba separado. En esa casa oí muchas veces, a mi abuela y algunas tías viejas hablando en alemán, pero, yo nunca aprendí ese marcial idioma. Una de las cosas que llamaban mi atención, era un ala de ganso que la abuela usaba para quitar las migas del mantel. No recuerdo haber visto muchos libros en el hogar de mi abuela Helena, sin embargo, nunca he presenciado una mejor declamación de “La Casada Infiel,” de García Lorca, que la realizada por mi tío Egon.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La madre de mi padre, oriunda de Concepción, era completamente distinta. Alta, delgada, con afinidades políticas con el partido radical, conocida del presidente Juan Antonio Ríos, había pertenecido a una sociedad teosófica, además, tocaba piano y hablaba francés. Se llamaba Delfina, poseía una cultura poco común para las mujeres de la época, pero carecía de ternura. Terminó sus días en Santiago. Tuvo seis hijos, dos hombres y cuatro mujeres. En más de una oportunidad la oí recitando, en voz alta, pasajes del Quijote, le gustaba la historia universal, poseía una gran capacidad intelectual y amplitud de criterio. La recuerdo sentada en un sillón leyendo El Mercurio con un monóculo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No conocí a mis abuelos varones, salvo por las historias familiares. Mi abuelo materno se llamaba Urbano, mi abuela decía que era mestizo. Mi madre lo adoraba y nos contaba que había sido un gran padre, alegre, afectuoso y hogareño. Mi abuelo paterno se llamaba Walterio, fue heredero de una gran fortuna perdida por negligencia, torpeza y las trampas jurídicas. En la familia no se hablaba de él, a mi padre le escuché algunos comentarios, pero muy vagos; sólo supe lo de la herencia de los Valenzuela Castillo, sobre la cual hay una revista en la Biblioteca Nacional, también oí que había dejado a la abuela Delfina para marcharse con una mujer más joven.</p>



<p class="wp-block-paragraph">3<br>De Santiago nos fuimos a Temuco. Después de un par de años en esta ciudad, continuamos rumbo a Valdivia, donde nos radicamos de manera definitiva. No tengo idea de cómo y cuándo llegamos a Temuco, pero estuve en el sur con mis padres y mis hermanas. Los años anteriores los habíamos pasado en la capital, aunque yo no conocía casi nada de Santiago. Mi ciudad, mi país, mi mundo era la casa y el patio; el primer ensanchamiento de ese mundo fue el colegio. Pero estábamos en una casa de un piso, situada al lado de una librería. El hombre que se veía siempre parado detrás del mostrador usaba unas protecciones oscuras de género que se colocaban encima de las mangas de la chaqueta. Entrar en la librería era para mí como ingresar en un mundo de encantamiento, lápices de colores, libros, cuadernos, libretas, vitrinas brillantes tras la que aparecían toda clase de artículos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es precisamente en Temuco donde surge mi primera navidad llena de magia. Para mi madre la navidad tenía algo especial. Comenzaba los preparativos un mes antes, entraba el árbol, que era natural y estaba plantado en un cajón de madera lleno de tierra que en esas ocasiones era envuelto en papel de colores llamativos; en realidad, mi padre entraba el árbol a la casa, esta era su única participación efectiva en las múltiples tareas navideñas. Mi madre hacía galletas y compraba adornos. Las galletas tenían forma de estrella, media luna, trébol y polígono. Toda la casa empezaba a transformarse, en todas las habitaciones se respiraba el olor del pino, una dulce ansiedad se apoderaba de mis dos hermanas y yo. No solo el pesebre y las figuritas habituales rodeaban el árbol, mi madre daba rienda suelta a su imaginación agregando elementos completamente ajenos a lo religioso. En la parte más alta del árbol colgaban unos loros de chocolate de tamaño natural envueltos en papel plateado, los pájaros pendían de unas argollas de fino metal pintado con los más variados colores, argollas rojas, azules, amarillas y celestes brillaban en lo alto del árbol. Nosotros dábamos vueltas alrededor del pino navideño contemplando a los loros que parecían burlarse de nuestras pérfidas intenciones. Mi madre ejercía un estricto control para que no cometiéramos ninguna infracción, de modo que llegado el gran día nada estuviera fuera de lugar o lo previsto. En cambio, mi padre jugaba un rol pasivo y paciente. Uno de los momentos estelares ocurría en las horas previas a la llegada de los regalos traídos por Santa Claus mientras nosotros dormíamos pensando en el barbudo viejo colocando paquetes de colores en nuestro árbol navideño. He vivido muchas navidades hermosas porque mi madre, siendo disciplinada y estricta, era también entusiasta y soñadora, de las cosas más simples hacía una fiesta. Esas navidades temucanas y sus imágenes llenas de colorido y emociones son las que permanecen sonriendo en algún rincón de mi memoria. Verde, rojo, azul y amarillo son colores que aparecen como manchas dispersas al evocar esos mágicos instantes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También se había producido otro ensanchamiento de mi mundo: estaba en un nuevo colegio. Además, mi madre contrató una nana mapuche. Se llamaba Dominga y era hija de un cacique. Tenía dos hermanos que la iban a buscar todos los fines de semana y nos llevaban cerezas, avellanas y piñones. Ella fue la primera mujer que vi desnuda. Como la mayoría de los niños, corría y curioseaba por todos los rincones de la casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En cierta ocasión, enfilé recto a una puerta y, empujándola, la abrí de golpe. La Dominga estaba completamente desnuda, de pie junto a la cama. No hizo ningún intento por cubrirse, tampoco un gesto de malestar o perturbación. Sus grandes ojos negros, brillantes y tranquilos, me miraron, tal vez riendo, y permaneció serena y erguida como una escultura de arcilla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No sé si la nueva situación me mareaba, de pronto descubrí que en el colegio había una monja que era muy joven y bonita, cuando pasaba por el patio, como una aparición ligera y ágil, me quedaba embobado contemplando sus ojos y su nariz, su nariz era lo que más me gustaba, también sus labios rosados y llenos, a la vez sentía vergüenza de pensar que me gustaba, que era tan bonita, que alguien podía descubrir mis sentimientos. No sé qué hacía ella en el colegio, nunca me habló, simplemente pasaba por el patio o las galerías y yo me encontraba con ella, eso era todo. Pero, la monja no volvió a cruzar el patio del colegio y en mi corazón su lugar fue ocupado por una chica de mi edad que vivía a media cuadra de la casa, se llamaba Cristina, tenía ojos grandes y oscuros, la boca pequeña y roja como un clavel, se parecía a una de las muñecas de mis hermanas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También el carnaval era otra maravilla que yo no conocía. Un avión de tela y cartón daba vueltas por las principales calles. Unos hombres emplumados de la cabeza a los pies cacareaban agitando los brazos, en la mitad de la plaza. Mozos de restaurantes, vistiendo chaquetas y camisas blancas, corbatín rojo, pantalones negros, corrían llevando en la mano una bandeja con una botella y varias copas, algunas botellas y copas caían al cemento rompiéndose en multitud de cristales atravesados por la luz del sol. Otros continuaban su carrera hacia la meta haciendo malabares para mantener las bandejas y su contenido en perfecto equilibrio. Contemplaba, con admiración, a los mapuches montados en sus caballos, con sus ponchos y adornos. Gritos, risas, aplausos, llenaban el ambiente alegre, festivo, mezclándose con los sones de trompetillas de cartón. Todo eso ocurría durante un carnaval, porque en esa época se celebraba la fiesta de la primavera, y es una gran lástima que no se conserve esa bella tradición que extiende la amistad y coloca un toque de poesía en los corazones gastados por el tiempo y la indiferencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De aquellos años, recuerdo a un compañero de curso, si no me equivoco se llamaba Ricardo Puelma. Los fines de semana iba a jugar a la casa de Ricardo, sus padres eran ya mayores, tenía dos hermanas muy lindas, que siendo ya señoritas, nos consideraban chicos molestosos. En verdad éramos bastante inquietos, dábamos vueltas corriendo por toda la casa, y al pasar delante de un mueble de madera donde brillaba una fuente llena de caramelos y bombones nos protegíamos uno a otro para poder robar las golosinas sin ser descubiertos. Los años han pasado, no he vuelto a saber de Ricardo y su familia, puede que de esa amable casa ya nada quede, aunque por ese misterio de la memoria los vagos instantes referidos siguen vivos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todo esto ocurría cerca del año sesenta y dos. Ese año fue muy importante porque, según creo, recién había llegado la televisión y el mundial de fútbol, celebrado en nuestro país, acaparaba todos los comentarios. Yo tendría unos nueve años, Jorge Alessandri Rodríguez gobernaba el país, y estando nosotros en provincia, vivíamos bastante alejados de los acontecimientos políticos porque en ese entonces las ciudades de provincia tenían poco contacto con la capital; la radio era el gran medio de comunicación. Pero, las cosas se van mudando, el asunto es que Temuco se quedó atrás y nosotros seguimos viajando más al sur.</p>



<p class="wp-block-paragraph">4<br>Llegamos a Valdivia un día oscuro. El trueno rugía, la lluvia caía como si la tiraran con una regadera. El viento aullaba y los relámpagos iluminaban el cielo, llenando de espanto mi corazón. Nos instalamos en una casa vieja, de dos pisos, situada en una calle que me pareció fea. Mi padre dijo que permaneceríamos en ella mientras buscaba una casa definitiva. Aparte de nosotros había allí otras personas que tomaban la pensión.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El techo de mi habitación descendía por un lado hasta quedar cerca del suelo. Por las noches, me arrastraba debajo de la cama con una linterna en la mano. Los ratones se paseaban por el piso, unos eran grises, otros negros. Al ver la luz se quedaban paralizados. Yo observaba con admiración los ojos redondos y brillantes, las orejas paradas y los largos bigotes de los intrépidos roedores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una mañana se me ocurrió salir a conocer el barrio. Le dije a mi madre que daría un paseíto delante de la casa. Ella me dio permiso y me hizo algunas recomendaciones. Caminé observando con atención todo lo que me rodeaba, las casas de madera eran grises y tristes. Al llegar a la esquina me encontré con un viejo desastrado que llevaba un saco en el hombro. Me miró y, acercándose, lanzó un gruñido animal. El susto que me dio fue tan grande que salí corriendo como si el mismo diablo resoplara en mi espalda y no paré hasta entrar en la casa en la que tomábamos la pensión.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La nueva casa (la que mi padre había llamado definitiva) estaba frente al río, en la calle General Lagos. Tenía dos pisos, nosotros ocupábamos el segundo. En la entrada aparecía una escalera ancha, de madera bien lustrada, que se abría en dos brazos, uno hacia la parte principal y el otro hacia una corta galería con ventanas donde había dos baños y un dormitorio. Las habitaciones eran grandes. Desde las ventanas que daban a la calle se veía el río, un pedazo de la isla Teja y los barcos que iban y venían desde el puerto de Corral. ¡Que sensación maravillosa pegar la frente al cristal de la ventana y ver esos barcos pasando lentamente sobre el agua!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando llovía era más emocionante, porque las gotas en el cristal iban borrando poco a poco las figuras hasta convertirlas en simples manchas. Por supuesto, me dediqué a explorar todos los rincones, eligiendo los que me parecían más interesantes. En el patio había una bodega para guardar leña, ahí instaló mi padre sus herramientas. También estaban los canastos de mimbre en los que se subía la leña a la cocina. Esta labor me encantaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A veces, entre los palos y las astillas aparecía un escarabajo verde y reluciente como una joya. Mi madre hizo construir un gallinero, tuvimos gallinas blancas, negras, rojas y grises, y dos gallos, uno grande y panzudo, al que mi padre le dio el nombre de Filimón, y otro más chico y flaco. Tenía una cresta roja, aretes blancos, las plumas anaranjadas, la cola negra y las patas celestes. Le pusimos Julio. Este último era el don Juan del gallinero: se la pasaba de gallina en gallina, repartiendo con entusiasmo su ardoroso amor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los sábados por la mañana llegaba el maestro Leiva con el hacha al hombro y picaba los troncos hasta transformarlos en delgados palos que amontonaba en los canastos. Después los llevaba a la bodega y los apilaba en rumas que crecían hasta tocar el techo. Yo imaginaba que esas columnas de ordenados leños eran un castillo, una fortaleza militar, un barco pirata. Una tarde en la que trepé por los palos dispuestos con un orden casi geométrico me llevé una sorpresa. Cuando mi frente estaba a punto de tocar el techo, me hallé cara a cara con un par de ojos redondos, verdes, que me miraban fijamente. Era un gato sucio y flaco que saltó, pasando por encima de mi cabeza, y corrió hacia el patio. La experiencia me dejó tiritando. Descendí, moviendo los pies con mucho cuidado, y cuando estuve en tierra firme, volví a la casa. Al subir la escalera me encontré con mi hermana menor, que estaba sentada en uno de los peldaños y me miraba con sonriente curiosidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El día que mi padre llevó una rana, hubo una verdadera conmoción en la casa, bajamos dando saltos por la escala y salimos al patio a contemplar la rana. Era gorda, verde, con el vientre blanco y los ojos saltones, permaneció mucho tiempo inmóvil, mirándonos como si nosotros fuéramos los bichos raros. Cavamos un hoyo en la tierra, lo llenamos con agua, le pusimos piedras y plantas, arreglamos todo para que estuviera contenta. En cuanto la colocamos en el agua, se escondió bajo la superficie, ya no pudimos verla. Yo bajaba todos los días a mirar la rana, en cuanto llegaba del colegio me iba al patio, estaba allí hasta que mi madre me llamaba diciendo que debía lavarme las manos, cambiarme de ropa, tomar el té y hacer las tareas. Una tarde la rana salió del agua y comenzó a saltar por el patio, llegó al gallinero, pasó entre unos listones y siguió su camino muy oronda entre las gallinas que estiraban el cogote, ladeaban la cabeza, la miraban con asombro. Pensé que si nosotros estuviéramos parados delante de un marciano, haríamos lo mismo que las gallinas: estirar el cuello y mirar así. Cuando cruzó todo el gallinero, siguió sacando pecho y dando saltitos y se fue a la bodega. Corrí tras ella, cogiéndola por el cuello y la panza, la llevé de vuelta al poso con agua. Una tarde, no hallé a la rana en el poso que le servía de hogar, metí la mano en el agua, exploré el fondo, no estaba. Busqué en el gallinero, en la bodega, di vueltas por todo el patio, fui al jardín, la rana había desaparecido. Nunca más volvimos a verla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La voz del vendedor de diarios nos llegaba de lejos, era un hombre bajo, moreno y grueso. Mis hermanas y yo corríamos por la escalera, luchando por ser el primero en llegar, en la puerta del jardín esperábamos anhelantes. La voz se aproximaba, cada vez más nítida, voceando el nombre del diario local y los otros diarios. Cuando el hombre se detenía delante de la puerta gritábamos a coro. De su hombro colgaba un bolso lleno de diarios y revistas. Mi padre le pagaba a fin de mes. El Llanero Solitario, El Zorro, La Pequeña Lulú, el pato Donald, nos sonreían desde las portadas de las revistas y entrábamos corriendo sin parar hasta estar cada uno en su cuarto. Yo me tiraba en la cama, con la revista pegada a los ojos, porque era muy miope, y me sacaba los lentes porque al estar boca abajo se corrían hacia delante y quedaban colgando en mi cara. Con cuánto deleite me sumergía en los campos, en los pueblos por donde galopaba el caballo blanco del Llanero, podía oír los disparos y el galope de sus perseguidores. Otro tanto ocurría con don Diego de la Vega y el sargento García.</p>



<p class="wp-block-paragraph">5<br>Trabajando en la bodega y en el patio, mi padre construyó un bote. Fue una tarea de gladiador, puesto que la realizó solo. El bote era de alerce, con las cuadernas de una sola pieza. Para lograr su propósito, mi padre ablandaba cada listón en un tubo de hierro lleno de agua caliente. Enseguida, colocaba el listón sobre un molde hecho por él mismo y lo sujetaba con unas prensas. Al secarse, la madera adquiría la forma arqueada correspondiente al costillar del bote. Para sacarlo de la casa y llevarlo al río fue necesario derribar una parte del cerco que separaba el patio del jardín.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando por fin entró en el agua fue todo un acontecimiento, flotaba en la superficie como un gran pez blanco con una banda azul en los costados. Para llegar al río teníamos que cruzar la calle y entrar en un extenso sitio, propiedad de un establecimiento comercial que vendía maquinaria agrícola. Como nos conocían, podíamos entrar y salir sin ninguna restricción. Mi padre caminaba con los remos apoyados en el hombro, yo iba detrás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los fines de semana se convirtieron en paseos obligados. Mientras mi madre se dedicaba a las labores de la casa y mis hermanas jugaban con sus muñecas y otras cosas, mi padre y yo cruzábamos la calle para ir al río, donde nos esperaba el bote, balanceando su panza blanca en la ondulante superficie teñida de sol y de nubes, esas nubes que dibujaban figuras en el cielo; yo a veces descubría una con forma de vaca, otra que se parecía a un elefante. En uno de esos paseos ocurrió algo que jamás olvidé. Al regresar y aproximarnos a la orilla, pude ver a un carabinero que estaba parado en la escala de madera rojiza que llegaba hasta el agua, hundiéndose en ella. El carabinero le gritaba algo a mi padre, pero este, sin oírlo, continuaba remando, hasta que yo escuché sus palabras:</p>



<p class="wp-block-paragraph">—¡Devuélvase! ¡Hay un muerto flotando junto a la escala! Que el niño no lo vea.<br>El cielo se había vuelto gris, el agua adquiría ese color barroso que precede a las tormentas, las gaviotas se alejaban lanzando agudos chillidos, el viento empezaba a soplar con más fuerza. Yo conocía esos bruscos cambios del clima sureño. Sentí que el temor me apretaba el pecho. El carabinero seguía gritando, moviendo los brazos. Por momentos se parecía a un espantapájaros. Su voz, arrastrada por el viento, llegaba como un alarido extraño. Mi padre comenzó a girar el bote, remando con prisa, pero yo lo había visto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante toda la noche llovió con intensidad. El viento aullaba entre los techos, las paredes crujían, el trueno estallaba con violencia. Me costó quedarme dormido y soñé con el hombre muerto. Se movía como un sonámbulo entre las flores del jardín, se perdía en las sombras y reaparecía de pronto bajo el fulgor del relámpago, con las manos extendidas, y yo sabía que me buscaba. Cuando el viento y la lluvia dejaron de zarandear el techo y las ventanas, se fue también la pesadilla. Entonces pude descansar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">6<br>Fue un sábado por la mañana, al despertar, cuando empezaron los problemas. Me estiré, extendiendo los brazos, y apoyé la espalda en la almohada. Después de restregarme los ojos me quedé mirando la pared, cubierta con un papel verde muy pálido. Entonces vi un montón de puntitos negros. Giré la cabeza en distintas direcciones. Adonde iba la mirada, iban los puntitos. Me asusté con lo que me pasaba. Se lo conté a mi padre y pensamos que era un resfrío. Puede parecer tonto, pero en ese momento no teníamos otra explicación. A la semana los puntitos se habían convertido en manchas de un color verde intenso. Mi padre me llevó al oftalmólogo. El examen fue breve y, la opinión del médico, preocupante. Debíamos viajar con urgencia a Santiago.</p>



<p class="wp-block-paragraph">7<br>Yo estudiaba en el Instituto Salesiano. La sala de música era uno de mis lugares favoritos. Había una tarima de madera con tres escalones y, en el lado opuesto, un piano vertical. Nosotros nos acomodábamos en la tarima, esperábamos a que el profesor nos diera el tono y comenzaba el canto. Entre desafinaciones, gritos y risas, formábamos un coro estridente que al final resultaba airoso. Pero el día que más me gustaba era el viernes, porque el profesor de música dedicaba la última hora a leernos un libro de aventuras. Lo hacía con voz pausada y clara. Nosotros escuchábamos con la mayor atención y, cuando la narración estaba en un momento emocionante, cerraba el libro, diciendo «continuamos el próximo viernes».</p>



<p class="wp-block-paragraph">De nada servían nuestras protestas y ruegos, él se limitaba a sonreír mientras guardaba sus cosas. Al salir de clases cruzábamos la calle Picarte para ir al almacén de la Pan con Ají, una mujer que vendía por un peso una hallulla con ají en pasta que sacaba con una paleta de madera del interior de un frasco de vidrio ubicado encima de la gruesa cubierta de un mesón sucio de moscas y manchas amarillas. En los días grises y nublados del sur, ese trozo de pan untado con la picante crema colorada era el bocado más delicioso. Avanzábamos comiendo y charlando por la calle, con los bolsones arrastrándose por el pavimento, hasta llegar a la plaza, igual que una bandada de pájaros alborotados. Pero esos momentos felices se iban quedando atrás, como el paisaje que la lluvia y la humedad van borrando del cristal de una ventana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">8<br>Mi padre me retiró del colegio, tenía miedo de que jugando con otros chicos me golpeara la cabeza y la retina volviera a dañarse. Porque ese era el problema que yo tenía, el desprendimiento de la retina, y estaba corriendo el peligro de quedar ciego. Mi madre se mantenía igual que siempre, al parecer, ella no se daba cuenta de que yo tenía una enfermedad grave, o lo disimulaba muy bien, pero no mostraba ninguna debilidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La ausencia del colegio, de las aulas, los compañeros de curso, me llenaba de tristeza, pero me esforzaba en superarlo. Los profesores particulares iban a la casa, me gustaba estudiar y aprender, pero extrañaba a los chicos de mi edad. Cuando escuchaba las voces, las carreras, de los alumnos del Colegio Inglés que pasaban riendo y charlando frente a mi casa sentía deseos de salir a la calle a correr con ellos. Por las noches, mientras me quedaba dormido, el corazón me daba saltos. Buscando en la oscuridad presionaba el botón de la lámpara, cuando veía el resplandor de la luz recuperaba la calma y podía dormir, y es que pensaba que ya me había quedado ciego.</p>



<p class="wp-block-paragraph">9<br>La casa de la tía B era la más grande de la cuadra. Estaba rodeada de nogales, de paltos, y tenía un antejardín descuidado donde crecían con desorden las camelias y los rosales. Por la tarde, cuando el sol se disolvía en manchones rojos, la casa quedaba envuelta en las sombras y fulgores dorados parpadeaban en los cristales de las ventanas que daban al jardín. En la entrada había una ancha escalinata de piedra, con dos columnas cilíndricas, luego venía la puerta de madera barnizada, con vidrios rectangulares en la parte superior. A veces estaba en silencio, de modo que un paseante ocasional habría pensado que se trataba de una casa abandonada. Sin embargo, allí vivían nueve personas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La tía B, que era pequeña, inquieta y dominante, ejercía sin contrapeso su rol de gobernanta. Habitaba el primer piso junto a su marido y sus cuatro hijos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el segundo piso estaban las dos hermanas de la tía B. En nada se parecían entre ellas. La tía C era una mujer alta, flaca, solterona, melancólica. La tía D, baja, nerviosa y excéntrica, era viuda y sentía un verdadero terror ante la posible aparición de los fantasmas, de cuya existencia no dudaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A esa casa, tan diferente de la que yo habitaba en el sur, donde estaban mis afectos, llegaba con mi padre. Nos alojaban en un cuarto con dos camas, un velador y un ropero alto y desvencijado. El cuarto estaba al lado de la habitación de la abuela. La abuela llevaba el pelo blanco recogido en un moño sujeto con un peine de carey. Leía el diario, ayudada por su monóculo, y en más de una ocasión la escuché hablando sola en francés.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La primera vez que ocupé aquel cuarto me sentí atemorizado, porque a la mañana siguiente tendría que soportar la rutina médica. Me acosté dándole vueltas a la situación y no pude dormir. Permanecí inmóvil, oyendo los diminutos ruidos de la noche. En la otra cama dormía mi padre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los días siguientes fueron una peregrinación por las consultas de los médicos y la tortura de tantos exámenes, hasta que me colocaron en una camilla y me llevaron a la sala de operaciones. Los pasillos, la pintura blanca del hospital, el olor de los algodones empapados en alcohol, el silencio, los delantales blancos de los médicos y las enfermeras me aterrorizaban, solo quería regresar a mi casa. Cuando volví de la anestesia, mi padre estaba sentado en el borde de la cama. Su voz, ronca y pausada, me dio tranquilidad. Al tocarme la cara, descubrí que uno de mis ojos estaba tapado con una venda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No supe cuánto tiempo pasé en aquella habitación, pero mi padre entraba y salía, iba a hacer trámites, se comunicaba con mi madre, me contaba lo que sucedía en Valdivia y, sentado en una silla de madera colocada junto a la cama, me leía las aventuras de Don Quijote. También recibía las continuas visitas del médico y de las enfermeras. En una de esas visitas el doctor me retiró el parche del ojo, al tiempo que decía que la visión del ojo recién operado se iría corrigiendo poco a poco.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por fin pudimos abandonar el hospital, con el compromiso de volver a nuevos exámenes. Antes de la operación, el doctor le había dicho a mi padre que la situación era difícil. Fue sincero, porque las complicaciones no terminaron con ese viaje. Sin embargo, regresamos al sur. Yo me sentía invadido por una sensación de ansiedad y alegría. La presencia de mi madre, de mis hermanas y de esos rincones de la casa que tanto amaba me devolvieron el ánimo, aunque las cosas ya no eran igual que antes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los viajes entre Valdivia y Santiago se repitieron a bordo de un tren, un bus o en avión. Eran aviones inmensos, de grandes motores y ruidosas hélices. En ese tiempo, las intervenciones quirúrgicas se alternaban entre ambos ojos, porque mi retina era muy débil y se desprendía con facilidad. Como entraba y salía del hospital y pasaba largos períodos en ese lugar, mi padre intentaba satisfacer todos mis caprichos, de modo que alcancé a ir al cine con la autorización del médico. La película se llamaba A la hora señalada. Era en blanco y negro y tenía la actuación protagónica de Gary Cooper. Esa fue la última película que vi. Al salir del cine, la retina se me había desprendido otra vez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Era la cuarta ocasión en que ingresaba en el quirófano. Sin embargo, todo me parecía desconocido, irreal. La cabeza del doctor, inclinada sobre mi cara, con la mascarilla y el gorro blanco, simulaba algo lejano, algo que venía de un sueño. Su voz, que intentaba ser amable, también parecía distante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando volví de la anestesia me vinieron vómitos. Mi padre corrió a buscar a la enfermera. Me limpiaron la cara y el pecho, me cambiaron la parte superior del pijama y me colocaron una loción con olor a rosas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La enfermera me visitaba todos los días. Ya no me parecía tan terrible su presencia. Su voz era agradable y me gustaba cuando me hacía cariños en la cabeza con su mano suave, que olía a perfume. Una semana después, el doctor me quitó las vendas del ojo recién operado. La enfermera me limpió la zona que antes estaba cubierta por los parches con una crema desinfectante que esparció en mi piel usando un algodón. Con el ojo derecho veía las cosas que me rodeaban de forma distorsionada, como las imágenes reflejadas en un espejo cóncavo. Con el izquierdo veía un poco mejor. Además, alcancé a escuchar al médico hablándole a mi padre. Parece que le aconsejaba permitirme usar la visión sin restricciones, puesto que era imposible asegurar cuánto tiempo más me duraría la poca vista que me quedaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">10<br>Como la medicina que llamaban «formal» había fracasado, mi padre intentó un nuevo camino. Comenzamos a tocar las puertas de curanderos y charlatanes que ofrecían curaciones milagrosas. En la radio y en la televisión apareció la noticia de un curandero de Brasil. Para mí, Brasil significaba fútbol, zamba, papagayos y selva. Viajar a ese país era una gran aventura, pero hacerlo en busca de un curandero que podía mejorar mis ojos… eso ya era otra cosa, algo misterioso, y me daba miedo. Según los comentarios, ese hombre podía operar a una persona con un cuchillo carnicero sin causarle heridas ni infecciones. Eran muchos los casos extraordinarios que se le atribuían.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En mi casa, todo giraba en torno al curandero del Brasil. La posibilidad de viajar al país del fútbol cobraba cada vez más fuerza. Aunque la aventura significaba grandes gastos, mi padre estaba decidido a entrar en la casa de aquel hombre en busca de la ansiada curación de mi vista cada día más débil.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Corría el año setenta, Salvador Allende había sido elegido presidente de Chile y circulaban toda clase de rumores y comentarios, desde los más esperanzadores hasta los más negativos. Nuestro destino era Congoñas do Campo, un pueblito minero donde se trabajaba una piedra que, al tocarla, manchaba los dedos con un polvillo parecido al talco. Allí vivía Zé Arigó y hasta ahí llegamos una mañana de septiembre. Faltaban muy pocos días para que yo cumpliera diecisiete años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El pueblo estaba revolucionado con la enorme cantidad de personas que llegaban de los más variados lugares. Todos acudían en busca de una solución milagrosa a sus padecimientos. El hotel y la farmacia del pueblo pertenecían a la familia del curandero. Todas las actividades giraban en torno a los poderes curativos de ese hombre, que se parecía más a un conductor de camiones que a un sujeto capaz de lograr un milagro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi mayor preocupación seguía siendo que Zé Arigó empleara el cuchillo en mis ojos. De la gente que andaba en el hotel, el que más llamaba mi atención era un negro amable, sonriente, al que todos llamaban Pelé. Atendía las mesas y eructaba ruidosamente, sin preocuparse por quienes estaban sentados ante un plato. Su voz era ronca y profunda, como el viento que se agita en el interior de una caverna, y nunca se molestaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De pronto, estuve delante del curandero. Para llegar hasta él había que hacer una fila que partía en la calle y avanzaba con lentitud al interior de la casa. Una vez en ella, ya en la sala donde atendía Zé Arigó, era necesario andar con el hombro izquierdo pegado a la pared, por lo que la vuelta se hacía muy lenta. No me habló una sola palabra, tampoco cogió el cuchillo, pero durante un rato que me pareció eterno escribió en un papel que luego entregó a mi padre. Eso fue todo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De vuelta en casa, me colocaron cien inyecciones, me tragué decenas de pastillas y otros remedios —adquiridos en Brasil y en el mismo pueblo de Zé Arigó— sin saber qué elementos ingresaban en mi organismo. Como si todo eso fuera poco, no sentí ninguna mejoría. Tenía miedo, mi vista empeoraba cada vez más. Mi padre cifraba todas sus esperanzas en aquel tratamiento y aguardaba el momento del segundo viaje al Brasil, en el que debíamos reunirnos de nuevo con Zé Arigó. Pero el viaje no llegó a darse, pues el curandero falleció en un accidente automovilístico. La noticia, que apareció en la televisión, nos impactó y puso fin a una experiencia que no tuvo éxito, aunque despertó ilusiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">11<br>El 18 de diciembre de 1976 falleció mi padre. La sensación que tuve al conocer la noticia fue como un rayo atravesándome. Yo estaba en Santiago. Por la noche había tenido un sueño angustioso: me hallaba en el interior de un edificio laberíntico de paredes blancas y corría llevando de la mano a mi hermana Gabriela. Subíamos y bajábamos numerosas y angostas escalas, cruzábamos puertas y otra vez las escaleras. Alguien nos perseguía respirando con agitación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A la mañana siguiente, a eso de las once y media, me encontraba en el segundo piso, acomodado en un sillón. Por la ventana entraba el intenso calor de diciembre. Me había puesto una camisa negra y en las manos sostenía un libro titulado El shock del futuro. Intentaba leer, colocando el libro tan cerca del rostro que las páginas tocaban mis mejillas. También me gustaba sentir el olor a tinta y papel. De pronto se abrió la puerta y entró una de mis tías. Se sentó a mi lado y me echó una pastilla en la boca. Luego me dio agua que traía en un vaso, todo esto sin que yo tuviera tiempo para reaccionar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Debes viajar con urgencia a Valdivia, tu papá está enfermo —me dijo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un pensamiento surgió al instante: lo trasladaría en avión a Santiago. Pero esa idea se desvaneció con la misma rapidez con que había aparecido, dando lugar a algo así como el desencanto. Después, bajé al primer piso y salí al jardín. De camino a la calle me encontré con otra tía, la hermana mayor de mi padre. Estaba llorando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Murió, ¿verdad? —le pregunté.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La hoz de la muerte cortó su vida cuando él contaba con cincuenta y ocho años. Sabemos que murió asesinado en la dictadura, pero hasta el día de hoy no conocemos con claridad las causas y circunstancias que rodearon el infausto suceso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi padre fue para mí como un gran árbol bajo cuya sombra generosa se calmaban todos mis temores infantiles, pero nunca le dije que lo amaba y hasta hoy me duele que se hubiera marchado sin saberlo. Cuando él murió yo tenía veintitrés años y mi vida era un navío que iba sin rumbo en un mar incierto. Nunca he olvidado esas tardes de verano, cuando éramos niños y salíamos a pasear por la avenida costanera. El río, quieto como una cinta de plata, recibía las alargadas sombras de los árboles que se alzaban en los márgenes de la isla Teja. A ratos, la afilada proa de un barco cortaba el agua y las gaviotas volaban en anchos círculos a muy corta distancia de la superficie. La caminata se prolongaba hasta que llegaba la noche con sus fulgores misteriosos. Entonces él alzaba la mano y, apuntando con el índice, nos decía:</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Cuando yo me muera, me iré a esa estrella y desde allí los estaré mirando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mis hermanas y yo levantábamos la cabeza para contemplar la estrella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El tiempo transcurrido después fue un duro peregrinar por los senderos de la vida que ocuparía muchas páginas relatar. Me sentía como un náufrago aferrado a una tabla que podía soltarse de mis manos en cualquier momento. Sin embargo, logré obtener una profesión, contraer matrimonio y constituir una familia que es mi paraíso en la Tierra. La llegada de mi hija coronó mis esfuerzos y envolvió mi corazón con esa luz de fuerza INTERIOR y esperanza que nos lleva a decir: gracias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A mi hija, Mariana Paz:</p>



<p class="wp-block-paragraph">Recuerdo cuando colocaba mis manos sobre el vientre de tu madre y sentía tus movimientos de pez travieso, dando saltos en el interior de un lago tibio. Pasaron días, semanas, meses, y buscamos tu voz en las riberas del silencio, tu mirada en los fulgores de la noche, tu nombre en las sílabas húmedas de una mañana. Y te encontramos en la mitad de agosto, cuando tu primer grito rompió la espera y fue tan grande nuestro asombro; porque te amamos desde siempre, desde antes de conocerte, desde que solo eras un latido en expansión.</p>
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		<title>Terremoto en el corazón de Alemania</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Galaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 06 Oct 2022 14:44:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Otras Narrativas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por William Haltenhof Alzó el libro es sus manos como se toma un pájaro, en la primera página del manuscrito un puñado de letras bellamente delineadas ocupó su atención, era una dedicatoria que decía; “esta historia fue escrita mientras mi pulso sangraba de amor, espero le guste”. Henriette Vogel, comenzó a leerlo de inmediato, el [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Por William Haltenhof</p>



<p class="wp-block-paragraph">Alzó el libro es sus manos como se toma un pájaro, en la primera página del manuscrito un puñado de letras bellamente delineadas ocupó su atención, era una dedicatoria que decía; “esta historia fue escrita mientras mi pulso sangraba de amor, espero le guste”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Henriette Vogel, comenzó a leerlo de inmediato, el título del libro era <strong>“El terremoto de Chile”</strong>, (editado en 1807) el texto contaba una dramática historia de amor ocurrida en la ciudad de Santiago de Chile, en 1647, en esa época una capital bajo dominio del imperio español. Jerónimo, joven español de oficio carpintero, fue a trabajar a la mansión del rico hacendado, don Enrique Asterón, uno de los nobles más poderosos del Santiago colonial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Jerónimo, desde el segundo que vio a Josefa, quedó prendido de inmediato de la belleza y donaire de Josefa, la hija de don Asterón, que se dejaba seducir y encantar por este trabajador de poca estirpe social, aunque muy guapo y simpático que solía cantar mientras trabajaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando don Enrique se enteró de este flechazo expulsó de su casa al enamoradizo sin prosapia alguna, al mismo tiempo lo denunció a la justicia, lo que significó que el trabajador quedara entre rejas. Era una época en estaba prohibido mezclarse con alguien de otra clase social, la rígida escala social era de fuego, nadie osaba sobrepasarla y el que se atreviere debía ser castigado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El enojo de este hacendado aumentó aún más cuando se enteró que su hija Josefa estaba embarazada de este español sin la estirpe social que se le exigía a quien enamorara a su hija. Para ocultar este acto deshonroso la encerró en el convento Carmelita de Nuestra Señora del Monte. Josefa, joven de ardiente fe católica, aceptó su castigo con resignación; en su vientre llevaba el símbolo viviente de su pecado de amar a quien, moralmente, no correspondía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tras meses enclaustrada e intuyendo que su bebé nacería pronto, escapó del convento una madrugada muy fría, sola, desesperada, sin nadie a quien pedir socorro. Decidió buscar apoyo en Dios y se dirigió a la Catedral de Santiago; a punto de ingresar al templo dio a luz a su bebé en los peldaños de la pomposa iglesia mayor del Chile colonial. Justo ese día y a esa misma hora se celebraba la fiesta del Corpus Cristi, por tanto, el interior de la iglesia hervía en feligreses.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El nacimiento del bebé interrumpió el sacro silencio de esta festividad, algunos feligreses que no lograron ingresar al templo asistieron a la joven madre en este inesperado parto catedralicio que nadie esperaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este hecho enardeció al poderoso arzobispo de Santiago, quien enfebrecido de ira condenó a Josefa a la pena de morir en hoguera. Los ruegos de la familia de don Enrique Asterión para salvar a su amada hija no se hicieron esperar, pero fueron inútiles ya que el poder de la iglesia en esos años era absoluto, en lo único que cedió el arzobispo fue que, Josefa, joven colmada de virtudes, moriría no ardiendo sino bajo el filo de la guillotina.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Nada detiene la mano de la ley de Dios cuando anuncia un castigo”, esgrimió el poderoso arzobispo de Santiago.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La joven, que llamó a su hijo Philipp, sería decapitada en la Plaza de Armas, corazón del Santiago hispánico, a la vista de todos los ciudadanos que quisieran ver el cuello cercenado de la bella joven.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Llegado el día y la hora del ajusticiamiento, mediodía del viernes 13 de mayo de 1647, la plaza estaba rebosante de ciudadanos ansiosos de ver el ajusticiamiento, en el segundo exacto en que la hoja asesina caería sobre el cuello de Josefa. Santiago fue sacudido por un colosal terremoto trenzado en una violencia telúrica jamás sentida, al punto que redujo a polvo los escasos edificios que urbanizaban la preciada ciudad; Josefa, a punto de ser guillotinada, logró salvarse gracias a este cruento fenómeno tectónico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“¡Milagro, milagro, fue salvada por la mano de Dios!” gritaron algunos asistentes al ajusticiamiento que no se concretó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La catedral de Santiago también fue hecha trizas por este colosal sismo, entre los miles de víctimas que causó este fenómeno telúrico estaba el inconmovible y estrictísimo arzobispo de Santiago. Las gruesas paredes de la iglesia lo aplastaron indignamente, quedando sepultado bajo toneladas de bloques de adobe, techos de reja y pesadas forjadura de hierros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Jerónimo, que había sido condenado a morir en la horca, también se salvó, ya que iría a morir a la misma hora que Josefa. Ya libre, fue de inmediato en busca de su amada Josefa y el hijo de ambos; cuando los encontró sanos y salvos en casa de familiares su rostro se encendió de felicidad, no podían creer semejante milagro de la naturaleza a favor de la vida de ambos. Sin embargo, el destino les tenía por delante otros duros desafíos, pues la iglesia mantenía en pie firme el castigo de muerte para ambos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Henriette (cuyo nombre completo es Adolphine Sophie Henriette), notaba que al leer las páginas de <strong>El terremoto en Chile</strong>, -cuyo autor era el escritor alemán, Heinrich von Kleist, de 34 años, a quien ella conocía muy bien-, su alma amarizaba en un extraño mar de sensaciones que la enternecían y la exaltaban al mismo tiempo. La historia de amor de Josefa y Jerónimo la estremeció, además que un terremoto –que mató a miles y destruyó la ciudad entera- los salvara de morir era algo asombroso, “Dios estuvo con ellos y los salvó” susurró.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Junto al libro venía una carta que comenzó a leer con ardiente ansiedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“… Henriette seré sincero con usted; ya nada me contenta, hasta respirar aturde mi conciencia, este mundo está hecho de fangos y letrinas repartidas en las escaleras del poder, arriba, sobre el andamiaje de los ricos y poderosos, sólo existe el hedor insoportable de la soberbia y la mentira, el eco de la vida y sus canciones ya no las siento, el sol aturde mis cabellos, el viento hiere mis pupilas, el frio encanece mis manos…</p>



<p class="wp-block-paragraph">….ser tartamudo ha hecho de mi un ser risible, mis palabras trizadas por este barrote sonoro me condenó para siempre… no tengo ingresos y ya no sé qué puerta tocar… por eso quiero partir de este infierno y para ello quiero casarme y morir con usted, novia de mi alma, joya de piel humana, diadema de la eternidad, alma amiga que quiero entronizar en mi corazón para siempre”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Kleist le proponía a Henriette “un matrimonio suicida, glorioso y polifónico”, para disfrutarlo en el otro mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“…casarnos, Henriette, casarnos, -decía la extensa misiva-, no para anclar en esta mazmorra de dolor que es este mundo, sino casarnos para llegar al césped de la felicidad perpetua, ese cielo de almas fogosas que inhalan y exhalan la música del amor eterno nos espera; toma mi mano, hermosa lira humana y te llevaré al Edén de los Edenes, la eternidad…”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al culminar la lectura, Henriette, mujer casada de 31 años, madre de una hija, enloqueció de felicidad, jamás antes un puñado de palabras daba en su corazón atizándolo de una pasión que jamás había experimentado, el fragoroso pulso de Heinrich Von Kleist, que estudió Leyes y Filosofía, carreras que abandonó para dedicarse a escribir, esculpía su piel con una vehemencia divinizada que desconocía. Sus palabras al mismo tiempo la colmaron de un sentimiento de serenidad muy entrañable: desde que supo que moriría de un cáncer ovárico, su ánimo se ensombreció, el transcurrir de las horas le eran insoportables. Ahora en cambio sollozaba motivada por una alegría y paz indescriptible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“¡Por fin una verdadera flecha de luz y amor enciende mi corazón apagado y morir ya no será una tumba, sino un pasaje a otra vida! -exclamó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su enfermedad le fue diagnosticada de casualidad tras sufrir un accidente cuando cabalgaba, otra de sus grandes pasiones Desde ese día su vida se tornó oscura y tristona, todas las cosas que amaba realizar, tocar piano, leer, cantar, practicar esgrima, podar y cuidar plantas y arbustos, quedaron sepultadas por esta fatal enfermedad que le quitaba día a día el aliento por vivir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El autor de <strong>“El terremoto de Chile”</strong>, era un hombre dueño de un carácter complejo e inestable, era muy amigo de la familia de Henriette a quien siempre prestó más atención que a sus hermanas, a ambos los unía el amor por la música, (el escritor tocaba el clarinete) la esgrima, los libros, la naturaleza. Era la primera vez desde que supo que moriría de un cáncer ovárico que lloraba de felicidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Von Kleist, quien padecía de sonambulismo y una endémica tartamudez, era un exsoldado prusiano que padeció en carne propia las guerras napoleónicas que asolaron Europa, incluso fue encarcelado. En libertad, fundó el diario <strong>Berliner Abendblatter</strong>, para desenmascarar los crímenes y abusos de franceses contra el pueblo alemán.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este escritor le abría las puertas de su alma para compartir un universo inmensamente superior a este, Henriette había leído varias obras de este autor entre ellas, La Marquesa de O, Pentesilea, El cántaro roto, también le vino a la mente las palabras de un famoso crítico alemán quien afirmaba que “Von Kleist es el mayor poeta trágico de Alemania, su obra posee un realismo magistral que toca las fibras de alma hasta límites nunca vistos”. Su mano literaria era no sólo fecunda sino policromática; era dramaturgo, poeta, novelista, cuentista.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En completo secreto acordaron la fecha para el matrimonio suicida, sería el sábado 21 de noviembre de 1811. Como lugar para celebrar la boda eligieron primero visitar la posada Stimming, ubicada a las fuera de Berlín, cerca de la ciudad de Postdam, para luego ir a uno de los lagos más grandes y hermosos de Alemania, el lago Wannsse, solo la naturaleza lagunar sería el testigo de este pacto de sangre y amor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Llegado el día, bajo un sol tenue y un cielo sin nubes, viajaron en carruaje a la posada, tras almorzar un variado menú compuesto por carne, patatas y verduras surtidas, se trasladaron al borde del lago. Allí bailaron, cantaron, arrojaron piedras al lago, bebieron ron y tomaron café; Henriette, con los pies descalzos, caminaba feliz por la arena mojada del inmenso lago playero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Kleist de pronto improvisó un poema que recitó en voz alta como para que se oyera no sólo en Alemania sino en el mundo entero;</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph"><strong>“Oh destino, ya no me rendiré a tus voraces dientes<br>mírame, ya no te pertenezco, tócame, ya no me reconoces<br>abrí mis brazos,<br>cerré mis heridas, ahora volaré al cielo<br>la tibia madeja del amor me llevará en sus brazos<br>dejaré atrás el hedor de este mundo de hielo<br>de risas nauseabundas,<br>de palabras hinchadas de soberbia<br>todo sufrimiento quedará sepultado…<br>hoy me nacen alas y volaré con Henriette, el sol de mi vida,<br>al paraíso, ese hogar celeste donde nadie hiere a nadie<br>vamos al Edén, oh, cielo,<br>recíbenos en tus brazos polifónicos<br>¡eternidad, por fin te tengo,<br>que la muerte sea vida y esa vida, vida eterna”.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Luego, Henriette leyó un poema escrito la noche anterior, su voz era tenue y débil por la indetenible enfermedad que la aquejaba.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph"><strong>“!Oh, Heinrich, amor de mi vida,<br>lucero consolador de mi corazón lacerado<br>espada de fuego de mi mano apagada, tómame, lléveme<br>estréchame contigo, rescátame de mi débil cuerpo<br>y enciéndeme de amor para renacer<br>el dolor me consume y lloro<br>pero tu amor me resucitará<br>tus besos de agua y tus manos de fuego<br>harán de mí otra mujer<br>quiero vivir no para sufrir sino para ser feliz<br>oh, Heinrich, sanador de mi alma herida,<br>soy tuya…ámame como yo te amo! “</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Ambos poemas calaron hondamente en ambos, al punto de quedar mirándose fijamente largo rato, luego Kleist tomó el rostro de la novia y lo besó, después se abrazaron tiernamente… en tanto el viento fresco del atardecer agitaba el cabello de ambos, la ternura sellaba este pacto de amor a puertas de la muerte, ya eran pasadas las cuatro de la tarde. Como Henriette quería tomar otra taza de café al aire libre, fue en busca de la sirvienta de la posada a quien pidió que le lavara las tazas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando la novia llegó al lado de Von Kleist, este, en un gesto silencioso le dio a entender que había llegado el momento, tomó su revólver y lo puso en el corazón de Henriette, ella sonrió levemente al contacto con el acero del arma, su rostro dio el “sí”, tras pulsar el gatillo la bala kleistiana penetró velozmente en su corazón destrozándolo, la joven de pelo ondulado cayó de espalda sobre la arena, su vestido calipso con cinturón negro quedó salpicado de sangre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El poeta observó un rato el cuerpo de su esposa cuyos ojos miraban fijamente al cielo; Kleist, casi en silenció, susurró la frase <strong>“oh, eternidad, por fin te tengo”</strong>, puso otra bala en su arma, se desajustó el cuello de su camisa, se acostó a lado de la joven, le tomó la mano y se disparó en su boca acallando así la insatisfacción y turbulencia permanente que habría cruzado toda su vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La sirviente detuvo el lavado de las tazas al oír los disparos, a veces solían oírse balazos de cazadores furtivos que merodeaban por la zona, pero estos sonaron demasiados cercanos. Los dueños de la posada corrieron junto a la sirvienta y otros empleados al lago donde suponían fue el epicentro de los tiros. Enorme fue la sorpresa al descubrir los dos cadáveres recostados muy juntos, se veían serenos como si estuvieran descansando luego de una jornada agitada a la orilla del Wannsee (“quiero ver” en castellano).</p>



<p class="wp-block-paragraph">La empleada de la posada de pura impresión al ver los cuerpos desangrándose puso la mano en su boca sobresaltada, no podía creer lo que sus ojos le mostraban ya que sólo hacía pocos minutos había dialogado con Henriette, recordó que le había comentado que le gustaba pisar la arena húmeda del lago con sus pies descalzos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>“El agua en mis pies me hace feliz”</strong>, le comentó sonriendo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De inmediato ambos cuerpos fueron llevados a resguardo a la posada, a esa hora el lugar estaba muy concurrido sobre todo de viajeros de ciudades distante de Berlín. Si bien los balazos quebraron el ambiente bucólico reinante, nadie imaginó que estos causaron la muerte a una pareja que disfrutaba el atardecer a orillas del enorme lago.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El fallecimiento de los amantes rubricado por un curioso contrato de amor suicida del que no había antecedente alguno, sacudió las bases de la sociedad germana, posteriormente se supo que Kleist había confesado a una prima cercana sus deseos de acabar con su vida a través del suicidio, palabra que asociaba a “liberación”, idea que floreció y tomó cuerpo cuando su amor por Henriette fue correspondido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La familia de la novia no podía creer que Adolphine (así la llamaban en la intimidad) haya decidido partir de este mundo tras un pacto de amor suicida con quien era su gran amigo, a nadie nunca dio a entender que idea semejante pudiese ser concebida en su mente, algunos conocidos de ambos creían que, de alguna manera, estaban en esta vida condenados, ella por una enfermedad incurable y el por una vida errática e inestable, a trote entre acantilados inmensos y borrascas desbordantes, autor fecundo en ideas y proyectos literarios cuya originalidad y calidad no fueron comprendidas en su época sino mucho tiempo después. Tempranamente el genio y el sufrimiento en Kleist se encadenaron, nunca pudo desanclar esos hierros que ahorcaron su alma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy ambos amantes están enterrados juntos cerca del lago Wannsee, una hermosa y austera lápida, que tiene labrado el texto “oh inmortalidad, eres toda mía”, corona la tumba.<br>La sirvienta de la posada nunca pudo olvidar el rostro de Henriette quien, feliz, corría por la arena cuando pidió que le lavara las tazas… Cada año, el día de ambas muertes, visita el lugar exacto y a la hora exacta cuando descubrió a ambos novios muertos… o bien, felices en la otra vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>William Haltenhoff Nikiforos</strong> (Tocopilla, 1956), periodista y escritor, autor de obras de teatro, poesía, cuento y novela, con numerosos premios a su haber. Ha enviado el cuento “Terremoto en el corazón de Alemania” y quedan invitados a leerlo.</p>
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		<title>Carrera, el húsar desdichado, de Carlos Monge</title>
		<link>https://letrasdechile.cl/2007/05/16/carrera-el-husar-desdichado-de-carlos-monge/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Letras de Chile]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 16 May 2007 20:27:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Otras Narrativas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Anticipo de los tres primeros capítulos de Carrera, el húsar desdichado, de Carlos Monge Arístegui, biografía novelada del héroe patrio recientemente reeditada por su autor, tras dos ediciones anteriores (Planeta Chile, 1996 y Planeta Argentina, 1999). El texto se encuentra actualmente a la venta en las librerías José Miguel Carrera, Ulises y Qué leo.  (Contacto: [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" class=" size-full wp-image-4401" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2007/05/images_img_monge1.jpg" alt="Carrera, el húsar desdichado, de Carlos Monge" class="caption" title="Carrera, el húsar desdichado, de Carlos Monge" width="114" height="166" /></p>
<p>Anticipo de los tres primeros capítulos de Carrera, el húsar desdichado, de Carlos Monge Arístegui, biografía novelada del héroe patrio recientemente reeditada por su autor, tras dos ediciones anteriores (Planeta Chile, 1996 y Planeta Argentina, 1999). El texto se encuentra actualmente a la venta en las librerías José Miguel Carrera, Ulises y Qué leo.</p>
<p> (Contacto: cma2004(arroba)vtr.net).</p>
<p><span id="more-4402"></span></p>
<p><strong>LIBRO PRIMERO</strong></p>
<p><em>“¡Hurra por los vencidos!</em></p>
<p><em>¡Y por aquellos cuyas naves se hundieron en el mar!</em></p>
<p><em>¡Y por los generales que perdieron combates,</em></p>
<p><em>y por todos los héroes derrotados&#8230;!</em></p>
<p><em>¿Te han dicho que fue bueno triunfar?</em></p>
<p><em>También te digo que es bueno perder,</em></p>
<p><em>las batallas se pierden con el mismo espíritu</em></p>
<p><em>con que se ganan&#8230;’’</em></p>
<p>WALT WHITMAN, Canto a mí mismo.</p>
<p>PUEYRREDON (I)</p>
<p>UN GRANADERO REGRESA A SU PATRIA</p>
<p>¿QUÉ AZARES ME LLEVARON —me pregunto ahora, cuando el pasado no es más que un retumbar de cascos que sacude de tanto en tanto a la memoria— a ser testigo de las derrotas y las glorias, de las miserias y las grandezas, de los hombres que hicieron a la patria?</p>
<p>¿Adónde estaba escrito, si es que acaso lo estaba, que habría de ser yo el cronista de los tiempos en que esos mismos hombres mataban y morían, vencían o marchaban luego al destierro, tras una noción casi en pañales como era la de patria en aquellos días?</p>
<p>Las fronteras no estaban delineadas aún con rigor de cartógrafos y uno podía llamarse, sin temor al abuso retórico, ciudadano de América con el derecho que daba mucha sangre mezclada en la batalla.</p>
<p>Venía yo de Chile, justamente, luego de haber combatido en la campaña del Sur, que aseguró la victoria de Maipo, cuando comprendí que estos grandes ideales convivían, muy a pesar nuestro, con las rencillas de orden doméstico que implica el ejercicio del poder aun en medio de las epopeyas más esforzadas.</p>
<p>Como digo, no hice más que cruzar la Cordillera para descubrir que el espíritu de facción y las viejas reyertas de logias y partidos, trenzadas en ocasiones con meras cuestiones de índole personal, desangraban al bando patriota con tanto vigor como el enemigo.</p>
<p>Estaba en compañía de ocho oficiales, originarios delAlto Perú en su mayor parte, que habían purgado un largocautiverio en los calabozos subterráneos de El Callao, por loque buen tramo del viaje fue amenizado por las pullas que nosdedicábamos unos a otros.</p>
<p>Nosotros, colgándoles el mote de <em>indiebuilis</em>, algo así como indios con fusiles; y ellos, mitad en castellano y mitad en quechua, retrucando estos adjetivos con los de pícaros, abajeños y otros que no alcanzábamos a descifrar.</p>
<p>Llegamos a Mendoza a fines de l820, y allí tuve mi primer entrevero con el gobernador Tomás Godoy y Cruz, a quien nos presentamos como es norma y costumbre en estos casos.</p>
<p>—¿Quiénes son ustedes?— indagó Godoy, con gesto agrio y una poco disimulada expresión de malestar, apenas entramos en su despacho.</p>
<p>Le explicamos que éramos oficiales del Ejército de los Andes que regresábamos con licencia a nuestro país, y que mucho le agradeceríamos tuviera a bien procurarnos algún alojamiento en la ciudad.</p>
<p>No de muy buen grado, por cierto, el gobernador firmó una orden para el alcalde en tal sentido, mientras yo cruzaba unas palabras con un ocasional huésped suyo cuya visita fuera interrumpida por la nuestra.</p>
<p>Se trataba del coronel mayor don Bruno Morón, quien, tras haber reparado en mi apellido en el momento de las presentaciones, me preguntó si era hijo de José Cipriano de Pueyrredón, al que conocía como Pepe.</p>
<p>Me dijo que había tenido el honor de servir junto a mi padre en el Cuerpo de la Estrella, y que en razón de haber sido su amigo me ofrecía sus servicios para lo que fuera menester; ofrecimiento que agradecí, desde luego, como correspondía.</p>
<p>Saludé a Morón, un hombre alto y de tez morena, de gallarda estampa, cuyos modales afectuosos y llanos contrastaban con la frialdad de Godoy Cruz. Y me dirigí, junto al capitán Manuel Blanco, que me acompañaba en la gestión y que más tarde ha tenido figuración en su país, al edificio del Cabildo para hacer cumplir la orden de brindarnos hospitalidad.</p>
<p>Grande fue mi sorpresa, sin embargo, cuando llegados al lugar el alcalde nos hizo saber que dicha orden excluía al señor Manuel Pueyrredón. Es decir, a quien hoy pasa revista a estos ajados recuerdos, que podrán llegar o no a tomar un día la forma de un memorial escrito, pero que son —como los leños que arden ahora perezosamente en el hogar— lumbre y abrigo en el ocaso.</p>
<p>Tanto me molestó esta exclusión que temo haberme dirigido al funcionario en términos bien poco académicos, con el ímpetu propio de mis dieciocho años, más habituados al combate en llano que a las retorcidas intrigas palaciegas.</p>
<p>Indignado por este trato, a todas luces impropio para un soldado que regresaba a su tierra tras recibir diez heridas en tres oportunidades consecutivas, y haber sido dado por muerto incluso en una de ellas, volví a la casa del gobernador.</p>
<p>—No lo incluí en la orden de alojamiento— me dijo el muy taimado, a modo de pobre excusa—, porque entiendo que tiene usted muchas amistades aquí, y seguramente no lo ha de necesitar&#8230;</p>
<p>—Cierto es— le repliqué—, pero ello no exime al gobierno de la obligación de conseguirme al menos un albergue&#8230; Menos aún cuando regresamos al seno de la patria casi inválidos y como oficiales de las Provincias Unidas creemos merecer su reconocimiento.</p>
<p>La conversación subió rápidamente de tono y me retiraba del lugar dando un portazo, como forma de desahogar mi ira y evitar la tentación que sentía de poner mis manos sobre su garganta, cuando su secretario logró llevarme nuevamente a la sala.</p>
<p>Allí, a regañadientes, y luego de recordarme que era él quien mandaba en la provincia, Godoy Cruz me entregó en un sobre cerrado una orden escrita por él mismo, que parecía representar nada más que una tregua en esta guerra privada que nos unía.</p>
<p>LOS MOTIVOS DE SU ANIMOSIDAD no me eran secretos: el señor bachiller en filosofía, sagrados cánones y leyes había pretendido, años atrás, a una prima mía, Victoria Ituarte Pueyrredón, sin tener mayor suerte en el cometido.</p>
<p>Desdeñado por ella, el retacón y lechoso Tomás Godoy creyó ver en mí al rival por el cual la dama no aceptaba sus requiebros y galanteos, sin considerar que yo era muy joven todavía para disputarle este trofeo. Y que si bien estaba yo enamoradísimo de Victoria, con la fuerza sin par de las pasiones primeras, no era el que había arruinado sus planes matrimoniales.</p>
<p>Para colmo de males, un nuevo hecho sirvió para ganarme aún más su enemistad e inquina: de visita ambos en la casa de una familia mendocina, donde había una joven a quien él cortejaba, otra vez nos pusimos a discutir.</p>
<p>Y yo, que tengo la lengua tan presta como el sable, le dije, entre otras cosas que sonaron bien poco halagüeñas, que seguramente las calabazas que había recibido en Buenos Aires habían contribuido a engrosar su rechoncha humanidad.</p>
<p>Huelga decir la poca gracia que le causaron mis palabras, y a partir de entonces juró vengarse de mí a cualquier precio.</p>
<p>La oportunidad de hacerlo no tardó en presentársele, pues quiso la mala fortuna que en una partida de caza tuviera la desgracia de herir accidentalmente a un oficial peruano llamado Maldonado.</p>
<p>Se disparó, casi sin darme cuenta, la escopeta de dos cañones que llevaba conmigo, durante una guerrilla con cáscaras de sandía, después de habernos cansado de tirar a las perdices, y fue a herir en el vientre al pobre infeliz, que murió esa misma noche. No sé si a causa del desdichado balazo o de la indigestión que le causó la mezcla de sandía y vino, del que</p>
<p>se había libado en abundancia.</p>
<p>Puesto preso e incomunicado debido a esto, el gobernador se ufanaba diciendo a todo el mundo que me iba a fusilar. Pero ante los incontables testimonios que confirmaron el carácter fortuito del suceso, no tuvo más remedio que liberarme seis días después.</p>
<p>NO BIEN SALÍ DE LA CÁRCEL, partí a San Luis, donde se encontraba mi familia, la que me daba por perdido hacía dos años al no recibir noticias mías.</p>
<p>A los veinte días de estar allí, llegó el coronel Morón con tropas de San Juan y Mendoza, prontas a unirse con refuerzos locales y salir en persecución de José Miguel Carrera y Francisco</p>
<p>Ramírez.</p>
<p>Dos jefes rebeldes —chileno uno y entrerriano el segundo—que asolaban con sus montoneras las zonas rurales de San Luis y Córdoba, y amenazaban extenderse hacia el oeste.</p>
<p>Morón, tras muchas idas y venidas, me convenció de que aceptara el puesto de primer ayudante de campo, en la campaña a punto de iniciarse.</p>
<p>Como soldado del Ejército de los Andes, le dije que no me entusiasmaba demasiado tomar parte en las luchas civiles que ya empezaban a desgarrar a los países recién y aún no definitivamente liberados de la coyunda hispana.</p>
<p>Me sentía, empero, personalmente comprometido con este veterano del Ejército del Norte que me ofreció su generosa amistad en momentos difíciles.</p>
<p>Esta deuda de honor fue, en última instancia, la que me hizo aceptar su proposición, bajo condición expresa de que no iba a servir a su causa ni a pelear siquiera, sino que sólo le acompañaría y defendería de ser estrictamente necesario.</p>
<p>Pocos días más tarde, tras aprovisionarnos de alimentos y municiones, nos pusimos en marcha. Cabalgábamos de noche y descansábamos de día, como aconseja el uso y el buen sentido en este tipo de operaciones.</p>
<p>Y nos bastó llegar a la frontera con Córdoba para comenzar a hacer prisioneros, los que fueron pasados por las armas de inmediato de acuerdo a las órdenes recibidas por Morón de su gobierno.</p>
<p>Por boca de algunos de ellos supimos, al aproximarnos a las cercanías del río Cuarto, que el convoy de carretas de los montoneros, con todas sus vituallas y provisiones, estaba en el paso de San Bernardo.</p>
<p>Morón no desperdició semejante ocasión y destacó enseguida una división con el fin de sorprenderlos en ese sitio.</p>
<p>Siguiendo los pasos de esta avanzada, al amanecer escuchamos a lo lejos los ecos de un violento tiroteo, y al poco rato un mensajero trajo la noticia de que el convoy había sido tomado.</p>
<p>Arribamos, entonces, a San Bernardo, con los primeros rayos del sol incendiando la línea del horizonte tendida hacia el oriente y una victoria asegurada en nuestras manos.</p>
<p>Lo que vimos fue el saldo de un reñido combate que dejó más de veinte muertos y una treintena de prisioneros.</p>
<p>Entre ellos, había ocho oficiales y una señorita de llamativa e inusual belleza, natural del Salto, según dijo, que había sido robada por los indios hacía un año y rescatada por el general Carrera.</p>
<p>La soldadesca, excitada, echaba suertes para ver quien se habría de quedar con ella. Hasta que yo y el sargento mayor Pedro Ramallo, un amigo mío de Mendoza con el que me ligaban ciertos lazos de parentesco, conseguimos ponerla a salvo, cuando temía para sí lo peor.</p>
<p>Junto a ella, con la cara dividida por una cuchillada que iba desde la frente a la mandíbula, un muchacho de catorce o quince años reflejaba en su doble rostro la fiereza de la dura brega.</p>
<p>Tras interceder ante Morón por la joven, de nombre Juana Martínez, a quien le ofrecí quedarse con mi familia en tanto no pudiera reunirse con la suya propia, el aguijón de la curiosidad me llevó a ver al resto de los prisioneros.</p>
<p>Fue allí donde, sentado sobre el húmedo pasto de la madrugada y hundido en profundas cavilaciones, conocí al capitán William Kennedy.</p>
<p>El hombre que, a su vez, me permitió conocer no mucho tiempo después al señor general don José Miguel Carrera&#8230;</p>
<p>KENNEDY (I)</p>
<p>PARÁBOLA DEL CIEGO QUE LEE Y ESCRIBE LA HISTORIA</p>
<p>YO, WILLIAM KENNEDY, natural de Kingston, Jamaica, y ciego a los veinticinco años por obra de un acontecimiento tan extraño como las vicisitudes que me llevaron al fin del mundo, quiero dejar aquí mi testimonio de un peregrinar que me acercó a las puertas del cielo o del infierno.</p>
<p>El fogonazo de un tiro de pistola disparado a quemarropa cerca de mis ojos, durante una sableada en un paraje llamado El Sauce, me privó de la vista; y desde entonces no me ha quedado más remedio que dirigir mi mirada hacia adentro y vivir de las añoranzas y lucubraciones acuñadas a lo largo de una existencia no exenta de infortunio.</p>
<p>Hijo de norteamericanos, nací accidentalmente en las Antillas, donde mi madre pasaba una temporada por prescripción de un médico que le recomendó el clima del trópico, y mi padre se dejaba agobiar por el calor con el auxilio del ron y el ocio que enervan los espíritus en esas latitudes.</p>
<p>De regreso a mi país, fui destinado desde pequeño a la vida en el mar, habiendo participado sin desdoro alguno para mi persona —aunque parezca inapropiado que sea yo mismo quien lo diga— en la guerra de l812 contra Inglaterra, en la que obtuve mis galones de teniente segundo de la Marina de la Unión.</p>
<p>Cuatro años más tarde, en l8l6, me fue presentado en Baltimore el general José Miguel Carrera, caudillo de una república del extremo sur de América, que sería, sin poderlo saber yo en aquel tiempo, un personaje decisivo en mi vida.</p>
<p>Carrera acababa de ser derrotado por las tropas del rey de España, empeñadas en una gigantesca contraofensiva destinada a sofocar la rebelión de sus colonias. Pero no parecía afectado por un revés que en principio semejaba ser incontrastable.</p>
<p>Por el contrario, ahora que lo recuerdo —pasados ya los años y gracias a la diligencia de una pluma ajena—, debo decir que estaba envuelto por el torbellino de una actividad sin límites encaminada a revertir su derrota.</p>
<p>Sus propósitos eran, como me lo confió a poco de conocerme, reunir una suerte de Armada Invencible, llevando con él tropas y suministros bélicos con los cuales pretendía coronar su sueño de darle nuevamente la libertad a su patria.</p>
<p>Seducido por su magnetismo personal y su entusiasmo infatigable —¡cuántos antes que yo y luego de mí no se han plegado a empresas semejantes!—, asocié mi destino al suyo y me sumé a la quijotesca tarea.</p>
<p>A su lado, pude ver cómo no se cansó de golpear puertas ni de gestionar apoyos, en pos de conseguir sus objetivos.</p>
<p>Animado por el empuje de su loco empeño, se entrevistó con el propio James Madison, presidente de mi país en esos años; con James Monroe, que lo sucedería; y mantuvo contactos con el mariscal Grouchy, el general Mina y hasta con José Bonaparte, a quienes estuvo a punto de ganar para sus proyectos.</p>
<p>Dueño de una gran energía, que de ser acompañada por la buena fortuna hubiera hecho que su papel fuera muy otro en la historia, Carrera consiguió finalmente lo que buscaba.</p>
<p>Con la ayuda de armadores norteamericanos, y firmando créditos y empréstitos cuya única garantía era el incierto triunfo de nuestras armas, logró fletar una escuadrilla de tres naves: la corbeta <em>Clifton</em>, la escuna <em>Davey </em>y el bergantín <em>Savage</em>, con las que pusimos proa rumbo a Buenos Aires a comienzos de diciembre de l8l6.</p>
<p>La desgracia nos persiguió allí desde un comienzo, puesfue cuestión de echar anclas en este puerto para empezar aadvertir la nula predisposición hacia nosotros del Director</p>
<p>Supremo, don Juan Martín de Pueyrredón —tío del joven oficial que algún día me habría de salvar la vida, como se verá más adelante—, que nos puso toda clase de reparos.</p>
<p>Hete aquí que Pueyrredón, a la sazón al frente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, era amigo de O’Higgins y San Martín, que en aquella época cruzaban los Andes, para liberar a Chile desde Cuyo con un ejército argentino-chileno, y creyó hacerles un gran favor a ambos al ordenar el arresto de Carrera y la incautación de nuestros barcos.</p>
<p>NO SERÉ YO, POR CIERTO, un extranjero que apenas comprendía el idioma de esta verdadera <em>terra incognita </em>que era para mí la América del Sur, antes de embarcarme en este viaje, la persona más indicada para desentrañar las causas de esa sorda y a veces inclemente pugna.</p>
<p>Baste decir que sólo conocía una versión: la de Carrera, quien luego —cuando desde el interior de Argentina empezamos una larga marcha que, según decía, nos llevaría alguna vez a</p>
<p>Chile, su patria amada— solía contarme los pormenores de un antagonismo que se remontaba a los orígenes de la lucha independentista.</p>
<p>—Vea usted, Kennedy&#8230;— me decía, a la luz del fogón que iluminaba las noches tranquilas, las pocas sin persecuciones ni marchas forzadas—. Mi gran error fue no irme directamente con los buques a Talcahuano, donde estos carajos no hubieran podido hacer nada para detenerme y hubiéramos entrado a Chile por el sur.</p>
<p>“De haber sido así, otro gallo cantaría y no andaríamos por estas pampas del demonio como tristes espectros de un ejército a la hora en que la gloria le sonríe a otros&#8230;’’</p>
<p>—¿Sabe una cosa, amigo?— agregaba—. Yo perdonaría a San Martín y a todos los otros que me han perseguido, con mayor o menor dedicación, pero jamás a O’Higgins, porque es el único culpable de todo&#8230;</p>
<p>En esos momentos, y en todos aquellos en los que se refería a aquél al que muy a menudo llamaba “<em>engendro de potro inglés</em> <em>en yegua chillaneja</em>” o cosas peores, su voz perdía el timbre claro que la caracterizaba y se crispaba con los acentos del desprecio más hondo.</p>
<p>A la distancia, desde la perspectiva que da el tiempo, que omite en el dolor su pátina de olvido, pienso que lo que le resultaba difícil, por no decir imposible de perdonar era la muerte de sus dos hermanos —Juan José y Luis Carrera— en Mendoza.</p>
<p>Un aciago suceso que me cupo a mí informarle y que, indudablemente, tiñó del irreversible color de la sangre la antigua disputa que lo separaba del hijo natural del ex Virrey del Perú.</p>
<p>—Pensar que yo lo elevé al rango de general— se lamentaba—, colmándolo de honores y favores, y en pago de todo esto no recibí más que la ingratitud de que se rebelara contra mí, cuando el enemigo común nos acechaba.</p>
<p>“Pese a ello, le confié el mando de una división con la que se encerró en Rancagua, al sur de Santiago, contra todas mis órdenes, donde no pudo sostener su posición, a pesar de que yo corría a socorrerlo. Y provocó así el derrumbe de nuestros ejércitos y la reconquista española de nuestro país&#8230;”</p>
<p>Ya fuera porque O’Higgins era pintado con trazos tan ruines o porque un encono tan grande termina por despertar a fin de cuentas una natural curiosidad, no podría decirlo con precisión&#8230;</p>
<p>Lo cierto es que, de regreso a casa, tras los infaustos sucesos que marcaron mi deambular por aquellos extramuros del mundo, me ocupé, con la ayuda de quienes prestaron sus ojos a los míos, de hurgar crónicas históricas menos sesgadas por la parcialidad en torno a este personaje.</p>
<p>Supe, así, que luego de haber sido aliados en un cuartelazo que derrocó a un gobierno considerado por ambos como muy contemporizador con los godos, O’Higgins tomó distancia de Carrera cuando éste, dos meses después, en noviembre de l811, volvió a derribar a la nueva Junta dirigida por un viejo amigo suyo, Juan Mackenna.</p>
<p>Y terminó a la postre imponiendo un gobierno de neto carácter personalista, asumiendo la totalidad del poder público y convirtiéndose en dictador a los veinticinco años (la misma edad, curiosa semejanza, en la cual quedé yo sumido en las tinieblas).</p>
<p>Una meteórica trayectoria política que se debía, al menos, a la combinación de dos factores: el prestigio de su familia (su padre, Ignacio de la Carrera, fue miembro de la Primera Junta de l810; y sus hermanos, militares como él, gozaban de amplia fama en los cuarteles), y los resabios de una estructura feudal fundada en una especie de patriciado.</p>
<p>Acostumbrado a brillar en los salones y saraos santiaguinos, refulgente en su uniforme de húsar, la figura de don José Miguel, mundana y aristocrática, representaba la exacta contrapartida de la de Bernardo O’Higgins; aquel al que sus detractores gustaban llamar el <em>“huacho Riquelme’’.</em></p>
<p>O’Higgins, me informaron las lecturas vertidas en mis oídos por voces pacientes y caritativas, vivió una infancia llena de privaciones afectivas y materiales, cargando con la vergüenza, imperdonable para la sociedad de su época, de ser un hijo no reconocido.</p>
<p>Carrera, en cambio, fue el niño mimado de un clan de vieja prosapia, que como tal fue enviado a España desde muy joven para ejercitarse en las actividades mercantiles y escapar de paso a ciertos escándalos creados por su disipada vida galante. Y si pudo darle a su existencia un signo distinto, fue merced a un temperamento que no condecía para nada con los trajines fenicios, y sí con la vida de soldado.</p>
<p>Una vida que se inicia desde temprano al batirse en las filas del ejército hispano que combate a las tropas napoleónicas en la península. Y continuaría en los confines australes, en cuanto oyó hablar de las convulsiones que esos hechos desatan al otro lado de la mar océano.</p>
<p>De resultas de lo cual, conjeturo yo por mi cuenta y riesgo, no fue del todo imprevista la competencia que se entabló entre estos dos hombres: parteros por igual de lo que estaba aún por inventarse, cara y ceca de una misma moneda&#8230;</p>
<p>COMO JEFE SUPREMO DE SU PAÍS, el general Carrera emprendió una vasta obra. Sancionó la primera Constitución, dictó la libertad de vientre para los esclavos negros, fundó un periódico y una biblioteca, y mandó crear escuelas en todo lugar o paraje donde vivieran más de cincuenta familias.</p>
<p>Pero la historia está hecha de flujos y reflujos, y no hay poder en el mundo que se resista a ceder sus privilegios sin ofrecer resistencia.</p>
<p>A comienzos de 1813, el general realista Antonio Pareja desembarca tropas traídas desde Lima en la isla grande de Chiloé, haciendo que este país, constreñido entre el mar y las montañas, se pusiera en pie de guerra.</p>
<p>En un gesto que lo honra, el hijo del Virrey abandona entonces su hacienda de Las Canteras —tardía herencia de su padre—, y se pone bajo el mando de Carrera, que lo precede en antigüedad como soldado.</p>
<p>Monta a caballo y al frente de los hombres que trabajan sus tierras derrota a los Dragones de Carvajal en Los Ángeles, en lo que fue el bautismo de fuego de este bisoño ejército chileno formado por inquilinos y bachilleres.</p>
<p>Carrera, a su turno, prosigue su campaña. Combate a los sarracenos en Yerbas Buenas y San Carlos, recupera Concepción y estrecha el sitio sobre Chillán, donde los españoles se hacen fuertes protegidos por el rigor del crudo invierno sureño.</p>
<p>En medio de estas luchas, las primeras, todavía hay lugar para los actos de honor propios del código ético más inquebrantable. Se producen acontecimientos inesperados.</p>
<p>La sorpresa de El Roble, por caso, cuando un grupo al mando del coronel Antonio Elorreaga cae sobre el campamento patriota y O’Higgins, herido de un balazo en un muslo y a medio vestir, evita el desbande y transforma la derrota en victoria.</p>
<p>Y es el propio Carrera, su enemigo de siempre, quien en el parte oficial de la batalla dirigido a la junta de gobierno consigna este hecho notable del “<em>citado O’Higgins, a quien</em> <em>debe contar Vuestra Excelencia por el primer soldado capaz en</em> <em>sí solo de reconcentrar y unir heroicamente el mérito de glorias y</em> <em>triunfos del estado chileno</em>&#8230;”</p>
<p>Nobleza obliga, me diría Carrera años más tarde, cuando le pregunté el por qué de su condescendencia de aquel entonces con su rival&#8230; Aunque la misma le significara poco después, al iniciarse el funesto año 14, ser depuesto de su cargo de comandante en jefe por la Junta, que nombró en su lugar al héroe de El Roble.</p>
<p>Paradoja inextricable: el cenit de uno siempre marcó el nadir del otro, como en un juego de planetas opuestos cuyo equilibrio y distanciamiento formara parte del orden natural del universo.</p>
<p>En efecto, mientras O’Higgins centralizaba en sí el mando militar, apremiado por Mackenna que lo alentaba en una carta con un imperioso <em>“¡Save, save your country&#8230;!”, </em>José Miguel Carrera y su hermano menor, Luis, eran apresados en Concepción por los españoles y enviados a Chillán, uno de sus bastiones.</p>
<p>Por aquel tiempo, empantanadas las acciones bélicas y agotados los bríos de ambos bandos, se firma una corta tregua: el tratado de Lircay, acordado por el general Gabino Gaínza y el Director Supremo Francisco de la Lastra.</p>
<p>—Según este armisticio— contaba Carrera, al rememorar estas peripecias—, todos los prisioneros serían liberados, pero el pícaro de Lastra, que sucedió a la Junta, hizo introducir una cláusula secreta para que mi hermano y yo siguiéramos presos.</p>
<p>“Menos mal que nosotros —añadía, burlón—, fuimos más pícaros que él y nos fugamos con la ayuda de unas damas, haciéndole pagar cara su claudicación&#8230;”.</p>
<p>DICHO Y HECHO: en julio de l814, en andas del descontento popular, los Carrera dan un nuevo golpe de estado, instaurando un triunvirato presidido por don José Miguel. Una de sus primeras medidas fue ordenar el destierro, entre otros notables, de Mackenna a la Argentina.</p>
<p>Ante esto, O’Higgins se rebela y marcha hacia Santiago, y si la guerra civil no estalla es sólo porque al mismo tiempo llega la noticia de que otro grueso contingente de españoles acaba de desembarcar en Talcahuano.</p>
<p>En la emergencia, deciden unir fuerzas y el rubicundo joven de ascendencia irlandesa, sanguíneo como lo dictaba su naturaleza pero también controlado a la hora de las grandes decisiones, reconoce al gobierno recién establecido bajo una sola premisa: seguir al frente de su división.</p>
<p>Así se llega a la batalla de Rancagua, en la que mil setecientos criollos, comandados por O’Higgins, al que acompañaba Juan José Carrera, enfrentan a cuatro mil soldados del ejército real, en una contienda que decidiría el curso de este tramo de la guerra.</p>
<p>Sitiados en las cuatro manzanas que formaban el pobre centro de la ciudad, los patriotas resistieron durante dos días el embate de los Talaveras, el Real de Lima, los Carabineros de Barañao y otras tropas fogueadas y aguerridas.</p>
<p>Parapetados tras trincheras hechas de adobes y líos de charqui, y en lucha cuerpo a cuerpo, peleando cada palmo de terreno, rechazaron una a una, con la bandera negra de guerra a muerte izada hasta el tope, las intimaciones de rendición de los realistas.</p>
<p>El primer día de octubre, iniciado el asedio, O’Higgins mandó un recado escrito en papel de cigarro a José Miguel Carrera: “<em>Si carga esa división, todo es hecho&#8230;</em>”. La respuesta que un mensajero le llevó al alba de la siguiente jornada, sorteando el cerco a través de los albañales, fue clara y concisa: “<em>Al amanecer hará sacrificios esta división&#8230;</em>’’<em>.</em></p>
<p>Pero lo esperado no ocurrió, y el mediodía del día 2 O’Higgins pudo ver, maldiciendo entre dientes, desde el campanario de la torre de la Merced, cómo la caballería encabezada por Luis Carrera, que llegó a acampar a tres millas de la ciudad, se retiraba hacia el norte, tras un amago de ir en su auxilio.</p>
<p>Sólo le resta una opción: ordenar a sus cazadores romper el sitio al galope y sable en mano, cargando en la grupa de sus caballos a los escasos infantes que sobrevivieron a los siete asaltos de las tropas de Osorio.</p>
<p>Allí, entre los cañones humedecidos con orines a falta de agua, tan caldeados algunos que la pólvora ardía antes de ponerles la carga, y las bayonetas con cintas negras que hablaban de la voluntad de no ceder, murió lo que los chilenos llamaron la Patria Vieja.</p>
<p>Después vino el éxodo forzado, la difícil travesía de los Andes de la que el general Carrera ni siquiera sospechaba que no volvería nunca.</p>
<p>CARRERA (I)</p>
<p>PESADILLA QUE TURBA EL SUEÑO DE CARRERA</p>
<p>“<em>SUEÑO TERRIBLE DE ESTA NOCHE. Mis temores.</em></p>
<p><em>Amanecí con nueve golpes en un muslo, y me confundo cuando quiero averiguar su origen&#8230;</em>”.</p>
<p>La pesadilla vuelve a atormentarme, y es siempre la misma: variantes apenas desdibujadas de la que consigné en mi diario en marzo 11 de 1816, como una aguda y funesta premonición de lo que me esperaría al final del largo viaje que acababa de emprender a Norteamérica.</p>
<p>Primero: que un paniaguado de San Martín decomisara las naves que tanto esfuerzo y sacrificio me demandó conseguir. Y luego, que me arrojaran encadenado a la bodega de un barco en Buenos Aires para no entorpecer sus planes de entronizarse como amos de Chile.</p>
<p>¿Qué otra cosa esperar de estos infames? Si en cuanto puse pie en la Argentina, tras cubrir con tropas escogidas la retirada, batiéndome en la ladera de Los Papeles, en los mismos faldeos cordilleranos, se obcecaron en negarme los honores que mi rango merecía, aún en la derrota. Y pretendieron, además, descargar sobre mis hombros el pesado fardo del desastre de Rancagua.</p>
<p>Pese a que, como he escrito también en mi diario, el repliegue de mi división “<em>se verificó con todo orden y muy despacio</em>”. Y que mi única y principal preocupación fue organizar las cosas de manera tal que se salvase todo lo que pudiera salvarse: hombres, armas, caudales, y lo que fuera menester para seguir la guerra tarde o temprano.</p>
<p>Mas la guerra me la hicieron a mí aquellos a quienes creíamis aliados. Apenas llegué a Mendoza me encontré con que SanMartín, que oficiaba como gobernador de Cuyo, ordenaba casial punto mi expulsión y la de mis hermanos de la provincia,poniéndonos a disposición del gobierno de Buenos Aires.</p>
<p>Un trago amargo tras otro: al dolor de haber tenido que dejar a muchos de nuestros familiares en Chile, expuestos al furor de los vencedores, se sumó el ver a nuestros mejores amigos dispersos, barridos por el invisible soplo de la organización secreta que tantos pesares me ha causado.</p>
<p>No nos quedó, pues, otro temperamento que seguir llevando cada vez más lejos la pena y la aflicción del exilio; ese sentir que nos han despojado, junto con el trozo de tierra que sustenta nuestra identidad y nuestra memoria, de una parte vital de nosotros mismos.</p>
<p>Ya en Buenos Aires (el insomnio me enfrenta a los recuerdos: no hay evasión posible), una vaga luz de esperanza se encendió para mí y los que me eran adictos cuando un buen amigo mío, Carlos María de Alvear, tomó el poder y mandó que San Martín cesara en su cargo.</p>
<p>Pero su brillo se extinguió muy pronto al ser derrocado Alvear por Alvarez Thomas, allegado a la Logia, y en consecuencia al bando o’higginista, que vio librado nuevamente el campo para actuar en desmedro de mi persona y de los míos.</p>
<p>Decidí, entonces, buscar en otro parte los socorros y auxilios que allí se me negaban, emprendiendo viaje a los Estados Unidos; país cuyas virtudes republicanas siempre admiré, y en el que creí poder hallar personas interesadas en nuestra causa.</p>
<p>Mientras yo me ocupaba de estos afanes, otros ecos de la derrota conmovían a la emigración chilena en el Plata y hacían presagiar nuevos conflictos.</p>
<p>Juan Mackenna O’Reilly, el jefe militar al que ordené desterrar en agosto de l814 a Mendoza, por estar involucrado en las conspiraciones que se tejían en mi contra, fue muerto por mi hermano menor, Luis, en un lance de honor, a orillas del riachuelo de Barracas.</p>
<p>Los hechos sucedieron así: no bien llegó Luis a Buenos Aires envió a Mackenna un cartel de desafío, invitándole a dirimir las diferencias que, ya en Mendoza, alcanzaron proporciones de escándalo al referirse el mencionado Mackenna en forma muy desconsiderada e irrespetuosa con respecto a los Carrera.</p>
<p>La respuesta de quien fuera el maestro de O’Higgins en materia de arte militar e íntimo amigo suyo, tal como lo fue de su padre años ha, no dejó sitio a muchas alternativas.</p>
<p>“<em>La verdad siempre he sostenido y sostendré. Demasiado honor he hecho a usted y a su familia</em>”, afirmó, con su clásicapetulancia, este irlandés que frisaba ya la cincuentena.</p>
<p>Agotada cualquier solución de transacción, el duelo se llevó a cabo la noche del 21 de noviembre, en el denominado Bajo de la Residencia. Mackenna hizo el primer disparo y derribó con él el sombrero de mi hermano.</p>
<p>Solicitados ambos en ese instante por sus padrinos para poner término al lance, Luis exigió que aquel al que consideraba su ofensor se desdijese, respondiendo éste que no lo haría ni al precio de su vida. Disparó entonces, a su vez, mi hermano, atravesándole de un tiro la garganta.</p>
<p>SU MUERTE, ALCANZADA en justa contienda, no le fue perdonada jamás por O’Higgins, que no descansó hasta vengarse de la manera cruel y aviesa que lo hiciera más tarde.</p>
<p>Y nos valió el odio y la inquina de buena parte de las grandes familias de la sociedad chilena, pues Mackenna estaba casado con doña Josefa Vicuña y Larraín, dama perteneciente al clan Larraín o de las “Quinientas Familias’’, por estar muy extendido en nuestro país, al que yo llamo también la <em>Casa</em> <em>Otomana</em>.</p>
<p>Los Larraín, al igual que los Errázuriz, los Eyzaguirre y otros apellidos de noble estirpe como el nuestro, coadyuvaron a profundizar la revolución de 1810, volcándose decididamente hacia el bando patriota más radical: el de los que, como yo, se enorgullecían de ser considerados “malvados insurgentes” por los godos. Y fueron base y gestores, en algunos casos, de los primeros pronunciamientos en contra de los tibios pelucones o carlotinos.</p>
<p>Pero, a partir de la muerte de Mackenna, y aún antes, si he de atenerme estrictamente a la verdad, hube de contarlos entre mis adversarios, al igual que la Logia y los tristes hados que parecen haber signado mi destino.</p>
<p>Habituado estaba yo, sin embargo, a esta altura de mi vida, a luchar contra molinos de viento y gigantes superiores a la talla del común de los mortales, y no había ni habrá enemigo alguno que me arredre.</p>
<p>Vuelvo al extremo sur del continente, y, como es sabido, mi flota es confiscada y soy puesto en prisión por obra de estas pérfidas manos que actúan en las sombras.</p>
<p>No pueden conmigo, no obstante, pues logro escabullirme a Montevideo, donde vivo un nuevo período de extrañamiento de algo más de dos años, en el que mudo el filo de mi espada por el de la letra impresa, dirigiendo manifiestos y proclamas a mi pueblo y a los del otro lado del Plata.</p>
<p>Paso allí por momentos difíciles, atenaceado por necesidades que me han sido tan fieles como la desventura en estos años, y viendo como todos mis proyectos se derrumban como un castillo de naipes.</p>
<p>Con mi mujer y mis dos pequeñas hijas en Buenos Aires, cargando, pese a ser inocentes, con la cruz de la proscripción, ésa fue, como le dije a Mercedes en esos días, una de las épocas más penosas de mi vida.</p>
<p>Así estaba yo, inmerso en tareas que no son las que mejor acomodan a mi espíritu, cuando Kennedy, al que traje conmigo desde el Norte y que me acompaña desde entonces, me da cuenta de una terrible nueva: mis queridos Juan José y Luis han sido fusilados en Cuyo por mandato de Bernardo Monteagudo, una de las eminencias grises de la Logia.</p>
<p>El pretexto, la torpe justificación que busca encubrir su muerte es que ambos, según los amanuenses de la hermandad lautarina, llevaban adelante una conjura para dar por tierra con el gobierno instalado por O’Higgins en Chile.</p>
<p>Mas yo sé que las causas son muy otras y juro vengar su sangre derramada en cuanto la ocasión se me presente.</p>
<p>¡BÁRBARO CRIMEN EL DE MIS ENEMIGOS, que no pudiendo tenerme a mí para solazar sus odios, se desfogan en quienes yo más quiero!</p>
<p>No les daré perdón ni tregua, mientras mis pasos resuenen sobre esta tierra. Así lo he prometido y así pienso cumplir, aunque tenga que aliarme con el mismísimo diablo para lograrlo.</p>
<p>Los hicieron prisioneros a mediados de l817, para impedirles pasar hacia Chile y desbaratar su naciente tiranía; y los tuvieron en ese estado cerca de un año, sin que yo, alejado del escenario de estos acontecimientos, pudiera hacer nada por asistirlos.</p>
<p>He sabido, después, que mi padre, de regreso en el continente tras haber padecido un duro destierro de tres años en la isla de Juan Fernández, junto a otros insignes patriotas, enterado de la injusta prisión que sufrían mis hermanos, les envió doce onzas de oro que pidió prestadas para aliviar en algo sus penurias.</p>
<p>Pues bien: a ese anciano enfermo y víctima en su salud y sus bienes de la revancha realista, el señor Director Supremo de Chile (como ha sido proclamado por sus corifeos), don Bernardo O’Higgins Riquelme le remitió, en un gesto de suprema maldad, la cuenta de los gastos de ejecución de sus dos hijos, sin perdonar ni el costo de las balas&#8230;</p>
<p>Una ofensa más para una lista que su malevolencia no cesa de engrosar, y de la cual el fusilamiento de Juan José y Luis Carrera, acaecido en Mendoza el 8 de abril de 1818, tres días después de la batalla de Maipú y luego de una farsa a la que se llamó proceso, es sólo un jalón que se agrega a tantos.</p>
<p>Aún estaba fresca la sangre de este hecho aleve, cuando un nuevo y monstruoso asesinato se añadió a los muchos de los que es responsable y por los que deberá responder algún día la Logia Lautarina. Hablo de la cobarde conspiración que costó la vida a un patriota ejemplar, Manuel Rodríguez, cuya bizarría y valor no discuten ni sus rivales más acérrimos.</p>
<p>Pero, ¿a qué seguir con la incontable enumeración de canalladas debidas a los que dicen no tener otro norte que la libertad de América? No pocas pruebas he sufrido en carne propia de la crueldad que es capaz de provocar la ambición desmedida de los hombres.</p>
<p>Los ideales, la traición, la vida misma&#8230;Todo adquiere valores relativos a la luz de ese enceguecedor candil que es el poder, que nos cautiva y hace actuar subordinándonos a él.</p>
<p>¿Cuán amo soy de mi persona, aun mandando ejércitos, y cuán esclavo de las circunstancias que nos conducen y gobiernan, como a simples marionetas en el gran teatro del mundo? No lo sé, a ciencia cierta, y puede que nunca lo sepa, pues la filosofía no es mi fuerte.</p>
<p>Sólo tuve la audacia de creer que no existían caminos predeterminados cuya traza fuera imposible de cambiar.</p>
<p>Ni fuerzas ocultas o conocidas que fueran superiores a mi voluntad, y que me detuvieran cuando me propuse parir un país a partir de la nada o mover cielo y tierra para conseguir los barcos que le devolvieran su albedrío.</p>
<p>Osado mortal, prefiero pecar mil veces de soberbio antes que de timorato, y no temo el castigo de Prometeo o de Tántalo por hacer lo que mi conciencia y mi buena fe me han dictado&#8230;</p>
<p>Por lo demás, las cartas ya están echadas. Sé por gente de Urra que andan cerca. Los cuyanos han salido a darme caza, como perros lebreles, y no seré yo quien rehuya su reto.</p>
<p>Confinado como estoy a los márgenes de la historia, ese territorio nebuloso e impreciso, ya me he hecho a la idea y la costumbre de ser perseguido como un bandido.</p>
<p>Mi vida, desde hace tiempo, es un largo acoso. Un sueño interrumpido por nueve golpes que preanuncian nuevas desgracias. Una noche más de absurda vigilia en un campamento que vela sus armas.</p>
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		<title>Palinuro de México, de Fernando del Paso</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Letras de Chile]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 14 Jun 2007 21:57:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Otras Narrativas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Fragmento de Palinuro de México, novela de Fernando del Paso Gentileza de Claudio Salcedo Hacíamos el amor compulsivamente. Lo hacíamos deliberadamente. Lo hacíamos espontáneamente. Pero sobre todo, hacíamos el amor diariamente. O en otras palabras, los lunes, los martes y los miércoles, hacíamos el amor invariablemente. Los jueves, los viernes y los sábados, hacíamos el [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Fragmento de <em>Palinuro de México</em>, novela de Fernando del Paso</strong></p>
<p><em>Gentileza de Claudio Salcedo</em></p>
<p>Hacíamos el amor compulsivamente. Lo hacíamos deliberadamente.</p>
<p>Lo hacíamos espontáneamente. Pero sobre todo, hacíamos el amor diariamente. O en otras palabras, los lunes, los martes y los miércoles, hacíamos el amor invariablemente. Los jueves, los viernes y los sábados, hacíamos el amor igualmente. Por últimos los domingos hacíamos el amor religiosamente.</p>
<p><span id="more-4367"></span></p>
<p>&nbsp;O bien hacíamos el amor por compatibilidad de caracteres, por favor, por supuesto, por teléfono, de primera intención y en última instancia, por no dejar y por si acaso, como primera medida y como último recurso. Hicimos también el amor por ósmosis y por simbiosis: a eso le llamábamos hacer el amor científicamente. Pero también hicimos el amor yo a ella y ella a mí: es decir, recíprocamente. Y cuando ella se quedaba a la mitad de un orgasmo y yo, con el miembro convertido en un músculo fláccido no podía llenarla, entonces hacíamos el amor lastimosamente.</p>
<p>Lo cual no tiene nada que ver con las veces en que yo me imaginaba que no iba a poder, y no podía, y ella pensaba que no iba a sentir, y no sentía, o bien estábamos tan cansados y tan preocupados que ninguno de los dos alcanzaba el orgasmo. Decíamos, entonces, que habíamos hecho el amor aproximadamente.</p>
<p>O bien Estefanía le daba por recordar las ardilla que el tío Esteban le trajo de Wisconsin y que daban vueltas como locas en sus jaulas olorosas a creolina, y yo por mi parte recordaba la sala de la casa de los abuelos, con sus sillas vienesas y sus macetas de rosasté esperando la eclosión de las cuatro de la tarde, y así era como hacíamos el amor nostálgicamente, viniéndonos mientras nos íbamos tras viejos recuerdos.</p>
<p>Muchas veces hicimos el amor contra natura, a favor de natura, ignorando a natura. O de noche con la luz encendida, mientras los zancudos ejecutaban una danza cenital alrededor del foco. O de día con los ojos cerrados. O con el cuerpo limpio y la conciencia sucia. O viceversa. Contentos, felices, dolientes, amargados. Con remordimientos y sin sentido. Con sueño y con frío. Y cuando estábamos conscientes de lo absurdo de la vida, y de que un día nos olvidaríamos el uno del otro, entonces hacíamos el amor inútilmente.</p>
<p>Para envidia de nuestros amigos y enemigos, hacíamos el amor ilimitadamente, magistralmente, legendariamente. Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente. Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente.</p>
<p>Para alegría de los psiquiatras, hacíamos el amor sintomáticamente. Y, sobre todo, hacíamos el amor físicamente.</p>
<p>También lo hicimos de pie y cantando, de rodillas y rezando, acostados y soñando. Y sobre todo, y por simple razón de que yo lo quería así y ella también, hacíamos el amor voluntariamente.</p>
<p><strong>Fernando del Paso</strong><br />(México, 1935)</p>
<p><span style="display: none; font-size: 10pt; line-height: 150%; font-family: Arial;">&nbsp;Publicista, locutor de la BBC, diplomático, pintor, poeta y novelista nacido en la ciudad de México. En su primera novela <strong>José Trigo</strong> (1966) organiza una interesante experimentación con el lenguaje, a la vez que define una épica política. Su novela <strong>Palinuro de México</strong> (1977) es un vasto homenaje rabelesiano al cuerpo y a las funciones proliferantes y vitales de la imaginación; en <strong>Noticias del imperio</strong> (1987) traza un amplio cuadro histórico, la trágica aventura mexicana de Maximiliano y Carlota. En 1995 publica una novela policíaca, <strong>Linda 67: historia de un crimen</strong>. Recibió varios premios en México, el Rómulo Gallegos de Venezuela (1982), el premio a la mejor novela extranjera publicada en Francia (1985) y es miembro del Colegio Nacional de México.</span></p>
<p>Datos del Autor en: <a href="http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2122" target="_blank" rel="noopener">El poder de la palabra</a></p>
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		<title>Fragmentos de un diario de infierno</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Letras de Chile]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 22 Nov 2007 13:32:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Otras Narrativas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Antonin Artaud Ni mi grito ni mi fiebre me pertenecen. Esa desintegración de mis fuerzas segundas, de esos elementos disimulados del pensamiento y del alma, concebís acaso su constancia. Ese algo que está a mitad de camino entre el color de mi atmósfera típica y la punta de mi realidad. No necesito tanto de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" class=" alignright size-full wp-image-4170" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2007/11/images_img_Antonin-Artaud.jpg" alt="Fragmentos de un diario de infierno" class="caption" title="Fragmentos de un diario de infierno" align="right" width="660" height="502" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2007/11/images_img_Antonin-Artaud.jpg 660w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2007/11/images_img_Antonin-Artaud-300x228.jpg 300w" sizes="(max-width: 660px) 100vw, 660px" /></p>
<p><strong><em>Por Antonin Artaud</em></strong></p>
<p>Ni mi grito ni mi fiebre me pertenecen. Esa desintegración de mis fuerzas segundas, de esos elementos disimulados del pensamiento y del alma, concebís acaso su constancia.<br /> Ese algo que está a mitad de camino entre el color de mi atmósfera típica y la punta de mi realidad.</p>
<p><span id="more-4171"></span></p>
<p>No necesito tanto de un alimento como de una especie de conciencia elemental. <br /> Ese nudo de la vida al que se aferra la emisión del pensamiento. Un nudo de asfixia central.</p>
<p>Posarme simplemente sobre una verdad clara, es decir, que queda sobre un solo filo.<br /> Ese problema de la demacración de mi yo ya no se presenta en su ángulo únicamente doloroso. Siento que nuevos factores intervienen en la desnaturalización de mi vida y que tengo algo así como una nueva conciencia de mi íntimo debilitamiento.</p>
<p>Veo en el hecho de arrojar el dado y de precipitarme en la afirmación de una verdad presentida, por aleatoria que sea, toda la razón de mi vida.</p>
<p>Permanezco durante horas con la impresión de una idea, de un sonido. Mi emoción no se desenvuelve en el tiempo, no se sucede en el tiempo. Los reflujos de mi alma están en perfecto acuerdo con la identidad absoluta del espíritu.</p>
<p>Enfrentar la metafísica que he elaborado para mí en función de esa nada que llevo conmigo.</p>
<p>Ese dolor arraigado en mí como una cuña, en el centro de mi más pura realidad, en ese lugar de la sensibilidad en que los dos mundos del cuerpo y del espíritu se encuentran, me he enseñado a olvidarlos mediante una falsa sugestión.</p>
<p>En el espacio de ese minuto que dura la elucidación de una mentira, me fabrico un pensamiento de evasión, me lanzo sobre una falsa pista señalada por mi sangre. Cierro los ojos de mi inteligencia, y dejando hablar en mí lo formulado, me concedo la ilusión de un sistema cuyos términos me escaparían. Pero de este minuto de error me queda el sentimiento de haber arrebatado a lo desconocido algo real. Creo en los conjuros espontáneos. Sobre las rutas por las cuales me arrastra mi sangre no puede ser que yo no descubra un día una verdad.</p>
<p>La parálisis me invade y me impide cada vez más regresar sobre mí mismo. Ya no tengo punto de apoyo ni base… me busco no sé dónde. Mi pensamiento ya no puede ir allí donde mi emoción y las imágenes que surgen en mí lo empujan. Me siento castrado hasta en mis impulsos mínimos. Termino por ser transparente para mí mismo, a fuerza de renunciamientos en todos los sentidos de mi inteligencia y de mi sensibilidad. Es necesario que se comprenda que es efectivamente el hombre vivo en mí el que está afectado y que esa parálisis que me sofoca está en el centro de mi personalidad habitual y no de mis sentidos de hombre predestinado. Estoy definitivamente del lado de la vida. Mi suplicio es tan sutil, tan refinado como áspero. Me son necesarios esfuerzos insensatos de imaginación, duplicados por el abrazo de esa asfixia sofocante para llegar a PENSAR mi mal. Y si me obstino en esa persecución, en esa necesidad de fijar de una vez por todas el estado de mi ahogo…</p>
<p>Llevo el estigma de una muerte apremiante donde la muerte verdadera no supone terror para mí.</p>
<p>Esas formas aterradoras que avanzan, siento que la desesperación que me traen está viva. Ella se desliza en ese nudo de la vida luego del cual se abren las rutas de la eternidad. Es verdaderamente la separación para siempre. Deslizan su cuchillo hasta ese centro en el que yo me siento hombre, cortan las ataduras vitales que me ligan al sueño de mi lúcida realidad.</p>
<p>El tiempo puede transcurrir y las convulsiones del mundo asolar los pensamientos de los hombres; estoy a salvo de todo pensamiento que penetre en los fenómenos. Que me dejen con mis nubes extinguidas, con mi inmortal impotencia, con mis insensatas esperanzas. Pero que se sepa bien que no abdico de ninguno de mis errores. Si he juzgado mal es culpa de mi carne, pero esas luces que mi espíritu deja filtrar de hora en hora, es mi carne cuya sangre se reviste de reflejos.</p>
<p>Un gran frío.</p>
<p>Una atroz abstinencia.</p>
<p>Los limbos de una pesadilla de huesos y músculos, con la sensación de las funciones estomacales que estallan como una bandera en las fosforescencias de la tormenta.</p>
<p>Imágenes larvarias que se empujan como con el dedo y no tienen relaciones con ninguna materia.</p>
<p>No, todos los desgarramientos corporales, todas las disminuciones de la actividad física y esa molestia de sentir que uno depende de su cuerpo, y ese cuerpo mismo cargado de mármol y acostado sobre una mala madera, no igualan la pena que supone estar privado de la ciencia física y del sentido de su equilibrio interior. Que el alma falte a la lengua o la lengua al espíritu y que esa ruptura trace en las llanuras del sentido algo así como un amplio surco de desesperación y de sangre, he aquí la gran pena que socava no la corteza o el armazón sino el TEJIDO de los cuerpos. Hay que perder esa chispa errante la cual uno siente que ERA un abismo que acumula consigo mismo toda la extensión del mundo posible, y la sensación de una inutilidad tal que ella es como el nudo de la muerte. Esta inutilidad es como el color moral de ese abismo y de esa intensa putrefacción, y el color físico es el gusto de una sangre surgiendo a borbotones a través de las aberturas del cerebro.</p>
<p>Es inútil que me digan que esa emboscada la llevo en mí; participo de la vida, represento la fatalidad que me elige y no puede ser que toda la vida del mundo cuente conmigo en un momento dado puesto que por su naturaleza misma ella pone en peligro el principio de la vida.<br /> Hay algo que está por encima de toda actividad humana: es el ejemplo de esa monótona crucifixión, de esa crucifixión donde el alma no acaba nunca de perderse.</p>
<p>Jamás podrá tener alguna precisión esta alma que se ahoga, ya que el tormento que la mata la desencarna fibra por fibra, ocurre por debajo del pensamiento, por debajo de donde puede llegar la lengua, puesto que es la trabazón mismo de lo que la torna y la mantiene espiritualmente aglomerada, la que se rompe a medida que la vida la convoca a la constancia de la claridad. Jamás habrá claridad alguna sobre esa pasión, sobre esa suerte de martirio cíclico y fundamental. Y sin embargo ella vive, pero con una duración de eclipses donde lo que huye se mezcla perpetuamente a lo inmóvil, y lo confuso a esa lengua penetrante de una claridad sin duración. Esta maldición es de una gran enseñanza para las profundidades que ella ocupa, pero el mundo no entenderá su lección.</p>
<p>Cuando me pienso, mi pensamiento se busca en el éter de un nuevo espacio. Estoy en la luna, así como otros están en su balcón. Participo en la gravitación planetaria en las fisuras de mi espíritu.<br /> La vida se va a hacer, los acontecimientos van a sucederse, los conflictos espirituales se resolverán y yo no participaré en ellos. Nada puedo esperar ni de lo físico ni de lo moral. Para mí es el dolor perpetuo y la sombra, la noche del alma, y no tengo voz para gritar.<br /> Dilapidad vuestras riquezas lejos de ese cuerpo insensible al que no afecta ninguna estación, ni espiritual ni sensual.</p>
<p>He elegido el dominio del dolor y la sombra como otros el de irradiación y acumulación de la materia.<br /> No trabajo en la dimensión de un dominio cualquiera.</p>
<p>Trabajo en la única duración.</p>
<p><em>Del libro Carta a los poderes, Antonin Artaud</em></p>
<p>En: <a href="http://www.revistacontratiempo.com.ar/artaud_diario.htm" target="_blank" rel="noopener">Revista Contratiempo</a></p>
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		<title>Dos cartas a Clara</title>
		<link>https://letrasdechile.cl/2008/03/26/dos-cartas-a-clara/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Letras de Chile]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 26 Mar 2008 16:22:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Otras Narrativas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Juan Rulfo &#160;México, D.F. 26 de mayo de 1947 &#160;Querida chachinita: ¿Nunca te he contado el cuento de que me caes re bien? Pues si ése ya lo sabes te voy a contar otro: Ahí tienes que había una vez un muchacho más loco, que toda la vida se la había pasado sueñe y [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://letrasdechile.cl/2008/03/26/dos-cartas-a-clara/">Dos cartas a Clara</a> se publicó primero en <a href="https://letrasdechile.cl">Letras de Chile</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" class=" size-full wp-image-4034" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2008/03/images_img_clara.jpg" alt="Dos cartas a Clara" class="caption" title="Dos cartas a Clara" width="190" height="257" /></p>
<p><strong><em>Por Juan Rulfo</em></strong></p>
<p>&nbsp;México, D.F. 26 de mayo de 1947</p>
<p>&nbsp;Querida chachinita:</p>
<p>¿Nunca te he contado el cuento de que me caes re bien? Pues si ése ya lo sabes te voy a contar otro:</p>
<p>Ahí tienes que había una vez un muchacho más loco, que toda la vida se la había pasado sueñe y sueñe. Y sus sueños eran, como todos los sueños, puras cosas imaginarias</p>
<p><span id="more-4035"></span></p>
<p><span>&nbsp;Primero soñó en que se encontraba de pronto con la bolsa llena de dinero y que compraba todos los dulces de todos los sabores que había en todas las tiendas del mundo. Así era de rico. Después soñó en tener una bicicleta y unos patines y una buena bola de canicas. Más tarde, soñó en ser chofer o maquinista de un tren para recorrer lugares. Y se pasaba las tardes tirado de barriga en el suelo, soñando en las cosas interesantes que habría más allá de los cerros que tenía enfrente. En el pueblo de él había unos cerros muy altos. Y a veces soñaba ser un zopilote y volar, muy suavemente como vuelan los zopilotes, hasta dejar atrás aquel pueblo donde no sucedía nunca nada interesante.</span></p>
<p>Una vez vinieron los Reyes Magos y le trajeron un libro lleno de monitos donde se contaban historias de piratas que recorrían las tierras y los mares más raros que tú o yo hayamos visto. Desde entonces no tuvo otro quehacer que estarse leyendo aquella clase de libros donde él encontraba un relato parecido al de sus sueños. Se volvió muy flojo. Porque a todos los que les gusta leer mucho, de tanto estar sentados, les da flojera hacer cualquier otra cosa. Y tú sabes que el estarse sentado y quieto le llena a uno la cabeza de pensamientos. Y esos pensamientos viven y toman formas extrañas y se enredan de tal modo que, al cabo del tiempo, a la gente que eso le ocurre se vuelve loca.</p>
<p>Aquí tienes un ejemplo: yo.</p>
<p>Pero hay algo más. Al muchacho este del cuento que te estoy contando lo salvó la campana en aquella ocasión. Se le murieron sus papás. Casi los dos al mismo tiempo. Y lo dejaron pobre. Eso fue lo que lo salvó. Porque si lo hubieran dejado rico, como era quizá su cálculo, ahorita sería uno de esos tipos borrachos que andan en coche por las calles atropellando a todo mundo. O ya se hubiera muerto, fastidiado de la vida. Con lo desesperado que es, eso le hubiera pasado.</p>
<p>Pero nada. Dios sabe lo que hace con sus criaturas.</p>
<p>A veces piensa él, ahora que ya está grande y que comienza a tener uso de razón, que no debía haber hecho muchas cosas que hizo. Lo piensa nada más por encimita. Pues cuando tú le dijiste aquello de que no había que pedir perdón ni arrepentirse de nada, él estaba de acuerdo contigo, pues sabía que el significado de eso era que no se debía hacer nada por lo cual tuviera uno que pedir perdón o arrepentirse después.</p>
<p>Ese muchacho del que te estoy platicando despilfarró lo que le dejaron (porque al fin de cuentas sí le dejaron algo). Quiso hacer reales sus sueños y se fue a vagabundear. Y es que esa cosa tiene: siempre le ha dado por hacer verdaderos sus sueños, y por eso yo digo que está loco. Y bien, se echó a vagar durante algún tiempo. Quería conocerlo todo, verlo todo. Y después volvió ya cuando estaba cansado. Y nadie le dijo nada. Entonces no tenía ya a nadie para que lo regañara. (Ahora sí tiene ya otra vez quien lo regañe). Y por eso creyó que no había hecho mal al gastar el dinero recorriendo lugares y conociendo sitios raros. En realidad, no había hecho nada malo; pero tuvo que ponerse a trabajar. Bien pudo haberse ido al rancho con sus hermanos, estarse allí algún tiempo y luego volver a las andadas. Pero era como tú, no le gustaban los ranchos ni los pueblos, sino que se sentía mejor en la ciudad. No se sabe cómo se puso a trabajar y pareció gustarle eso. Pero lo cierto es que no quería salir de la ciudad. Era como tú, se aferraba a los ruidos y a las calles llenas de gente y no quería conocer otro mundo.</p>
<p>Así fue mejor. Pues si se hubiera ido al rancho, jamás hubiera conocido una cosa que yo sé cuál es, y jamás de los jamases hubiera conocido el retrato de la alegría. Bueno, la historia es muy larga y voy a dar un brinco:</p>
<p>Vinieron los años buenos en que comenzó a ver acercarse un sueño. El mejor de todos. Grande y enormemente hermoso. Era una muchachita rete horripilante que levantaba la ceja para mirar a los seres despreciables que iban a su lado.</p>
<p>Así era desde lejos. Pero más cerca, cuando se veía todo lo que ella era claramente, cuando uno se asomaba a sus ojos, el cariño cegaba todas las demás cosas y uno ya jamás quería separarse de su lado.</p>
<p>Ese sueño que eres tú todavía dura. Durará siempre, porque siento como que estás dentro de mi sangre y pasas por mi corazón a cada rato.</p>
<p>Me dices muchas malas palabras en tu carta. Cosas como esa de que te vas a morir de tanto enflaquecer. Pero no es cierto. Nadie mejor que yo sabe que te sobra mucha vida, pues yo también vivo de esa vida que tú tienes. Por eso no lo quiero creer. Sin embargo, pórtate bien con Clara, acuérdate que hay alguien que la quiere más que tú.</p>
<p>Además, me cuentas que te estás haciendo fea (siempre ha sido ella rete fea). Pero, ¿acaso no sabes que existe un Purgatorio lleno de llamas a un paso nada más de la condenación eterna, para las muchachitas que dicen mentiras?</p>
<p>Maye: Yo creía que este destierro en que vivo no iba a ser tan difícil. Quisiera encontrar las palabras para explicarte cuánta falta me haces y cómo quisiera que se acortaran los días para que pueda estar junto a ti. No, nunca creí que el amor que te fuera a tener me atormentara tanto. Ahora me conformo con tus cartas, con esos pedacitos de tu pensamiento, y beso tu nombre y las palabras allí escritas con tus manos tan dulcemente queridas.</p>
<p>Pero sé cuán poco falta para que ya no me conforme con eso y que tal vez, de pronto, deje todo cuanto me detiene aquí para ir a verte.</p>
<p>A veces, cuando pienso en eso, me digo: Juan, sé razonable. Pero, ¿acaso se puede ser razonable con el cariño que te tengo? Y una voz allá adentro responde: Sí, se puede. Ella quiere que lo seas. Quiere que aprendas de responsabilidades todo cuanto se puede aprender:</p>
<p>Claris:</p>
<p>Estas pláticas que yo tengo con mi conciencia son a veces muy largas, duran días enteros; por eso no resulta que me ponga a contártelas en esta pobre carta. De verdad, cuídate mucho, come y duerme bien y sueña con los angelitos y no en esta cosa maligna que soy yo.</p>
<p>Pero no me olvides.</p>
<p>Y que siempre seas igual, chachinita adorada.</p>
<p>Juan</p>
<p>Querer que nunca termina.</p>
<p>***</p>
<p>México, D.F. a 14 de julio de 1947</p>
<p>Querida mujercita:</p>
<p>Cada que veo tu nombre en alguna parte, me sucede algo aquí, en el lugar por donde uno tiene la costumbre de pasar la comida, y al que algunos, casi todos, llaman gorgüello. El otro día lo vi, por la noche, en un edificio de apartamentos. Se prendía y se apagaba y era de una luz blanca muy fuerte. Clara -pum, se apagaba- Clara -pam, se prendía-. Seguramente el »Santa» está descompuesto, pues el letrero completo debía decir »Santa Clara», pero sólo relumbraba el Clara&#8230; Clara&#8230; Cada vez igual a la respiración de uno. Estando allí, me llené de recuerdos tuyos y me senté un rato sobre un pradito para mirar a gusto aquel nombre tan querido de esa criatura tan aborrecida y fea.</p>
<p>Así anda el mundo.</p>
<p>Las cosas de la lotería andan de otro modo.</p>
<p>Yo quería darte la sorpresa de que me había hecho rico y nada. Me quedé mudo ese día al ver cuánta es mi mala suerte para eso de las monis. Y aunque siempre he tenido mala suerte, no creía que fuera tanta. Te voy a ir contando despacio cómo estuvo.</p>
<p>Tú ya sabes cómo soy yo de despilfarrador, cómo ando por aquí y por allá comprando cuanto libro o papel encuentro. Y me pasa siempre lo mismo; cada día peor y todavía peor para gastar la lana en cosas inútiles. Bueno, pues ahí tienes que de un día para otro me llegó el remordimiento y dije que iba a ahorrar lo más que pudiera. Me puse a hacerlo, primero con muchos trabajos y después un poco mejor. Pasaba por las librerías y cerraba los ojos. (No sé por qué, pero siempre por donde yo ando, camino o vagabundeo, encuentro librerías). En lo que nunca me fijo es en las zapaterías, camiserías o donde quiera que vendan trapos de esos que la gente usa para vestirse.</p>
<p>Ahorré un poquito, no mucho. Y como siempre me sucede, ese dinero me estaba quemando las bolsas. Entonces fui y lo guardé en un banco que está cerca de la compañía. Allí lo dejé y pensé no acordarme más de él. Veía muchas cosas que quería comprar (libros), pero me hacía el disimulado y me aguantaba. Yo les decía a mis ojos que vieran para otro lado; que aquello, lo que fuera, estaba más interesante. Sin embargo, por las noches, mi conciencia veía libros y revistas llenas de fotografías y no me dejaba en paz.</p>
<p>Una noche en que estaba piense y piense se me ocurrió que si yo compraba unos diez billetes de la lotería podría atinarle de algún modo. Antes había comprado uno o dos cuando más, pero diez al mismo tiempo era distinto. Fue entonces cuando se me metió lo loco y saqué el dinero y lo cambié por billetes enteros del uno al cero. Gastar o no gastar, me decía mi tía Lola. Esto fue hace unos doce días.</p>
<p>No me dio coraje saber al día siguiente que no me había sacado nada. No, ni siquiera me dolió haber tirado así tantos aguantes. De un billete me devolvieron lo que me había costado, pero los otros nueve no tuvieron esa suerte. Así estuvo. Con todo, me sentí mejor, más tranquilo, y sé que con eso me quisieron decir que me pusiera a trabajar con más ganas.</p>
<p>Ese es el cuento. Pero en el fondo hay otra cosa. En el fondo de todo eso hay, yo creo, el querer resolver pronto la situación. El querer que las cosas se aclaren y no haya dificultad ninguna para sentir que uno puede hacer lo que necesita hacer, sin estar esperanzado a lo que pueda suceder o no el día de mañana.</p>
<p>Sin embargo, a veces, cuando uno se da cuenta de muchas cosas -de la riqueza de los ricos y de la miseria de los pobres- y comienza uno a pensar en que hay algo injusto, con todo, yo he llegado a considerar que en uno está el intentar ser de un modo o de otro. Pues yo jamás (hasta ahora) he deseado querer ser dueño de muchas cosas. Antes al contrario, un instinto oscuro me ha ido retirando cada vez más del interés por el dinero. Aunque quizá se deba a que nunca me ha hecho falta nada. No sé cómo, pero ese Dios tuyo y mío me ha protegido siempre, aunque, al igual que a ti, no creo merecerlo.</p>
<p>Pero ahora me ha llegado esa necesidad de un modo desesperado. No por mí mismo, sino por algo que es más valioso para mí que este cuerpo flaco que yo tengo; algo a quien ama mi alma y por lo cual quisiera quitar todas las piedras de este camino mío tan pedregoso.</p>
<p>A veces, chachinita, se me va formando dentro de mí un sentimiento de derrota, al ver cuán lejos estoy de lo que quiero y de las fallas de mi voluntad. Pero me acuerdo de ti y eso me ayuda, y de un estado de ánimo de lo más negro paso a sentirme muy contento al ver que hay alguien mucho mejor que yo que lo merece todo y que tal vez piensa que yo estoy haciendo bien las cosas y, por eso nomás, vuelvo a ver en cualquier parte pura bondad y una sana esperanza.</p>
<p>Prometí que ya no iba a comenzar con mis quejidos, pero tú eres mi única amiga y estoy solo, y no estás más que tú allí al otro lado, enfrente de mi corazón, y eres la única gentecita a quien él puede enseñarle sus pecados sin que se avergüence.</p>
<p>Y volviendo a otra cosa, quiero platicarte lo que ya sabías y es que no he encontrado casa todavía. Tal vez, algún día de estos, baje la cabeza y recurra al tío David para que me rente la que él tiene. Mi tía Rosa, de la que quizás no te he llegado a hablar, me dio ese consejo. Me dijo que si yo quería traer a mi familia (mi familia eres tú solita) debía de ser un poco práctico y me debía dejar de tantos idealismos. Me dijo también que él tenía mucho dinero y que no le haría ningún daño rentarme en la mitad de lo que renta el departamento (si no quería yo aceptar que me lo dejara sin pagarle nada) y que a mí, por el contrario, me beneficiaría mucho.</p>
<p>Eso yo lo sé, pues me he dado cuenta de que aquí la mayoría de la gente trabaja casi exclusivamente para pagar la renta de la casa donde vive. Así que sería de mucha ayuda conseguir ese endiablado departamento. Y, por lo pronto, no me moveré de aquí, a pesar de las cucarachas, hasta no ir a dar a la casa donde iría a vivir en definitiva. Además, existe la ventaja de que, de llegar a arreglar eso, casi se podría considerar como si uno viviera en algo propio y no tener que andar cambiando de casa por una o por muchas circunstancias.</p>
<p>Ahora lo que voy a hacer es ir a visitar a don David más seguido, hasta que me diga hijo otra vez, pues cuando estamos medio distanciados él y yo ni siquiera me habla (no sabe hablar). Y cuando lo tengo contento entonces me dice hijo, que es como les dicen todos los tíos a los sobrinos cuando los ven chiquitos. Y la razón por la cual no voy a verlo casi nunca ya la sabes tú, y es que no me gusta hacer visitas. Por otra parte, cuantas veces he ido, allí estaba Cantinflas con él y sólo se les va en hablar de toros y de caballos y de motocicletas y de otras muchas cosas que yo no oigo porque me pongo a leer el periódico.</p>
<p>Bueno, voy a estudiar la mejor forma de arreglar este asunto y te avisaré enseguida del resultado.</p>
<p>Oye, chachinita, ¿no crees que este periódico-carta va resultando muy enfadoso?</p>
<p>Y sin embargo, quisiera platicarte tantas cosas que no acabaría nunca. Quisiera contarte cada sube y baja de mis pensamientos acerca de ti y acerca de todo lo que hago y trato de hacer. Quisiera escribirte largas cartas de cuanto me pasa. Ya sea de cuando estoy triste o de cuando estoy contento. Pero no se puede; necesitaría estar cerca de ti, y mirándome en tus ojos para hacerlo. Y de ese modo nunca me haría falta el tiempo.</p>
<p>Me da gusto saber que, ahora sí, todos están buenos en tu casa.</p>
<p>En cuanto a la fotografía de este sujeto, no la has recibido porque no estoy de acuerdo todavía con ella en que así soy. El retratero tal vez se equivocó y me dio la fotografía de otro tipo. Lo que hay en esto es que no está bien; es decir, que no me gusta para que tenga el honor de estar junto a la tuya. Iré de nuevo a que me retraten, y si ya está que vuelvo a salir como monigote de circo entonces ni modo: te mandaré todas juntas para que tú escojas cuál quieres. La cosa es que retocan mucho las fotos y acaba uno por salir muy distinto de cómo uno cree que es.</p>
<p>De cualquier modo, esta semana tendrás la fotografía salga como saliere. Espérate un ratito nada más.</p>
<p>Cariñito:</p>
<p>No creo que me quieras más que yo a ti. No puede ser. No, no puede ser, amorosa muchachita. Dulce y tierna y adorada Clara. Yo lloro, sabes, lloro a veces por tu amor. Y beso pedacito a pedazo cada parte de tu cara y nunca acabo de quererte. Nunca acabaré de quererte, mayecita.</p>
<p>Juan, el tuyo.</p>
<p>***</p>
<p>De Juan Rulfo, <em>Aire de las colinas. Cartas a Clara</em>.</p>
<p><em>En la imagen, Clara Aparicio fotografiada por Rulfo (1947).</em></p>
<p>En: <a href="http://www.sololiteratura.com" target="_blank" rel="noopener">Solo Literatura</a></p>
<p>La entrada <a href="https://letrasdechile.cl/2008/03/26/dos-cartas-a-clara/">Dos cartas a Clara</a> se publicó primero en <a href="https://letrasdechile.cl">Letras de Chile</a>.</p>
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		<title>Capítulo inédito de «Rayuela»</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Letras de Chile]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Jul 2009 15:27:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
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<p>La entrada <a href="https://letrasdechile.cl/2009/07/16/capitulo-inedito-de-rayuela/">Capítulo inédito de «Rayuela»</a> se publicó primero en <a href="https://letrasdechile.cl">Letras de Chile</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" class=" size-full wp-image-3414" src="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2009/07/images_rayuela.jpg" alt="Capítulo inédito de &quot;Rayuela&quot;" class="caption" title="Capítulo inédito de &quot;Rayuela&quot;" width="200" height="324" srcset="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2009/07/images_rayuela.jpg 200w, https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2009/07/images_rayuela-185x300.jpg 185w" sizes="(max-width: 200px) 100vw, 200px" /></p>
<p><strong>Nota de presentación, por Julio Cortázar</strong></p>
<p>Conozco de sobra las trampas de la memoria, pero creo que la historia de este «capítulo suprimido» (el 126) es aproximadamente la que sigue:</p>
<p><span id="more-3415"></span></p>
<p><em>Rayuela</em> partió de estas páginas; partió como novela, como voluntad de novela, puesto que existían ya diversos textos breves (como los que dieron luego los capítulos 8 y 132) que estaban buscando aglutinarse en torno a un relato. Sé que escribí de un tirón este capítulo, al que siguió inmediatamente y con la misma violencia el que luego se daría en llamar «del tablón» (41 en el libro). Hubo así como un primer núcleo en el que se definían las imágenes de Oliveira, de Talita y de Traveler; bruscamente el envión se cortó, hubo una penosa pausa, hasta que con la misma violencia inicial comprendí que debía dejar todo eso en suspenso, volver atrás en una acción de la que poca idea tenía, y escribir, partiendo de los breves textos mencionados, toda la parte de París.</p>
<p>De ese «lado de allá» salté sin esfuerzo al de «acá», porque Traveler y Talita se habían quedado como esperando y Oliveira se reunió llanamente con ellos, tal como se cuenta en el libro; un día terminé de escribir, releí la montaña de papeles, agregué los múltiples elementos que debían figurar en la segunda manera de lecturas, y empecé a pasar todo en limpio; fue entonces, creo, y no en el momento de la revisión, cuando descubrí que este capítulo inicial, verdadera puesta en marcha de la novela como tal, sobraba.</p>
<p>La razón era simple sin dejar de ser misteriosa: yo no me había dado cuenta, a casi dos años de trabajo, que el final del libro, la noche de Horacio en el manicomio, se cumplía dentro de un simulacro equivalente al de este primer capítulo; también allí alguien tendía hilos de mueble a mueble, de cosa a cosa, en una ceremonia tan inexplicable como obvia para Oliveira y para mí. De golpe ya el viejo primer capítulo se volvía reiterativo, aunque de hecho fuese lo contrario; comprendí que debía eliminarlo, sobreponiéndome al amargo trago de retirar la base de todo el edificio. Había como un sentimiento de culpa en esa necesidad, algo como una ingratitud; por eso empecé buscando una posible solución, y al pasar en limpio el borrador suprimí los nombres de Talita y de Traveler, que eran los protagonistas del episodio, pensando que el relativo enigma que así lo rodearía iba a amortiguar el flagrante paralelismo con el capítulo del loquero. Me bastó una relectura honesta para comprender que los hilos no se habían movido de su sitio, que la ceremonia era análoga y recurrente; sin pensarlo más saqué la piedra fundamental, y por lo que he sabido después la casita no se vino al suelo.</p>
<p>Hoy que <em>Rayuela</em> acaba de cumplir un decenio, y que Alfredo Roggiano y su admirable revista nos hacen a ella y a mí un tan generoso regalo de cumpleaños, me ha parecido justo agradecer con estas páginas, que nada pueden agregar (ni quitar, espero) a un libro que me contiene tal como fui en ese tiempo de ruptura, de búsqueda, de pájaros.</p>
<p>&nbsp;JULIO CORTÁZAR</p>
<p>&nbsp;Saignon, 1973.</p>
<p><strong><span>&nbsp;Capítulo cero de Rayuela*</span></strong></p>
<p>&nbsp;Empezó porque después de tomar el último trago de café. hizo la señal pero lo miró inexpresivamente y fue a buscar el diario para leer las columnas necrológicas como corresponde después del café. esperó un momento y dijo que iba a hacer más café porque se había quedado con ganas de tomar café de verdad y no el jugo blanquecino que preparaba so pretexto de que ya casi no quedaba café molido en la lata azul. A esto contestó con una mirada igualmente blanquecina, y cuando le hizo otra vez la señal, los ojos se dejaron caer hacia abajo y empezaron a buscar (en un diario de la mañana) a Juan Roberto Figueredo, q.e.p.d., fallecido en la paz del Señor el 13 de enero de 195&#8230;, con los auxilios de la religión y la bendición papal. Su esposa, etcétera. Isaac Feinsilber, q.e.p.d., etcétera. Rosa Sánchez de Morando, q.e.p.d. Ningún conocido ese día, ni siquiera un nombre que se pareciera a alguien conocido y que permitiera la duda y la genealogía.</p>
<p>&nbsp;Volvió con la cafetera y empezó por echar bastante azúcar en la taza de que no lo miraba, absorta en la lectura de Remigio Díaz, q.e.p.d. Después le sirvió café hasta el borde de la taza, y llenó la suya, mientras con la mano libre sacaba un paquete de cigarrillos y se lo llevaba a la boca como si fuera a morderlo, pero era nada más que para extraer hábilmente un cigarrillo sin tocar los otros con los labios.</p>
<p>&nbsp;–Tengo muchísimo sueño– dijo al cabo de diez minutos.</p>
<p>&nbsp;–Con las noticias que leés– dijo que había estado esperando la frase y empezaba a inquietarse seriamente.</p>
<p>&nbsp;Bostezó con delicadeza.</p>
<p>&nbsp;–Aprovechá que la cama no está tendida– dijo –. Siempre te ahorrás un trabajo. lo miró como esperando que él renovara la señal, pero se había puesto a silbar con los ojos clavados en el techo y más precisamente en una telaraña. Entonces pensó que estaba ofendido porque no le había contestado la señal con la respuesta convenida (que consistía en pasarse una mano por la oreja izquierda en señal de ternura y aquiescencia), y se fue a dormir la siesta dejando la mesa tendida con los restos de un rotundo puchero.</p>
<p>&nbsp;Esperó tres minutos, se sacó el saco de piyama y entró en el dormitorio. Dormía profundamente, tendida de espaldas. Como hacía calor, había retirado la frazada y la sábana de arriba; era exactamente lo que deseaba, y también que no tuviera puesto más que el camisón con que se había levantado. La bata azul estaba tirada a los pies de la cama, cubriéndole los pies, y la enganchó con la zapatilla y la proyectó hasta un rincón. Calculó mal y la bata estuvo a un tris de irse por la ventana, lo que hubiera sido molesto.</p>
<p>&nbsp;Del bolsillo izquierdo del pantalón sacó un tubo de Secotine y un ovillo de hilo negro. El hilo era brillante y bastante grueso, casi como un cordel. Con mucho cuidado metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón y sacó una hojita de afeitar envuelta en un pedazo de papel higiénico. El papel higiénico se había roto y se veía parte del filo de la hojita. Sentándose al borde de la cama, empezó a trabajar mientras silbaba estruendosamente un trozo de ópera. Estaba seguro de que no se despertaría, porque el café a grandes dosis la hacía dormir profundamente, y además lo hubiera asombrado que se despertara teniendo en cuenta que le había echado tres pastillas de penumbrato de oxtalina junto con el azúcar. Muy al contrario, el sueño de era extraordinario; respiraba resoplando, es decir que cada cinco segundos su labio superior se inflaba como un volado de cortina, mientras el aire salía por debajo en forma de soplido estertoroso. A le sirvió esto como compás para seguir silbando la ópera mientras cortaba un pedazo de hilo negro luego de calcular aproximadamente cuánto necesitaba.</p>
<p>&nbsp;Los tubos de Secotine se abren extrayendo de su interior un alfiler de cabeza redonda, que sirve para mantenerlos destapados y tapados al mismo tiempo, detalle que da idea de la astucia del fabricante. Una vez retirado el alfiler, lo más probable es que aparezca en el pico del tubo una gota de una sustancia bastante repugnante, de olor ya célebre y propiedades mucilaginosas certificadas. Con mucho cuidado, y mientras bordaba variaciones sobre Bella figlia dell»amore, mojó el extremo de la hebra negra en la Secotine e inclinándose sobre apoyó la parte humedecida en el medio de su frente, dejando el dedo lo suficiente como para que la hebra se pegara en la frente sin que el dedo se pegara en la hebra, es decir unos cuatro segundos término medio. Después se trepó a una silla (poniendo antes el tubo, el alfiler y el ovillo sobre la cómoda) y pegó el otro extremo de la hebra en uno de los caireles de la araña suspendida sobre la cama y que se había negado a tirar por la ventana a pesar de sus (ya pasadas y no repetidas) súplicas&#8230;</p>
<p>&nbsp;Satisfecho de que la hebra quedara suficientemente tensa, porque detestaba las combas en cualquier obra humana, se colocó del lado izquierdo de la cama armado de la hojita de afeitar, y cortó de un solo tajo el camisón de empezando por debajo de la axila. Después cortó la vuelta de la manga, y hizo lo mismo del otro lado. Las mangas salieron como pieles de culebra, pero procedió con cierta solemnidad en el momento de levantar la delantera del camisón y dejar desnuda a. Nada podía haber en el cuerpo de que le fuera extraño, pero su brusca contemplación le producía siempre un deslumbramiento que la Gran Costumbre se aplicaba a enmohecer de golpe. El ombligo de, sobre todo, lo trastornaba a primera vista; tenía algo de repostería, de injerto fracasado, de pastillero tirado en un tambor. Cada vez que lo veía desde lo alto, a le venían unas ganas vehementes de juntar saliva, una saliva dulce y muy blanca, y escupir delicadamente en el ombligo, llenándolo hasta el borde de una tibia puntilla de cumpleaños. Lo había hecho muchas veces, pero ahora no era el momento, de manera que volvió a buscar el ovillo y se puso a cortar hebras de diferente longitud, calculando previamente ciertas distancias. La primera hebra (porque la que iba de la frente al cairel de la araña era como un acto previo que no contaba) la pegó en el dedo pulgar del pie izquierdo de; esta hebra iba del pulgar al pestillo de la puerta que daba al cuarto de baño. La segunda hebra la fijó en el segundo dedo y también en el pestillo; la tercera, en el tercer dedo y también en el pestillo; la cuarta hebra, en el cuarto dedo y en un adorno de la cómoda en forma de cornucopia (de roble y rajada en tres partes); la quinta hebra iba del dedo más pequeño a otro cairel de la araña. Todo esto correspondía al lado izquierdo de la cama.</p>
<p>&nbsp;Satisfecho, pegó una hebra en la rodilla izquierda de y la fijó en la parte superior del marco de la ventana que daba al patio del hotel. Precisamente en ese instante una enorme mosca verde entraba por la ventana abierta, y empezaba a zumbar sobre el cuerpo de. Sin hacerle caso, fijó otra hebra en la ingle izquierda de y en la parte superior del marco de la ventana. Pensó un momento antes de decidirse, y después tomó el tubo de Secotine y lo apretó contra el ombligo de, hasta rellenarlo. Pegó inmediatamente seis hebras, que fijó en cinco caireles de la araña y en el marco de la ventana. No le pareció bastante y pegó otras ocho hebras en el ombligo, que fijó en siete caireles de la araña y en el marco de la ventana. Retrocediendo dos pasos (estaba un poco arrinconado entre la cama, la ventana y la shebras que iban de al marco) apreció el trabajo realizado y lo encontró bien. Sacó otro cigarrillo y lo encendió con el pucho del que ya le quemaba los labios. Cortó de golpe media docena de hebras, y pegó una en el pezón izquierdo de , otra entre los pelos de la axila izquierda, otra en el lóbulo de la oreja, otra en la comisura izquierda de la boca, otra en la aleta izquierda de la nariz y otra al lado del lagrimal izquierdo. Las tres primeras las fijó en los caireles de la araña, y las otras en el marco de la ventana, con mucho trabajo porque casi no le quedaba lugar para moverse. Tras esto fijó hebras en cada dedo de la mano izquierda, en el codo y en el hombro del mismo lado. Después tapó el tubo de Secotine con el alfiler suministrado a tal efecto, envolvió la hojita de afeitar en el pedazo de papel higiénico atentamente preservado en el bolsillo trasero del pantalón, y guardó las dos cosas y el ovillo en el bolsillo izquierdo de la misma prenda. Agachándose con mucho cuidado para no rozar las hebras, que estaban admirablemente tensas, se arrastró por debajo de la cama hasta salir del otro, completamente cubierto de polvo y pelusas. Se sacudió contra la ventana que daba a la calle, volvió a sacar sus utensilios de trabajo y cortó una cantidad de hebras, que fue pegando sucesivamente en distintas partes del lado derecho de , manteniendo en general la simetría con el lado izquierdo pero permitiéndose ciertas variaciones; por ejemplo, la hebra correspondiente al lóbulo de la oreja derecha quedó tendida entre el lóbulo y el pestillo de la puerta del cuarto de baño; la hebra que salía del lagrimal derecho quedó fijada en el marco de la ventana que daba a la calle. Finalmente (aunque era una tarea que no tenía por qué terminar tan pronto) cortó una buena cantidad de hebras, les puso abundante Secotine y se largó a una improvisación vehemente, repartiéndolas en el pelo y las cejas de y fijándolas en su mayoría en los caireles de la araña, aunque no sin reservar algunas para el marco de la ventana que daba a la calle, el pestillo de la puerta del cuarto de baño, y la cornucopia.</p>
<p>&nbsp;Metiéndose debajo de la cama, después de guardarse el tubo, la hojita de afeitar y el ovillo en el bolsillo del pantalón, se arrastró hasta salir por los pies de la cama, y siguió reptando de modo de quedar frente a la puerta del cuarto de baño. Muy despacio, para no rozar ninguno de los hilos que iban hasta el pestillo, se enderezó y miró su obra. Por las ventanas entraba una luz amarilla y bastante sucia, que parecía un reflejo de la pared descascarada de la casa de enfrente donde todavía se conservaban los restos de una pintura representando a un niño de pecho que sorbía alguna cosa con aire de gran deleite; pero la pintura se había desprendido a jirones, y en lugar de la boca el niño tenía una especie de llaga amoratada que no parecía ninguna recomendación del producto nutritivo encomiado más abajo con unas letras más bien tartamudas.</p>
<p>&nbsp;La calle era enormemente angosta y las ventanas de un lado no estaban a más de cinco metros de las del otro. A esa hora no había ninguna abierta, salvo la de , pero no estaría a esa hora, o dormiría la siesta. La mosca empezaba a molestar seriamente a , que hubiera querido expulsarla, pero para eso hubiera tenido que adelantarse hasta los pies de la cama y agitar la mano cerca de la araña, cosa imposible dada la cantidad de hebras tendidas en esa dirección.</p>
<p>&nbsp;«Hace calor», pensó, secándose la frente con el revés de la mano. «Hace un calor bárbaro, realmente». Por un lado le hubiera gustado cerrar las persianas, pero aparte de que era muy difícil abrirse paso entre las hebras, hubiese dejado de ver con la perfecta claridad necesaria el cuerpo de . La desnudez de se recortaba no tanto por estar tendida de espaldas en la cama sino porque las hebras negras parecían converger de todas partes y precipitarse sobre ella. Si no hubieran estado tan tensas este efecto se habría malogrado completamente, y se felicitó por su destreza, aunque llevado por una exigencia natural a su espíritu no dejó de ver que la hebra que iba desde el marco de la ventana hasta el lagrimal derecho estaba ligeramente floja. Por un momento pensó que se habría movido, alterando el juego general de las tensiones, pero le bastó observar en conjunto las hebras para descartar esa posibilidad. Además la dosis que había echado en el café no hubiera permitido que moviese ni siquiera los párpados. Pensó en arrastrarse hasta la hebra más floja y tenderla mejor, pero probablemente hubiera estropeado algunas de las hebras que se reunían con la otra en el marco de la ventana. Concluyó que en conjunto el trabajo estaba bien, y que podía permitirse un descanso y otro cigarrillo.</p>
<p>&nbsp;Ocho minutos después tiró el pucho por la ventana que daba a la calle, y se desnudó sin moverse de donde estaba. Su cuerpo alto y flaco parecía salido de una litografía (era un opinión frecuente de). Aunque no podía verlo, hizo la señal convenida, y esperó alguna respuesta durante medio minuto. Después empezó a acercarse a los pies de la cama, sorteando poco a poco con cuidado infinito las hebras que iban hasta el pestillo de la puerta del cuarto de baño. Para eso se agachó y levantó cada vez que hacía falta, hasta quedar parado exactamente a los pies de la cama, cerrando un triángulo formado por los dos pies de y su propio cuerpo. Esperó un rato, hasta que abrió los ojos y lo miró. Apenas tuvo la seguridad de que lo estaba viendo (porque a veces la inconsciencia duraba unos minutos después del despertar), levantó un dedo y señaló una de las hebras. Los ojos de empezaron a pasear por las hebras, partiendo de las que brotaban de sus cejas y lagrimales, y siguiendo luego a lo largo de su cuerpo. Subían hasta los caireles de la araña y volvían al punto de partida; volvían a salir, iban hasta la ventana que daba al patio y regresaban a fijarse en una rodilla o en un pezón; seguían el rumbo negro que los llevaba hasta la ventana que daba a la calle, y regresaban hasta las ingles o los dedos de los pies. Esperaba con los brazos cruzados, idéntico a un de la época azul.</p>
<p>&nbsp;Cuando acabó de reconocer las hebras, algo como un suspiro le levantó el pecho y proyectó sus labios hacia afuera. Cautelosamente movió el brazo derecho, pero lo detuvo al oír un tintineo en los caireles de la araña. La mosca verde voló pesadamente, resbaló por entre las hebras, giró sobre el vientre de y estuvo a punto de posarse sobre el monte de, pero después subió hasta el cielorraso y se pegó a una de las molduras. y seguían su vuelo con una atención exasperada; no se miraron hasta tener la seguridad de que la mosca se había posado en el cielorraso con intenciones de quedarse ahí.</p>
<p>&nbsp;Apoyando una rodilla en el borde de la cama, agachó la cabeza y empezó a adelantar el cuerpo hacia, que lo miraba y no se movía. Apareció la otra rodilla en el borde de la cama, mientras el torso avanzaba horizontalmente y una de las manos buscaba el apoyo del colchón, exactamente entre las dos piernas de. Las hebras lo envolvían, pero sus movimientos eran tan precisos que no rozó ninguna cuando sacó una rodilla y la puso sobre el colchón, luego la otra junto con la otra mano, y quedó de hinojos y completamente curvado entre las piernas de, respirando pesadamente porque la maniobra había sido lenta y difícil, y le dolían las tibias que se apoyaban todavía en el borde de la cama.</p>
<p>&nbsp;Enderezando la cabeza, miró a. Los dos estaban sudando, pero mientras el sudor envolvía a en una fina malla de gotas transparentes, tenía empapada la cara y los hombros, pero secos el pecho y el vientre.</p>
<p>–Uno hace la seña pero el otro juega con las nubes –dijo.</p>
<p>–Las nubes también son una respuesta– dijo.</p>
<p>–Frase alquilada.</p>
<p>–A tu justa medida.</p>
<p>&nbsp;Esperó. –Por fin lo hiciste– dijo –. Hace meses que me preparabas para esto. Primero con la manía de enseñarme a declamar porquerías, a bailar como las tibetanas, a comer como los esquimales, a hacer el amor como los perros. Después me obligaste a no cortarme las uñas, me echaste a la calle el día del granizo, me encerraste en una caja de madera con una lámpara de rayos infrarrojos, me regalaste un álbum de estampillas. Todo eso no era nada.</p>
<p>&nbsp;-Vos sabés cuánto te quiero– dijo en voz tan baja que abrió los ojos como sorprendida–. Mi amor está apretado en este puño, triturado y apelmazado hasta volverse una bola chirriante, una estrella portátil que puedo sacar del bolsillo y acercar a tu cuerpo para quemarlo, para tatuarlo. Cada vez que te hago la seña no me contestás, y la estrella me fríe las piernas, me corre por las costillas como una tormenta en el mar de los sargazos, esa inexistencia donde flota el kraken, donde las medusas se acoplan de a miles, girando lentamente por la noche, en un baño de fósforo y de plancton.</p>
<p>–¿Y yo tengo la culpa de todo eso?</p>
<p>–Vas a desplazar las hebras– dijo –. Apenas movés la boca hay dos hebras que se desplazan. –Bah, las hebras– dijo.</p>
<p>– ¿Cómo bah las hebras?– –. Me ha llevado media hora de trabajo, estoy lleno de tierra y de pelusas. No barrés nunca debajo de la cama. Peor, barrés el cuarto y metés la basura debajo de la cama. Acabo de descubrirlo. Mi amor es también así, materias sueltas que se juntan y aglutinan y conglomeran y yuxtaponen. Además yo sudo, cosa que no le ocurre a la basura. –Parece como si hubiera dormido cien años– dijo –. ¿Cuánto dormí?</p>
<p>–Cien años– dijo.</p>
<p>–Es mucho, cien años.</p>
<p>–Para el que se queda despierto.</p>
<p>–Vos, te debés haber aburrido una locura.</p>
<p>–Exactamente– dijo –. Al dormirte te llevás el mundo, y yo me quedo despierto en una especie de nada con líneas de fuga. A la larga resulta aburrido.</p>
<p>–Por eso jugás así– dijo, mirando las hebras.</p>
<p>–Esto no es un juego. Estar desnudos frente a frente.</p>
<p>–Te lo juro– dijo –. Yo creo que no vi la seña.</p>
<p>–La viste perfectamente.</p>
<p>–Si la hubiera visto la habría contestado. Prefiero estar despierta con vos.</p>
<p>–Frases explicatorias nunca amamantaron a las abejas– dijo.</p>
<p>–A lo mejor la vi y no la contesté, pero era por el calor y porque en el fondo yo hubiera tenido que lavar los platos antes de venir a acostarme.</p>
<p>–Primero los platos– dijo –. Un buen lema. Detrás de cuántas puñaladas hay esa razón que ningún juez aceptaría. Preferís pasar la lengua por los platos sucios antes que lamerme el pecho como un caracolito industrioso. Dejando una huella en forma de cuatro o de ocho. Mejor de siete, número empapado de sacralidad. Pero no, primero lameremos los platos como decía la reina Victoria. Primero lameremos los platos.</p>
<p>–Pero es que están tan sucios, –dijo –. Hace quince días que no lavamos nada en la cocina. Ya te fijaste que hoy almorzamos con platos sucios, no se puede seguir así.</p>
<p>–Estás perturbando las hebras– dijo.</p>
<p>–Y si ahora me hicieras la seña, si ahora mismo vos&#8230;</p>
<p>–Ahora no hace falta– dijo –. Tengo derecho a lo que me dé la gana. Al fin y al cabo no sos más que una mosca.</p>
<p>Se oyó un silbido en forma de S. Entró por la ventana que daba a la calle.</p>
<p>–Es –dijo –. Me llama.</p>
<p>–Vestite un poco antes de asomarte– dijo –. Siempre te olvidás que estás desnudo.</p>
<p>–Es que siempre estoy desnudo. Sos vos la que te olvidás de eso.</p>
<p>–Está bien– dijo –. Pero por lo menos ponete el pantalón de piyama. ¿Y yo hasta cuándo tengo que quedarme así?</p>
<p>–No sé– dijo –. Primero hay que ver lo que quiere –.</p>
<p>–Alguna manga, seguro. Un cigarrillo o los fósforos, esas cosas.</p>
<p>–Es un vicioso, realmente.</p>
<p>–Pero vos lo protegés.</p>
<p>–Si te vas a poner a proteger a la gente normal&#8230;</p>
<p>–Es cierto– dijo –. En el fondo es un buen muchacho. Oílo como silba. Es increíble la forma en que puede silbar. A mí se me haría pedazos la boca.</p>
<p>– es un alquimista– dijo –. Transforma el aire en una cinta de mercurio. Qué jodido, carajo. –¿Por qué no te asomás a ver lo que quiere? Fíjate que yo no estoy muy cómoda con estos hilos. Se quedó estudiando en silencio las palabras de.</p>
<p>–Ya sé– dijo–. Lo que vos querés es que yo te suelte para irte a lavar los platos sucios.</p>
<p>–Te juro que no. Me quedo aquí con vos. Si me hacés la seña, te juro que&#8230;</p>
<p>–Puta, reputa, re contra puta–dijo –. Si te hago la seña, eh. Ahora vení a comprarme con la seña. ¿Qué me importa la seña, si te he poseído como me dio la gana mientras dormías? Ahora mismo no tengo más que resbalar veinte centímetros, abriéndome paso como una gaviota entre este maravilloso cordaje negro, esta arboladura de galeón empavesado, y penetrarte de un solo golpe para que grites, porque siempre gritás si te tomo de sorpresa. Y lo estás deseando, hace cinco minutos que te huelo y sé que lo estás deseando, podría entrar en vos como una mano en un guante usado, tenés el perfecto grado de humedad que aconsejan los especialistas en cuestiones copulares, especie de holoturia caliente.</p>
<p>–¿Realmente lo hiciste mientras yo dormía?–dijo .</p>
<p>–Lo hice de la manera más perfecta, pero eso no lo comprenderás nunca– dijo mirando las hebras con un orgullo profundo–. Más allá de la seña, más allá de tu sucia cocina, y sobre todo más allá de tu bajo deseo. Quedate quieta, estás alterando las hebras.</p>
<p>–Por favor– dijo –. Andá a ver qué quiere, y después cerrás las persianas y venís conmigo. Te juro que no me voy a mover, pero apurate.</p>
<p>Volvió a estudiar en silencio las palabras de.</p>
<p>–A lo mejor sí– dijo. Vos no te muevas. ¿Querés que te seque un poco con una toalla? Estás sudando como una marmota.</p>
<p>–Las marmotas no sudan– dijo.</p>
<p>–Sudan muchísimo– dijo.</p>
<p>Siempre hablaban de marmotas en el momento en que se reconciliaban.</p>
<p>–Ahora la cuestión es saber cómo voy a salir de aquí– dijo –. Hay tantas hebras que puedo tropezar con una, y cuando se retrocede no se tiene la misma clarividencia que cuando se avanza. Es increíble cómo el hombre ha nacido para la frontalidad. De espaldas no somos nada, che. Como la marcha atrás en auto, el más pintado se traga un buzón en la primera de cambio. Vos guiame. Primero saco esta pierna y pongo la rodilla en el borde de la cama.</p>
<p>–Un poco más a la derecha– dijo.</p>
<p>–Me parece que toco una hebra con el pie– dijo, mirando atrás y corrigiendo su movimiento. -Apenas la rozaste. Ahora poné la otra rodilla, pero despacio. Estás hermoso, tan sudado. Y la luz de la ventana te hace como un baño verde. Parecés podrido, te juro. Nunca te vi tan lindo. –Dejate de elogios y guiame– dijo furioso–. ¿Te parece que pongo el pie en el suelo, o mejor voy resbalando? Lo malo es que me voy a despellejar las canillas, esta cama tiene un filo terrible. –Poné primero el pie derecho– dijo –. Lo malo es que no alcanzo a ver el piso, cómo querés que te guíe si tengo que quedarme quieta.</p>
<p>–Ya está– dijo –. Ahora me voy agachando despacio y retrocedo centímetro a centímetro, como en las novelas de.</p>
<p>–No nombres a ese pájaro maléfico– dijo.</p>
<p>Reptando cual el caimán de las marismas, pasó poco a poco bajo las hebras que iban hasta el marco de la ventana. No volvió a mirar a , absorto en el estudio de la cornucopia de la cómoda y el problema de sortear las hebras que iban de la cornucopia a un dedo del pie y al pelo y las cejas de . Así pasó bajo la mayoría de las hebras, pero la última la salvó de un salto. Recién entonces, con la mano en el pestillo de la puerta, miró a que parecía dormida. Se daba cuenta de que en vez de haber ido a la ventana estaba al lado de la puerta, y que desde ahí era fácil llegar a la cabecera de la cama sin perturbar las hebras. Acercándose en puntas de pie, empezó a soplarle el pelo. Las hebras se agitaron, y se oyó el entrechocar de los caireles de la araña.</p>
<p>–Vení–dijo en voz muy baja.</p>
<p>–Oh no– dijo, alejándose–. Yo te hice la seña y vos no me contestaste.</p>
<p>–Vení, vení en seguida.</p>
<p>Miró hacia la puerta. Respiraba penosamente, como si las hebras negras le estuvieran succionando la sangre. Se oyó todavía la nota cristalina de un cairel, y después el silencio de la siesta. Desde la casa de enfrente vino un silbido terrible, y desde abajo le contestaron con algo muy parecido a una ventosidad rectal.</p>
<p>–Le han rajado un pedo espléndido– dijo –. En realidad se lo merece.</p>
<p>–Por favor vení– pidió –. Me hace mal estar así esperándote, siento que me voy a morir, esta noche ¿quién te hace el asado?</p>
<p>Abrió los brazos, tomó impulso y saltó sobre la cama, barriendo las hebras con aletazo fabuloso. El estrépito de los caireles coincidió con el golpe de sus pies al tocar el suelo del otro lado de la cama y con el alarido de que se apretaba el vientre con las dos manos. Gritaba todavía de dolor cuando le cayó encima apretándola, hundiéndola, mordiéndola y éndola. «Me duele muchísimo el ombligo», alcanzó a decir , pero no la oía, completamente del otro lado de las palabras. El aire olía cada vez más a Secotine, y la mosca verde planeaba en torno a la sacudida araña. Pedazos de hebras negras se retorcían como patas por todas partes, caían por los bordes de la cama, se entrecruzaban y rompían con menudos chasquidos.</p>
<p>&nbsp;Tenía hebras en la boca, debajo de la nariz, otra se la enroscaba en el cuello, y movía casi inconscientemente las manos, mezclando caricias con manotazos para desprender las hebras que le salían por todos lados. Y todo eso duraba interminablemente, y la cornucopia estaba en el suelo rota en tres pedazos, uno más grande y dos casi iguales, como manda la divina proporción.</p>
<p>&nbsp;*Texto copiado exactamente igual que en la página original.</p>
<p>&nbsp;Bibliografía:</p>
<p>&nbsp;Publicado en Revista Iberoamericana, 84-85 (julio-diciembre de 1973), págs. 388-398.</p>
<p>En: <a href="http://www.canasanta.com/el-dossier/capitulo-inedito-de-rayuela-000001.html" target="_blank" rel="noopener">Revista Cañasanta.</a></p>
<p>La entrada <a href="https://letrasdechile.cl/2009/07/16/capitulo-inedito-de-rayuela/">Capítulo inédito de «Rayuela»</a> se publicó primero en <a href="https://letrasdechile.cl">Letras de Chile</a>.</p>
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		<title>En tierras bajas, de Herta Müller</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Letras de Chile]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 10 Oct 2009 13:05:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Otras Narrativas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Primer capítulo de En tierras bajas, de Herta Müller, Premio Nobel de Literatura 2009.</p>
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<p><a href="https://letrasdechile.cl/wp1/wp-content/uploads/2009/10/images_en_tierras_bajas.pdf" target="_blank" rel="noopener">Primer capítulo</a> de <em>En tierras bajas</em>, de Herta Müller, Premio Nobel de Literatura 2009.</p>
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