Por Ban Yu

La literatura —o, si queremos ser más precisos, la narrativa como género— quizá haya sido, durante el siglo XX, el único lenguaje verdaderamente universal capaz de permitir el diálogo y la comprensión entre los seres humanos. No se trata únicamente de un pacto tácito entre escritores y lectores; también puede entenderse como aquella parte inconmensurable e inmodificable que permanece condensada en la cápsula temporal del destino de un siglo entero.

A primera vista, esta afirmación puede parecer paradójica. ¿Acaso la novela (o el cuento) no está hecha precisamente de lenguaje? Más aún, utilizamos lenguas distintas y, dentro de una misma lengua, innumerables variantes. En el norte de China, de donde provengo, existen palabras y pronunciaciones que, a lo largo de las migraciones y transformaciones históricas, han cambiado tanto de sentido que una misma expresión puede funcionar como elogio en un contexto y como insulto en otro.

Por eso no hablo aquí del lenguaje como instrumento de comunicación práctica. Me refiero a algo distinto: a la existencia de una misma narrativa universal bajo la cual nosotros —escritores y lectores de novelas— podemos reconocernos y comprendernos de inmediato en cuanto nos encontramos, sin importar nuestras identidades, experiencias o procedencias.

Al fin y al cabo, gran parte de la escritura y de la lectura realizadas durante la segunda mitad del siglo XX giran alrededor de unos pocos grandes temas: el desencanto de la guerra, el despertar de la conciencia, el amor y la venganza, la revolución y su reverso, el colonialismo y las resistencias que suscita, los dilemas de la identidad y de la pertenencia, la alienación del individuo. Todos contamos historias diferentes, pero rara vez logramos escapar por completo de estas constelaciones temáticas. Quizá por ello, cuando leemos las obras de otros, solemos experimentar una extraña sensación de reconocimiento.

A comienzos de este siglo, por ejemplo, el libro Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, gozó de una enorme popularidad entre los intelectuales chinos. La razón era sencilla: necesitábamos comprender nuestra propia experiencia a través de la experiencia latinoamericana que, en ciertos aspectos, parecía reflejar la nuestra.

Algo parecido me ocurre cuando leo a Roberto Bolaño. Con frecuencia tengo la impresión de que no es más que un tío querido de mi familia: alguien que ama desesperadamente la literatura y que, al mismo tiempo, es más pobre que una rata; alguien preocupado por el destino de toda la humanidad, excepto por el suyo propio; alguien que arruina una y otra vez su vida y la de sus amantes. Desde fuera, todo parece un desastre, pero yo no puedo dejar de creer que su sufrimiento es absolutamente auténtico.

Y cuando leo a Ricardo Piglia, tampoco me cuesta encontrar equivalentes reales para esos fugitivos que escapan después de un robo. ¿Qué significa todo esto? Si plegáramos el mundo del siglo XX como si fuera un mapa, ¿no estaríamos acaso viviendo en los reflejos unos de otros? Quizá por eso Borges escribió: «Uno de mis insistidos ruegos a Dios y al ángel de mi guarda era el de no soñar con espejos». Porque enfrentarse otra vez a las mismas vidas y a las mismas personas bajo otra forma resulta, en efecto, difícil de soportar.

Fue precisamente la novela la que me hizo comprender que aquello que Giorgio Agamben llama el “contemporáneo” no es una ficción teórica. “Ser contemporáneo es ser intempestivo”, escribió. Y, en efecto, el aspecto más inquietante del siglo XX consiste en haber convertido a todos nosotros en seres intempestivos. Nadie quedó al margen. Nadie siente que haya nacido en el momento justo. Nadie se considera plenamente feliz. Nadie vive completamente satisfecho. Nadie deja de sentirse solo.

Es precisamente esa experiencia compartida, tan cercana a la piel, la que nos permite comprender hoy que la llamada “historicidad” ya se ha desvanecido. Ya no es posible delimitar la existencia mediante décadas, generaciones o siglos. Después del aterrizaje hemos entrado en una larga fase de deslizamiento, tan estable que llega a resultar irreal. A veces incluso tenemos la impresión de que el breve siglo XX nunca comenzó realmente o que, por el contrario, el largo siglo XX todavía no ha terminado.

Por fortuna, seguimos teniendo la narrativa. Este antiguo género conserva intacta una fascinación esencial: la capacidad de coser lo real y los pensamientos más secretos dentro del tejido de la ficción.

Y precisamente porque quizá haya llegado a una especie de estancamiento —porque tal vez en el siglo XX agotamos ya sus grandes temas, técnicas y formas—, la narrativa se ha vuelto extraordinariamente fiable. Lo que escribimos, ayer y hoy, es al mismo tiempo una absurda falacia y un testimonio de la existencia.

Entre ambas cosas seguimos verificando una y otra vez que la comprensión mutua es posible y que el bien y la justicia no son simples ilusiones.

A través de la escritura y de la lectura, adoptamos incluso una actitud de cautela semejante a la de quien se aproxima a la muerte: tratamos de distinguir cuidadosamente la verdad, o aquello que pretende ocupar su lugar.

Creo que esta tarea nunca ha terminado, cualquiera que sea la época en que vivamos. Y si hoy la literatura —o más concretamente la narrativa— posee todavía una herencia auténtica, sospecho que se encuentra precisamente ahí.

NOTA: Texto leído por su autor, el narrador chino Ban Yu (1986) en la Universidad de Magallanes, el 15 de junio de 2026. Traducción de Zhou Yujie y revisión de Sun Xintang. Sus obras han sido publicadas en prestigiosas revistas literarias chinas como Shouhuo, Dangdai y Shiyue.

Ha publicado las colecciones de relatos Natación invernal, Xiaoyaoyou, A camino lento y El elefante blanco. Ha sido galardonado con el IV Premio Mao Dun al Nuevo Talento; premio a Escritor Revelación del Año en la gala GQ; primer premio “Joven Escritor Estrella del Año” de Zhongshan; Premio de Jóvenes Escritores en Lengua China; Premio de Literatura Baihua; y Premio de Literatura Huacheng, entre otros. Asimismo, se desempeñó como asesor literario de la serie “El largo curso de la estación”.