Por Juan Mihovilovich
“La bella anarquía de los jardines”

La poesía de Raúl Valenzuela es un grito estacionado en la garganta, una aparición momentánea de la luz, una desaparición que cobra forma en el hastío, el señuelo de una obra mayor inalcanzable e intuida. Los versos claman por el jardín de una infancia inmortal, que se acomoda en los sentidos y los sacude, para decirnos que sólo en la pureza primigenia se anidan los sueños invencibles.

Desde la vorágine de las ciudades ahítas de la nada, embutidos los seres en sus encierros lamentables, atorados en los vagones del Metro, asociados a las cámaras de gases que olvidamos, se intenta asesinar cualquier atisbo de la mejor fantasía. Desde los almuerzos y la mesa servida y sonriente por donde se cuelan las moscas homicidas y el tiempo trae una brisa invisible que sacude el firmamento. Desde la agonía de los padres que se fueron y acomodaron antes de partir el silencio en nuestros ojos. Desde que la historia se haya escrita en los resquicios del cuerpo, de las arrugas inveteradas que nos anuncian la pasajera estadía en este mundo. Desde que los niños y las niñas sacuden su modorra y sencillamente existen, porque es la esencia del ser: existir, para no quedar a la deriva siendo náufragos de nuestra tristeza, así nos atraviese un día la madurez indeseable y la llegada abrupta del olvido, de la lividez del color, del término del arcoíris, del turbio disfraz de la caricia.

En fin, aquí renacen las palabras, siempre y en todo caso. Aquí revientan sus emblemas los dictadores y los sistemas ocasionales, el consumo de las horas, y los bienes desechables. Aquí pervive la frase callada y taciturna, el mutismo del infante acusador que nos invita con su quietud incólume, con su sonrisa y los destellos de una luminiscencia que escondimos, como si fuera posible tapiar el cielo y sus estrellas.

Aquí, en la morada que Raúl Valenzuela ha redescubierto se escudan caballos, larvas, mariposas, abejas, el juego de un jardín inmortal. Y también sobrevuelan los helicópteros y el miedo se arrastra como un reptil.

Pero, así y todo, la avaricia de los días no podrá contra este mar mecido en sus palabras, este vaivén de universos mezclados en las pupilas y en las alucinaciones, este deambular girando tras los ritos esenciales, los que nos trazan un camino sin fin al infinito.

Bienvenida, entonces, por sobre la veloz mentira que nos rodea, esta poesía cierta, que nos apacigua y nos golpea. Que nos mata y nos revive. Que nos canta y nos encanta. Que nos lleva a mirarnos sin piedad por el incierto y humano destino que esbozamos a diario.

Raúl Valenzuela Rodríguez: El patio
Poesía, autoedición, 70 págs., 2020, Santiago

Raúl Valenzuela Rodríguez
Raúl Valenzuela Rodríguez

Raúl Ignacio Valenzuela Rodríguez (1974), poeta, abogado de la Universidad de Chile, estudios de Literatura en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Fue becario de la Fundación Neruda y de la Corporación Cultural de Las Condes, mención en los Juegos Literarios Gabriela Mistral de la Ilustre Municipalidad de Santiago y luego la Beca de Creación Literaria del Fondo del Libro. Ha publicado “Diálogo a solas”; “Para escapar en bicicleta”; “El patio” y “Cóndor”.

El patio
El patio

ALGUNOS POEMAS DE RAÚL I. VALENZUELA

De El Patio

Tú eres nunca y en ninguna parte
tu silencio es cólera
el canto perpetuo de la ausencia.

La cabeza se me ha cubierto de polvo.

El silencio cerca mi voz.
El silencio solo es posible atravesarlo.

Mi voz se oprime en sus límites.

Pero qué es de una forma
que ha perdido sus contornos.

Semejante la ciudad a sí misma

No hay ya en las murallas escritas esas íntimas cartas que solo los amantes pueden seguir hasta las manos y los ojos que aman.

No es posible ver más que un cuerpo abandonado.

Quizá hay un lugar en que dejan de ser semejantes a sí mismos.

Tal vez aún existe al interior de ese edificio la puerta en que los niños saludan a sus madres y besan a sus padres y toman firmes sus manos.

Tal vez hay una hora en que dejemos de ser semejantes a nosotros mismos.
Y podamos sentir el olor del pan con el que cruzabas el parque y anunciaba que llegabas a casa.

Un lugar en que dejes de ser semejante a ti misma.
El jardín en que construimos ciudades
vestigios de nuestras manos
de nuestros nombres
de la memoria del porvenir

Un minuto en que pueda dejar de ser semejante a mí mismo
un lugar
una puerta abierta sin casa
que dé a ese jardín
y que pueda cruzar.

Porque eras niñas recolectabas la luz, la tierra y su furia, obligada a las sombras del jardín que me guardaba. Oprimidos los cuerpos pierden la noción del espacio. Pero tú eres la concentración de los jardines y su anarquía, tu cuerpo excede tu voluntad: tú misma eres las raíces, la abeja, el jardín.

Grita tu cuerpo. Es una bandera en la ciudad muda, en la ciudad ciega y sorda. Tu cuerpo pisotea el polvo del miedo. Las nombra a todas y todas las nombran. Una a una y una a uno. Sus cuerpos y sus nombres aprisionan nuestra cavidad vacía con la luz, con la tierra y su cólera. El movimiento agita una larga sombra que antes nos era familiar y la vuelve lúgubre. Un temblor de tierra imprevisto, no predicho. Sus cuerpos y sus nombres levantan el polvo de un pueblo ahora fantasma. Y sus cuerpos y sus nombres claman en una lengua de un sueño recobrada. Llama tu cuerpo: una bandera roja, una bandera lila, una bandera verde y azul y amarilla. Pisotean nuestros cuerpos cóncavos, con la luz, con la tierra y su furor. Alumbras aguas. Levanta el polvo de nuestros ojos irritados. Tu idioma dibuja una puerta abierta que da un jardín. Y mis ojos descubren colores en la velocidad que se apacigua.

29 de marzo de 1985.

Les dije lo mismo que les estoy diciendo. Que tengo una costra de sal en la vista y por eso no puedo describir los caminos. Mis hermanas y yo no sabemos decir desde los tiempos del bórax. En el salar se nos petrificó la lengua y la luz viene en nombre de la voz.

Por eso usted escucha y no entiende.

Es ciego.
Le dije que al menos entrecerrara los párpados.
Así tal vez distingue el camino que existe en el desierto.

Me llamo Justa.
Justa Quispe y ellas son mis hermanas.
¿Qué más quiere saber?