Por Fernanda Rubín Rafajelo, profesora
8 de mayo de 2026, Punta Arenas

Juan Mihovilovich Hernández es abogado, poeta, cuentista, novelista y ensayista, reconocido como una de las voces más relevantes de la narrativa chilena contemporánea, especialmente dentro de la literatura producida desde las regiones australes del país.

Nació en Punta Arenas y pertenece a la tercera generación de descendientes croatas, una comunidad que ha tenido una importante presencia cultural y literaria en el sur de Chile. Su obra se inscribe en una tradición de escritores magallánicos que han contribuido significativamente al desarrollo de la prosa nacional.

Mihovilovich forma parte de la llamada generación literaria de los años ochenta, también conocida como la “generación del golpe de Estado”, compuesta por autores que desarrollaron su escritura durante la dictadura militar chilena. En ese contexto, su literatura se caracteriza por una profunda reflexión humanista, una mirada crítica sobre la realidad social y una constante exploración de la condición humana.

A lo largo de su trayectoria, ha construido una obra marcada por temas como la soledad, la marginalidad, la memoria, el encierro y las complejidades psicológicas de sus personajes, consolidándose como una figura esencial de la literatura regional y nacional.

Entre sus principales obras destacan La última condena (1983), Sus desnudos pies sobre la nieve (1990), El ventanal de la desolación (1991), El clasificador (1992), Restos mortales (2004), El contagio de la locura (2006), Desencierro (2009), Grados de referencia (2011) y El asombro (2013). Yo Mi hermano (2017); Útero (2020); El amor de los Caracoles (2024).

Su trabajo ha sido distinguido con importantes reconocimientos, entre ellos, el Premio Julio Cortázar en Argentina (1985), el Premio Gabriela Mistral (1989), el Premio Pedro de Oña (1989) y el Premio Antonio Pigafetta de la Universidad de Magallanes (1986). Premio Francisco Coloane (2017).

Su obra ha sido objeto de estudio académico en la región, incluyendo investigaciones desarrolladas en la Universidad de Magallanes.

Mi acercamiento a la obra de Mihovilovich no es reciente. Durante mi formación en esta universidad, tuve la oportunidad de dedicar mi tesis de grado al análisis de su narrativa, lo que me permitió aproximarme de manera más profunda a los temas, recursos y preocupaciones que atraviesan su escritura.

Fue una importante misión y un agrado trabajar, realizando un análisis de tres de sus obras fundamentales, “La última condena”, “El contagio de la locura” y “Desencierro” junto a mis compañeras Geraldine Pérez y Carmen Gloria Vargas y en compañía constante del autor como una guía dentro de todo el proceso.

Desde esa lectura sostenida de su obra, y para acercarlos a lo que será la lectura de este nuevo y fascinante libro de relatos, quisiera centrarme en cuatro aspectos que me parecen claves dentro de la obra del magallánico.

  1. La psicología de los personajes / mundo interior: el trabajo de muchos estados mentales complejos, quiebres internos, angustia, obsesión, extrañamiento y asombro en sus personajes. Por eso el texto que se lanza el día de hoy, recibe el nombre de Síndromes Alucinantes”, debido a que si bien síndrome se define como “un conjunto de signos (manifestaciones medibles) y síntomas (percepciones del paciente) que se presentan juntos y caracterizan una afección o estado patológico. La palabra proviene del griego y significa «aparecen juntos». A diferencia de una enfermedad, a menudo no tiene una causa única conocida”, estos exhiben demostraciones de conductas que terminan siendo fascinantes y asombrosas tanto para los personajes como el lector.

En el cuento que abre el texto, titulado “Síndrome de la mano” y sin deseos de dar spoilers, el personaje posee la complicada particularidad de tener una mano que tiene voluntad propia y actúa bajo esta misma, sin mediar las consecuencias que esta puede traer para su poseedor, el cual en un tono que nos recuerda a Kafka que, junto con su neurosis obsesiva y autopercepción, se define además como un personaje con una endeble estructura corporal y por ende con una voluntad que de a poco se va exterminando. Así versa el relato:

“Desde mi afiebrado cerebro he intentado vanamente controlar la independencia creciente de mis dedos de la mano derecha. Si se me examina con atención, sin prejuicios, no se verá otra cosa que un individuo común y corriente: un par de piernas arqueadas sobre el que descansa un tórax desmesurado que termina en un cuello de rinoceronte que soporta encima una rara inteligencia. Ese podría ser el cuadro descriptivo de mí ser físico. Nada de que asombrarse, a menos, por supuesto, que pasados unos minutos el deseo de partir de mi mano extravagante se tope, lisa y llanamente, con el exterminio de mi voluntad”.

En el cuento “Perro mundo” podemos apreciar como el centro del relato son los perros del dueño y sus cavilaciones sobre diferentes temáticas, pero fundamentalmente sobre el desagrado que sienten hacia él y su hipócrita generosidad, y reflexionando sobre su figura inepta y poco valiosa, como alguien que no podría sobrevivir como ellos a una especie de hecatombe que terminara con el mundo. En este mismo contexto, están convencidos de que ellos podrían alimentarse de sus restos, en una especie de parafraseo de la frase “cría cuervos y te comerán los ojos”. Porque este ser humano sin humanidad, está convencido de su hermosa labor con los animales, los cuales ni siquiera lo soportan y lo consideran como un ser insano que ya a su larga edad, no ha aprendido a vivir aún. Por lo cual vive sumergido, según sus mascotas, en un autoengaño, similar al de Ulises en “La Odisea” y que viene al caso por el relato de Kafka “El canto de las sirenas”, empleado además como epígrafe por el autor, según esta reinterpretación kafkiana de la epopeya, Ulises sí se da cuenta del seductor canto, pero finge no saberlo, se aferra a su montaje porque necesita creer que venció una tentación real. Ahí está el autoengaño del que hablábamos: Ulises podría estar sosteniendo una ficción sobre sí mismo. No sería el héroe que resistió la seducción, sino alguien que necesita narrarse esa victoria, como una hazaña más de las que tuvo que vivir para retornar a su patria. Ese autoengaño del sujeto dueño de los animales, según el propio pensamiento de estos seres, no es sólo eso, sino que también una forma de engañar a los demás, donde quiere hacer creer que es un ser compasivo, con, en palabras de los canes, esa melodramática forma en que dices preocuparte por quienes ya no son parte de ti mismo.

Estos seres, se consideran el “anticipo de una nueva humanidad”, convencidos de que la nuestra ha llegado a un pseudo final triste y patético, pero todo esto atravesado por una especie de autoengaño y deseo de engañar al otro.

En esta fuerte reflexión interna de los animales, éstos hacen vislumbrar los síndrome o grupos de comportamientos que estarían llevando a nuestra civilización al fracaso inminente, teniendo como foco central o anticipo, la desolación e incomunicación permanente de la raza humana, lo cual desarrollaremos más adelante.

  1. El encierro o la desolación: Es otro tema muy presente en la narrativa de Mihovilovich, manifestándose tanto de manera física como emocional. Ahora bien, nos podemos preguntar:
  • ¿Qué tipo de encierro viven los personajes?
  • ¿El espacio refuerza esa sensación?
  • ¿Hay posibilidad de escape?

Sin duda y como lo muestra el autor, el encierro que viven estos personajes, sean seres humanos, animales o ciertas entidades que parecen abstractas, es desde un lugar físico en algunos casos, pero, por otro lado, y siempre es emocional. Seres que están encarcelados en sus propias mentes o almas, donde cavilan sobre su origen desconocido, un futuro incierto o un sentido de la vida que muy pocas veces logran descubrir. En el relato “Especie en extinción”, la vida de un ser, no perteneciente al género humano, es el centro e hilo conductor de todos los sucesos que él mismo relata, se describe a sí mismo como un ser diminuto, un cuerpo que sirve como escudo, pero que a la vez reacciona a estímulos positivos que vienen del exterior de su encierro e incomunicación.

Como él señala: “Sin duda, debo ser la reproducción asistémica de un extravío: un esbozo, una idea inconclusa, un suspiro de la nada o un silencioso arrojo material que resultó inaudible. Sé que conjeturar no me servirá de mucho. Sólo si supiera a dónde voy tendría sentido mi origen. Sin embargo, como mis horizontes dificultosamente llegan al nivel de mis pupilas no puedo siquiera suponer qué hay detrás. Por lo demás, cuando un buen día aparecí enjaulado sintiéndome una especie en extinción no pude menos que sonreír con lástima”.

Está inmerso en un sitio que no solo da cuenta de una soledad tremenda, dado su aparente claustro físico, sino que también de un vacío en el cual se encuentra sumergido, tal vez como consecuencia de esto. Es así como los acontecimientos en la vida de aquel ser cambian, encuentran sentido e incluso le dan ganas de vivir cuando una mujer que muestra una única y maravillosa humanidad, lo lleva a vivir consigo, instalándolo en una jaula, apartado del hogar, pero donde este se siente más feliz que nunca. Es aquí donde la compasión que, sí estima el protagonista, no como los animales del texto anterior, la compasión entregada por Luciana lo lleva a sentir que el contacto que hizo con ella, incluso lo llena de sueños nuevos.

En este caso podemos ver que el encierro físico no es el problema de él, sino que era su deseo de ser observado y de sentirse conectado con alguien más, aunque esta situación pudiese cambiar, tal como lo dice el autor en una hermosa frase de su prosa: “como si lo triste fuera la primera condición natural de la primavera”, parece anticiparnos a un final que tal vez no será próspero para nuestro personaje principal.

3.La locura o alteración de la percepción: Es importante ver y rescatar, cómo en toda la obra del autor se desdibujan los límites entre lo real y lo imaginario, dando cuenta de una alteración mental individual pero que muchas veces refleja una crisis social y existencial histórica, pero a la vez muy vigente. Podemos pensar en este contexto ¿quién es el loco? ¿Es aquel que escapa con su comportamiento o síndrome, de una realidad aparentemente “normal” o son aquellos que observan sin entender los designios mucho más lúcidos de estas personas que tienen alterada la percepción habitual de las cosas? En este sentido, un personaje que nos llega a través de un narrador que todo lo sabe, como es el caso del individuo de “Un raro movimiento interior”, se posiciona como alguien que, en contra de su voluntad, comienza a dejar de sentir el peso de su propia materia y entra en una especie de libertad indefinible como el propio autor señala, disfrutando de su mundo exterior como un verdadero milagro que lo llena de felicidad. Su viaje avanzará hasta terminar en una alocución al nombre de Cristo, de manera fuerte y notoria, generando el asombro, concepto recurrente en la obra de Mihovilovich, ante los transeúntes que lo observan sorprendidos. Ahora bien, esta aparente locura, que lo lleva a ser marginado y encerrado, no constituye un peligro para nadie y junto al trasfondo de su tranquila personalidad, no podemos concluir si aquello se posiciona como un síndrome extraño o el encuentro de una verdad.

4.El lenguaje y la atmósfera: Mihovilovich suele construir climas muy densos, porque habita lo más profundo del ser humano que siempre está teñido más por la pesadumbre que la liviandad, pero aun así su prosa es bella, poética, con frases que funcionan como sentencias o simples pensamientos llenos de sentido, usando mucho la corriente de la conciencia como ese torbellino inagotable que es, pero sin convertirse en un embrollo de palabras que se vuelven inentendibles, sino como claves para comprender los más hondos temores, deseos y obsesiones de los seres humanos, en un contexto cotidiano, donde destaca el empleo de personajes cercanos y lugares que muchas veces podemos identificar. Es su obra capaz de adentrarse en los rincones más oscuros de la laberíntica mente humana, donde lo profundo y existencial, se muestran como pan de cada día y el análisis del interior de los personajes no muestra otra cosa que el deseo de llegar a esos lugares del hombre, donde muchas veces no nos situamos, pensando que podemos encontrar síndromes, los cuales generalmente ignoramos, pueden ser alucinantes.

La obra de Don Juan, como lo llamo con respeto y admiración, nos lleva a la raíz de la locura, no la denosta, minimiza o condena, sino que la naturaliza como una característica propia de cada individuo que, inmerso en una sociedad que da pie a la incomunicación, a la falta de empatía e incomprensión, es la consecuencia natural de la generación de desconexión, e incluso aberración que las personas tienen de su entorno, de esa realidad que cada vez parece irreal.

Leer a Mihovilovich es aceptar una invitación a internarse en los pliegues más complejos de la conciencia humana, allí donde la extrañeza, la lucidez y el delirio dejan de oponerse para revelarnos algo esencial sobre nuestra propia condición, es sumergirse en relatos que influenciados por grandes escritores, como Kafka, Dostoievski (que él mismo cita), Camus, entre otros, se posiciona como una literatura peculiar, que extrayendo elementos de los anteriores, hace una descripción muy particular y cercana de personajes comunes, corrientes, así como de lugares cotidianos y sucesos conocidos, que vislumbran y analizan los abismos más profundos de la conciencia e inconciencia humana.