Por Ban Yu

Mi abuelo solía decir que era «hombre de muelles», pero sospecho que en toda su vida jamás vio un verdadero muelle. Le tenía miedo al agua, ni siquiera podía acercarse a un lago, mucho menos al mar. Si lo decía, era solo para simbolizar su vida errante. Nació en Tianjin. Su padre fue maquinista de trenes en la dinastía Qing, un hombre bajito, de temperamento extraño y violento. Conduciendo bestias gigantes, recorría cuatrocientos kilómetros al día. Sobradísimo y arrogante, incluso llegó a ver a la emperatriz viuda Cixi. Murió joven por su mal carácter: no se llevaba bien con sus colegas, lo acusaron falsamente de ser revolucionario y murió en prisión. Desde entonces, la familia cayó en la ruina. Antes de llegar a la mayoría de edad, obligado por las circunstancias, mi abuelo se alistó en el ejército. Lo asignaron a la Cuarta Fuerza de Campaña, entrenaba día y noche y luego fue a la guerra de Corea. Obedeciendo órdenes, escondido en una cueva, escuchaba todo el tiempo los aviones de combate que rugían sobre su cabeza, como trazando un laberinto aéreo incomprensible. Su tarea era contar cuántos aviones enemigos había. Sin otras órdenes, no se atrevía a moverse ni sabía cuándo saldría de la cueva. De hecho, parecía que todos se habían olvidado de su unidad. Yo solía preguntarle: «¿Mataste a algún enemigo?». Él, callado, caminaba por la casa como si hubiera olvidado algo o como si empezara a recordar algo.

Yo crecí en una familia de padres obreros. Ambos trabajaban en una fábrica. Su vida era ordenada y rígida: de ocho a cinco, iban y volvían juntos, una rutina estricta, enfocada a la construcción socialista. Los fines de semana y los días festivos, salían en pareja, al cine o a bailar, todo con boletos que repartía la fábrica, sin gastar un centavo. Yo creía que seguirían así toda la vida, y ellos también lo pensaban. Pero ese trabajo no duró mucho. Al llegar el nuevo milenio, ambos se quedaron sin empleo, como dos zapatos viejos tirados, y se convirtieron en vagabundos olvidados, igual que mi abuelo en Corea. Se sentaban en casa todo el día, se miraban y se insultaban mutuamente para sentirse vivos. Eso ya fue después.

Yo crecí con mi abuelo. Le gustaba mucho el autobús porque, como viejo cuadro, viajaba gratis, y yo, por pequeño, no pagaba boleto. Así que, en mi infancia, me llevó a casi todos los lugares de interés de Shenyang: tumbas de emperadores, de sus hijos, de caudillos, sitios arqueológicos de sociedades matriarcales, y también fuimos a los lugares de descanso de los héroes de la guerra de Corea. En teoría, lo hacía para enseñarme historia y así despertar mi amor por la patria, pero él nunca hablaba. Al llegar, elegía un lugar lejos del agua, desplegaba su taburete plegable, se sentaba en silencio con los brazos cruzados y observaba a la gente pasar. Yo, a su lado, solía comer una paleta. Ese era mi verdadero objetivo: mi abuelo prometía comprarme una paleta cada vez que íbamos de paseo. En verano, bajo la sombra de los árboles, después de comer mi paleta, sentía un escalofrío placentero. Corría a buscar piedras, dibujaba un tablero y nos poníamos a jugar al ajedrez. Yo siempre ganaba.

A la vuelta, ya casi atardeciendo, el autobús iba lleno, cuerpos pegados, sudorosos, despegarse era como arrancar una costra. El autobús jadeaba, y mi abuelo perdía la paciencia. A veces le gritaba al conductor: «¡Este autobús parece tirado por bueyes!». Alguien le decía: «Camarada, no se enoje, estamos construyendo las cuatro modernizaciones, hay mucha gente y pocos autobuses, hay que ser comprensivos». Él, terco, no escuchaba y seguía burlándose: «Yo ya manejaba ruedas cuando tú ni habías nacido». Seguía insultando y cuando nos bajábamos todos los pasajeros suspiraban aliviados.

Contó algunas verdades. Después de la guerra, el partido le presentó a una obrera, se vieron dos veces, se casaron y tuvieron a mi padre y a mi tía. La vida matrimonial no fue armoniosa por diferencias de carácter, y a los pocos años él pidió ser transferido a la frontera de Heilongjiang para encargarse de la distribución de suministros. Allá pasó décadas y solo volvía en Año Nuevo por cortas temporadas, esforzándose por mantener la familia unida. En la frontera aprendió a conducir camiones grandes sobre el hielo con una destreza suprema, como si fueran aviones de combate deslizándose con elegancia mientras las huellas de las llantas dibujaban caligrafía sobre el hielo. Además, sin importar qué vehículo tuviera una falla, en menos de quince minutos, encontraba el origen del problema. En ese aspecto, quizá había heredado el talento mecánico de su padre, muerto prematuramente; solo que los vehículos que manejaba fueron haciéndose cada vez más pequeños, y también cada vez menos importantes.

Cuando se acercaba la jubilación, la organización, tomando en cuenta sus méritos y su estado físico, lo trasladó de regreso a Shenyang. Le concedieron un trato bastante bueno, para que pudiera reunirse con su familia y pasar en paz los últimos años de su vida. El año en que volvió coincidió con mi nacimiento. Éramos como dos visitantes desconocidos llegados de muy lejos, que entraban juntos en aquella familia, ambos un tanto desorientados.

Por eso mi abuelo solía decirme en secreto: «Hay cosas que no puedo hablar con ellos, solo tú y yo nos entendemos». Yo tendría seis o siete años y le entendía a medias. Me abrazaba, apoyaba su barbilla en mi cabeza, sus grandes manos me rodeaban la espalda, agarraban mis manos, las levantaban al aire y las movían arriba y abajo incansablemente, como si frente a nosotros no hubiera aire, sino un volante. Me estaba enseñando a conducir, concentrado, avanzando por una llanura infinita. De vez en cuando, hacía el sonido del claxon: «pi-pi, pi-pi», como si realmente hubiera gente o animales delante: ¡cuidado, viene un coche! Porque nuestra dirección no iba a cambiar. Mi abuelo me decía: «Cuando conduces sobre hielo, no gires bruscamente».

A veces le preguntaba más cosas: quién le enseñó a conducir. Él respondía: «¿Acaso eso necesita enseñarse?» Le preguntaba: «¿Cómo salieron finalmente de la cueva?» Decía: «¿Acaso eso necesita preguntarse?» Le decía: «¿Podrías llevarme a un parque en vez de a tumbas?» Decía: «¿Y qué hay de interesante en un parque?» Me enojaba y me negaba a salir con él, decía que me quedaría en casa leyendo el periódico, aunque no reconocía todos los caracteres. El periódico también lo había suscrito la fábrica para él. Era un diario para adultos mayores, y el nombre provenía de un verso del gran poeta de la dinastía Tang, Li Shangyin: “El cielo se apiada de la hierba; en el mundo reina la claridad de la tarde”. Pregunté a mi familia qué significaba, pero nadie supo responderme.

Mientras yo hojeaba el periódico ruidosamente, mi abuelo entraba a la cocina y preparaba dos tazones de fideos. Los ponía frente a mí, pero yo no comía. Él, mientras comía, de repente dijo: «Cuando llegué allí, una vez me asignaron ir a recoger una carga de noche. Todos los conductores estaban fuera así que tuve que hacerlo yo mismo. Nunca había conducido, solo había ido de copiloto. Me subí al asiento del conductor, cerré los ojos y pensé unos minutos, recordando cómo lo hacían: había que girar una llave y mover la palanca de velocidades. Lo intenté varias veces, hasta que el motor rugió y el camión arrancó. Avancé con cuidado, primero un trecho corto, luego un tramo más largo, y cuando llegué a la carretera principal ya estaba bañado en sudor». Tomó un sorbo de sopa, se limpió la boca y dijo: «Carajo». Esa era su expresión favorita para mostrar descontento. La decía al escuchar las noticias, lo decía en el autobús, y también para criticar a mi abuela.

Lo bueno fue que era soldado y tenía algo de fortaleza psicológica. El viaje no fue corto, pero siguió adelante, sorteó vallas, cruzó un puente y al cabo de dos horas, no solo no mejoraba, sino que estaba agotado. El camión se paró varias veces sin motivo claro. Empezaba a oscurecer. Si seguía así, mi abuelo sentía que no solo no llegaría a su destino, sino que ni siquiera encontraría el camino de vuelta. La noche lo cubría todo. El camión se paró de nuevo, se desplomó en el asiento. En ambos lados, la misma escena: trigo dorado ondeando al viento. Hileras inagotables de grano, un camino sin fin. «No hay llanuras desérticas en el noreste», decía mi abuelo. «Los cultivos son como la gente: tiras una semilla y crece sin control. Miras el trigo», hacía una pausa, «sientes abundancia, pero también un hambre inmensa».

«Un perro», dijo mi abuelo después de terminar los fideos. Me tendió unos palillos, indicando que solo si yo comía seguiría contando. Levanté los fideos, debajo había un huevo cocido. Mi abuelo sonrió y preguntó: «¿Vas a comerlo primero o al final?». Dije: «Al final». Él dijo: «Claro, somos iguales, lo mejor siempre se deja para el final». Al verme comer, continuó.

«Bajé del camión a duras penas, con las piernas flojas, no podía sostenerme, con la boca seca, me apoyé en la llanta para descansar. Atardecía y refrescaba, mi ropa ligera estaba empapada, pegada a los huesos picaba como un montón de agujas. No sabía qué hacer, cuando de repente un perro salió de debajo del camión, apareció frente a mí, dio unas vueltas y movió la cola.

«Seguro tenía fiebre cuando de repente recordé la cueva en Corea: después de una tormenta, la tierra se desbordó, el agua invadió todo, no había dónde pararse. También entró un perro, de pelaje desordenado, ojeras negras, no ladraba. Estábamos aterrados, temíamos que alguien viniera atraído por sus ladridos. Alguien levantó el rifle para matarlo, pero yo lo detuve. No sé por qué, pero me pareció que no debía hacerlo. Me puse delante del perro, lo ahuyenté. Lo vi alejarse, pero a mitad del camino volteó a mirarme. En esa mirada sentí que era alguien conocido, una sensación difícil de explicar, como la de un compatriota que se alistó conmigo, pero que ya murió en el campo de batalla.

«Puede que no me creas, pero el compañero y aquel perro al menos tenían algo en común: la oreja derecha cortada a la mitad. La otra oreja se la había volado una bala. Lo sé porque yo fui a recoger su cuerpo, pues era mi subordinado. Después le escribí una carta a su madre. Imitando su letra, le dije que todo iba bien, que no se preocupara, que estaba bien cuidado, que el paisaje era hermoso, que ganábamos batalla tras batalla y que volveríamos pronto. Pero la carta llegó el mismo día que el telegrama de su muerte. Su madre leyó primero el telegrama, luego la carta, y sufrió aún más, lloró hasta quedar ciega. También perdió la razón, andaba por la calle gritando su nombre, y cuando se cansaba gritaba el mío, diciendo que yo había matado a su hijo. Todo el mundo acabó creyendo que su muerte era culpa mía. Yo no podía ni me atrevía a defenderme. ¿Por qué? Porque aquella oreja en realidad se la había volado yo con un disparo accidental. Me asusté y caí sentado al suelo. Él volteó a verme desconcertado, se tocó la oreja, vio su mano llena de sangre, se quedó paralizado, se la siguió tocando sin darse cuenta de la orden de retirada. Le hice señas de que huyera, pero no se movió, seguía tocándose la oreja. ¡Qué ridículo!».

«Ese perro me lo recordó. No supe si tenía que ver con él, no sabía si venía a salvarnos o a vengarse, así que lo eché. Pero al rato volvió, sin ladrar, parado afuera de la cueva, nos miraba. Seguía lloviendo. El perro temblaba de frío, el pelo enmarañado, la respiración agitada, daba lástima. Me acerqué y extendí la mano. Ni mostró los dientes ni se resistió, me lamió la palma, muy dócil. Le acaricié la cabeza y lo llevé a la cueva. Le preparé una cama con paja seca. Se acostó, movió la cabeza para mirarnos, como queriendo recordarnos, todavía tiritando. Encendí fuego, me quité la camisa y se la puse. Así pasamos un día y una noche. Se recuperó, pero no ladraba. Decían que era un perro mudo, que no servía ni para guardar la casa. Creo que simplemente no nos oía y por eso no contestaba.

«En realidad, mi salvación también tuvo que ver con él. Cada mañana salía, no sé adónde, y volvía puntual al atardecer, se acurrucaba en su cama. Después de medio mes, un día no volvió solo: trajo a un instructor de otra compañía. Lo había reconocido por la camiseta que llevaba. Así se dieron cuenta de que había una unidad incomunicada, y se acordaron de nosotros. Para entonces llevábamos mucho tiempo sin ver a nadie. Le preguntamos al instructor: ¿cómo va la guerra? ¿Ganamos o perdemos? Nos miró a todos, hechos unos fantasmas, decepcionado, nos insultó y dijo que éramos soldados inútiles, sin espíritu, que no sabíamos reparar equipos, que los fusiles estaban oxidados, que no servíamos para pelear, que mejor nos fuéramos a casa. Nos pusimos a limpiar las armas en silencio, sin atrevernos a contestar. El perro, al verme limpiar el fusil, parecía tener miedo, se alejaba. Varias veces intenté llamarlo con la mirada, pero cuando me levantaba, él corría más lejos, sin mirar atrás. Cuando salimos de la cueva, el perro había desaparecido. Miré la montaña a lo lejos, hermosa y llena de nubes que parecían mar.

«Estando en la frontera, casi había olvidado todo esto. Hasta que apareció aquel otro perro. Por un instante casi creí que era el mismo de la cueva: mismo pelaje, misma expresión, pero con las dos orejas intactas y más listo que el otro. Y muy ladrador, no paraba de ladrar, como si yo hubiera invadido su territorio. Si crees que esta vez también vino a salvarme o a señalarme un camino brillante para llegar a destino, estás muy equivocado. Después de ladrar un rato, al ver que no reaccionaba, se acercó con cautela. Abrí los brazos para recibirlo. ¡Qué paz! Solo nosotros dos, sin necesidad de cuidarnos. Me miró, perdió el miedo de repente, se lanzó a mis brazos, lamía mi barbilla como si yo fuera su dueño extraviado. De repente me sentí menos cansado. Le pregunté cómo se llamaba, de dónde venía. Respondía a cada pregunta con ladridos largos y cortos.

Lo subí al camión, se puso de pie en el asiento como si siempre hubiera estado allí. Muy alerta, mirando conmigo el camino oscuro. Saqué el mapa, encendí las luces, apenas iluminaban un poco. Avanzamos. Cada bache, él ladraba suavemente, como animándome. Así llegamos hasta el amanecer, cuando la luz del día se abrió paso y el viento sopló sobre el páramo como olas. Luego me lo llevé a casa y vivió conmigo mucho tiempo. Me acompañaba en todo. La gente iba y venía, solo él estaba conmigo. Hace unos años, cayó en un agujero de hielo. Sin pensarlo, me tiré a rescatarlo, casi me ahogo también. Cuando salí con él en brazos, temblaba como un perro recién nacido. Después empezó a tenerle miedo al agua, como yo. Nos enfermamos los dos, con fiebre alta, delirios. Cuando empezó a recuperarse, se fue y nunca volvió».
«¿A dónde se fue?», pregunté.

«Come rápido», dijo mi abuelo, «no pierdas tiempo. Terminamos y salimos. Hoy te llevaré al parque».

Poco después, mi abuelo sufrió otro derrame cerebral. El primero fue el año que yo nací, de repente no podía hablar bien. Al salir del hospital, el médico le ordenó dejar el tabaco y el alcohol, hacer ejercicio. Con el segundo ataque, el médico repitió lo mismo, pero él ya no le creyó. El día que salió, se compró una botella de buen licor. Por extraño que parezca, los años siguientes no volvió a tener problemas graves, pero hablaba cada vez menos, con todos. A veces caminábamos por la calle, me detenía y señalaba un perro preguntando: «¿Se parece a ese que tuviste?» Él no decía nada, ni me miraba, seguía caminando. Yo lo alcanzaba y tomaba su mano. Sentía sus dedos más flacos, secos, sin elasticidad.

La partida de mi abuelo también fue inesperada. Según se decía después, una mañana salió de casa bien vestido, llevándose aquellas balas que nunca disparó, como si regresara del campo de batalla a su patria añorada, o como si desde el páramo caminara hacia las luces de la ciudad. Pero esta vez nadie sabía a dónde iba. Nunca volvió. Mi familia lo buscó por dos años, sin resultado y luego dejaron de mencionarlo. Yo tampoco pensaba mucho, porque siempre recordaba su frase: «Lo mejor hay que dejarlo para el final». Sigo creyendo que él se guardó algo maravilloso para sí mismo: no la guerra, ni el trabajo, ni la familia, ni sus perros. El tiempo restante era completamente suyo, para entregarse por completo, avanzar sin mirar atrás y hacer que sucediera ese algo hermoso. Entonces, las luces y las estrellas se fundirían.

Por supuesto, recuerdo el día que se fue. Una mañana de invierno, desperté de un sueño muy largo, y de repente supe que los caracteres que dominaba eran suficientes para registrar cómo transcurrían los días, y eso me produjo una tristeza irremediable. El tiempo pasaba sin volver, yo quería retenerlo, pero solo podía dejarlo ir. Así apareció por primera vez esa sensación de pérdida. No supe qué hacer. Tomé la bola de bronce que adornaba la cabecera de la cama, la puse sobre mi corazón y respiré hondo, intentando calmarme. Si no recuerdo mal, era 1995. Más tarde me preguntaría una y otra vez y también preguntaba a los demás: ¿qué recuerdas tú del 95? Algunos decían que ni habían nacido, otros que fue el año en que empezó la decadencia. Pero la mayoría asociaba la respuesta con la muerte: ese año, un amigo muerto prematuramente empezó su viaje, un ser querido falleció, mi ídolo murió, mi primera mascota se ahogó. Así que creo que lo que llamamos calendario no es más que hacer nudos corredizos en la cuerda de la vida, para ir trepando hacia arriba. Cuando alguien se va, hacemos un nudo. Por lejos que vayamos, podemos verlo, pero nunca podremos deshacerlo.
Esa mañana, al levantarme, llamé a mi madre. No respondió. Supuse que ya se habría ido a trabajar. Entonces llamé a mi abuelo. Tampoco respondió. De repente sentí pánico: me di cuenta de que estaba solo en casa, algo que nunca había pasado. ¿Debía esperar tranquilo o hacer algo? No lo sabía. Entonces oí varios ladridos de perro afuera, como contando, o cantando, o señalando el camino, con ladridos largos y cortos. Corrí a la ventana. Quería ver afuera, pero me distrajeron las escarchas del vidrio. En invierno, los dibujos del hielo cambiaban cada día: a veces parecían un puñado de hojas rotas, creciendo en espiral; a veces eran ramas que desde la base echan plumas hasta la punta, como si alzaran el vuelo o aterrizaran lentamente. Eso pasaba cuando las ventanas no cerraban bien. En un costado del vidrio, alguien había escrito varios caracteres grandes con el dedo. La escarcha que se había corrido volvió a endurecer, mostrando unas marcas borrosas. Me esforcé en distinguirlas y leí: “los días pasados pesan demasiado». Los repetí varias veces sin pronunciar. En ese momento no podía entender su significado, si no, me habría consolado sabiendo que quien escribió eso tuvo el mismo sueño que yo.

Traducción del chino: Liljana Arsovska

Sobre el autor: Ban Yu 班宇, narrador chino.
Sus obras han sido publicadas en prestigiosas revistas literarias chinas como Shouhuo, Dangdai y Shiyue. Ha publicado las colecciones de relatos Natación invernal, Xiaoyaoyou, A camino lento y El elefante blanco. Ha sido galardonado con el IV Premio Mao Dun al Nuevo Talento, el premio a Escritor Revelación del Año en la gala GQ, el primer premio “Joven Escritor Estrella del Año” de Zhongshan, el Premio de Jóvenes Escritores en Lengua China, el Premio de Literatura Baihua y el Premio de Literatura Huacheng, entre otros. Asimismo, se desempeñó como asesor literario de la serie “El largo curso de la estación”.