Título: árboles y una punzada de rescate
Autor: Alejandro Urrutia
142 páginas
ISBN: 9789566116264
Clasificación: Poesía
Disponible en www.buscalibre.cl

PRÓLOGO DE DIEGO MUNOZ VALENZUELA

Lo primero que constato al emprender la misión de comentar el poemario “Árboles y una punzada de rescate” de Alejandro Urrutia es que se trata de una poesía profunda, intensa, sin concesiones, a la que es preciso entregarse para poder sumergirse en ella y disfrutarla como es debido. Es decir, dejarse llevar por la voz del poeta, entregarse a la sonoridad de las palabras, a la adivinación de sus ritmos y al juego de sus sugerencias. En ese sentido, se encuentra a mitad de camino entre la literatura y la música, y desde esa posición debe ser leída.

La vida de los árboles
El primer conjunto de poemas, titulado “Árboles”, posee características propias, pues opera en torno a una imagen nuclear que es el bosque, constituido por árboles y una gran variedad de seres que forman parte de su hábitat. El abedul es un símbolo que compone íntima pareja con el hombre joven y el abuelo, el hombre viejo. El árbol es una forma de existencia en el mundo: es una ontología distinta en el tiempo (el tiempo de los árboles es distinto al nuestro, al humano, por cierto, mucho más lento, exento de celeridades), pero también respecto de la correlación con los otros seres, los similares y los disímiles en cuanto a cuerpo.

La relación de este par abedul/abuelo-joven es ontológica: tal es el núcleo desde donde nos narra su experiencia el hablante poético. Es una singular visión cosmológica, existencial. Abedul sugiere a Abuelo que su casa es el bosque. Las raíces son el origen. La vejez no equivale a deterioro, sino que implica hundirse más en la tierra, siempre benéfica. La raíz es el camino a la luz; la insinuada muerte del anciano no será pérdida, sino germinación. Parte de un ciclo infinito de vida, nacimiento, fallecimiento, resurrección.

En el bosque impera un tiempo orgánico, no lineal, como el humano. Los tiempos están dados por ciclos: lluvia, brotes, primavera, sequedad, invierno, frío… Siempre se está en tránsito, nunca en término; nada se acaba en definitiva. Este es el sentido mayor del poemario.

El lenguaje se acerca al bosque, se ramifica, se enraíza, construye un ecosistema. Los sustantivos se apilan como hojas. Los diversos seres del sotobosque conviven sin jerarquías de dominación (lombrices, babosas, caracoles, hormigas); el bosque es lo que importa, por sobre las existencias singulares. Expresa el Abedul, que toma a veces el rol de hablante lírico,: «no hay viejos, solo abedules / no rama ramas no hoja hojas»; es decir, todo es plural, todo es bosque, nada existe en singular.

Hacia el final del poemario hallamos un giro: «el fuego aunque nos mate nos vive / la lluvia aunque nos apaga nos enciende», cifrando el amor humano con ese mismo ritmo. El desamor no destruye: abre túneles, como hace la lombriz. El dolor asume idéntica estructura que el crecimiento vegetal.

Este conjunto de poemas, a mi entender, aborda cómo morir bien, crecer bien, amar bien, un saber aprendido desde los árboles. La infancia (niño abedul), la vejez (abuelo abedul) y el mundo más allá de lo humano (bosque, insectos, lluvia, hojas) se funden en una sola existencia integrada. La escritura y el bosque se identifican en una misma entidad: intrincada, viva, plena de pequeñas criaturas que poseen corazón.

La punzada de rescate
En esta segunda parte del libro se advierte una coherencia profunda que actúa en diversos niveles. Un eje central está constituido por la tensión entre pérdida y permanencia. Pérdida traducida en personas, amores y cuerpos que van quedando atrás, igual que países. Experiencias que, sin embargo, dejan huellas profundas, semillas, pisadas, palabras. La punzada es un dolor súbito que emerge de la memoria y rescata lo pasado, sea acto de amor o acto político.

El amor se captura y retrata al poner atención en el inventario del cuerpo del otro: sus huesos, sus lunares, las uñas, los dedos, el vello que surge de la piel. De aquel examen detallado y microscópico, táctil, anatómico depende la preservación de la memoria del amor antes de que se produzca la pérdida.

Por debajo del amor individual escurre un río de horror colectivo, que hace referencias a terribles masacres , desapariciones y crímenes sin nombre, que se advierten en las reseñas a “corvos”, “púas de alambre”, cuerpos arrojados al mar o enterrados de forma subrepticia. De alguna manera la herida colectiva y dolor personal se vertebran en una misma llaga.

En esta segunda parte hay una coincidencia con la primera, “Árboles”, dado que se asume la unidad de un mundo integrado -no-individual- donde diversos seres conforman un sistema de valores: semillas, insectos, arrozal, bambú. Este colectivo (que crece lento y de manera conectada) se opone a las expresiones individuales agresivas: bombas, misiles, tóxicos. Para avanzar de verdad hay que hacerlo a paso de hormiga, con paciencia subterránea y precisión superior.

Una de las series que conforma esta segunda parte, es la titulada Caballos. Aquí el caballo es considerado animal de duelo, cruzando la guerra contemporánea, el exterminio y el crimen político, la compasión por los sufrientes cuyo cuerpo ha sido vulnerado con la violencia.

El tratamiento del lenguaje en ciertos momentos de esta sección genera rupturas de la sintaxis que reflejan vivencias emocionales intensas; así las frases quedan incompletas. Hay algo que no puede o no alcanza a decirse, cuando la pérdida es excesiva.

“Punzada de rescate” propone, de alguna manera, que el amor personal y la memoria política forman parte de un mismo acto de resistencia: inventariar con precisión un cuerpo amado equivale a negarse a olvidar a los desaparecidos. La «punzada» es el libro entero: duele y en ese dolor reside el rescate. Ante la violencia, la pérdida y el olvido, sobreviene el gesto poético: la punzada aguda, dolorosa, necesaria; no grandilocuente, sino que mínima, a escala de las hormigas que “no pierden nunca el rumbo”.

El poemario completo, en sus dos partes, requiere una lectura paciente, lenta, que no pretende proveer explicaciones ni ofrecer consuelo. Solo entrega testimonio desde una voz que integra todo: huella, raíz, ramas, hojas, dolor, vida, muerte. Una experiencia de lectura que me hace comprender las profundas razones que fundamentan mi indisoluble amistad con el autor: experiencias compartidas de vida y lectura, diversas y equivalentes, irreductibles y exactas.

Diego Muñoz Valenzuela

árboles y una punzada de rescate
árboles y una punzada de rescate