Por Iván Quezada

Edward W. Said, el escritor palestino, criticó al «orientalismo» como un prejuicio: la visión paternalista del Oriente como un lugar de costumbres algo salvajes, de sensualidad más cercana al paganismo que a una religión monoteísta. Pero asimismo el término podría tener una dimensión amable, si lo empleamos en el sentido de curiosidad por el otro lado de la medalla, con sus intrincadas y antiguas diferencias culturales en relación al hemisferio Occidental desde el que Igor Fernando Fuentes escribió su libro SEMILLA ESTELAR (2021).

Sus poemas trasuntan, a lo largo de casi setenta páginas, un misticismo con alusiones directas al credo hinduista y al budismo. Con imágenes y experiencias ocurridas en Chile, a un mundo de distancia de la India. Pero no es una pose lo de Igor Fuentes, sino, como él dice, un aprendizaje a partir de las enseñanzas y la amistad con su maestro Roberto Leiva, el cual —advierte— falleció hace unos años.
Este itinerario lleva al autor a aprender de nuevo las cosas elementales de vivir, como las relaciones humanas, la percepción de sí mismo, la valoración de la naturaleza, del amor y la historia. Desde el sur de la experiencia humana se asoma a las señales del otro lado del horizonte con el propósito de cambiar, de ser diferente a quien siempre fue, aunque, por supuesto, sin ningún afán materialista de superioridad.

Los poemas, si bien de versos libres y la mayoría de las veces extensos, recuerdan a los salmos con los que se adquiere una creencia a través de metáforas didácticas. En ninguna parte, con particular devoción, se habla de una deidad. Es un ascetismo panteísta el de estos versos, pero honestamente no es necesaria una definición. Más útil que racionalizar la intención e ideología, es dejarse tentar por el ánimo iluminado del poeta, quien se esmera en reproducir la musicalidad profética de los textos sagrados del Oriente.

Por lo mismo, siempre deja un cabo suelto para seducir al lector con el misterio de la existencia y no sólo la que llamamos «espiritual», «abstracta», sino también la misma materia, el aire, la luz, la tierra sepultada… En suma, la imaginación. Sorprende que el libro sea breve, considerando su aspiración universal, su evocación de la Verdad así con mayúscula. Pero esto se debe a que realmente trata de un solo hombre: el poeta encarnando la incertidumbre de todo el género humano y que sólo puede dar un testimonio personal.

Uno podría creer que es una limitación no ser una correa transmisora de una entidad superior, pero en este caso permite una mayor libertad, tanto al autor como al lector. La divagación no es mal vista y la identificación, por ingenua que sea, tampoco. El sincretismo se vuelve una virtud y bajo su influjo surcan las palabras recuerdos de infancia, formación católica, mundanalidad y sentencias de un ingrávido misticismo.

Como trasfondo tenemos una época en crisis: el presente. El leitmotiv del autor es su desasosiego ante la ausencia de valores y las mentiras reiteradas. Es la primera y última pregunta en su travesía emocional. Más que alcanzar un convencimiento, como quien dice un requisito previo al nirvana, los textos conducen a un precario equilibrio o armonía, algo muy subjetivo y transitorio, pero de todos modos se agradece el riesgo de invocar sentimientos bondadosos con unas cuantas notas musicales.

Semilla estelar
Semilla estelar