Una versión sui generis del “estallido social”
Por Alfredo Mallet
Ginebra, junio de 2025
Siendo un chileno del exterior, un chileno de 67 años que salió de Chile a los ocho años de edad y nunca más volvió a residir en el país, este libro “La epopeya de los encapuchados. Fábulas del estallido social y la pandemia”, me pareció interesante y divertido.
Interesante porque, a través del narrador, Dovahkiin, se da una versión sui generis del estallido social. Una versión bastante alejada de los comentarios habituales. Divertido porque las historias no dejan de tener imaginación, pino y color, sobre todo los capítulos II y V.
Me explayaré también sobre el estilo de Bartolomé Leal, que merece un parrafito de comentarios.
El estallido social
Nadie pensó que el alza del pasaje del Metro fuera la causa profunda del estallido. Fue apenas el detonante de algo que estaba cocinándose desde mucho tiempo antes. El propio Dovahkiin lo dice: “el gobierno se pisó los cordones de los zapatos y anunció un alza en el pasaje del Metro. Ridícula. Mínima. No afectaba a los escolares (…) Pero los pendejos del Instituto Nacional estaban aliñados para hazañas grandiosas”.
¿Cuáles fueron las causas entonces?
Los comentadores políticos y los periodistas se han quedado en las habituales explicaciones sociológicas o políticas, por no decir politiqueras.
La derecha ve un complot tramado por el partido comunista o por el gobierno venezolano. La izquierda aduce que ya pronto se abrirán las grandes alamedas por donde marchará el pueblo para erradicar el neoliberalismo. Todas estas discusiones políticas ‒aun cuando tengan algunos matices de verdad‒ me parecen muy pasadas de moda. El debate político chileno y latinoamericano se ha quedado trancado en los años 60 y en la guerra fría.
Dentro de este contexto latero y latoso es refrescante leer que “los ataques al Metro nacieron desde un videojuego” y que uno de los líderes del movimiento ha “recibido energía dragoniana”. Se definen como anarquistas y los “anarcos” tienen lazos financieros con los “narcos” (los separa solo una letra), o con las pandillas de hinchas de equipos de fútbol.
Estamos muy lejos del complot comunista que tanto le gusta a la derecha. ¡Claro que el partido comunista quiso recuperar el movimiento! ¡Claro que quiso enganchar su carro al tren que ya estaba en marcha!… pero como lo dice Dovahkiin: “Nos estaban apoyando incluso esos farsantes (los nuevos izquierdistas), así como los comunistas, calladitos en espera que el caos les diera un poco más de legitimidad (…). Desde ya no se atrevían ni siquiera a salir a la calle. Los anarcos estábamos de dueños. Los comunistas nos temen, como al diablo los cristianos”.
Las mejores fábulas
Gocé con los capítulos II y V.
En el capítulo titulado “Vampiras del 8M”, tres escolares gorditas con dientes de vampiro le piden al protagonista y sus amigos que les busquen un paco para chuparle la sangre. Encontraron uno: “el paco lucía más bien viejo y gordo. De todos modos, se le percibía anónimo con su armadura de protección. Eso mismo le estaba dificultando ponerse de pie y hacerse el temible. Sus compañeros lo habían abandonado”. Aturden al carabinero lo llevan grogui a una bodega donde entregan la presa a las escolares que “Allí se afanaron, de forma un tanto desordenada, aunque sin pelearse, por tocar su cuota de glóbulos rojos”.
Una vez saciada el hambre de las vampiritas, el grupo sigue rumbo a un ascensor de Valparaíso. En un funicular del puerto, usan mentholatum como lubricante, para sodomizar eficazmente a las tres muchachitas. Luego, para evitar que estas vuelvan sus dientes contra ellos, las matan. El protagonista lo cuenta con jugosos detalles:
«Lancé el grito de batalla de Dovahkiin, la lealtad de los animales, y agarrándolas por el pelo degollamos al unísono a las pobres vampiras mientras lanzaban sus grititos de placer. La sangre caliente de las alegres marchantes del 8M emanó como un géiser sobre el piso y las ventanas. Rociamos el vagón del funicular con combustible para las molotov y lo soltamos por los rieles. Arrancó ardiendo pendiente abajo, un hermoso y épico espectáculo, con las tres escolares gorditas adentro, asándose en su propia grasa y la sangre del paco. Dejamos la estación bien cerrada y nos fuimos hacia los cerros».
Cito íntegro el último párrafo del capítulo II, ya que ese tipo de descripciones le hace decir al crítico Eugenio Díaz Leighton: “Bartolomé Leal ha desarrollado un raro talento, no sé si reconocido ni envidiado, para relatar en primera persona y como único hablante, delitos y crímenes sobre todo de tipo sexual (…) este narrador se refocila en el vandalismo y la barbarie”. El mismo Díaz Leighton se pregunta qué pretende Bartolomé Leal con estas fábulas y este estilo. “¿Poner en evidencia la estupidez y la tontería generalizada?”.
No llego a tan avanzado análisis. Me basta con leer estas líneas bien escritas y reírme de lo exageradas que son. La ultra violencia de algunos párrafos de Bartolomé Leal se puede comparar a la ultra violencia casi cómica de algunas escenas de Quentin Tarantino en Kill Bill, Pulp Fiction u otras.
El capítulo V es muy distinto del resto del libro. El protagonista, un ex pupilo del SENAME, se junta con la cuica Brenda en una singular expedición a Araucanía. La idea surge cuando Dovahkiin encuentra en casa de su patrón de Ñuñoa un libro de Benjamín Vicuña Mackenna. Al principio cree que el nombre del autor es un recurso oportunista, para aprovechar el nombre de la avenida donde ocurrieron grandes hechos del estallido social. Al rato, se da cuenta que el escritor le dio el nombre a la avenida y no lo contrario. También se entusiasma porque Vicuña Mackenna menciona el oro de los Mapuches y decide irlo a buscar en la Montaña Negra. Para ello se asocia con Brenda, su psicóloga tratante y a la vez amante. Ella proporciona el vehículo y él lleva el entusiasmo de ver a los “hermanos indios (…) que fueron la fibra, el cimiento y el corazón del proceso”.
Una vez en Araucanía, rumbo a Lonquimay, se topan con un grupo de Mapuches armados que los retienen brevemente. Se dan cuenta que, en esa zona, ambos son huincas. No es del caso mencionar la búsqueda del oro. Dicen venir de manera pacífica para informarse sobre la realidad en la zona. Asisten entonces a la quema de unas construcciones, en un fundo alejado. Luego, el grupo de Mapuches los deja seguir su camino.
¿Y qué pasó con el oro de los Mapuches? ¿Dónde se va a hallar? El protagonista le responde irónico a Brenda: “Al final del arcoíris”.
Sin saberlo, Dovahkiin le está dando la solución al problema. Hay que dejar de buscar oro en Araucanía. Desde Pedro de Valdivia, muchos lo han intentado, no siempre lo han encontrado. En cambio, Chile ‒igual que Sudáfrica‒ tiene que construir una nación arcoíris. Una nación arcoíris no solo con los pueblos nativos sino con la enorme variedad de chilenos. Con mapuches y aimaras, españoles y guineos, lusitanos y araucanos, palestinos y patagones, haitianos y germanos, libaneses y aragoneses, ricos y pobres, grandes y chicos, pirulos y metecas…
¿Habrá nacido ya el Nelson Mandela chileno?
El estilo y el lenguaje utilizados
Lo que más llama la atención es la mezcla de la más vulgar zafiedad y de palabras científicas dignas de un sociólogo. Es cierto que Dovahkiin, en su papel de líder va adquiriendo vocabulario. Él mismo lo reconoce “Vino una lluvia de ideas fulminante la que nos movió a actuar sin demasiada planificación, aunque con asertividad (aprendí palabras en ese proceso)”.
Es cierto también que tiene un amigo economista de la UDI que le enseña conceptos. Pero aun así tiene un vocabulario demasiado pulido para ser un ex pupilo del SENAME. Maneja sin vacilar frases tales como: “los nuevos núcleos de producción”, “síntesis dialéctica”, “colonos europeos decimonónicos”, y otras.
No voy más allá en mi crítica. Poco importa que el vocabulario no se adapte siempre al personaje. Al fin y al cabo, “La epopeya de los encapuchados”, como lo deja claro su subtítulo, no es un estudio académico. Es simplemente una fábula.

Nota: Puede contactarse con el autor al correo bartolome_leal@yahoo.com







Emotivo y crítico. Es un gran relato picaresco.