Por Eduardo Contreras Villablanca
La Orden de la Quinta Estrella, última novela de Ricardo Candia Cares, se inscribe claramente en la tradición de la novela política y de memoria histórica chilena, abordando las heridas abiertas que dejó la dictadura militar, en particular la impunidad, la justicia tardía y el conflicto ético entre castigo, venganza y reparación.
La novela se sitúa en un Chile posdictatorial, reconocible por referencias a Punta Peuco, la Corte Suprema, la prensa sensacionalista y la convivencia incómoda entre víctimas, victimarios y una institucionalidad ambigua. Es un Chile muy contemporáneo, a propósito del nuevo gobierno que asume, y las declaraciones que históricamente hizo el futuro presidente Kast, a favor de criminales violadores de derechos humanos. El contexto no es meramente decorativo: funciona como motor del conflicto moral que atraviesa todo el relato.
La obra se construye mediante una estructura fragmentaria pero cohesionada, alternando puntos de vista y tiempos. Para no hacer spoiler, describiré con un poco más de detalle los dos primeros capítulos, para dar una idea de algunos personajes, y de la trama.
En el capítulo 1 se nos presenta al excoronel Sosa, criminal condenado, enfermo terminal y liberado por razones “humanitarias”. Es un Chile pospandemia, algunos de los reclusos en el penal en que Sosa cumplía su condena, fallecieron por el COVID.
En el capítulo 2 conocemos a Valerio Santoro, ex militante clandestino, sobreviviente de la represión, portador de memoria, rabia y desgaste vital. Comparte su vida con Sofía, también con una perrita llamada Josefa, y con los gatos Marx y Lenin.
Estos gatos, debo destacar, son un acierto. Se prestan para entretenidos juegos de palabras, cito un ejemplo: en un momento tenso de la obra, el narrador describe: “Lo que siguió fue un análisis de lo que habían avanzado. Las cosas comenzaban a moverse a otro ritmo. Marx y Lenin dormían”. En general, a lo largo de la novela, Marx y Lenin se mantienen bastante ausentes del devenir de esta historia.
Al finalizar los dos capítulos iniciales tenemos: tres personajes potentes, y sabemos que algunos de los violadores de derechos humanos liberados antes que Sosa, han sido ejecutados a poco de salir. Además, sabemos que Valerio tiene una pistola que se ha encargado de acondicionar, luego de ver en las noticias que pronto liberarán a Sosa.
El trasfondo coral se conforma por excombatientes, víctimas indirectas, medios de comunicación y fantasmas del pasado.
Algo que cruza la obra es el tema de la derrota, pero una que se asume con dignidad, con acciones, aun cuando estas no logren cambiar el curso de la historia, y con buenos diálogos; a modo de ejemplo cito a Sofía, pareja de Valerio: “las derrotas también son historia, ¿o no?, muchas veces más ciertas y heroicas que las de los ganadores. Y más entretenidas y verdaderas. Los actos de mayor impacto y heroísmo en la historia de nuestro país, son derrotas: Prat en Iquique y Salvador Allende en el centro de Santiago…”.
El narrador adopta un tono sobrio, descriptivo y reflexivo, con momentos de ironía amarga y crudeza emocional. El uso minucioso del detalle (espacios, objetos, gestos) cumple una función simbólica clave.
Sosa, el ex coronel, no es presentado como un villano plano. Su celda ordenada, sus fotografías familiares y su enfermedad configuran una humanización inquietante, que incomoda al lector. Sin embargo, el texto no lo absuelve: la narración mantiene siempre visible su condición de criminal de lesa humanidad.
Su aparente apatía ante la libertad revela un vacío existencial profundo, y sugiere que la cárcel no ha sido su verdadera condena, sino la pérdida —o inexistencia— del sentido de su vida.
Valerio Santoro encarna al derrotado histórico, al sobreviviente que no fue vencido del todo, pero que tampoco triunfó. Es un personaje complejo, irónico, contradictorio: ama la vida cotidiana (su compañera Sofía, la comida, los animales, la amistad) mientras carga con una pulsión latente de justicia.
Su memoria es activa, no nostálgica. A diferencia de Sosa, Valerio recuerda demasiado.
A poco andar, vía Sosa, su amigo Parra que lo visitaba en la cárcel, y otros personajes, se va develando la existencia de la Orden de la Quinta Estrella, el verdadero poder detrás del poder, no una entelequia como “el capitalismo”, “el imperialismo”, o “la oligarquía”, sino una organización secreta conformada por personas, con nombres y apellidos (la mayoría de esos apellidos, bastante “vinosos”), y que cuentan con mucho dinero. Mucho.
Personajes públicos contemporáneos aparecen como beneficiarios o víctimas (o ambas cosas) de esa Orden. A modo de ejemplo, como beneficiario y luego como víctima, el abogado Hermosilla, y como ejemplo de víctimas: Gladys Marín y Felipe Camiroaga.
Como tema central: la justicia versus la venganza. Uno de los núcleos más potentes de la novela es la pregunta ética: ¿Qué hacer cuando la justicia institucional resulta insuficiente?
El texto no ofrece respuestas cerradas. La novela retrata una memoria que envejece con los cuerpos. Los antiguos combatientes ya no son héroes épicos, sino hombres cansados, enfermos, irónicos. La memoria se vuelve pesada, pero irrenunciable.
No hay épica triunfal. Hay una derrota asumida, reflexionada, incluso domesticada. Sin embargo, la derrota no equivale a olvido ni a rendición moral.
Hay una fuerte crítica a la desmemoria histórica de nuestros compatriotas, que sin ir más lejos, hoy se puede ejemplificar con el triunfo electoral de la derecha pinochetista. A propósito, cito al protagonista: “Si no fuera por el olvido, este país estaría desecho, porque no sabe lidiar con sus propias vergüenzas”.
La Orden se preocupa de que así sea. Cito ahora al fundador de esa organización, un viejo español franquista hablándole nada menos que a Augusto Pinochet: “Haga que la gente se sienta también disfrutando de lo que disfrutan los ricos, pero a su modo, general. ¿Qué quiere la gente de la gleba? Imitar a sus amos, ser como ellos]… [Haga que se sientan como millonarios, con casas parecidas en su forma, véndales automóviles parecidos a los que usan los ricos]… [Van a creerse millonarios y los comunistas jamás podrán convencerlos de lo contrario. Y dígales que los rojos le van a quitar todo eso”. Suena conocido, ¿no?
Candia Cares utiliza un lenguaje preciso, cargado de imágenes concretas, con párrafos extensos que invitan a la reflexión, si bien hay bastante acción, que a ratos se torna vertiginosa. Hay una clara influencia del realismo crítico latinoamericano, con ecos de la narrativa testimonial y política, pero sin caer en el panfleto.
El humor negro, la ironía y el registro coloquial chileno equilibran la densidad temática, dan respiros necesarios y precisos.
La Orden de la Quinta Estrella es una novela incómoda, madura y profundamente política, que no busca consolar al lector, sino obligarlo a pensar.
Es una obra que dialoga con la memoria reciente de Chile y, al mismo tiempo, con preguntas universales sobre justicia, culpa y supervivencia.
Nos conocimos con el autor hace más de diez años. Él presentó mi novela “Será de madrugada”, y yo le presenté “Operación Cavancha”, no recuerdo cuál fue primero. Cuando él presentó mi novela, que según yo era de género policial negro (el que hasta hoy sigo tratando de escribir), me aclaró que yo no escribía género negro sino género rojo. Está claro que ya somos al menos dos en ese género, y desde luego, hay más autores y autoras (y menos mal que así sea), trabajando en Chile en esa nueva vertiente.
Bienvenida sea está última obra de este nuevo género.







[…] libro de Guillermo Bustamante Zamudio, Oficios de Noé, se publica en 2005. Todos los textos que hay allí se…