Por Eddie Morales Piña
El libro de Hugo González Hernández (San Carlos, Ñuble, 1973) tiene algunos años desde su emergencia como obra literaria. Su lectura reciente ha sido verdaderamente un hallazgo escriturario. El poemario lo conocí en el contexto del encuentro internacional de payadores que hubo en la ciudad de Casablanca, en la región de Valparaíso el pasado mes de febrero. En la solapilla dice que el autor es payador y cultor del guitarrón chileno. Sin duda que estamos como lectores frente a un texto sorprendente, pues el poeta entrega una producción escrituraria en una de las formas estróficas de una larga prosapia en la historia de la lírica universal, como lo es el soneto. El arte de los versos a lo humano y a lo divino como se les denomina en la cultura, es una particular forma de cultivar la lírica que es a la vez un canto. En otras palabras, el poeta popular -el pueta- con el instrumento musical desenvuelve el versar de manera cantada con un estilo que es muy reconocido; se trata de las décimas. En cierto modo, el payador es un poeta al estilo de los juglares medievales. En este libro el poeta Hugo González Hernández transita, por el contrario, con los versos endecasílabos encapsulados en dos cuartetos y dos tercetos, que es el soneto.
Como el título de la obra lo indica, se trata de Sonetos fluviales. La frase es significativa desde el punto de vista de su significación inmediata, pues nos señala en el sustantivo la forma estrófica que adoptará en su cantar, y luego viene el adjetivo. Son sonetos fluviales. Es decir, están relacionados con el fluir del agua. Simbólicamente, por tanto, el propio cantar del poeta -los sonetos- se transforman en un desplazamiento lingüístico mediante la palabra poética de un devenir acuático, hidrográfico. El receptor del texto lírico, en consecuencia, tendrá la experiencia estética de captar y aprehender sensitivamente el fluir de los versos que despliegan el sonido, el tronar, el cantar del agua que se desplaza. El título se complementa con la tematización de que tratan los sonetos. Se focalizan como un Canto a los ríos de Chile desde el extremo norte al sur del país pasando por el centro de Chile cruzado por múltiples ríos cada uno con sus peculiaridades acuáticas en la geografía. El subtítulo es también relevante para el lector de la obra, pues como ha quedado determinado por lo expuesto es un cantar poético lírico donde los protagonistas esenciales son los ríos desde el Lluta hasta los ríos de Magallanes, pasando por el denostado Mapocho que conforma el imaginario histórico de nuestro país desde el instante en que el conquistador determinó fundar una ciudad sobre la base de este fluir fluvial -valga la redundancia- y que bautizó como Santiago de Nueva Extremadura.
De acuerdo con lo expuesto, no cabe duda, que este libro de Hugo González Hernández está enmarcado en lo que la crítica literaria ha denominado la ecopoesía -que, a su vez, ha dado origen a la ecocrítica-. La ecopoesía es una peculiar forma y expresión poético-lírica que pone énfasis en el entorno natural que nos rodea desde el principio de la Creación -el día quinto-. Este es el mundo natural -lo ecológico- que en el transcurso del tiempo ha sido depreciado por el ser humano de manera inmisericorde. La ecopoesía del poeta popular -payador- transita por estos caminos, sólo que en este caso se trata de las aguas que fluyen como manantiales de vida mediante la forma estrófica que ha escogido. Los sonetos del poeta nos revelan que la casa común -el Oikos– con que se dotó a la naturaleza de Chile en cuanto a sus ríos es una riqueza no sólo geográfica, sino que el autor del libro logra connotarlos de una belleza inmanente mediante la expresión lírica donde como lectores percibimos el fluir y el sonar de las aguas puras corrientes cristalinas en la mayoría de ellos, menos en el devastado Mapocho: “Río Mapocho, te han rajado el pecho/ te han encogido y arrancado un ojo/ y te han dejado al margen medio cojo/ despellejado de tu propio lecho”.
El texto está conformado por setenta y un sonetos dedicados a los ríos de Chile más dos que sirven de enmarcado al cantar del poeta. Arribada a los ríos es la apertura de esta sinfonía fluvial: “Llegar a un río es descubrir un mundo/ y unir el monte al mar y a la planicie, / saber que es máscara la superficie/ y que la esencia fluye en lo profundo”. Mientras que el cierre está constituido por Salutación y despedida de los ríos -título que nos determina el ser poético del hablante: un poeta popular, un payador: “¡Salud, hijos del frío y de la sal! / Salud, vital germinación que canta, / eclosión que penetra y amamanta/ las ambrosías de la tierra austral/. (…) En vuestra cuna emerjo, en vuestro lecho/ dejo de ser, hasta entregar mi pecho/ hecho de piel y espíritu de río”. La imagen poética del río que fluye tiene resonancias simbólicas, pues configuran el transitar de la vida del ser humano en el espacio vital. De cierta forma, “nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar/ que es el morir”, como lo expresó en el medioevo el poeta Jorge Manrique. La portada de la obra de Hugo González Hernández muestra al río Baker en su potente fluir: “…si no hay lazo terreno que te ataje”, como demostrando la vitalidad de la Creación y evidenciando al lector la maravilla de lo existente.
En definitiva, vuelvo al principio de estas líneas que dan cuenta de una lectura fructuosa y provechosa de un libro verdaderamente excepcional. No sólo porque el autor ha escogido una forma clásica para realizar su cantar fluvial a los ríos de Chile -que son parte del Oikos universal-, sino porque ha canalizado mediante el soneto la existencia de los ríos en el recorrido hidrográfico que realiza con soltura poética dándole a las aguas fluyentes un valor estético: “El río es migración y permanencia, / la voz del agua en vital herencia, / ser-hondura, ser-tiempo, ser-altura”.
Hugo González Hernández: Sonetos fluviales. Canto a los ríos de Chile. Santiago. Ediciones Tácitas. 2021. 104 pp.







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