Por Patricia Valenzuela Tapia

Cuando despierto sobresaltada en la alta noche a causa de extraños ruidos de cosas que se arrastran, chirridos de metal contra mi puerta y ulular de oscuros seres entre la arboleda, me invaden pensamientos inquietantes que me impiden volver a dormir. Entonces, me deslizo hasta el sitial de dura madera y alto respaldo con adornos de gárgolas en busca de descanso, mientras saboreo mi taza de viscoso té del que emergen aromas que estallan en espirales de humo azulado. Respiro lenta y cuidadosamente para mantener en su sitio cada costilla y el frágil cristal de mi cráneo, que amenaza con caer y rodar hasta el fondo de la amplia sala, bajo las estanterías repletas de antiguos libros con lomo de cuero y letras doradas, única compañía de mis días y noches en este deshabitado páramo al que llegué, atraída por una irresistible invitación que resultó ser la última y más extraña aventura de mi vida anterior, cuando caminaba, como todos, bajo los rayos azules y dorados del sol de la última radiación, cuando las aguas fétidas aún no cubrían las calles con su pestilencia. Entonces, mi oído se aguza como fina seda extendida a todos los vientos y capto el olor y el sabor de cada sonido, de cada paso, de cada respiración a kilómetros a la redonda, y sé cuándo debo agazaparme contra un muro de roca sólida o cuándo puedo erguirme contra las almenas horadadas o cuándo puedo, simplemente, yacer lánguidamente en las mazmorras mortuorias de acogedora humedad y fría luz cerúlea, que tanto reconfortan mi vista herida por el resplandor de la postrera Gran Explosión. Recuerdo, en esas ocasiones, mi vida anterior, no tanto por nostalgia como sí para llenar esos largos silencios con imágenes que mantengan alerta mi mente, en previsión de que esta vez sí sea Él quien llegue. Esa vida que parece tan lejana ahora, pero que fue apenas en un ayer, en un abrir y cerrar de ojos, todo mi mundo, es hoy recuerdo e incerteza; a veces creo que en realidad nunca existió y que es otra trampa, una más que me ha sido inyectada en las venas junto con los anestésicos y los antibióticos que las enfermeras de impoluta blancura alguna vez insertaron en la cánula que arranqué de mi piel descamada.

Era un tiempo de luminoso caos, de estremecimiento y agonía. Un orden moría con los misiles que arrasaban las principales ciudades donde el humano una vez tuviera la arrogancia de decir que era el Gran Civilizador, el superior a todo otro ser. De una plumada caían rascacielos, museos y centros comerciales, donde la vana agitación de la venta de almas experimentaba sus estertores de apocalipsis. Cascadas de drones sobrevolaban los sueños de niños inocentes en lejanos hogares bajo los resplandores de las auroras boreales con suaves murmullos de canción de cuna, antes de hacerlos caer a las oscuras fosas comunes en que yacían los huesos de sus padres y abuelos, prisioneros de otros miedos y de antiguos dolores. Una vez que toda falsa ilusión de libertad y de la ingenua noción de individualidad fueron aplastadas por la humanitaria ideología de la Igualdad Absoluta, no quedó individuo, ni conciencia ni nada que permitiera diferenciar un cuerpo de otro, una mente de otra, una vida de otra. La Igualdad Absoluta en su total y gloriosa Conciencia Universal proclamó que no existe el individuo, pues Todos Somos Uno; no hay, entonces, muerte ni angustia de ser ni vértigo de decidir; nadie elige ni se elige, pues no existen ni el Yo ni el Tú: Todos Somos Uno y Lo Mismo. Así, los que alguna vez fuimos seres distintos y separados, con identidad individual y pensamientos propios, marchábamos juntos, siendo Todos Uno y Lo Mismo, con idéntico y rítmico paso, avanzando hacia las hondas trincheras donde se amasaba la nueva vida; se levantaban las fábricas y los silos que asegurarían el Nuevo Orden y sustentarían el Gobierno de la Igualdad Absoluta por la Eternidad, si es que existía eso llamado eternidad. Una sola e indiferenciada masa de carne se dejaba arrastrar y existir por los delirios de quienes decían que era falso todo límite entre los seres, pues no existían ya los claros márgenes que contienen a cada ser dentro de sí; en cambio, reinaba el desborde de unos en otros, como agua que se trasvasija y escurre desde un recipiente a otro, tomando la forma de aquello que lo contiene, pero sin forma propia. No había hombre ni mujer, ni humano ni animal, ni joven ni viejo, pues Todo es Uno y Lo Mismo, indiferenciado, único y eterno, en el corazón de la Igualdad Absoluta.

Pero el estable paraíso termina por cansar cuando se hunden los días en el remanso del tiempo sin novedad, cuando la eternidad es, en realidad, la repetición anodina de un día tras otro igual, sin cambio, con el mismo olor y el mismo sabor, con las mismas viejas palabras y nuevos anhelos sin concreción. Así, insensiblemente, el hastío y la monotonía tomaron el lugar de las gloriosas esperanzas de antes. El frío resplandor de los lemas reemplazó al sueño de las utopías. La insatisfacción ante la nueva hegemonía no tardó en hacerse sentir. Calladamente, comenzó a encenderse el viejo fuego en la mirada de seres anónimos que se precipitaban al abismo de la eternidad; nadie se atrevía a hablar, por supuesto, del ímpetu oculto de sentirse nuevamente un individuo separado de otros, no ya indiferenciado, sino único, distinto, arrastrado por el fluir interior de la propia inquietud y con sus dolores personales, atesorados como una joya robada al océano en que el resto se fundía en la nada. Hubiera sido riesgoso abjurar públicamente del Nuevo Orden: era traicionar todo aquello por lo que la Antigua Humanidad con su añeja civilización había sido arrasada en la llamarada inextinguible de las renovadas bombas nucleares que habían sido resguardadas en sus prisiones de acero y hormigón desde los tiempos de la Guerra Final y cuya eficacia mortífera se celebraba estruendosamente con los fuegos artificiales de los festejos que marcaron el comienzo del Gobierno de la Igualdad Absoluta. Pero basta un fuego para encender otro fuego: así, burlando la vigilancia de miríadas de cámaras con lectores de retina y a los algoritmos con sus tentáculos esparcidos desde las pantallas profusamente diseminadas en cada oficina, en cada calle y hasta en los dormitorios de cada hogar, se esparció el renovado virus de la Conciencia Individual. Estremecidos, como despertando de una pesadilla, volvimos a sabernos distintos unos de otros; ya no éramos Uno y Lo Mismo. Nos supimos hombres, mujeres, jóvenes, viejos, solos, enfermos, cansados y casi muertos. Así, cada quien cobró conciencia de sí, recuperó su nombre y sus miedos. La libertad tiene sabor agridulce, como el aire perfumado del verano con notas de pudrición. Junto con la propia individualidad, vinieron aparejadas la incertidumbre, la angustia y el dolor. Pero fue esa mezcla la que produjo el paroxismo liberador, porque vivir no es otra cosa sino estar en riesgo a cada instante, al decidir quién ser, eligiendo cómo vivir y muriendo en cada opción no tomada. Las infinitas posibilidades de ser atraparon a muchos en el vértigo cotidiano antes no experimentado y, temerosos de no poder aferrarse a lo conocido y a los imperativos lemas de la Igualdad Absoluta que habían regido hasta entonces su existencia, volvían atrás o enloquecían sin poder resolverse a simplemente ser.

Se produjeron entonces las inéditas huelgas y manifestaciones de la masa operaria, administrativos y choferes de autobús, que sentían desasosiego ante la gris uniformidad reinante y que cebaban un mate mientras leían extraordinarias narraciones olvidadas sobre laberintos misericordiosos en que el caminante perdido moría como precio por encontrar su nombre. Se esparcía desde las alcantarillas de las ciudades en ruinas el descontento como gas tóxico que atrapaba a la gente cual fina red que desgranara de un racimo cada grano de uva haciéndolo ver claramente como uno y separado del resto, con su propia frontera marcada por la piel y su núcleo visible en la semilla, espléndido en su nueva identidad. Ante el súbito resurgir de seres que osaban proclamar su individualidad, se tambaleó el orden social de la Igualdad Absoluta. Vinieron las redadas de sanidad lideradas por los cuerpos médicos de emergencia, los operativos rastrillo y de vacunación sorpresiva en todas las fábricas y el envío de los sospechosos de contagio del virus a los recién creados Centros de Reeducación y Asepsia. El virus de la Conciencia Individual se mantuvo a raya, según el Gobierno: no se informó de ello en las noticias de la tarde, para no inquietar a la población. El cuidadoso adoctrinamiento de la Igualdad Absoluta continuó a través de los carteles publicitarios, la música y la habitual quema de libros, para avergonzar a aquellos que aún leían, a escondidas, viejos ejemplares impresos en papel, en lugar de sumarse al uso de las múltiples plataformas de comunicación instantánea que proveían entretención infinita con sus vídeos cortos y en bucle, plagados con frases clichés y lemas repetidos ad infinitum que alternaban con imágenes de dispositivos tecnológicos de última generación promovidos por mujeres semidesnudas reconstruidas enteramente en silicona, acorde a los estándares de belleza reinante, que constituían el único tema de conversación alentado entre los ciudadanos. Los contagiados debíamos actuar con discreción para no ser descubiertos. Yo misma, por cierto, seguí consumiendo públicamente los absurdos vídeos de moda acompañados de música estridente, estratégicamente ubicada en la esquina más conspicua del centro comercial, con la mirada ausente y la boca entreabierta en señal de pasmada fascinación. Claro que debía turnarme con otros contagiados y pasar inadvertida ante la mirada escrutadora de la Policía Sanitaria Social, de manera que a veces iba sola y, otras, nos reuníamos en pequeños grupitos de dos o tres rebeldes, reforzando nuestras células conspiradoras y preparando nuestros planes de resistencia y fuga. Nadie hubiera dicho, al vernos en nuestro papel, que, tras nuestra apariencia inane, funcionaban un cerebro y una conciencia individuales.

Ellos, los que dirigían la Igualdad Absoluta, nos ofrecían el espejismo del rizoma, de la sociedad sin centro, múltiple y una a la vez, no jerárquica, perfectamente horizontal y no lineal, como un nuevo uróboros que se toma la cola en círculo perfecto de eternidad, pero eran ellos, los oscuros, los anónimos que nos miraban tras las cámaras y alimentaban los algoritmos rectores de cada día, quienes eran el eje perfectamente vertical y omnipresente de este Nuevo Orden bajo la forma del Gobierno Igualitario. Sus fríos ojos pixelados nos observaban en busca de las señales que delataban al tránsfuga de ese maravilloso mundo de la Igualdad Absoluta. Sus chips insertos en el cerebro de los neófitos extraían la información y preparaban la arremetida, mientras celebraban el Ritual de Igualdad en la antigua Catedral, devenida Centro Iluminador, donde el adoctrinamiento se bebía en el cáliz antes usado en la eucaristía, presidida por el Primer Oficial de Gobierno, ataviado con su túnica blanca adornada en el pecho y espalda con una inmensa crux ansata coronada por un pentáculo de resplandeciente brillo. En esas repetidas y breves ceremonias, se consagraba el piadoso olvido de ser uno, separado y diferente, para insertar en nuestras venas el aletargamiento en forma de rosadas pastillas de felicidad e inyecciones de inconsciencia. La identidad individual era ofrecida en el altar de la Comunión Absoluta para fundirse con otros y ser Todos Uno y Lo Mismo.

Hubo una caída de activos en la Bolsa Mundial de Vidas, en que se transaban las existencias según una escala de productividad medida acorde al aporte a la Igualdad Absoluta. La merma en la mano de obra calificada y no calificada fue general, debido a la propagación del virus de la Conciencia Individual, que diezmaba los grupos de trabajo y cuyos infectados se organizaban subrepticiamente en lo que se llamaba Resistencia. Se hizo necesario reforzar el Dogma Central, sintetizado en el lema Todo es Uno y Lo Mismo. La Conciencia Universal, cuya matriz antes era vulgarmente conocida como IA, determinó las nuevas fórmulas de infinitesimal tecnología, miles de millones de veces más precisas y diminutas que la obsoleta nanotecnología, que irían insertas directamente en los circuitos neurales de la remisa población. Se vertieron toneladas del nuevo material biotecnológico en el agua, en los sistemas de ventilación y aire acondicionado, en los alimentos superhiperultraprocesados, en las lociones para bebés y comida para mascotas; nada escapó al ojo avizor de los nuevos sistemas de vigilancia implementados por la clase tecnócrata-militar-empresarial- dirigente con su ejército de drones provistos de cámaras y lectores de temperatura, presión y ritmo cardiaco en forma de miles de paneles que superaba con creces la capacidad visual del extinto camarón mantis, derrotado por el petróleo y basura plástica laboriosamente acumulada en los océanos. Por cierto, la Policía Sanitaria Social infiltrada en el Sistema de Salud ya ni siquiera necesitaba camuflarse, pues era un secreto a voces que el Programa de Prevención de Contagios era simplemente otra forma de control que se reactivaba en los momentos en que las oscilaciones de la balanza amenazaban con una nueva transformación del entramado social.

La vigilancia se volvió implacable: padres y madres que reclamaban su derecho a ser tutores y responsables únicos de sus hijos, negándose a entregarlos al nacer a las instituciones establecidas para su adoctrinamiento por la Igualdad Absoluta, porque pretendían criarlos por sí mismos en su hogar, fueron recluidos en Centros de Reeducación y Asepsia o declarados mentalmente incapaces, privándolos así de libertad y derecho a trabajar, convertidos en parias y anatemas de la perfecta felicidad y estabilidad del Nuevo Orden creado por la Inmaculada Igualdad Absoluta. Las quemas de libros fueron resistidas abiertamente por movimientos audaces de lectores que rescataban de entre las llamas los sonetos de Shakespeare y los salmos de David, sin importarles nada perder la vida o quedar ciegos por la emanación de fuertes químicos que abrasaban la córnea o desprendían la retina en medio de atroces dolores. Renació el arte olvidado de cultivar la tierra en protesta por el consumo de alimentos ultra hiperprocesados; cuidar un par de árboles frutales o un pequeño cultivo de vegetales se transformó en toda una declaración revolucionaria poderosa como un grito lanzado desde la montaña de Megido. Cayó el consumo de productos continuamente desechados y renovados, que mantenían en marcha el sistema productivo y económico, como ropa, suscripciones a plataformas de streaming o androides de servicio sexual, lo que contribuyó a exacerbar la crisis financiera del sistema. Y este continuo menoscabo de sus ingresos terminó por reflejarse en el estado de las cuentas bancarias de la dirigencia de la Inmaculada Igualdad Absoluta, que decidió defender a ultranza sus inversiones en los mercados emergentes.

Recrudecieron las redadas en busca de los líderes de la Resistencia, pero el Virus de la Individualidad mutaba en el escenario cambiante de la Persecución, de modo que eran muchos los cerebros tras la rebelión, no uno solo, pues en ello radicaba precisamente su fortaleza y era la esencia de su naturaleza: ser individuos y no masa amorfa enceguecida bajo el liderazgo mesiánico de un iluminado mareado por los efluvios místicos del cannabis o algún sicotrópico recreativo de última generación. Así, cada vez que la Policía Sanitaria Social y los espías de Inteligencia del Gobierno de la Igualdad Absoluta creían haber atrapado y desarticulado a la Resistencia, un nuevo grupo emergía, asestando un hábil golpe a los intereses y estabilidad del Nuevo Orden. Esta escalada de enfrentamientos se tradujo en continuas interrupciones del servicio de comunicaciones global, paralizando el tránsito de costosas mercancías en aeropuertos ciegos, en la imposibilidad de transferir sumas millonarias de un banco a otro en continentes distintos o en no poder hacer las habituales transacciones de órganos humanos cuidadosamente cultivados en biogranjas para proveer nuevos ojos y riñones a ancianos líderes de mafias que representaban al Gobierno de la Igualdad Absoluta y custodiaban sus intereses en remotos poblados mineros abundantes en tierras raras que surtían de europio, neodimio, disprosio, samario, gadolinio y hasta del añejo oro a las empresas de tecnología. Alarmado por el debilitamiento inesperado y progresivo de su poderío económico, el Gobierno de la Igualdad Absoluta proclamó la Guerra Total a los rebeldes. Entonces, se desnudaron nuevamente los brazos metálicos de misiles que surcaron el cielo airosamente en busca de su nuevo blanco, asentado en aldeas y villorrios notorios por el aislamiento, la falta de redes de conexión, el abundante mercado negro de libros y el cultivo de vegetales, todas señales inequívocas, según la autoridad, de rebeldía. Pero entonces, lo impensado ocurrió: millones de ex zombis se unieron a la rebelión, sacudidos del aturdimiento de la Conciencia Universal ante el horror de la masacre. Y hubo nuevas y pujantes fuerzas rebeldes que capturaron centros de tecnología y armas, que volvieron vigorosas a las cansadas huestes rebeldes y tornaron el panorama en un prolongado escenario de agonía continua entre antagonistas igualmente poderosos. El cielo se abrió en resplandores inesperados de arsenal rescatado de subterráneos y de museos sobrevivientes de otras centurias. Pero esta vez, la destrucción alcanzaría una extensión absolutamente ilimitada, con daños para todo ser vivo e incluso con perspectivas de ser irreversible aún milenios después de ocurrida la conflagración. Las ciudades todavía en reconstrucción también fueron arrasadas, así como los campos de cultivo y los puertos; ningún centro habitado escapó del rigor justiciero de la Inmaculada Igualdad Absoluta, cuyo gobierno se refugió en cuevas horadadas por el paso del tiempo en zonas desconocidas de Asia, antes de huir definitivamente al espacio en sus pulidas naves con destino a la rebautizada Estación Espacial Igualdad, primer punto de llegada antes de instalarse en los domos previsoramente construidos en la Luna ante una eventual catástrofe. Será desde allí, desde la aséptica Estación Espacial Igualdad, sede de su descalabrado poder, que el gobierno proclamó que lanzará su último ataque, en castigo a quienes propagaron el Virus de la Conciencia Individual. Como muestra final de su arrollador poderío e indiferencia total por el individuo, el Gobierno de la Igualdad Absoluta nos enviará a su exterminador, el más letal Abadón que abrirá las hondas profundidades de la aniquilación total y nos liberará de nuestro dolor. No sé bien si es el más poderoso misil jamás creado, o si contiene en sus entrañas el último virus mutagénico perfeccionado o, cima del saber y la tecnología, si reúne en sí el poderío de todas las bombas nucleares y el horror de toda la guerra biológica. Es lo que estoy esperando, así como muchos rebeldes y supervivientes ocultos en marismas, entre las ciudades en ruinas y el hedor de los cuerpos insepultos.

En mi solitaria huida, encontré este antiguo edificio, quizás antes biblioteca o museo, no lo sé; aquí sobrevivo, alerta a mi anunciado visitante, sin saber precisamente ni el día ni la hora en que llegará, pero cierta de su arribo que traerá consigo un insoportable resplandor y fuerte viento que me abrasará y me elevará a las altas nubes en remolinos de vértigo, para ser, esta vez sí, Todos Uno y Lo Mismo en la total aniquilación. Muchas veces, en medio de la alta noche, escucho ruido de cosas que se arrastran, rechinidos de metal golpeando mi puerta o criaturas que reptan y golpean mi ventana, y creo que es Él, Apollyon. A veces, sin poder soportar el dolor de las laceraciones en carne viva, o el hambre que habita siempre mis entrañas, o mientras veo el reflejo de la bola de mi cráneo desnudo en un espejo, anhelo la llegada de ese día, en que al sonido metálico de la quinta trompeta, por fin acontezca la manifestación de mi Liberador, el triunfo de mi Salvador.


Patricia A. Valenzuela Tapia (Santiago) es Magíster en Literatura Chilena e Hispanoamericana por la Universidad de Chile. Creadora del espacio literario La Bitácora del Caminante y coanimadora del programa de música Revolución 78, en Radio Universidad de Chile. Desde 2016 es académica de la Universidad Autónoma de Chile.