Por Antonio Rojas Gómez
“Estoy en mi paseo matinal por el parque. El gran danés sale a caminar por el condominio. Da varias vueltas, orina por ahí, defeca por allá. Su amo lo mira desde la ventana de su edificio. El perro recoge sus heces con una bolsa y las arroja a la basura. El amo lo aplaude. Nos cruzamos. Lo saludo. Me responde y dibuja una sonrisa en el hocico. Jadea. Le pregunto por qué vive con el hombre. “Está viejo y no tiene a nadie”. Su voz tiene un remoto timbre de ladrido. “Cuando muera, tendré que vivir solo”. Le deseo buen día. Me corresponde. Regresa a su casa. Me pregunto a qué se dedicará todo el día.
“Por el parque pasea toda clase de perros, algunos acompañados por los humanos que tienen a su cargo. Ya quedan pocos y están muy ancianos; apenas caminan sosteniendo las innecesarias correas, símbolos de un orden inexistente. Los perros intercambian conversaciones animadas sobre cualquier asunto: la inminencia de la primavera, la salud de sus presuntos amos, la felicidad que emana de lo cotidiano. Es hermoso observar estas escenas. Yo lo hago desde mi balcón, envuelto en una ruana que ya nadie sería capaz de fabricar excepto un autómata. Tampoco existen robots ya, todos se descompusieron y nadie sabe cómo repararlos. Es un bello ocaso, pleno de alegría y me invade un suave sopor insuflado de esperanzas”.
¡Y bien! ¿Cómo vamos hasta ahí?
Ya ha leído usted las dos primeras páginas de la nueva novela de Diego Muñoz Valenzuela, una novela de ciencia ficción, por si no se ha dado cuenta, género que el autor cultiva con éxito y lo ha convertido en una de las voces más interesantes de Latinoamérica en aquella especialidad.
Si el libro se titula “Un fin para un principio”, podemos entender que los perros adueñados del parque y transformados en los amos de los pocos humanos que subsisten, representan el fin del mundo que conocemos, el mundo nuestro, que es exactamente al revés. Y, al mismo tiempo, el nuevo mundo que habrá de reemplazarlo y que, de hecho ya lo está reemplazando.
En ese nuevo mundo nosotros no somos los animales más desarrollados: estamos a continuación de los perros.
¿Pero quién cuenta una historia tan peregrina? Bueno, el narrador es uno de los personajes más importantes del libro y nunca termina de presentarse a sí mismo. Puede ser una persona de las antiguas, un hombre que, a medida que se disolvía y perdía consistencia, su cuerpo, digamos, no consiguió apoyo de ninguno de los habitantes que iban en alza mientras los humanos descendían. Y en realidad ya no es nadie, no es nada, mientras ejerce el oficio de narrar la nueva vida que se enseñorea en la Tierra.
La pregunta que el lector puede formularse, y que de seguro se planteará a medida que avance en las páginas del libro, será: Bueno, ¿y de qué jugamos nosotros en este nuevo Partido?
Y más aún, ¿llegará a plantearse un mundo como el de este libro, en que los seres humanos sean desplazados por los perros, los gatos, los pájaros, las inteligencias artificiales, los robots y un sinnúmero de animales y creaciones generados por cerebros que no conocemos ni imaginamos?
Es dudoso. Estamos en el terreno de la imaginación, de la literatura de anticipación. No existe información científica al día de hoy, que nos asegure que dentro de un cierto número de años estos imaginarios de cerebros tan creativos convivirán con nosotros.
Pero las historias que generan son muy entretenidas.
¡Por Dios que son entretenidas!
Diego Muñoz Valenzuela: Un fin para un principio
Zuramérica, Ediciones y ¨Publicaciones. Novela, 145 páginas







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