TESTIMONIO DE UNA CRUELDAD IMPUNE

Por Gabriel Canihuante

A menudo los negacionistas de las consecuencias del golpe de Estado de 1973 reclaman, ya sea por una película chilena, un juicio a un ex uniformado que termina en condena o un libro que haga denuncias de lo vivido en las décadas de 70 y 80. “De nuevo los resentidos salen con discursos viejos y repetidos” es una frase que hemos leído más de una vez.

Esas quejas suelen conocerse por las plataformas interactivas de internet y ya se puede desconfiar de los ejércitos de bots, alimentados y pagados por los mismos que promovieron el golpe y por quienes defienden hasta hoy a sus ejecutores, es decir, los negacionistas.

El libro “Aferrada a mi balsa” escrito por Gladys Díaz Armijo, periodista y ex militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), es un testimonio de una experiencia límite vivida, en 1975, por la autora en el centro de detención y torturas conocido como Villa Grimaldi, en el barrio de Peñalolén, en Santiago.

La publicación demoró 50 años porque no fue tarea fácil. Su autora requirió de un largo proceso vital que le permitiera recuperarse, física, mental y espiritualmente para llevar a cabo el trabajo de rescatar esa memoria y ponerla en un soporte que desembocara en un libro.

“…ha sido escrito muchos años más tarde, con reflexiones, crecimiento, experiencias, interpretaciones y sanaciones con las que entonces no contaba. Esta historia sigue estando impregnada en la piel y en cada centímetro del cuerpo”, nos cuenta Gladys en un prólogo que titula “Una explicación necesaria”.

“Aferrada a mi balsa” (Ceibo Ediciones, 2025) es un libro difícil de leer, es de aquellas lecturas que exigen tiempos de pausa, de suspensión del acto lector porque duele la tortura, duele la crueldad, da una rabia impensada recordar lo que ya sabíamos, pero que permanece latente, en suspenso.

La ex dirigente del MIR, directora del periódico clandestino El Rebelde, relata esencialmente su paso de tres meses por el centro clandestino conocido como Villa Grimaldi (o Cuartel Terranova), donde operó la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA). En ese lugar el mandamás fue Marcelo Moren Brito (muerto en prisión) y el principal torturador fue Miguel Krassnoff, hoy preso en Punta Peuco, condenado a más de mil años de cárcel por delitos de lesa humanidad.

Durante esos 90 días fue víctima de atroces torturas y testigo de los abusos cometidos contra otros presos políticos, algunos de ellos asesinados en ese recinto y muchos otros muertos y desaparecidos hasta hoy. En esos meses estuvo recluida en una estrecha torre, en un espacio mínimo en el que no podía ni siquiera estirarse para dormir, sin luz, agua, servicio higiénico y con una alimentación esporádica. De allí la sacaban para nuevos interrogatorios y torturas.

Los uniformados (del ejército y carabineros) que allí operaban, algunos de los cuales permanecen vivos, nunca han confesado sus crímenes y no han dicho la verdad sobre el destino de los cuerpos de esos detenidos desaparecidos.

Dos años estuvo presa esta militante mirista, primero en la villa Grimaldi y luego en los centros de detención de Cuatro Álamos y Tres Álamos. Durante más de tres meses se negó oficialmente su detención, lo cual la hacía vulnerable a ser asesinada en cualquier momento, pero una poderosa red de solidaridad nacional e internacional hizo posible que tuvieran que reconocer su detención.

Contribuyó también a su salvación, una capacidad inusitada de resistencia física y moral, una cuota de suerte y el “milagro” de un uniformado con algún nivel de conciencia que la saca en el momento oportuno de la fila de los que van a morir…

En fin, el testimonio de Gladys es un grito que nos sacude, nos despierta; es una voz de alerta para que no dejemos que la apatía y la indiferencia nos contaminen. Ha pasado medio siglo, es verdad, pero los crímenes de lesa humanidad de muchos delincuentes (uniformados y civiles) de los años 70 y 80, siguen impunes. Los de Punta Peuco son apenas “una muestra” de un universo que ya no conocimos, pero sabemos que existe o existió.

En uno de los prólogos, el senador Francisco Huenchumilla sostiene que “Lo que aquí se evidencia, muestra y relata no es solo un documento del horror: es un testimonio para que nunca más ocurra algo así y, por sobre todas las cosas, para que se mantenga viva la memoria, guiando esta a quienes aún dudan de nuestra historia reciente como país”.

Quedan en nuestras memorias los nombres de hombres y mujeres, la mayor parte de ellos jóvenes, que fueron víctimas fatales. Los de aquellos que Gladys conoció en ese recinto están presentes en el relato.

Otros, que pasamos por distintos centros de detención y torturas, nos salvamos y una de nuestras obligaciones es contar lo que ocurrió, impedir que las nuevas generaciones digan que no sabían y llamar siempre a conocer la verdad, el principio básico para cualquier intento de reconciliación.

Reseña biográfica de Gabriel Canihuante
Periodista y escritor, nacido en Santiago, reside en La Serena desde 1993. Es autor de los cuentos “Años de papel” (2023) de la Municipalidad de La Serena y “La historia de don Crispín, doña Anita y el guaripola y otros cuentos”, Editorial de la Universidad de La Serena (2010), entre otros. En coautoría con Orieta Collao M. es autor de “Apuntes de tres siglos. Liceo de Niñas Gabriela Mistral de La Serena (Nueva Mirada Ediciones, 2025) También es autor de “Enrique Molina Garmendia. Biografía breve (2019); “Periodismo en la región de Coquimbo. 1828 – 1927” (2018) y “Jorge Peña Hen. Biografía breve” (2017). Otros libros publicados como coautor son “Entre duendes y churrascas” (2016 y 2018) Fondo Nacional de fomento del libro y la lectura; e “Historias (ni tan) secretas de Ovalle” (2021), edición digital.

Aferrada a mi balsa
Aferrada a mi balsa