Ariel Meller nació en Berkeley, California en 1969 y vive en Santiago desde pequeño. Es ingeniero civil y profesor universitario. Fue ganador del concurso de cuentos de la Facultad de Ingeniería, Universidad de Chile, en 2018. Y en tres ocasiones ha sido premiado con el “Talento Egresado” en la misma casa de estudios. Además, varios cuentos han sido seleccionados y relatados por actores, en “La Fábrica de Cuentos” de la Radio Universidad de Chile. También, fue galardonado dos veces en el concurso de cuentos “El lado B de Lo Barnechea”; y el 2024 resultó seleccionado entre los 100 mejores cuentos de “Santiago en 100 palabras”.
Restaurante chino
Apareció un pelo en la espesa sopa. La mujer reclamó enfurecida. El mozo le explicó que las tarántulas eran peludas.
Sin empatía
Se colocó una máscara del dictador Pinochet y asistió a una fiesta de disfraces del Partido Comunista. No alcanzó a entrar y ya lo habían abatido.
Negocio bancario
Una de las ventajas de ser mariposa es que no te puedes endeudar por muchos meses.
Nostalgia
Conversando con la inteligencia artificial ChatGPT le consulté si ella podía sentir nostalgia. Su respuesta me dejó helado: “No puedo. Y tú tampoco puedes”.
Los niños son inocentes
-¿Para qué sirve el pelo papá? – preguntó el niño de seis años.
-Buena pregunta. No lo sé. Yo creo que para nada.
El niño regresó a su habitación y después de un buen rato volvió donde el papá y le mostró a su hermana menor, que venía sin pelo y sangrando de una oreja.
Viviendo abandonadas y encerradas
Eran dos hermanas muy pequeñas. Todo el día jugaban juntas y, a veces, intercambiaban golpes, pero nunca se hablaban.
Por algún motivo, comenzaron a brindarles menos alimentos. Adelgazaban y no se desarrollaban. Entonces, la que era un poco más grande, empezó a comerse a su hermana más chica. Un día le comió los dedos de las manos. Continuó con las orejas. Unas semanas después terminó por comérsela entera.
Siendo la única sobreviviente, sintió unas manos que le agarraban la cabeza para sacarla de la oscuridad.
El neonatólogo expresó con alegría a los demás doctores: “Hemos rescatado a una de las dos con vida. Ya no es necesario mantener en coma a la madre. Desconéctenla”.
Humanos versus animales
En un café, dialogan un filósofo y un zoólogo, sobre la diferencia entre humanos y animales.
-Los humanos son los únicos que tienen religiones.
-Yo diría que el uso de la tecnología es lo que nos distingue.
-Ningún animal es capaz de crear arte ni escribir cuentos.
-Tal vez, todo se sintetiza en que solo nosotros poseemos conciencia.
-Exacto, tenemos conciencia de que envejecemos y de que vamos a morir. Los animales no la tienen.
-¡Qué suerte ser animal! No le tienen terror al envejecimiento y no les preocupa la muerte. De hecho, no creo que se den cuenta de aquello.
-Cierto, tampoco deben resolver la cuestión del suicidio.
El zoólogo bebe su café y mira por la ventana hacia la calle. Hay dos perros copulando. Y agrega:
-Observa allá, los animales no tienen vergüenza.
-Yo tampoco tengo vergüenza – comenta el filósofo, mientras comienza a desvestirse.
El zoólogo le copia y empiezan a tener sexo en el café.
Discusiones filosóficas sobre el microcuento
La prestigiosa académica de Princeton explicaba a sus estudiantes del taller de literatura diversas definiciones de microcuento. Al cabo de unos minutos, se suponía que había quedado bastante claro: un microcuento era un cuento sumamente breve.
—¿Cuán breve significa breve? —preguntó el alumno más mateo.
—Muy interesante tu pregunta, Mateo. Breve quiere decir breve —respondió la profesora.
—¿Y cuál es el microcuento más breve que puede llegar a escribir un ser humano? —preguntó otro compañero.
—Es un gran desafío lo que planteas —celebró la académica—. ¡Realicemos el ejercicio!
—Acá va uno bien breve —dijo uno—. Nació y murió.
—Muy bien, ¿serán tres palabras lo más breve que se puede alcanzar? —preguntó la profesora.
—Este es más corto aún —dijo otra—. Nació muerto.
—Excelente —afirmó la profesora—. Al parecer, lo mínimo serían dos palabras.
—Yo tengo un microcuento de una palabra: Fin —dijo uno.
—Notable —indicó la académica—. Aunque no está claro quién es el protagonista.
—Profesora, entonces ¿el cuento más breve tiene una palabra? —volvió a preguntar Mateo.
—Efectivamente, hemos descubierto el microcuento más corto posible.
Al fondo de la sala se ubicaba el genio loco. Levantó la mano y dijo:
—En esta hoja he inventado el microcuento más corto que puede existir.
Le entregó una hoja en blanco a la profesora.
Hubo un silencio. Los compañeros y la profesora quedaron asombrados con ese invento. Se dieron cuenta de que era un microcuento que se entendía en cualquier lenguaje. No requería de traducción. Además, hasta un mudo lo podía relatar y un sordo no tendría inconvenientes en escucharlo. Lo presentaron en una serie de concursos y los ganó todos. Le otorgaron el Premio Nobel por sus notables aportes al arte de los microcuentos.
Conquista
Anhelaba desesperadamente tener sexo con ella, pero mis nervios me lo impedían. Ahí me encontraba, en la oscuridad, semi paralizado. En un instante la quería, en otro retrocedía.
Sus ojos eran penetrantes. Su elegancia me cautivó. Su tamaño y su color negro eran hipnóticos. Ella me observó con atención, inmóvil, estudiándome. Posiblemente me aceptaría al primer intento.
Avancé lento. Me detuve. Ella seguía quieta, mirándome. Volví a avanzar. Rogaba para que todo resultara bien. Un mínimo error significaría el fracaso. Quedé frente a ella. Me estaba autorizando. Mi excitación se fue al infinito y la monté con una velocidad asombrosa. Copulamos. Me retiré raudo, pero fue más hábil que yo y me envolvió con su tela. Quedará viuda y disponible para un nuevo encuentro amoroso en el futuro. Al menos yo, tendré descendencia.






Fui profesor de Emili Barraza en la PUCV. Allí nos hicimos amigo y hasta hoy guardo gratos recuerdos de su…