Por Claudia Godoy Rojas
De repente me encontré con mis amigos, mi familia, conocidos. Todos estaban tan bellos, arreglados… Algunos lloraban, otros se abrazaban, pero lo que más me llamaba la atención era su belleza: se veían perfectos, casi ángeles.
Me emocioné tanto al verlos que corrí a su encuentro. En ese instante tomé conciencia de que no podían verme ni oírme. Estaban todos frente a mí, como en el escenario de un teatro. Entonces volteé y me vi, fugazmente, de reojo… en un ataúd.
Me despedían con tanto amor, que me invadió una profunda gratitud.
Esa era yo. Estaba muerta.
No sentí ganas de acercarme, pese a mi enorme curiosidad. Tenía la certeza de que solo era mi cuerpo. Tampoco experimenté miedo o pena. Y me invadía una profunda dicha epifánica, tan sagrada. Un momento tan inefable, que no puedo describirlo con mis sílabas torpes y mundanas.
De pronto siento que estoy en un aeropuerto en Japón, con todos los símbolos en japonés. No sé por dónde salir, ni cómo recuperar mi maleta, y, por supuesto, no entiendo nada.
Entonces recuerdo lo que me han contado chilenos viajeros sobre experiencias en Alemania o China: cuando se sienten solos o despistados, gritan fuerte:
—¡Chi-chi-chi!. Y siempre hay un huevón chileno que responde: —¡Le-le-le!
Y terminan encontrándose, saltando y abrazándose con grandes vítores: ¡¡¡VIVA CHILE!!!
Miro atentamente entre los presentes, por si veo algo inusual… una persona que ya se murió de la familia o papá de alguno de mis amigos, o un desconocido. Pero nada. Me quedo igual. Entonces, a lo chilena, grito lo más fuerte que puedo:
—¿Hay algún muerto aquí?
Entre las personas aparece un niño. No es tan pequeño, tendrá menos de diez años. Viene hacia mí sonriendo, me abre los brazos con dulzura… y nos encontramos en un abrazo eterno.
Lo miro, sonrío sorprendida y le digo en una afirmación:
—¡Me morí!
Asiente con la cabeza. Su sonrisa es tan afable, amigable y tranquila, que me hace sentir que llegué a casa.
No puedo evitar decirle:
—Ahora entiendo por qué las personas se suicidan… yo estaba tan equivocada…
—No —me responde el niño—. La diferencia es que tú crees. Tú sabías que llegarías aquí, solo lo habías olvidado.
Wow, pensé. O sea, ya con todo lo maravilloso que está ocurriendo a mi alrededor… ¡Además recibo un halago del otro lado! Es que no lo podía creer.
Tomando mi mano, salimos de allí.
Estoy subiendo escalones. Mis rodillas no duelen nada. Siento la ingravidez de mi presencia, pero soy yo. Puedo verme. Estoy subiendo a mi departamento terrenal; debo poner en orden algunas cosas. Tengo claro que en un momento voy a tener «poderes»: podré atravesar paredes, volar… pero me gustan los cambios graduales. Ya el solo hecho de seguir siendo sin ser me fascina.
Chuta que tengo hartos muebles y cachureos, pienso. ¿Qué pasará con la venta de la parcela?, ¿y con el arriendo de mi departamento? … Y entonces inhalo y suelto. Ya no es mi responsabilidad. Ahhhhh “La levedad del ser”, es como cuando nació mi nieto, lo primero que hice fue olerlo y reconocer en él parte de mi manada. Lloré, lo besé y sentí un amor profundo de inmediato. Después de unos minutos se lo devolví a mi hijo, honrando su ser padre y su propio sendero. Y al mismo tiempo sintiendo un enorme alivio de saber que su educación y formación no eran mi responsabilidad. Sí lo sería cuidar su mundo emocional, y darle un continente seguro como abuela. Bueno… Estuve presente en su vida cuanto pude. Haciendo de nuestros martes, día del tour por las cafeterías. En realidad lo pasamos muy bien, pienso. Quizás no tuvimos tantos seguidores en Instagram, pero sí buenas conversaciones y momentos inolvidables…
No sé si estoy volando o si atravieso paredes. Solo sé que veo a una joven. Sigo en mi condominio. Tendrá cerca de 20 años. La veo muy triste, deberá dejar la universidad, no tiene dinero. Está afligida. Entonces recuerdo: en un cajón de mi habitación dejé tres millones en efectivo. Entro a su sueño mientras duerme y le susurro al oído sobre el dinero, para que vaya a buscarlo. Y así lo hace. Aunque, ahora que lo pienso, no sé cómo entró.
Solo la veo con los billetes en la mano y una mueca de desagrado por lo escasos que eran. Me molesta un poco su actitud indiferente y desagradecida.
Al mismo tiempo, me largo a reír de mi puto ego.
-¿De verdad me importa lo que ella piense de mi pequeña fortuna? -Suelto en ese instante.
Tomo distancia de las que antes fueran mis inquietudes y preocupaciones. Entonces recuerdo a Maturana, y su frase de que la realidad no es real, y me doy cuenta: la existencia es tan limitada por la experiencia, que estamos llenos de ideas, juicios y la creencia de que sabemos cómo las cosas son. Eso limita nuestras posibilidades. Restringe el potencial. Nos ancla a “tener” y “desear” desde nuestro pequeño yo. Jajajaja, otra vez mi ego entrando y saliendo, vuelvo a soltar.
Me percibo mujer, femenina, coqueta, erótica, deseable, estoy semidesnuda, llevo apenas unas transparencias, soy yo misma, sin maquillaje ni estereotipos, veo mis imperfecciones perfectas y siento mi llamarada interior, mi propio deseo. Me siento vigorosa.
Entonces apareces frente a mí. Edad indefinida. Unos años más que yo, te ves muy atractivo, no me fijo en tus pliegues o surcos, sino en tu seductora sonrisa, te veo desnudo con los ojos hambrientos, siguiendo cada movimiento que hago, sé que te he visto antes, no sé dónde, pero tengo certeza de que fue en algún momento de mi existencia terrenal. Quizá sólo nos cruzamos y ni siquiera intercambiamos una sílaba. Me ves, a pesar de que sabes que estoy muerta y eso me hace aún más deseable para ti. Te aproximas y me besas con tu lengua de agua suavemente los labios, recorres la forma de sus olas, deslizas tus manos bajo mi túnica y acaricias suavemente uno de mis senos mientras tu dedo pulgar juguetea en círculos con mi pezón erecto respondiendo a tu caricia. Pareciera que este gesto lo hemos hecho toda una vida…de pronto desapareces entre los velos.
Sonrío pensando la distancia que existe entre el deseo carnal terrenal y el éxtasis que me provoca esta sutileza. Es poesía, ahora lo entiendo, sigo caminando entre los velos.
Un soplido sobre mi cara me saca de mis pensamientos. – ¿Quién eres? le pregunto A pesar de comunicarse conmigo sin hablar, jamás dice su nombre. Este nuevo rostro también lo he visto con anterioridad, ¿podrá ser que mi memoria terrenal se esté desvaneciendo? Me invitas a que nos sentemos frente a frente, te miro más allá de ti, es tan sensual la forma en que mueves las manos cuando hablas, que el deseo emana a través de mi piel y la tuya, las dendritas de mi cuerpo están alertas a cualquier estímulo que venga de ti, tu sola presencia lo es. Cuánto placer fluye de mí. Respiro hondo y suelto, y vuelvo a sonreír, estoy tan plena que no necesito nada, me despido con un tierno beso en sus labios.
Me voy caminando entre los velos del mismo color que mi traslúcido vestido.
Estoy en el jardín, aparecen unas ancianas muy risueñas, sentadas tomando el sol.
Creo que una de ellas es mi madre —ya tiene 91 años—.
Todas llevan el cabello completamente blanco. Al acercarme, una de ellas me sonríe. —¿Puedes verme? —le digo y me responde, sonriendo: —Por supuesto que sí… si tienes una sonrisa tan bonita, como de cabra chica. Mi corazón se llenó aún más de dicha. La que estaba junto a ella se volteó, y también pudo verme. Las tres reímos a carcajadas.
La tercera anciana, mi madre, no me podía ver; simplemente disfrutaba de los tenues rayos del sol. Las abracé a las tres a mi manera y les di un beso en la mejilla, sin tocarlas…
Y entonces me desperté, llena de regocijo.
Fue el mejor sueño de toda mi vida.

Claudia Godoy Rojas es Guía Montessori, Licenciada en Educación y Psicopedagoga. Coach Ontológica Senior y facilitadora de Biodanza.






Bonito cuento.