Diego Muñoz Valenzuela y el eco de un mundo sin humanos
Por Eduardo Contreras Villablanca
La más reciente novela de Diego Muñoz Valenzuela, Un fin para un principio (Zuramérica Ediciones, 2025), confirma la madurez narrativa de un autor que se mueve con soltura en el ámbito de las novelas, el cuento, y el relato breve (microcuento), en el caso de esta novela, llegando hasta la especulación filosófica. Su nueva obra, con ambición simbólica, propone un ejercicio de imaginación radical: un planeta en el que la humanidad ha desaparecido (si bien quedan vestigios sumergidos bajo tierra) y el lugar del hombre es ocupado —no sin conflictos— por animales, inteligencias artificiales y otros seres que emergen en el vacío dejado por nuestra especie.
La historia se articula desde la voz de un narrador incorpóreo, una especie de conciencia errante que observa el mundo sin poder intervenir. Su mirada espectral permite recorrer un espacio conocido —el “Parque”— convertido en escenario de nuevas formas de convivencia. Perros, gatos, aves y criaturas más insólitas intentan reconstruir un orden social después del colapso humano. Dentro del grupo de los gatos destaca su jefe, el Tuerto Morgan, y en el caso de los perros el líder indiscutido es el Gran Danés. En ese tránsito de afanes y personajes, la voz que cuenta funciona como testigo y como eco: una presencia que percibe, recuerda y reflexiona, pero que carece de cuerpo, de agencia y de destino.
Muñoz Valenzuela se vale del imaginario de la ciencia ficción y la fábula para pensar qué ocurre cuando el antropocentrismo se derrumba. Las jerarquías del viejo mundo se desdibujan: los antiguos animales domésticos asumen roles de liderazgo, mientras los sistemas de inteligencia artificial sobreviven a sus creadores y los alienígenas —quizá visitantes, quizá invasores—, entre ellos los escarabajos de inteligencia artificial comandados por Greg Samsa, completan el cuadro de un planeta en mutación.
Lo fascinante no está tanto en la acción (que la hay), sino en la observación moral que el relato propone: la reconstrucción de la convivencia, la búsqueda de un lenguaje común, la memoria de un pasado violento que todavía late en la Tierra.
El título, Un fin para un principio, puede leerse de más de una forma: como una inversión de la cronología: el cierre de una era abre la posibilidad de una nueva génesis, pero también como la búsqueda de un objetivo (fin), para un nuevo principio. El cuasi fin de los humanos no se narra con dramatismo apocalíptico, sino con cierta serenidad filosófica. Muñoz Valenzuela parece sugerir que la eventual desaparición del hombre no implica necesariamente la muerte del mundo, sino la oportunidad de reinvención. En ese sentido, la novela dialoga con tradiciones de la utopía y la distopía, pero también con la parábola moral y el mito cosmogónico.
El autor mantiene su prosa limpia y contenida. Las alusiones intertextuales —nombres que evocan a Kafka o a Ockham, guiños a la filosofía (Gramsci) y a la ciencia— enriquecen un texto que funciona tanto como relato de anticipación como ensayo sobre la alteridad.
La pregunta ética que deja flotando: ¿qué queda de lo humano cuando los humanos ya no están? La respuesta no es apocalíptica ni nostálgica. Más bien apunta a la necesidad de repensar nuestra relación con lo otro —con los animales, las máquinas, el planeta— y reconocer que toda forma de vida encierra su propio tipo de inteligencia y sensibilidad
Un fin para un principio: Diego Muñoz Valenzuela
Zuramérica Ediciones. 2025, 145 páginas







Emotivo y crítico. Es un gran relato picaresco.