Por Alberto López Sanjurjo
Si bien la traducción es un trabajo laborioso, tiene la ventaja de ser un ejercicio que requiere paciencia y curiosidad. Uno avanza a paso de tortuga y va familiarizándose con el lenguaje, el estilo del autor y también con la arquitectura misma del libro que no aparece necesariamente después de la primera lectura.
Acabada la traducción de Amistad funesta al francés y habida cuenta de la riqueza del libro, sentí la necesidad, después de su publicación, de ir un poco más allá y de seguir con el estudio, aunque breve, de una obra mayor del panorama literario decimonónico y, sin embargo, un tanto minorada, a mi juicio, tanto en los circuitos editoriales como académicos, por la dimensión política, cultural e histórica de José Martí, por la fuerte y lejana impronta modernista de la obra y por el sencillo hecho de que fue la única novela del autor. Pero pasan las modas y siempre quedan los buenos libros.
Sinopsis analítica
Antes de ser novela, Amistad funesta fue publicada en varias entregas en la revista El Latinoamericano de Nueva York. Fue en 1885 cuando le propusieron a José Martí reunir los episodios bajo la forma de novela, lo que hizo ese mismo año cuando se encontraba el autor en apuros. Lo extraño del caso fue que nunca más volvió a escribir novela alguna conforme a su voluntad expresada en el prólogo inconcluso de dicha publicación: “Quien ha escrito esta noveluca, jamás había escrito otra antes, lo que de sobra conocerá el lector sin necesidad de este proemio, ni escribirá probablemente más después”.
Tal como lo muestra la edición crítica de su obra completa que consta de 32 tomos, la producción de José Martí fue sumamente abundante y variada: escritos políticos, históricos, periodísticos, ensayos, crónicas, críticas culturales y literarias, relatos epistolarios, discursos, traducciones, algunos cuentos y cuentos para niños, dramas, libros de poesía, etc. pero tan solo una novela.
Los motivos de dicha elección los expuso él mismo en su proemio poniendo énfasis tanto en el rumbo adoptado por la novela de su tiempo como en el género literario en sí: “Ya sabe bien el autor por dónde va, profunda como un bisturí y útil como un médico, la novela moderna. El género no le place, sin embargo, porque hay mucho que fingir en él, y los goces de la creación artística no compensan el dolor de moverse en una ficción prolongada; con diálogos que nunca se han oído, entre personas que no han vivido jamás. Menos que todas, tienen derecho a la atención novelas como ésta, de puro cuento, en las que no es dado tender a nada serio, porque esto, a juicio de editor, aburre a la gente lectora; ni siquiera es lícito, por lo llano de los tiempos, levantar el espíritu del público con hazañas de caballeros y de héroes, que han venido a ser personas muy fuera de lo real y del buen gusto”.
En cuanto al contexto de la escritura, al argumento de la novela y a la manera de componerla, escribió en forma sintética lo siguiente el maestro en el mismo prólogo inconcluso: “En una hora de desocupación, le tentó una oferta de esta clase de trabajo: y como el autor es persona trabajadora, recordó un suceso acontecido en la América del Sur en aquellos días, que pudiera ser base para la novela hispanoamericana que se deseaba, puso mano a la pluma, evocó al correr de ella sus propias observaciones y recuerdos, y sin alarde de trama ni plan seguro, dejó rasguear la péñola, durante siete días, interrumpido a cada instante por otros quehaceres […].”
Al atenerse uno a la susodicha opinión así como a la valoración propia que hace José Martí de su libro Amistad funesta: “pero sepan que el autor piensa muy mal de él.—Lo cree inútil; y lo lleva sobre sí como una grandísima culpa”, uno tiene la impresión de que bien podría ser dicha aseveración un recurso estilístico propio de los prólogos escritos por el autor mismo a modo de advertencias al lector y cuya finalidad no es más que perderlo en un laberinto en el que suele ser arduo desenredar los hilos de la verdad de los de la mentira y viceversa tanto en lo relativo a los acontecimientos relatados en la novela como a la compleja relación autor/narrador; y también una figura hiperbólica propia de los prólogos escritos por el mismo autor tendente a minimizar la obra con el propósito de realzarla.
Pero en el caso de Amistad funesta y más específicamente del prólogo, son impresiones e hipótesis que hay que descartar y, a todas luces, expresa fidedignamente dicho proemio, a pesar de su carácter inconcluso, la opinión de José Martí sobre su propia novela y la novela como género literario, una resolución que además mantuvo hasta su muerte y que se encuentra reflejada en su multifacética obra escrita que se nutre fundamentalmente de la realidad -el Hombre, su pensamiento y actuación en la sociedad mediante la búsqueda de un mundo mejor y la lucha por la independencia de Cuba -dos pilares del universo martiano que se conjugan con un alto sentido moral y un idealismo filosófico y estético- y mucho menos de la ficción.
Dicho eso a manera de preámbulo, Amistad funesta es una novela que se compone de tres partes, llamadas capítulos en el libro, bastante desiguales entre sí en cuanto al número de páginas, pero cada una con unidad temática propia.
En la primera parte, de unas cuarenta páginas, que podríamos titular conversación entre amigos, describe el narrador las relaciones entre los distintos personajes de la novela al tiempo que los retrata física y moralmente.
Por un lado, están las tres jóvenes amigas, Lucía Jerez, Ana y Adela. Cada una encarna un tipo de mujer en cuanto a carácter y sentimientos, pero las tres tienen en común ser dechados de belleza física. Por otro lado, y al igual que en el caso de las mujeres, los dos varones, jóvenes, Pedro Real y Juan Jerez, simbolizan a su manera un ideal de belleza propio del donjuanismo, pero con importantes matices entre ambos. Pertenecen los cinco jóvenes a la clase adinerada de una ciudad que podría ser cualquier urbe de Latinoamérica. La acción se desarrolla en casa de Lucía Jerez, una de las principales protagonistas cuyo nombre escogió José Martí a modo de título de la novela en lugar de Amistad funesta. Descuella la casa por su elegancia, refinamiento, mezcla de estilos, no solo adentro sino también en las partes exteriores como la terraza y el jardín, espacios en los que abundan las flores y la simbología que conllevan.
En cuanto a la acción, podríamos resumirla a conversaciones y diálogos entre jóvenes pudientes acerca del buen gusto, de la cultura y de las Artes y de forma omnipresente, del amor, de las relaciones amistosas y amorosas: Lucía Jerez ama a Juan Jerez, su primo, de forma obsesiva mientras que él parece amarla sin pasión. Por su parte, Adela, mujer voluble, se siente atraída por Pedro Real al igual que Ana, joven viuda y enferma, aunque ésta no quiera decirlo y considere a Pedro Real como un calavera, a diferencia de Juan a quien ella mucho aprecia, una amistad compartida al igual que la de Juan con Pedro, si bien aquel opina lo mismo de Ana sobre este.
Simplificando al extremo, podría interpretarse la primera parte de la novela como una comedia ligera en que alternan fundamentalmente los diálogos y las descripciones de lugares (la ciudad los domingos, la casa de Lucía Jerez) y de personajes, focalizados desde un punto de vista omnisciente, hasta que en las últimas páginas menciona Pedro Real el nombre de Leonor del Valle, como rostro de belleza femenina ideal publicado en el último número de la Revista de Artes. A partir de ese momento, bien puede suponer el lector por mera asociación de nombre de pila que el sino de Leonor del Valle será idéntico al de Leonor de Guzmán, personaje mencionado anteriormente y de forma indirecta por el narrador al referirse este al “Spirto gentil” de La Favorita, ópera de Gaetano Donizetti en que se forma un regio triángulo amoroso que desemboca en la muerte de Leonor de Guzmán. De hoy en adelante y de manera sutil, vamos entrando en lo que parece tomar los rasgos de una posible tragedia y ya no de una comedia ligera, sin que haya aparecido todavía el personaje de Leonor del Valle, creando de hecho una tensión en el lector que se disipará tan solo al final de la tercera parte.
Y se abre la segunda cuya unidad temática reposa exclusivamente en los del Valle. Dicha parte que consta de unas 25 páginas, narra la historia de la familia del Valle, oriunda de España, desde su llegada a América. En comparación con el primer capítulo, muy pocos diálogos hay, son sobre todo largas descripciones tanto físicas como sicológicas de los miembros de la familia del Valle, así como reflexiones del narrador sobre variados temas de corte moral y social, todas enfocadas desde la perspectiva de un narrador omnisciente con retrospecciones que evocan el pasado de los personajes.
El padre, don Manuel, abogado liberal republicano, tuvo que dejar su tierra natal con su esposa doña Andrea, por motivos políticos. Buen hombre, de carácter fuerte, íntegro e impetuoso y a la vez tierno hacia su esposa y sus seis hijos, se va desilusionando con la política al darse cuenta de que tampoco en América puede expresar sus ideas. Deja de colaborar en unos periódicos, decide fundar una escuela y centrarse en la educación de sus hijos. El hijo mayor que mucho tiene de héroe romántico, sigue los pasos del padre, escribe artículos, poesía política y lo echan preso por criticar al gobierno. Su padre lo manda a España a estudiar una carrera de Derecho.
Pero con el tiempo se va enfermando don Manuel y muere dejando sola a su esposa y a sus cinco hijas sin saber que también murió su hijo poco antes de unas fiebres enemigas. Poco a poco, la familia cae en la pobreza y uno de los pocos en ayudarla es Juan Jerez que representa el único vínculo entre la primera y la segunda parte de Amistad funesta. Por su intermediario, logra convencer a la directora de un colegio capitalino de renombre para que acoja a las tres hijas menores con el fin de que puedan seguir estudiando sin pagar ningún gasto. Paulatinamente, se va encariñando la directora con Leonor y se deja seducir por su gentil persona y extrema belleza que, al mismo tiempo, ve como un peligro futuro al quedarse la niña con su familia en el barrio pobre en que tuvieron que refugiarse tras la muerte de don Manuel. Por ello, por su educación futura y el trato con gente de la alta sociedad que tendría Leonor bajo la protección de la directora y también porque empieza a crecer la fama de la gran belleza de Leonor por toda la ciudad, le propone la directora a su madre que Leonor se quede tres años más como interna sin gasto alguno. Finalmente, tanto doña Andrea como su hija aceptan la proposición de la directora.
La tercera parte, de lejos la más larga, podría denominarse Sol del Valle tal como aparece Leonor del Valle, de forma metonímica, en este último capítulo en que desempeña ella, a pesar suyo, el rol protagónico. Una vez instalados los principales personajes de la novela y definidos sus caracteres en los capítulos anteriores, ya no hay ninguna duda posible en cuanto al desenlace trágico que se anuncia en la primera línea de la tercera parte: “¿De qué ha de estar hablando toda la ciudad, sino de Sol del Valle? […] Era como el amanecer de un drama nuevo”.
A diferencia de los capítulos anteriores, el último destaca por la variedad de lugares en que se desenvuelven los personajes: la fiesta y sus preparativos en honor al pianista Keleffy, la casa de Lucía Jerez, el montecito, la procesión de Semana santa y el campo. El modo de narración sigue siendo el mismo alternando numerosas descripciones del entorno con muchos y a menudo largos diálogos entre los diferentes personajes, pero esta vez incorpora unos extensos monólogos y narraciones de focalización interna cuyo propósito responde a la necesidad de dramatización de los protagonistas y en particular en lo que se refiere a la relación cada vez más conflictiva entre Lucía y Juan.
En dicha parte, prima el tema amoroso y todas sus variantes posibles hasta el odio, siendo Sol del Valle el causante de las alteraciones y rupturas venideras. Tras su actuación en el palacio de mármol junto con el famoso pianista Keleffy, momento de éxtasis que abre la tercera parte, Sol se va convirtiendo en una sublime estrella que ilumina y conquista no solo el corazón del público sino también el de Keleffy. Poco a poco, se van amplificando las tensiones, desencuentros y disgustos entre los personajes: Pedro Real se va enamorando de Sol del Valle y deja de pensar en Adela como prometida y Adela se aleja cada vez más de él. Si bien Sol del Valle ve en Pedro una bella persona, no soporta su vanidad y sus modales al igual que su madre que hubiera querido que fuese Juan el elegido por su hija. En cuanto a Juan Jerez, al sentirse decepcionado por los celos enfermizos de Lucía Jerez y sus constantes cambios de humor, va naciendo en él un sentimiento amoroso hacia Sol del Valle.
Paradójicamente, la directora del colegio, ya vieja, le encarga a Lucía Jerez, por ser antigua alumna del Instituto de la Merced y amiga de la señora, la tarea de ser la protectora de Sol, creando de hecho en Lucía Jerez un intenso conflicto interno que intentará solucionar proponiéndole a Sol que se deje cortejar por Pedro Real. El esperado huracán pasional se desata en el campo, en la finca de unos amigos, donde han tenido que ir todos los personajes por el empeoramiento de la salud de Ana cuya muerte ya se presiente. Para alegrar a Ana, se organiza una fiesta a lo grande en la que ocurre el desenlace final: Lucía Jerez asesina a Sol del Valle en público y luego muere en los brazos de Ana. Tal como se puede ver, la dimensión amorosa está omnipresente en la obra y en menor medida, la dimensión social y cultural. Estas variadas temáticas se ven reflejadas fundamentalmente en la novela como conjunto a través del personaje de Juan Jerez, de lejos el más interesante y denso.
De amores y amistades
Con respecto a la dimensión amorosa, puede decirse que se manifiesta sobre todo a través de la relación entre Juan y Lucía que se conocen desde la infancia. Los indicios de un amor contrariado o imposible aparecen al enterarse el lector de que Lucía, más joven que Juan, se enamora de él desde sus mocedades de una manera extraña [“Ella padecía de amar a Juan”] y, con el correr de los años, al verse concretado ese amor cuando Juan le besa por primera vez la mano, ambos tienen una reacción a dos luces: él regresa a casa triste y ella seria y recelosa.
Desde el inicio de la novela, Juan Jerez aparece como una persona entregada a los demás y por ello, alimenta los celos enfermizos de Lucía quien quisiera poseerlo al igual que se posee un objeto. La tensión en la pareja es palpable desde el momento en que aparecen los dos personajes juntos. Ya en la primera escena, ella lo está esperando junto con sus amigas y cuando se presenta Juan y le explica que se ausentó por ayudar a doña Andrea, madre de Leonor del Valle que atraviesa por una difícil situación económica, solo son reproches y Lucía lo deja solo sumido en la tristeza. Luego, arrepentida ella, hacen las paces.
A lo largo de toda la novela se repite el mismo esquema -si bien desde el punto de vista de los demás, se percibe a la pareja de comprometidos como una pareja hermosa y perfecta- hasta que se manifiesta una primera crisis seria quince días después de la fiesta de Keleffy y que tiene como motivo la dureza de carácter de Lucía hacia Juan desde la aparición pública de Sol del Valle y también en la vida de ellos, aunque ella no se lo confiesa. Por primera vez Juan le pide con seriedad que se explique y ella se sincera con él confesándole la ambivalencia de sus sentimientos en que coexisten sentimientos opuestos, el amor y el odio: “¡No me regañes Juan! ¡Yo no quisiera que tú conocieses a nadie! ¡Yo te querría mudo, yo te querría ciego: así no me verías más que a mí, que le cerraría el paso a todo el mundo, y estaría siempre ahí, y como dentro de ti, ¡a tus pies donde quisiera estar ahora! ¿Tú me perdonas, Juan? Luego, yo no soy soberbia, y no creo que yo solo soy hermosa: ¡y odio un libro si lo lees, y un amigo si lo vas a ver, y una mujer si dicen que es bella y puedes verla tú. Y yo no soy mala, Juan; yo me avergüenzo de eso, y luego me entran remordimientos, y besaría los pies de los que un momento antes quería no ver vivos, y de mi sangre les daría para que viviesen si se muriesen; ¡pero hay instantes, Juan, en que odio a todas las cosas, ¡a todos los hombres y a todas las mujeres! ¡Oh, a todas las mujeres! Cuando no estás a mi lado, y pienso en alguien que pueda agradar tus ojos u ocupar tu pensamiento, créemelo, Juan; ¡ni sé lo que veo, ni sé qué es lo que me posee, pero me das horror, Juan, y te aborrezco entonces, y odio tus mismas cualidades, y te las echo en cara, como ayer, para ver si llegas tú a odiarlas, y a no ser tan bueno, ¡y si así no te quieren! Eso es, Juan, no es más que eso. A veces, y te lo diré a ti solo, sufro tanto que me tiendo en el suelo en mi cuarto, cuando no me ven, como una muerta. Necesito sentir en las sienes mucho tiempo el frío del mármol. Me levanto, como si estuviera por dentro toda despedazada. Me muero de una envidia enorme por todo lo que tú puedas querer y lo que pueda quererte. Yo no sé si eso es malo, Juan: ¿tú me perdonas?”
Y nuevamente, le perdona Juan su actitud hasta la última crisis que ocurre en la tercera parte al regresar Juan a la finca donde están reunidos todos los amigos. Deseoso de encontrarse con ella lo antes posible para sorprenderla al amanecer, ha viajado toda la noche a caballo “con amores muy altos en el alma” y nuevamente ella lo recibe mal, con desdén y cólera. En ese momento se da cuenta de que ya no puede soportar más sus malsanos arranques y que ha dejado de amarla: “Así, en un día, dejan de amar los hombres a la mujer a quien quisieron entrañablemente, cuando un acto claro e inesperado les revela que en aquella alma no existen la dulzura y superioridad con que la invistió su fantasía”.
No obstante, vuelven a reconciliarse momentáneamente mientras se agudizan los arrebatos de furia y desvarío de Lucía que la llevan poco después al crimen y a la muerte.
Más allá de la trama de la obra, el tema del amor y, en particular, el del amor contrariado o imposible se construye a través de diferentes tópicos literarios tanto masculinos como femeninos que aparecen a lo largo de toda la novela y convive con una visión algo moralizante del autor sobre las relaciones entre hombre y mujer a ejemplo del drama de José Martí titulado Adúltera.
Juan Jerez encarna el ideal caballeresco: “Te tengo, y de ti me vienen, y en ti busco, las fuerzas frescas que necesito para que el corazón no se me espante y debilite. Cada vez que me asomo a los hombres, me echo atrás como si viera un abismo; pero de cada vez que vengo a verte, saco un brío para batallar y un poder de perdón que hacen que nada me parezca difícil para que yo lo acometa”.
Simboliza también la figura del poeta romántico:
“Y veo a todo el mundo pequeño, y a mí como un gigante dichoso. Y siento mayor necesidad, una vehemente necesidad de amar y perdonar a todo el mundo. En la mujer, Lucía, como que es la hermosura mayor que se conoce, creemos los poetas hallar como un perfume natural todas las excelencias del espíritu; por eso los poetas se apegan con tal ardor a las mujeres a quienes aman, sobre todo a la primera a quien quieren de veras, que no es casi nunca la primera a quien han creído querer, por eso cuando creen que algún acto pueril o inconsiderado las desfigura, o imaginan ellos alguna frivolidad o impureza, se ponen fuera de sí, y sienten unos dolores mortales, y tratan a su amante con la indignación con que se trata a los ladrones y a los traidores, porque como en su mente las hicieran depositarias de todas las grandezas y claridades que apetecen, cuando creen ver que no las tienen, les parece que han estado usurpándoles y engañándoles con maldad refinada, y creen que se derrumban como un monte roto, por la tierra, y mueren aunque sigan viviendo, abrazados a las hojas caídas de su rosa blanca. Los poetas de raza mueren. Los poetas segundones, los tenientes y alféreces; de la poesía, los poetas falsificados, siguen su camino por el mundo besando en venganza cuantos labios se les ofrecen, con los suyos, rojos y húmedos en lo que se ve, ¡pero en lo que no se ve tintos de veneno! Vamos, Lucía, me estás poniendo hoy muy hablador. Tú ves, no lo puedo evitar. Si me oyeran otras gentes, dirían que era un pedante. Tú no lo dices, ¿verdad?”.
Y la del donjuanismo. Pero el don Juan “bueno” que ama de verdad si bien ve “en la mujer más el símbolo de las hermosuras ideadas que un ser real” y que es la antítesis del don Juan “malo” personificado por Pedro Real, arrogante, calavera, “de los que no tienen más arte ni placer que los de estrujar frutas”.
En cuanto a los prototipos femeninos también son varios. El más común es él de la mujer enamorada, que padece de celos enfermizos, que se encuentra a menudo retratada en la literatura de aquella época -que sea española, francesa, inglesa, italiana o rusa- bajo los rasgos de la mujer histérica o/y medio esquizofrénica, con manifestaciones o síntomas síquicos tales como la angustia, los delirios, la ambivalencia de pensamientos, sentimientos o actitudes que conducen a situaciones de exaltación, de violencia, de autodestrucción a la par que a un aislamiento progresivo de los demás y al repliegue sobre uno mismo. Es el caso emblemático de Lucía Jerez en que abundan los ejemplos de tal comportamiento.
En contraste con el arquetipo anterior, está el de la mujer viuda, enferma, a punto de morir, que sufre en silencio con dignidad y cuya bondad ilumina a los demás. Suele confeccionar ajuares de niño que regala a la Casa de Expósitos y para no pensar siempre en su enfermedad que la vuelve triste y melancólica pinta cuadritos con muchos ángeles y serafines. Ese retrato místico-religioso de la mujer que aparece como una santa, una especia de mater dolorosa, tanto en su comportamiento ejemplar como en su bello rostro de una inmaculada blancura es el de Ana.
En cambio, Adela, personaje secundario, es el prototipo de la joven voluble, algo extravagante, caprichosa, antojadiza, traviesa, burlona, indecisa y despreocupada.
Y, por último, está el modelo de la beldad absoluta, de la hermosura y preciosidad perfectas: una joven, inocente y frágil, surgida de la pobreza, Leonor, que se convierte en Sol, una luz que ilumina y deslumbra, una especie de deidad mitológica que provoca el frenesí, el enardecimiento y la envidia generalizada tanto de los hombres que quieren conocerla y poseerla, como de las mujeres que quisieran ocupar su lugar.
La escena de la casa de mármol en que actúan Sol del Valle y el famoso pianista húngaro de renombre mundial constituye un momento paroxístico. La belleza de Sol despierta al viejo pianista, infeliz con su esposa por no amarla, siempre triste, melancólico y desganado, que improvisa magistral y apasionadamente una fantasía como nunca lo había hecho antes a la par que descubre el público por primera vez, maravillado y extasiado, el esplendor de Sol del Valle cuya fama irá extendiéndose por toda la ciudad:
“Y Keleffy en aquellos instantes tenía subyugada y muda a la concurrencia. Allí sus esperanzas puras de otros tiempos; sus agonías de esposo triste; el desorden de una mente que se escapa; el mar sereno luego; la flora toda americana, ardiente y rica; el encogimiento sombrío del alma infeliz ante la naturaleza hermosa; una como invasión de luz que encendiese la atmósfera, y penetrase por los rincones más negros de la tierra, y a través de las ondas de la mar, a sus cuevas de azul y corales; una como águila herida, con una llaga en el pecho que parecía una rosa, huyendo, a grandes golpes de ala, cielo arriba, con gritos desesperados y estridentes. Así, como un espíritu que se despide, tocó Keleffy el piano. Jamás pudo tanto, ni nadie le oyó así segunda vez. Para Sol era aquella fantasía; para Sol, a quien ni volvería a ver nunca, ni dejaría de ver jamás. Solo los que persiguen en vano la pureza, saben lo que regocija y exalta el hallarla. Solo los que mueren de amor a la hermosura entienden cómo, sin vil pensamiento, ya a punto de decir adiós para siempre a la ciudad amiga, tocó aquella noche en el piano Keleffy. Pero tocó de tal manera que, aun para la gente inculta, es todavía aquel un momento inolvidable. «Nos llevaba como un triunfador», decía un cronista al día siguiente, «sujetos a su carro. ¿Adónde íbamos? nadie lo sabía. Ya era un rayo que daba sobre un monte, como el acero de un gigante sobre el castillo donde supone a su dama encantada; ya un león con alas, que iba de nube en nube; ya un sol virgen que, de un bosque temido, como de un nido de serpientes, se levanta; ya un recodo de selva nunca vista, donde los árboles no tenían hojas, sino flores; ya un pino colosal que, con estruendo de gemidos, se quebraba; era una grande alma que se abría. Mucho se había hecho admirar el apasionado húngaro en el comienzo de la fiesta; mas aquella arrebatadora fantasía, aquel desborde de notas; ora plañideras, ora terribles, que parecían la historia de una vida, aquella, que fue su última pieza de la noche, porque nadie después de ella osó pedirle más, vino tan inmediatamente después de la aparición de la señorita Sol del Valle, orgullo desde hoy de la ciudad que todos reconocimos en la improvisación maravillosa del pianista el influjo que en él, como en cuantos anoche la vieron, con su vestido blanco y su aureola de inocencia, ejerció la pasmosa hermosura de la niña. Nace bien esta beldad extraordinaria, con el genio a sus plantas».
Y como en cualquier mito o leyenda, esas dotes que le dio la Naturaleza a Sol, ya vistas por miles de ojos, fuentes de inspiración y resurrección, pueden llevarla a la gloria o a la muerte.
Al final de la novela, de amores y amistades poco queda. Las parejas iniciales se deshacen. Tanto Juan Jerez como Pedro Real sucumben, a su manera, a la belleza de Sol. Y en cuanto a las amistades, reposan en realidades latentes que Lucía, en su locura, desvela poco antes de darle la muerte a Sol del Valle. Todas sus amigas quieren a Juan: “Y ella va a querer a Juan ¿cómo no va a quererlo? ¿Quién no lo quiere desde que lo ve? Ana lo hubiera querido, si no supiese que ya él me quería a mí; ¡porque Ana es buena! Adela lo quiso como una loca; yo bien lo vi, pero él no puede querer a Adela. Y Sol ¿por qué no lo ha de querer? Ella es pobre; él es muy rico. Ella verá que Juan la mira. ¿Qué marido mejor puede tener ella que Juan? Y me lo quitará, me lo quitará si quiere. Yo he visto que me lo quiere quitar”.
Amistades funestas que también están presentes en la relación entre Juan y Pedro: “Juan quería a Pedro, como los espíritus fuertes quieren a los débiles, y como, a modo de nota de color o de grano de locura, quiere, cual forma suavísima del pecado, la gente que no es ligera a la que lo es. […] Y Juan, por aquella seguridad de los caracteres incorruptibles, por aquella benignidad de los espíritus superiores, por aquella afición a lo pintoresco de las imaginaciones poéticas, y por lazos de niño, que no se rompen sin gran dolor del corazón, Juan quería a Pedro”.
La figura central del amor en tanto que amor contrariado, imposible o trágico se apoya además en numerosas referencias literarias y artísticas que jalonan el relato: el “Spirto gentil” de La Favorita, ópera de Gaetano Donizetti que se desarrolla en la Edad Media y en que se forma un regio triángulo amoroso que desemboca en la muerte de Leonor de Guzmán; el personaje de Mignon, sacado de la novela de Goethe, Los años de aprendizaje de Wilhem Meister, en que Mignon muere por amor a Wilhem; Excelsior, poema de Henry Wadsworth Longfellow, en que un joven exaltado va hacia la muerte abandonando a su enamorada; Amalia de José Mármol en que se cuenta las peripecias de una pareja de enamorados Amalia y Eduardo, víctimas de la violencia política; María de Jorge Isaacs, relación de los desdichados amores de dos jóvenes, Efraín y María, que termina con la muerte de María, etc.
Finalmente, los únicos amores felices en Amistad funesta parecen ser los de don Manuel del Valle y su esposa doña Andrea, aunque se trata de una pareja ya mayor.
Modelos culturales y clases sociales
Otra dimensión presente en la novela, aunque en menor proporción, es la dimensión social y cultural evocada a través de los personajes y del medio social en que evolucionan, así como de numerosas descripciones del narrador. De la clase alta proceden los principales protagonistas de la novela, de la clase media hacia abajo forma parte la familia de don Manuel del Valle y de los estratos más bajos los indios.
Los personajes más importantes de la novela conforman el estamento superior de la sociedad, una clase ociosa que no trabaja y disfruta de la riqueza familiar. Las tertulias, los paseos, ir a misa, al teatro o a exposiciones engalanados etc. constituyen sus principales actividades en que prevalecen el buen gusto y el parecer. Viven según los cánones europeos: se visten a la europea, amueblan y decoran su casa según las modas imperantes en dicho continente y su referencia cultural es París, país por el que viajan en realidad o en sueños:
“Hablaban de las últimas modas, de que en París se rehabilita el color verde, de que, en París, decía Pedro, nada más se vive.
—Pues yo no -decía Ana-. Cuando Lucía sea ya señora formal, adonde vamos los tres es a Italia y a España: ¿verdad, Juan?
—Verdad, Ana. Adonde la Naturaleza es bella y el arte ha sido perfecto. A Granada, donde el hombre logró lo que no ha logrado en pueblo alguno de la tierra: cincelar en las piedras sus sueños; a Nápoles, donde el alma se siente contenta, como si hubiera llegado a su término. ¿Tú no querrás, Lucía?
—Yo no quiero que tú veas nada, Juan. Yo te haré en ese cuarto la Alhambra, y en este patio Nápoles; y tapiaré las puertas, ¡y así viajaremos!
Rieron todos; pero Adela ya había echado camino de París, quién sabe con qué compañero, los deseos alegres. Ella quería saberlo todo, no de aquella tranquila vida interior y regalada, al calor de la estufa, leyendo libros buenos, después de curiosear discretamente por entre las novedades francesas, y estudiar con empeño tanta riqueza artística como París encierra; sino la vida teatral y nerviosa, la vida de museo que en París generalmente se vive, siempre en pie, siempre cansado, siempre adolorido; la vida de las heroínas de teatro, de las gentes que se enseñan, damas que enloquecen, de los nababs que deslumbran con el pródigo empleo de su fortuna”.
El único en no compartir ese ideal de vida es Juan Jerez quien valora las cosas autóctonas y la herencia cultural indígena sepultada por la colonia, a ejemplo de unas tazas de coco en que sirve a sus amigos un rico chocolate casero:
“Eran unas tazas, extrañas también, en que Juan, amigo de cosas patrias, había sabido hacer que el artífice combinara la novedad y el arte. Las tazas eran de esos coquillos negros de óvalo perfecto, que los indígenas realzan con caprichosas labores y leyendas, sumisas estas como su condición, y aquellas pomposas, atrevidas y extrañas, muy llenas de alas y de serpientes, recuerdos tenaces de un arte original y desconocido que la conquista hundió en la tierra, a botes de lanza. Y estos coquillos negros estaban muy pulidos por dentro, y en todo su exterior, trabajados en relieve sutil como encaje. Cada taza descansaba en una trípode de plata, formada por un atributo de algún ave o fiera de América, y las dos asas eran dos preciosas miniaturas, en plata también, del animal simbolizado en la trípode”.
Y a la vez, como amante del arte, aprecia y estima Juan Jerez las expresiones artísticas más diversas procedentes de cualquier país del mundo.
De la misma manera, el “aristócrata” romántico y humanista es consciente de los males de que padece el país real en una sociedad marcada por profundas injusticas. De joven, no vacila en participar en manifestaciones estudiantiles por la libertad, la justicia y la democracia y como consecuencia de ello estuvo a punto de morir. A través de una evocación del pasado de Juan Jerez, destaca el narrador el papel protagónico de los estudiantes como fuerza social capaz de resistir al viejo orden autoritario y represivo tanto a nivel nacional como universitario en el que sigue imperando el conservadurismo académico:
“Los estudiantes son el baluarte de la Libertad, y su ejército más firme. Las universidades parecen inútiles, pero de allí salen los mártires y los apóstoles. Y en aquella ciudad ¿quién no sabía que cuando había una libertad en peligro, un periódico en amenaza, una urna de sufragio en riesgo, los estudiantes se reunían, vestidos como para fiesta, y descubiertas las cabezas y cogidos del brazo, se iban por las calles pidiendo justicia; o daban tinta a las prensas en un sótano, e imprimían lo que no podían decir; se reunían en la antigua Alameda, cuando en las cátedras querían quebrarles los maestros el decoro, y de un tronco hacían silla para el mejor de entre ellos, que nombraban catedrático, y al amor de los árboles, por entre cuyas ramas parecía el cielo como un sutil bordado, sentado sobre los libros decía con gran entusiasmo sus lecciones; o en silencio, y desafiando la muerte, pálidos como ángeles, juntos como hermanos, entraban por la calle que iba a la casa pública en que habían de depositar sus votos, una vez que el Gobierno no quería que votaran más que sus secuaces, y fueron cayendo uno a uno, sin echarse atrás, los unos sobre los otros, atravesados pechos y cabezas por las balas, que en descargas nutridas desataban sobre ellos los soldados. Aquel día quedó en salvo por maravilla Juan Jerez, porque un tío de Pedro Real desvió el fusil de un soldado que le apuntaba”.
Siguiendo los pasos de su padre, Juan Jerez se titula de abogado y a fuerza de voluntad y trabajo, consigue cierto éxito profesional. Sin embargo, no se siente atraído por el oficio y juzga más meritorio dedicar parte de su tiempo luchando contra la injusticia social: “veía en las desigualdades de la fortuna, en la miseria de los infelices, objeto más digno que las controversias forenses”. Por ejemplo, defiende la causa de los pueblos indios a quienes se les quiere robar sus títulos de propiedad.
En términos generales, que sea a través de los ojos de Juan Jerez o del narrador omnisciente, hay una crítica patente y manifiesta de un modelo de desarrollo social y cultural lleno de viejas tradiciones coloniales, así como de visiones y prácticas erradas vehiculadas por las élites cuyo ideal de desarrollo viene de afuera y no de adentro: “como con nuestras cabezas hispanoamericanas, cargadas de ideas de Europa y Norteamérica, somos en nuestros propios países a manera de frutos sin mercado, cual las excrecencias de la tierra, que le pesan y estorban, y no como su natural florecimiento, sucede que los poseedores de la inteligencia, estéril entre nosotros por su mala dirección, y necesitados para subsistir de hacerla fecunda, la dedican con exceso exclusivo a los combates políticos, cuando más nobles, produciendo así un desequilibrio entre el país escaso y su política sobrada, o, apremiados por las urgencias de la vida, sirven al gobernante fuerte que les paga y corrompe, o trabajan por volcarle cuando, molestado aquel por nuevos menesterosos, les retira la paga abundante de sus funestos servicios. De estas pesadumbres públicas venían hablando el de la barba larga, el anciano de rostro triste, y Juan Jerez”.
Del mismo modo, en repetidas ocasiones, se pone énfasis en las numerosas carencias del país en materia educativa y de formación profesional de la juventud, una educación elitista y retrógrada, más bien reservada a las clases pudientes y de la que no hubieran podido beneficiarse las niñas menores de la familia del Valle, por ser pobres, sin la ayuda desinteresada de Juan Jerez.
Como contrapunto a la visión magnificada de Europa, propia de las altas esferas de la sociedad, el relato sobre la familia del Valle representa una ruptura en la novela. Ya no se habla más de ese mundo superficial, de oropeles sino de la realidad social de una familia de clase media hacia abajo procedente de Europa, de España, que viene a instalarse en América del Sur, llena de ilusiones, y cuya vida se hace cada vez más difícil hasta caer en la pobreza. No obstante, la descripción que hace el narrador de don Manuel, personaje pintoresco, a la vez irascible y tierno y de su relación con su esposa, no carece de cierto humor.
Amén de la crítica que hace don Manuel de la monarquía española decadente en que impera la corrupción, don Manuel, liberal y republicano, así como su hijo, comparte en cierta medida los ideales de libertad y de honradez de Juan Jerez, que tampoco puede expresar en Sudamérica. Al igual que Juan Jerez, es un hombre culto, abogado de profesión, pero según se entiende en la novela, prefiere dedicarse a escribir artículos en la prensa y luego decide abrir una escuela para sufragar los gastos de una familia cada vez más numerosa y costear los estudios y la estancia de su hijo que tuvo que regresar a España a estudiar. Las preocupaciones familiares, así como una salud débil hacen que se enferme aún más y finalmente muere, dejando a su familia indefensa.
Doña Andrea, la esposa de don Manuel, que era de familia hidalga y pobre, tiene que vender paulatinamente todas sus pertenencias personales, así como las de su marido y tiene que abandonar su casa por otra en un barrio pobre donde ella y sus hijas mayores, por unos cuantos pesos, dan clases a algunas niñas. Los antiguos amigos de su marido le dan la espalda y no le brindan el menor apoyo. El único en apoyarle es Juan Jerez y ,sin su ayuda, no hubieran podido seguir estudiando las tres menores. Sin embargo, en el Instituto de la Merced, sufren las niñas, al menos al inicio, toda clase de vejaciones y humillaciones tanto por parte del personal como por parte de las alumnas debido a su bajo estrato social:
“Es verdad que las niñas no decían a doña Andrea que, aunque no las había en el colegio más aplicadas que ellas, ni que llevaran los vestiditos más blancos y bien cuidados, ni que, en la clase y recreo mostrasen mayor compostura, los vales a fin de semana, y los primeros puestos en las competencias, y los premios en los exámenes, no eran nunca para ellas; los regaños, sí. Cuando la niña del ministro había derramado un tintero, de seguro que no había sido la niña del ministro, ¿cómo había de ser la hija del ministro? había sido una de las tres niñas del Valle. La hija de Mr. Floripond, el poderoso banquero, la fea, la huesuda, la descuidada, la envidiosa Iselda, había escondido, donde no pudiese ser hallado, su caja de lápices de dibujar: por supuesto, la caja no aparecía: «¡Allí todas las niñas tenían dinero para comprar sus cajas! ¡las únicas que no tenían dinero allí eran las tres del Valle!» y las registraban, a las pobrecitas, que se dejaban registrar con la cara llena de lágrimas, y los brazos en cruz, cuando por fortuna la niña de otro banquero, menos rico que Mr. Floripond, dijo que había visto a Iselda poner la caja de lápices en la bolsa de Leonor”.
Finalmente, en el estamento más bajo están los indios, aunque muy pocas veces se habla de ellos en la novela. Aparecen furtivamente al inicio de la novela cuando el narrador describe la belleza de la ciudad endomingada:
“La ciudad, en esas mañanas de domingo, parece una desposada. En las puertas, abiertas de par en par, como si en ese día no se temiesen enemigos, esperan a los dueños los criados, vestidos de limpio. Las familias, que apenas se han visto en la semana, se reúnen a la salida de la iglesia para ir a saludar a la madre ciega, a la hermana enferma, al padre achacoso. Los viejos ese día se remozan. Los veteranos andan con la cabeza más erguida, muy luciente el chaleco blanco, muy bruñido el puño del bastón. Los empleados parecen magistrados. A los artesanos, con su mejor chaqueta de terciopelo, sus pantalones de dril muy planchado y su sombrerín de castor fino, da gozo verlos. Los indios, en verdad, descalzos y mugrientos, en medio de tanta limpieza y luz, parecen llagas. Pero la procesión lujosa de madres fragantes y niñas galanas continúa, sembrando sonrisas por las aceras de la calle animada; y los pobres indios, que la cruzan a veces, parecen gusanos prendidos a trechos en una guirnalda”.
En ese panorama de luz, los indios parecen sombras, seres marginados, insectos feos y sucios que pisan tierra ajena: la escoria de la sociedad en que nadie se fija. Además, tienen que enfrentarse a continuos despojos de sus tierras por gente que tiene influencia en el gobierno y por ello los defiende Juan Jerez. Los únicos que aparentan vivir mejor son los indios que viven al lado de la propiedad rural en la que se reúnen al final de la novela los principales protagonistas, a ejemplo de Petrona Revolorio.
Narración, escritura y estilo de José Martí
Amistad funesta destaca en primer lugar por el gran dominio de la estructura narrativa que demuestra José Martí. Amén de lo ya dicho acerca de los puntos de vista narrativos, esta reposa, en primer lugar, en los conocimientos y la percepción clara que tiene él de la relación entre autor y lector. Pese a la sencillez y a la universalidad del argumento, el amor, logra tejer el autor una trama elaborada y sutil que se refleja en la estructuración misma de la obra, de cada parte de ella y en el vínculo entre cada una de ellas. En la primera parte, no aparece el elemento perturbador, Leonor/Sol del Valle y solo se menciona su nombre al final de dicho capítulo y, además, de forma indirecta y exterior, es decir, sin ser todavía un personaje de la novela. Esta alusión sirve de puente para introducir la segunda parte en que se habla de la familia del Valle, pero no específicamente de ella y una vez más, ella está presente tan solo al final del capítulo cuando empieza a cobrar vida el personaje de Leonor del Valle, momento simbólico en su vida en que tiene que dejar la casa familiar por el colegio como interna bajo la protección y amparo exclusivo y benévolo de la directora, promesa de un brillante futuro. Hasta ese momento, descrito desde una perspectiva externa, de ninguna manera puede imaginarse el lector la tragedia venidera tan solo anunciada al principio del tercer capítulo, momento de triunfo de Sol del Valle. Y solo a partir de ese momento, se convierte en auténtico personaje Leonor del Valle que comparte vida con los demás personajes hasta encontrar la muerte. Pero hasta el último momento, mantiene el autor el suspense.
En lo que se refiere al lenguaje del autor, puede decirse que está marcado por el uso de frases largas, muy largas que sea en la descripción de paisajes, lugares, personajes e incluso, a veces, en los diálogos. Ello se debe en gran parte al empleo de figuras sintácticas y estilísticas recurrentes: la aposición, la metáfora, las comparaciones y los símbolos.
La sinestesia, como figura estilística, ocupa un lugar central en el lenguaje de José Martí, siendo ella uno de los rasgos definitorios del estilo modernista al asociar elementos sensoriales -colores, gustos, sabores, olores, ruidos etc.- que también pueden ser símbolos, tendentes a realzar y sublimar la belleza y la exquisitez que sea de los lugares -paisajes, interior y exterior de las casas- o de los personajes-. Y como dice el narrador al describir la antesala de la casa de Lucía Jerez: “mejora y alivia el contacto constante de lo bello”.
Si bien en los diálogos prepondera cierta teatralidad, en cambio, en las descripciones físicas prevalece el lenguaje poético que se sustenta en los susodichos procedimientos estilísticos y en campos lexicales bien definidos, propios también del modernismo y de las corrientes literarias afines como el simbolismo.
Los dos primeros párrafos de la novela dan testimonio de ello, usando el autor un determinado léxico, él de las flores, asociándolo tanto a un concepto (el amor) como a personajes femeninos (Adela, Ana y Lucía):
“Una frondosa magnolia, podada por el jardinero de la casa con manos demasiado académicas, cubría aquel domingo por la mañana con su sombra a los familiares de la casa de Lucía Jerez. Las grandes flores blancas de la magnolia, plenamente abiertas en sus ramas de hojas delgadas y puntiagudas, no parecían, bajo aquel cielo claro y en el patio de aquella casa amable, las flores del árbol, sino las del día, ¡esas flores inmensas e inmaculadas, que se imaginan cuando se ama mucho! El alma humana tiene una gran necesidad de blancura. Desde que lo blanco se oscurece, la desdicha empieza. La práctica y conciencia de todas las virtudes, la posesión de las mejores cualidades, la arrogancia de los más nobles sacrificios, no bastan a consolar el alma de un solo extravío.
Eran hermosas de ver, en aquel domingo, en el cielo fulgente, la luz azul, y por entre los corredores de columnas de mármol, la magnolia elegante, entre las ramas verdes, las grandes flores blancas y en sus mecedoras de mimbre, adornadas con lazos de cinta, aquellas tres amigas, en sus vestidos de mayo: Adela, delgada y locuaz, con un ramo de rosas Jacqueminot al lado izquierdo de su traje de seda crema; Ana, ya próxima a morir, prendida sobre el corazón enfermo, en su vestido de muselina blanca, una flor azul sujeta con unas hebras de trigo; y Lucía, robusta y profunda, que no llevaba flores en su vestido de seda carmesí, «porque no se conocía aún en los jardines la flor que a ella le gustaba: ¡la flor negra!”.
Otro campo lexical muy utilizado por el autor en la novela y del que tenemos una idea en el susodicho párrafo es el de las telas, tejidos (seda, muselina, etc.) y de la pasamanería (cintas, lazos) que usan los diferentes personajes y que le dan un toque de elegancia, sensualidad y brillo al igual que las joyas.
El decorado de las casas responde al mismo designio. Los objetos expuestos han de proceder de materias nobles que sean de madera (roble, ébano) o de piedras finas (mármol, mosaico) o preciosas (ónix, topacio, turquesa, esmeralda, ópalos, rubí) con objeto de proporcionar colores con efectos brillantes o matizados.
Las cosas de adorno han de ser bellas, luminosas, llenas de colores y resplandor para agradar la vista y elevar el alma: “Todo en la tierra, en estos tiempos negros, tiende a rebajar el alma, todo, libros y cuadros, negocios y afectos, ¡aun en nuestros países azules! Conviene tener siempre delante de los ojos, alrededor, ornando las paredes, animando los rincones donde se refugia la sombra, objetos bellos, que la coloreen y la disipen”.
Y también han de despertar la fantasía, la imaginación y la curiosidad. De allí, la presencia de muchos objetos exóticos oriundos de Asia como pequeños vasos chinos o grandes vasos de porcelana de Tokio. En cierta medida el exotismo corre parejas con el cosmopolitismo que se manifiesta en la diversidad geográfica e histórica de referencias artísticas, culturales e literarias evocadas a lo largo de toda la novela (Europa, Asia, América del Sur, América del Norte, Irán, India) y en particular cuando describe el autor la finca en el campo o la casa de Lucía Jerez:
“El chocolate fragante les esperaba, servido en una mesa de ónix, en la linda antesala. Era aquel un capricho de domingo. Gustan siempre los jóvenes de lo desordenado e imprevisto.
La antesala era linda y pequeña, como que se tiene que ser pequeño para ser lindo. De unos tulipanes de cristal trenzado, suspendidos en un ramo del techo por un tubo oculto entre hojas de tulipán simuladas en bronce, caía sobre la mesa de ónix la claridad anaranjada y suave de la lámpara de luz eléctrica incandescente. No había más asientos que pequeñas mecedoras de Viena, de rejilla menuda y madera negra. El pavimento de mosaico de colores tenues que, como el de los atrios de Pompeya, tenía la inscripción «Salve» en el umbral, estaba lleno de banquetas revueltas, como de habitación en que se vive: porque las habitaciones se han de tener lindas, no para enseñarlas, por vanidad, a las visitas, sino para vivir en ellas.
Linda era la antesala, pintado el techo con los bordes de guirnaldas de flores silvestres, las paredes cubiertas, en sus marcos de roble liso dorado, de cuadros de Madrazo y de Nittis, de Fortuny y de Pasini, grabados en Goupil; de dos en dos estaban colgados los cuadros, y entre cada dos grupos de ellos, un estantillo de ébano, lleno de libros, no más ancho que los cuadros, ni más alto ni bajo que el grupo. En la mitad del testero que daba frente a la puerta del corredor, una esbelta columna de mármol negro sustentaba un aéreo busto de la Mignon de Goethe, en mármol blanco, a cuyos pies, en un gran vaso de porcelana de Tokio, de ramazones azules, Ana ponía siempre mazos de jazmines y de lirios. Una vez la traviesa Adela había colgado al cuello de Mignon una guirnalda de claveles encarnados.
En este testero no había libros, ni cuadros que no fuesen grabados de episodios de la vida de la triste niña, y distribuidos como un halo en la pared en derredor del busto. Y en las esquinas de la habitación, en caballetes negros, sin ornamentos dorados, ostentaban su rica encuadernación cuatro grandes volúmenes: El Cuervo de Edgar Poe, el Cuervo desgarrador y fatídico, con láminas de Gustavo Doré, que se llevan la mente por los espacios vagos en alas de caballos sin freno; el Rubaiyat, el poema persa, el poema del vino moderado y las rosas frescas, con los dibujos apodícticos del norteamericano Elihu Vedder; un rico ejemplar manuscrito, empastado en seda lila, de Las Noches, de Alfredo de Musset; y un Wilhelm Meister el libro de Mignon, cuya pasta original, recargada de arabescos insignificantes, había hecho reemplazar Juan, en París, por una de tafilete negro mate embutido con piedras preciosas: topacios tan claros como el alma de la niña, turquesas, azules como sus ojos; no esmeraldas, porque no hubo en aquella vaporosa vida; ópalos, como sus sueños; y un rubí grande y saliente, como su corazón hinchado y roto. En aquel singular regalo a Lucía, gastó Juan sus ganancias de un año. Por los bajos de la pared, y a manera de sillas, había, en trípodes de ébano, pequeños vasos chinos, de colores suaves, con mucho amarillo y escaso rojo. Las paredes, pintadas al óleo, con guirnaldas de flores, eran blancas. Causaba aquella antesala, en cuyo arreglo influyó Juan, una impresión de fe y de luz. Y allí se sentaron los cinco jóvenes, a gustar en sus tazas de coco el rico chocolate de la casa, que en hacerlo fragante era famosa”.
La exquisitez, entendida como muestra de delicadeza, lindeza o suavidad que se transluce en los lugares y la indumentaria de los personajes remite también a los placeres gustativos, sabores deliciosos y sabrosos de los manjares, así como a los deleites acústicos. Tanto la escena del chocolate entre amigos como la escena de la merienda campestre poco antes de que llegasen los personajes a la finca lo verifican:
“Allí, en las tazas de güiro posadas en trípodes de bejuco recién cortado de las cercanías, hervía la leche que, a juzgar por lo fragante y espumosa, acababa de salir de la vaca de Durham que asomó su cabeza pacífica por uno de los claros de la enredadera. Porque era aquel lugar un lindo parador, techado y emparrado de verdura, puesto allí por los dueños de la finca, para que los visitantes hiciesen de veras, al llegar de la ciudad, su almuerzo a la manera campesina. Allí el queso, que manaba la leche al ser cortado, y sabía ricamente con las tortas de maíz humeantes que servía la indita de saya azul, envueltas en paños blancos. Allí unos huevos duros, o blanquillos, que venían recostados, cada uno en su taza de güiro, sobre unas yerbas de grata fragancia, que olían como flores. Allí, en la cáscara misma del coco recién partido en dos, la leche de la fruta, con una cucharilla de coco labrado que la desprendía de sus tazas naturales. Y mientras duraba el almuerzo, unos indios, descalzos y en sus trajes de lona, puestos en tierra sus sombreros de palma, tocaban, bajo otro paradorcillo más lejano, dispuesto para ellos, unos aires muy suaves de música de cuerda, que blandamente templada por el aire matinal y la enredadera espesa, llegaba a nuestros alegres caminantes como una caricia”.
Allí se ven reflejados a manera de cuadro idílico, digno de cuentos o novelas pastoriles, el universo sensorial propio del estilo del autor.
No obstante, la influencia modernista en la novela de Martí que comprende también un componente procedente del romanticismo en cuanto al enfoque que le da el autor a la temática amorosa coexiste con tonalidades específicas del clasicismo español y más particularmente en la segunda parte en la que se evoca por ejemplo el gracioso y metafórico lenguaje de don Manuel, digno de la comedia:
“Era de no acabar de oírle, y tenerle que rogar que se calmase, cuando con aquel lenguaje pintoresco y desembarazado recordaba, no sin su buena cerrazón de truenos y relámpagos y unas amenazas grandes como torres, los bellacos oficios de tal o de cual marquesa, que auxiliando ligerezas ajenas querían hacer, por lo comunes, menos culpables las propias; o tal historia de un capitán de guardias, que pareció bien en la corte con su ruda belleza de montañés y su cabello abundante y alborotado, y apenas entrevió su buena fortuna tomó prestados unos dineros, con que enrizarse, en lo del peluquero la cabellera, y en lo del sastre vestir de paño bueno, y en lo del calzador comprarse unos botitos, con que estar galán en la hora en que debía ir a palacio, donde al volver el capitán con estas donosuras, pareció tan feo y presumido que en poco estuvo que perdiese algo más que la capitanía. Y de unas jiras, o fiestas de campo, hablaba de tal manera don Manuel, así como de ciertas cenas en la fonda de un francés, que cuando contaba de ellas no podía estar sentado; y daba con el puño sobre la mesa que le andaba cerca, como para acentuar las palabras, y arreciaban los truenos, y abría cuantas ventanas o puertas hallaba a mano. Se desfiguraba el buen caballero español, de santa ira, la cual, como apenado luego de haberle dado riendas en tierra que al fin no era la suya, venía siempre a parar en que don Manuel tocase en la guitarra que se había traído cuando el viaje, con una ternura que solía humedecer los ojos suyos y los ajenos, unas serenatas de su propia música, que más que de la rondalla aragonesa que le servía como de arranque y ritornello, tenía de desesperada canción de amores de un trovador muerto de ellos por la dama de un duro castellano, en un castillo, allá tras de los mares, que el trovador no había de ver jamás”.
Amistad funesta es, sin lugar a dudas, una obra que se inserta en la corriente modernista a cuyo máximo exponente, Rubén Darío, conoció personalmente José Martí. En ella, se encuentran todos los componentes de dicha tendencia literaria tanto en la temática como en el estilo siendo la búsqueda de lo bello, en sus diferentes facetas, el elemento central pero no el único.
Dicho eso, la forma novelesca que le da José Martí, no tan común en el modernismo, siendo la poesía su expresión literaria más generalizada, le da otra dimensión y mayor profundidad que se fundamentan en la gran erudición del autor, su percepción de la humanidad y el dominio suyo de los diferentes géneros literarios, poesía, teatro, cuentos breves e incluso la novela pese al hecho de componer solo una. De ahí el título un tanto paradójico del presente artículo: “La plenitud novelesca de José Martí”.






[…] libro de Guillermo Bustamante Zamudio, Oficios de Noé, se publica en 2005. Todos los textos que hay allí se…