por Adrián Marcelo Ferrero

Ya ingresé una vez en la poética de los argentinos María Negroni (Argentina, 1951) y Eduardo Berti (Argentina, 1961) poniendo el acento en ciertas claves (en las que ahora profundizo y amplío): su cosmopolitismo y una mirada sobre la política que, más que al abierto denuncialismo, en diagonal se interna en los sinuosos itinerarios del sentido oponiendo una suerte de resistencia a las discursos unívocos traduciendo su disidencia en un discurso literario intensamente connotativo y polifónico, esto es, resistente a esos discursos sociales que proponían otros recorridos, en particular los fuertemente referenciales o los súbitos, sin contenido ni consistencia pero sí abigarrada alusión social. Así, frente a cierto absolutismo y lecturas que podían plantearse como hegemónicas desde el orden de lo real, o, en su defecto, algunas resistencias, propias de ciertos discursos sociales disidentes al sistema, pero demasiado explícitos, en cambio, ambos oponían a cambio un tipo de discurso literario polisémico, de una profunda densidad semántica y, sobre todo, corroyendo el lenguaje naturalizado, instrumentalizado y estereotípico. Tampoco, allí lo aclaraba, ellos denegaban de intervenciones públicas en ocasiones abiertas, si bien no eran las más frecuentes en ninguno de ambos. El caso antagónico sería, para citar un ejemplo concreto, el del escritor y académico argentino David Viñas, un escritor de explícitas, explosivas y rotundas declaraciones públicas. Pero las cosas no son tan simplistas. Al orden de lo referencial se puede aludir y hasta nombrar con palabras severas de más de un modo. En la vereda opuesta de Viñas, ellos apostaban, en cambio, sin omitir la política desde esta mirada, a desordenar los significados sociales más rígidos y cristalizados así como lo propios del sentido común, en orden al modo de intervención en lo real. En toda su sutileza, acudían en cambio a propuestas renovadoras que, a través de puntos de referencia internacionales y algunos nacionales, también se permitían una revisión de distintas tradiciones argentinas precisamente a partir de desacuerdos o bien de una evaluación perturbadora en ciertos estudios de caso que procedían a desplegar en sendos libros, no necesariamente ensayos. Podían trazar relecturas de autores o autoras argentinos desde una perspectiva crítica en el seno de su propio discurso poético. O abordarlo a través de la preparación de antologías compiladas y anotadas. Este punto también resulta de naturaleza insurreccional en cada uno de ellos. El rastreo de una genealogía en su patria, Argentina, por dentro de la cual inscribirse para luego a la vez tomar distancia crítica. Cabe aclarar que el grupo Sur resulta ser decisivo como antepasado creativo y por su europeísmo tanto en Negroni como en Berti, citado en forma expresa por ambos en intervenciones públicas y en algunos de sus libros. En el caso del Grupo Sur, también los EE. UU. son una nación literariamente respetable y de jerarquía literaria para ellos.

Si uno traza una cartografía de sus obras (prolíficas y de una riqueza inagotable, en permanente producción) resulta visible en ellas la posibilidad de advertir que Negroni, por ejemplo, reelabora desde una perspectiva crítica buena parte del legado de la cultura literaria occidental, de las vanguardias, las neovanguardias, el panorama neoyorquino de los ochenta (sobre todo), que fue cuando ella llegó a NY a residir, hasta una mirada reciente sobre ciertas figuras que le resultan singularmente atractivas para la escritura de algunos de sus libros creativos de modo individual o de otras con algunas afinidades selectivas (Erik Satie, Emily Dickinson, Joseph Cornell, en Negroni) pero que se mueven de modo más bien solitario en la multitud tanto norteamericana como la de Europa de comienzos de siglo. Cabe sumar a esta suerte de contracanon de Negroni o anticanon, resistente, combativo también si apreciamos sus operaciones que impugnan el canon oficial patriarcal oponiendo a cambio figuras más desdibujadas que ella sitúa en un primer plano. Sumo a ellos la presencia de las poetas norteamericanas del siglo XX de quienes elaboró sendas antologías poéticas, en su última versión con traducciones, semblanzas y un Prólogo esclarecedor en el que invoca a Virginia Woolf como, en palabras del crítico Nicolás Rosa, la Gran Madre Textual. Alude precisamente a su ensayo sobre Judith, la supuesta hermana de Shakespeare que jamás, se expresa Woolf, sería coronada en la Inglaterra isabelina de entonces por ser mujer, ni acceder a sus mismos espacios educativos o de trabajo, al mismo acceso a capital simbólico que su supuesto hermano. Aquí el canon en la voz de una Woolf en rebelión es retomado por Negroni quien redobla su apuesta y busca analogías en el resto del mundo. Las colegas de Shakespeare del siglo XX en poesía sin embargo son coronadas por Negroni, con conocimiento y con fe en su poder de subvertir. Y en su posición iconoclasta en lo relativo al género pero también a la producción de poéticas renovadoras.

Eduardo Berti, en cambio, menos atento a una tradición académica con saberes propios de la disciplina de los estudios literarios norteamericanos (de una forma u otra hace sistema en el que se educa académicamente Negroni), de la que toma prudente distancia, se focaliza en cambio en una zona de una altísima potencia creativa a través de una institución literaria, como lo es el Oulipo (Taller de literatura potencial, en traducción al español), de larga trayectoria fundamentalmente en Francia (país donde Berti reside, en la ciudad de Burdeos) pero también en el resto de Europa (Italo Calvino y George Perec pertenecieron al grupo) y últimamente habiendo incorporado a dos miembros de habla hispana a esa comunidad de escritores, uno de ellos el propio Berti. De modo que tampoco desatiende la posibilidad de sumarse a una organización o agrupación o colectivo de arte con una tradición en la que la cultura literaria se refiere propia del universo semiótico de otras lenguas nativas también europeas bajo la común divisa de la innovación creativa. Y a una tradición que no es la de su país, en ese caso. No obstante, en esa integración fecunda, entiendo que merced a su ingreso hay una incorporación de un universo creativo puesto en diálogo con lo más renovador y también lo más clásico de las literaturas europeas es que urde nuevas tramas discursivas experimentales.

Sugestivas me resultan estas dos posiciones y operaciones poéticas, teóricas y críticas. Por un lado la de Negroni, en abierto desafío al legado patriarcal, compulsivo, abriendo el juego a voces disimuladas o silenciadas por el sistema literario masculinista, a cierto folklore latinoamericano en su versión regionalista que detiene el avance del cosmopolitismo y el diálogo intertextual, del nacionalismo y el chauvinismo sobre todo argentinos pero también occidentales en general. Otro tanto podría afirmar de la posición asumida por Berti de abrir zonas literarias desde una mirada propiamente argentina hacia el extranjero ya desde su asentamiento mismo hacia territorios que la escritura argentina habitualmente desestima porque no está (me parece) contenida por marcos que estimulen sus costados más experimentales de forma programática. Al menos en esta dirección que él asume, es la que señala el Oulipo como una formación, en término de Raymond Williams. Porque el Oulipo también propone búsquedas en el tiempo histórico pasado, como dije, fenómenos literarios que por antelación se han dado en otros siglos en Occidente pero que prefiguran el experimentalismo que les subsiguiera.

Ambas poéticas suponen revisiones y ambas proponen innovaciones además de una cierta dosis de impugnación de paradigmas vetustos, no nacionales sino nacionalistas, o, quizás, poco acordes a las circunstancias de proyectos creadores que, lo vienen demostrando libro tras libro, va mutando sin repeticiones sino permanentemente dando un paso adelante o, de modo más radical aún, dando un giro completo.

La literatura argentina, con contadas excepciones, me parece que ha sido negligente con lo que estos dos creadores, precisamente, han puesto en un primer plano: poéticas que atraviesen fronteras y se permitan salir de sus patrias al encuentro directo (y no solo desde el orden de lo libresco) con las metrópolis del mundo. Es cierto: conocemos algunas excepciones, entre las cuales la de Borges indudablemente ha sido la más poderosa. También la más eficaz y pregnante. Pero no demasiadas que hayan resultado victoriosas, aunque con resistencias de su patria, incapaz de comprender esa magnitud de saberes provenientes de zonas no autóctonas. La posibilidad de entrar en un coloquio fecundo con diversas tradiciones, diversas lenguas, diversas escuelas y hasta, claro está, épocas, son la prueba más contundente de que ambos escritores están advertidos (es más, alertados) de que sólo por fuera del campo de gravitación de su país (o, en todo caso, a partir de allí pero con una proyección hacia el extranjero) una literatura distinta y superadora será posible para ampliar las fronteras en el orden de lo literario. Lo extraliterario resulta ser hostil de las negociaciones con otras naciones. Es necesario un diálogo con las tradiciones internacionales, no solo con la propiamente argentina. Pero hay una comprensión desde la precursión, a mi juicio prevista sin embargo en creadores que como lo mencioné, en Borges y, probablemente en otros también, como Silvina Ocampo, Juan Rodolfo Wilcock, José Bianco, hay puentes indudables. Sumaría a ellos a Alejandra Pizarnik, poeta sobre quien María Negroni ha manifestado un singular interés, muy especial sobre el corpus por ella producido hacia su última etapa, su así llamada Obra de sombra, sobre la que escribió un estudio, El testigo lúcido. La obra de sombra de Alejandra Pizarnik (2003). No obstante estos nombres no comparten con Negroni el de haber sido universitarios, scholars, docentes en instituciones académicas (precisamente Negroni se doctoró con una tesis doctoral sobre Pizarnik en Columbia University, NY). Y además Negroni detecta muy tempranamente que Pizarnik si bien no puede contender con Borges, sí es una escritora con una poética por dentro de la cual encontrar un orden femenino y exclusivamente poética en la cual ampararse, guarecerse de la poética olímpica y hegemónica de Borges.

Ficciones, poemas, antologías, traducciones, cartas apócrifas, ediciones de otros autores, de una excelencia sobresaliente que ambos han sido capaces de ejercer de forma sostenida (en distintos campos, como dije, no sólo literarios) permiten también vislumbrar intereses que no necesariamente son divergentes sino que, al mismo tiempo, en un punto curiosamente los aproximan. Hay un acento de mucha intensidad puesto de manifiesto por Berti en la música. Pero sin embargo María Negroni escribió un libro altamente disolutorio sobre Erik Satie y el libreto de una ópera basado en su novela El sueño de Úrsula, novela originariamente publicada en 1998, la representación literaria de una saga nórdica leída en clave feminista.

Está claro que María Negroni siente por el poema la misma pasión que Eduardo Berti siente por la ficción narrativa: la novela o el cuento o, más ampliamente, si bien ha trabajado con materiales de orden autobiográfico en algunas de sus obras y en muchos casos de una experimentación radical. También, y ya en lo relativo a las miradas sobre los respectivos sistemas de lectura, resulta evidente, me parece, lo sustantivo que son para Negroni la tradición anglosajona (muy en particular la estadounidense) y francesa tanto como para Berti la francesa, si bien si uno asiste a sus traducciones y sus antologías se encuentra con una riqueza de lecturas que abarcan desde Oriente distante, atravesando los EE.UU. y toda Europa hasta la Argentina incluso más reciente, en libros con ediciones sobre autores de nuestro país. No tanto América Latina. Ambos manifiestan saberes en torno de rarezas literarias o figuras poco difundidas en el campo de las letras que les permiten elaborar sus respectivos proyectos creadores tomando como puntos de referencia esas trayectorias escasamente percibidas en el campo intelectual argentino haciéndolo desde saberes complejos. Uno puede preguntarse cómo ha sido posible para dos argentinos adquirir tan vasta cultura literaria y no me parece casual que ambos hayan residido o estén radicados al presente en el extranjero. No sólo por lo que supone la adquisición de una segunda lengua (o de más de una en estos casos) frente a una lengua nativa en la que se sigue escribiendo pese a todo, como lo hicieran, por citar algunos casos, Juan José Saer o Arnaldo Calveyra en Francia pero no Héctor Bianciotti en ese país o Juan Rodolfo Wilcock en la etapa que vivió, hasta su fallecimiento, en Italia. En el caso de Negroni y Berti, las culturas de los países en los que residieron ambos (la neoyorquina y la francesa) sumamente respetuosas de su pasado literario pero también con una enorme porosidad a recibir el influjo de novedades (sobre todo la neoyorkina), de otras corrientes de pensamientos o de poéticas con procedimientos creativos inéditos. No de otro modo puede concebirse que el reconocimiento internacional tuviera su puntapié inicial en Francia. También Nueva York ha sido un burbujeo de novedades musicales y cruce de prácticas culturales entre distintas artes, lo que no siempre resulta habitual en países habituados a culturas letradas, aun con el arribo de la modernidad y la llegada de la posmodernidad.

La docencia y la investigación universitaria, en el caso de Negroni. La participación activa en el Oulipo de Berti, dictando talleres o con las reuniones internas del grupo, constituyen marcos de referencia institucionales en los cuales ambos escritores de modo inclusivo y elocuente encuentran no ya sólo una inserción y un estímulo a la invención rigurosa, a la posibilidad de una socialización de sus hallazgos, de una legitimación de los mismos, también, sino un foro de debate y un contexto de interlocución que imprime fuertes ejes polémicos además de improntas creativas al sesgo de sus producciones en poética, por más que ambos logran desplazarse de esos marcos e irracionalizar marcos de referencia institucionales. Pese a ello, lo académico diera la impresión de tender a institucionalizar a los sujetos (en este caso al sujeto mujer, a disciplinarlo) en tanto instituciones como el Oulipo, de índole creativa, a potenciar lo antiinstitucional para afianzar el orden de lo creativo. No obstante, María Negroni ha sabido eludir toda forma de burocratización de la academia con sabiduría, astucias e independencia al punto de alcanzar zonas de potencia creativa sin precedente. Coqueteando con la academia siempre a una distancia que permita que se la defina como poeta y no como profesora. Y, es más, haciendo ingresar esa dimensión creativa en el orden de lo académico, porque dirige una Maestría y también una Diplomatura en Escritura Creativa de la Universidad de Tres de Febrero y no una en la que se imparten conocimientos meramente de transmisión de contenidos literarios o críticos como en cualquier carrera de Letras de las universitarias sino que se estimula la producción de orden literario o estético seguramente de la mano de herramientas como las de dotas de categorías teórico/críticas.

A quienes nos hemos formado en las aulas universitarias pero las hemos abandonado a tiempo para consagrarnos a la literatura sabemos que tenemos mucho para olvidar de todo lo que hemos allí estudiado y escrito. Y mucho que agradecer desde esta perspectiva crítica si somos capaces de adoptarla una vez que hemos partido. Desde su espacio en la Maestría y la Diplomatura en Escritura Creativa de la Universidad Nacional de Tres de Febrero María Negroni, en cambio, desestima contenidos curriculares que serían obligatorios y accesorios para la creación, por un lado. Por el otro, los docentes suelen ser escritores y escritoras de excelencia. Este es el punto del desacuerdo y la fundación de nuevos pactos de nuevas pedagogías alternativas que Negroni promueve en el plan de estudios de su Maestría y una Diplomatura en Escritura Creativa. Resulta por sobre todo un espacio estimulante para una avanzada literaria.

Pero regresando a las observaciones sobre ambos autores que, como habrá podido notarse, no puedo sino pensar conjuntamente desde mis hipótesis pero cada uno en su especificidad y singularidad, la inmensa capacidad de, por ejemplo, para Eduardo Berti tomar como referente a Italo Calvino o George Perec y para María Negroni a H.D. o bien Marianne Moore, entre otras u otros grandes poetas, conforman sistemas de lectura que ya insisten en ratificar poéticas que no son sencillas ni en su recepción ni en su ulterior metabolización literaria producto de su complejidad. Que establecen diálogos con tradiciones en las cuales hay idas y vueltas, avances y retrocesos pero, sobre todo, nudos en los cuales discuten con la cultura oficial. Y plantean de entrada una posición de creatividad pujante.

En ambos hay una construcción identitaria de escritores (y una construcción de imagen de escritor y escritora, en términos de Gramuglio) vinculada a distintos sistemas de lecturas a los que ya hice referencia. A esas escrituras que producen ambos que son esencialmente de índole elaborada, compleja, al igual que las que sistematizan e interpretan de modo paralelo en sus otras prácticas en tanto que productores culturales. Poéticas que ofrecen multitud de aristas para ser abordadas sencillamente porque no están planteadas sino desde una mirada con perspectiva que conjuga desde lo argentino y la lengua española una mirada de poéticas (también musicales, como dije) divergentes de las del campo literario argentino local. Tanto uno como la otra vuelan por territorios que alcanzan incluso el espacio de lo escénico en el caso de Negroni y de la música popular o el rock nacional e internacional en el caso de Berti.

No se trata de poéticas simples ni, menos aún, simplistas, como queda dicho. Sus múltiples sistemas de referencias, de la cita a la alusión, de la intertextualidad a la de intratextualidad, de la polifonía a la autoficción, hacen que dialoguen también con la Historia del arte, no sólo de la tradición literaria. Del cine a la música, de las artes plásticas a las exhibiciones literarias, de la performance a las lecturas y los talleres y lecturas públicos, de las óperas al trabajo en diálogo con artes plásticas o artes escénicas, el arte es concebido por estos dos creadores como un conjunto de prácticas sociales que se salen de los límites del objeto libro, o bien lo redefinen, si bien defienden, de modo de modo irreductible, la autonomía de lo propiamente literario como lugar últimos. Tampoco desestiman como foros creativos las redes sociales ni la prensa. Sabemos que lo literario puede prolongarse y proyectarse hacia otras prácticas y formas de interacción o recepción que amplifican su eficacia. Ambos tienen sus websites o blog (en el caso de Berti), desde donde dan a conocer los pasos culturales que van logrando, sus giras, sus novedades, entrevistas que les han realizado y reproducen y también sus premios y becas obtenidos.

Y en esta confluencia feliz que constituye para mí la posibilidad de poner en diálogo dos poéticas del portento de las de María Negroni y Eduardo Berti, descubrimos a una mujer y a un hombre criteriosos, laboriosos y que se afanan por tomar a su trabajo en profundidad y desde la radicalidad. Están más que seguros de que escribir es en su caso ya no sólo una vocación sino una convicción y una dimensión de su vida con la que se encuentran profundamente comprometidos. Y también como exponentes de una lengua, de un país y de una literatura nacional que espera de ellos lo que han sabido darle: una literatura argentina enriquecida con la perspectiva internacionalista que ellos interpretan en su peculiar partitura.

Escribir sobre autores y autoras migrantes remite a un repertorio de ventajas y ganancias que otorga el conocer el conocer mundo: como dije, el aprendizaje de lenguas extranjeras, la multiplicación de ediciones en el exterior, la posibilidad de intercambiar una cultura propia con otras y de esos intercambios obtener ganancias en el sentido de tener acceso a saberes, rutas, mapas, cartografías, genealogías, autores y autoras que permanecían antes velados o veladas, a la socialización con otros autores y autoras extranjeros. Así estos viajes democratizan para ellos las propuestas y prácticas artísticas del mundo entero y para el mundo y por propiedad transitiva la democratizan en particular para el lectorado argentino. Digamos que conocer estando al día la poética de estos dos escritores es una forma de estar al tanto del modo en que el arte se viene desarrollando en Occidente con la posibilidad de acceder a sus secretos más recónditos. Informarnos para a su vez dar a conocer una poética argentina enriquecida por recursos desconocidos.

Son escritores multipremiados, con carreras internacionalizadas, traducciones a varias lenguas, viajes y estancias de escritores o de traductores en distintas partes del mundo, han obtenido becas para la creación o de estudio. Son personalidades leídas y valoradas en el mundo entero. Y son, lo ratifico, dos vanguardias literarias argentinas.

Adrián Marcelo Ferrero
Adrián Marcelo Ferrero

Adrián Marcelo Ferrero es Profesor en Letras, Licenciado en Letras y Dr. en Letras en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP, Argentina). Académico universitario, crítico literario y ejerce el periodismo cultural; colaborador habitual de revistas académicas, culturales y diarios de EE. UU., Chile, México, Venezuela y Argentina. Ha publicado relatos, poesía, entrevistas, antologías.