Por Aníbal Ricci

La nieve, el clima en realidad, esos inviernos oscuros esperando que la esperanza vuelva a ser parte del menú. La madre escondiendo su reflejo tras el espejo, Laura presagiando los primeros copos de nieve luego de que Pablito terminara de contar y el viento amenazara con volarlos y arrojarlos al Estrecho de Magallanes.

El narrador es un adolescente que nombra a las cosas por primera vez, observa a las gaviotas caer en picada y guiarlo en esos sueños que lo apartan de la desolación.

Observa la tristeza de su padre y a su abuelo como le caen los años. Mudos ante la madre que parece extraviar sus pasos y dejar huellas sobre la nieve con sus pies descalzos.

Un relato muy poético, de adjetivos maravillados, de caminar por calle Sarmiento y dar con la iglesia de Don Bosco. De observar a Jesús en la cruz y rezar para que acabara el invierno, su madre volviera a sus cabales y que todos en la casa conversaran de nuevo.

De cuando estaba enfermo y su madre se acordaba de cuidarlo, de llevarlo donde Lucrecia que parecía hipnotizarlo, llevarlo al trance y conjurar su enfermedad. Representando el crepúsculo materno, el primero al aflorar la luz, la hora en que el artista inspira sus primeras creaciones.

El refugio de esos inviernos eran sus hermanos, Pablito y Laura, sus juegos en la arena y salir a recorrer los basurales en busca de algún tesoro. Angelita salía desde su cajita, agigantaba su figura y los llenaba de regocijo.

Observa todo desde el ventanal de su madre, hacia afuera los crueles habitantes y hacia adentro su madre enfundada en las frazadas.

La naturaleza marcaba los ritmos y venía el segundo crepúsculo de su madre, esas horas maternales, pero ahora llevaba al adolescente donde Adriana, una señora enigmática, la hechicera que caía en otro tipo de trance, la que vaticinaba dolor en su vida, auguraba años sin obtener respuestas.

Los hermanos iban creciendo y las supercherías de la religión los seducían a cambiar sus hábitos. La madre continuaba su procesión en camisa de dormir y los vecinos murmuraban, los niños ya no jugaban a la pelota, sino que se burlaban de su espíritu que parecía visitar otros lugares. Un estigma que el adolescente afrontó recurriendo a la fe en Cristo. No entendía tanta miseria y tanta gente mendigante, pero su alma, a diferencia de sus hermanos, veía algo importante en la religión.

La fe incipiente remontaba esos oscuros inviernos, desde lo desolado siempre llegaba el verano con bríos renovados. La naturaleza lo hacía ver bajo su cristal maniqueísta. Luz para aliviar el dolor de su madre y la oscuridad que profetizaba Adriana, de un momento a otro el cielo y el infierno cruzaban ante sus ojos.

Un vehículo de luces azules y rojas, sin sonido, viene a llevarse a la madre. Se ha clavado espinas en la frente y lastimado con clavos sus manos. No está crucificada, aunque algo religioso hay en esa huida. Una especie de Virgen que se deslizaba descalza sobre la nieve.

Más tarde los abandonó al Padre y en la casa pareció quedar el Espíritu Santo. No faltó alimento, pero en el alma del adolescente persistían unos cien años de soledad.


SUS DESNUDOS PIES SOBRE LA NIEVE
Autor: Juan Mihovilovich
Editorial Entrepáginas (2023)
90 páginas

Sus desnudos pies sobre la nieve
Sus desnudos pies sobre la nieve