Por Bartolomé Leal
Novela teatral y distópica de Max Valdés Avilés, Vicio Impune Editorial, Santiago 2025
Parto de una frase de la pensadora Hannah Arendt: «Nadie ha prestado la atención que merece la escasamente respetada literatura de CF como vehículo de los sentimientos y deseos de la gente». Este planteamiento no solo reivindica nuestro género, sino que además proporciona una hebra para una reflexión crítica sobre obras que se están produciendo actualmente, en todo el ámbito de los idiomas, por autores que han elegido a la CF como su forma de expresión artística.
En la apertura de su novela, Max Valdés nos sitúa en el año 2070. La pandemia ha rebrotado con virulencia y aniquilado a la especie humana. El cambio climático ha devastado el territorio. Los sobrevivientes deambulan por un mundo despoblado y destruido. Buscan refugio. “El Apocalipsis ha sido obra del hombre”, se escucha en el primer diálogo de una pareja. A quienes más temen es a los militares descontrolados. Es un inicio prometedor, que engancha a quien lee.
“No somos los únicos”, dialogan, “hay más, escondidos como ratas, ocultos en esta ciudad enterrada en el infierno”. Se topan con unos dramaturgos, Didi y Gogo, que los seducen para representar una obra de teatro a cambio de alimento y refugio. Nuestro autor se mete en el meollo de las teorías conspirativas que predaron durante la pandemia. Muchos se las tragaron, a través de las redes sociales, y otros las ridiculizaron. No así el autor de La violencia de las horas, que asume el tema con acentos bíblicos, utilizando la escritura como un bisturí. Pone: “los virus andan sueltos como seres errabundos”. También pesca al cambio climático causado por la especie humana, y lo hace responsable de la situación en que viven sus jóvenes personajes, clandestinos y temerosos, hambrientos y extraviados. Lo peor ha vuelto en ese 2070, esta vez para quedarse.
Descubrimos que son actores que representan a la humanidad que clama, y también a los dramaturgos que manejan los hilos. El conjunto hierve en un caldo de cultura pop USA: estrellas del cine, películas, grupos rockeros, referencias mediáticas, cultura woke, ambientación de reality show, de esos que imitan la vida corriente… La lectura se hace hipnótica, irresistible, una sensación de que uno no puede abandonar a esos seres sufrientes sin traicionarlos. Acompañarlos en su deseo de subsistir y también ayudar a la humanidad doliente.
“Ahora la cotidianeidad, sin máscaras ni alocuciones de terceros”, se dice en un momento culminante de la novela teatral. Los personajes buscan algo a que aferrarse, han sido sometidos a tormentos y traiciones. No se ahorran los horrores, asoma incluso el canibalismo. Se transforman. ¿Los dramaturgos, son profetas o ángeles exterminadores? Alguien se pregunta si Carlos es Víctor o viceversa. El reality lucha contra la vida y contra la peste. Solo se distingue un deseo de salvación que no llega a consumarse.
Es un tema tradicional de la literatura de CF: las sociedades ocultas que buscan sobrevivir una hecatombe. Pero el teatro, ¿por qué? Una obra de teatro que ensaya una estrategia de supervivencia. Los personajes/actores emiten opiniones. Discuten entre ellos. Se pelean. Mienten. Hay encuentros y desencuentros de todo tipo. ¿Hay amor? Tal vez sí, tal vez no. En un pasaje se reflexiona sobre los gatos y su poder de adaptación. Surge una suerte de subgénero: la CF distópica-dramática. Pone en escena un distanciamiento que permite ahondar en detalle lo horrible de la situación.
La lectura deja muchas preguntas, quizá cada cual podrá responder algunas, según la inasible lógica propia de cada lector. Aunque siempre queda la posibilidad de interrogar al autor sobre qué quiso decir. Veamos:
Cuestionario al autor
Pregunta: Impresiona el pesimismo atroz de tu novela, en algún momento todos, autor, dramaturgo, personajes y actores no diferencian entre realidad y fantasía. No paran de sufrir y hacer sufrir. “Metáfora de quizás un inminente futuro”, reza la contratapa. ¿Crees que la humanidad va a la debacle como lo pones?
Max: Esta novela no busca ser un oráculo ni un dictamen sobre el porvenir, sino más bien una advertencia dramatizada. La ciencia ficción, desde sus orígenes, ha funcionado como un espejo deformante que nos devuelve una imagen amplificada de nuestros propios errores. El pesimismo que se percibe en La violencia de las horas es, en realidad, la consecuencia natural de llevar al límite las tendencias actuales: devastación ambiental, manipulación política, vulnerabilidad biológica, experimentaciones tecnológicas con IA. Si el libro suena a condena, es porque la escritura se deja habitar por la excitación de una época que corre a velocidades insospechadas. La catástrofe se vuelve posible si persistimos en la ceguera. La ficción extrema ese destino como quien enciende una alarma: sugiere, más que predice, que la debacle está inscrita en nuestras negligencias, pero también deja abierta la posibilidad de un giro, si todavía somos capaces de reformularnos.
Pregunta: Parlamento de un personaje: “El estado represivo es el mayor asesino”. ¿Una bajada oportuna a la contingencia nacional? ¿Revela un mensaje político descifrable? ¿Hay culpables identificados de la crisis? ¿Cuál sería la tesis del libro en ese plano?
Max: El parlamento citado encarna la conciencia doliente de los personajes, más que una proclama explícita. La ciencia ficción, en su raíz, es política: especula sobre los sistemas de poder y sus deformaciones, proyectando en futuros imaginarios las pulsiones autoritarias del presente. La frase “el estado represivo es el mayor asesino” resuena tanto en Chile como en cualquier geografía donde el poder se perpetúe a través de la violencia. No hay culpables con nombre y apellido, sino estructuras que se repiten, una maquinaria que devora generaciones. La tesis, si cabe hablar de ella, sería que el totalitarismo ‒en cualquiera de sus formas‒ termina siendo el verdadero virus. La obra no busca dar respuestas categóricas, sino poner en tensión la relación entre sobrevivencia, control y libertad, y mostrar cómo los sujetos comunes quedan atrapados en una telaraña donde la política se confunde con la mera administración del dolor.
Pregunta: El estilo es una suerte de economía en la atención del lector, para lograr su involucramiento en la obra. ¿Crees que la variedad de recursos y la trasgresión de los géneros lo logra? ¿No temes poner en escena personajes con los cuales es imposible identificarse?
Max: Asumo ese riesgo deliberadamente. El teatro inserto en la ficción, la hibridez de registros, la ruptura de convenciones narrativas, todo responde a una necesidad: sacudir la comodidad del lector. Identificarse no significa necesariamente reconocerse en un personaje amable o familiar; puede ser, también, confrontarse con lo extraño, lo inhumano, lo que nos incomoda. La ciencia ficción ‒y más aún la distópica‒ no busca un espejo liso, sino un cristal quebrado (acabo de finalizar una novela de Diego Muñoz Valenzuela que también perturba al lector: Un fin para un principio). La variedad de recursos es la manera de abrir múltiples puertas de acceso a la obra: unas veces desde la emoción, otras desde la reflexión, otras desde la pura extrañeza estética. Si el lector logra sentir, aun en la incomodidad, que está siendo interpelado, entonces el experimento narrativo ha cumplido su función: la de preguntarse, mientras lee, qué haría él mismo en un mundo así.







Fui profesor de Emili Barraza en la PUCV. Allí nos hicimos amigo y hasta hoy guardo gratos recuerdos de su…