Por Cristian Montes Capó, Universidad de Chile

La muerte es un trámite (2022) de Diego Muñoz Valenzuela se inserta, al interior de su amplia y variada obra narrativa, en una genealogía que se inicia con Flores para un cyborg (1997) y continúa con Las criaturas del cyborg (2010), Ojos de Metal (2014) y Los sueños del cyborg (2022). Dicha producción narrativa se caracteriza por la presencia e interacción de dos géneros narrativos, como son la ciencia ficción y la novela negra. Conviven así, en el discurso de ideas de la novela, situaciones como el complejo vínculo entre el ser humano y la tecnología, los problemas éticos que se derivan de esta relación, la necesidad de replantearse los límites de una visión antropocéntrica del ser humano, entre otros aspectos, con la denuncia de la corrupción generalizada que se observa a todo nivel en la sociedad y la visualización de los remanentes de la dictadura presentes en los distintos estamentos de la sociedad chilena. En Morir es un trámite, esta simbiosis genérica se enriquece y complejiza con la tematización de una de las aspiraciones más antiguas del ser humano, como es el anhelo de inmortalidad. Al interior de la novela el discurso de la ciencia dialoga con diversos posicionamientos religiosos y filosóficos, y con postulados posthumanistas de pensadores como Foucault, Agamben, Deleuze, Guattari, Derrida y Kelli Olivier, entre otros.

Estructura y ritmo narrativo

Como señala Umberto Eco, en su libro De los espejos y otros ensayos (1985), el placer de la lectura no surge únicamente de la historia contada, sino también de cómo ella está construida, de las estrategias compositivas del texto y de la disposición del material textual. Incluso hay momentos, en ciertas obras, en que el paso de la lectura es regulado fundamentalmente por el cómo está contada la historia narrada. Lo mismo sucede con otras disciplinas artísticas como la pintura y la música. Por ejemplo, en su libro La Poética musical (1942), Ygor Stravinski, enfatiza la íntima conexión que existe entre una estructura sólida y el placer de la recepción. Según sus palabras: “La idea de la obra a realizar está unida a la idea de una ordenada disposición y al placer que de ella dimana”. Es a partir de esta vinculación que el proceso de imaginar deviene imaginación creadora. Al igual que lo que ocurre con una partitura musical, hay textos narrativos donde el plano de la estructura, el cómo se cuenta la historia y los mecanismos que exhiben los soportes de la construcción ficcional, son cruciales para el acto de la concretización estética. Es justamente lo que ocurre en la La muerte es un trámite, novela conformada por cuarenta y ocho breves capítulos. Los ocho primeros configuran la categoría de la Exposición (descripción de la situación inicial y la entrega de las bases para el curso de la acción, introducción de las circunstancias sociales y del tiempo en que la acción toma lugar, y la presencia de los personajes centrales con sus particularidades relevantes: motivaciones, sentimientos, intensiones, propósitos) mientras que en el capítulo nueve se inicia la categoría de la Complicación (descripción de un hecho inesperado, anormal e inusual respecto a los hechos descritos y el desarrollo normal de los acontecimientos), la que irá dando paso a nuevas y sucesivas subcomplicaciones, en la medida que van surgiendo nudos problemáticos en el nivel de la historia. Por último, la categoría de la Resolución (narración de los hechos que merecen ser contados y que son consecuencia de lo sucedido en los hechos descritos en la Complicación, y las decisiones que se toman respecto a lo allí ocurrido) se establece recién en el penúltimo capítulo del libro, cuando la tensión del relato alcanza su punto culminante.

Estas categorías narrativas, que fueron expuestas por Teun Van Dijk en su libro Texto y contexto (1980), se articulan fluidamente en la novela de Diego Muñoz, gracias a la presencia de un ritmo narrativo que alterna dosificadamente las unidades rítmicas de tensión y reposo. Esta dualidad se fragua en la relación existente entre las orientaciones del texto y la forma en las que estas son procesadas por el lector. Hay párrafos, por ejemplo, en que se requiere de calma lectora para procesar una descripción donde se detallan las características de los personajes, sus momentos discursivos donde argumentan acerca de las circunstancias en las que están involucrados, los espacios físicos que enmarcan las acciones, etc. Por otro lado, hay segmentos en que la rapidez de las acciones y la forma en que el narrador las describe, llevan al lector a una intensa y creciente velocidad de lectura. El ritmo narrativo permite apreciar también cómo en algunos párrafos predomina un fraseo de frases semi largas. En cambio, en los momentos que las acciones se desatan o las balaceras se intensifican, hay preeminencia de enunciados breves y concisos. Lo mencionado hace recordar el conjunto de sugerencias que la escritora inglesa Vernon Lee, seudónimo de Violete Page (1856-1935), da en su libro Traficando con palabras, a quienes se inician en el arte de la escritura: “No refieran acciones violentas con verbos auxiliares y frases largas; no describan un paisaje con términos de acción, no digan que el pasto crece y que los árboles estiran sus ramas, porque entonces una escena tranquila se convierte en una función de circo”. Por último, también en lo relativo al tema del ritmo, se aprecia que a lo largo de la novela los núcleos de tensión y reposo se van alternado de manera equilibrada, pero en la medida que la historia se acerca a su momento climático, prevalece una tensión incesante, que logra el reposo definitivo, solo en los dos últimos capítulos del libro.

Al interior de este entramado textual, el lector postulado es estimulado a ir formulando hipótesis respecto al curso que van tomando las sucesivas e impredecibles acciones que componen, sin embargo, una trama urdida milimétricamente desde el punto de vista de la estructura narrativa. La escritura se nutre, por lo mismo, del suspenso que lector debe procesar, siguiendo las orientaciones del texto. Según Mieke Bal, en su libro Teoría de la narrativa. Una introducción a la narratología (Madrid: Editorial Cátedra, 1990), la categoría del suspenso, en términos generales, remite a un estado psicológico de inquietud e incertidumbre, que genera tensión en quien experimenta el acto lector. En este sentido, desde el punto de vista narratológico, el suspenso en la literatura es el resultado de los procedimientos constructivos, ya que estimula al lector a realizarle preguntas a la novela, que solo serán contestadas más adelante en el proceso de lectura. En La muerte es un trámite el suspenso está distribuido y dosificado en el espesor textual de manera que el lector muy pocas veces puede caer en la pasividad lectora.

Inteligencia, animalidad y una extraña comunidad de habla

Una característica común de los personajes centrales de La muerte es un trámite es la agudeza que los caracteriza. Dicha condición les permite ir ajustándose a los vuelcos de la realidad que se les viene encima y diseñar las estrategias y acciones necesarias para salir airosos. A pesar de que la circunstancias puedan tenerlos atrapados, siempre les surgen ideas que les permiten liberarse del atolladero en que se encuentran. En su intento por definir la inteligencia, el filósofo Henri Bergson afirma, en La evolución creadora (1907), que la inteligencia puede considerarse como el arte de poder salir de los problemas y encontrar el espacio (físico y mental) donde poder liberarse de estos. En Morir es un trámite, tal acepción del concepto prevalece cuando los personajes se encuentran ante una encrucijada en la que su plan puede fracasar y logran, sin embargo, tomar decisiones rápidas y lúcidas para seguir adelante. Cabe destacar que en el bando contrario también los personajes principales son inteligentes y pensantes, solo que -sin perfilarse una caracterización maniquea entre buenos y malos, por cierto- se trata de grupos criminales y ultra corruptos.

En Morir es un trámite resaltan en la superficie del texto dos características. La primera de ellas es la utilización -tanto en el personaje principal de la historia y posteriormente en aquellos que se van influenciando por su manera de hablar- de un lenguaje arcaísta y cultista. Jerónimo Lisboa utiliza palabras como: “despernancado”, “gaznápiro”, “cascajo”, “estafermo”, “derrengado”, “desconchabado”, etc. A lo largo de la narración, puede apreciarse que incluso los personajes más salvajes y asesinos comienzan a hacer uso del lenguaje arcaico de su jefe. El elaborado léxico no es patrimonio solo de los personajes, ya que el narrador se va contagiando progresivamente de dicha modalidad de habla. Es frecuente, por ejemplo, que incorpore en su discurso términos como: “orlar”, “pizpireta”, leguleyo, etc. Se constituye así una especie de comunidad de habla, donde el lenguaje se solaza en incorporar palabras cuyo escasísimo uso en la actualidad otorga a los enunciados una fuerte dosis de atemporalidad y humor.

La segunda característica tangencial al discurso de la novela, es la inscripción en la escritura de un código de la animalidad. En la caracterización de algunos personajes, la animalización nominal acentúa la dimensión brutal que habita dentro de algunos personajes como “el Cuervo”, “el Mandril”, “el Yacaré, etc. Por su parte, el narrador también incorpora en su discurso el código de la animalidad, para describir a los personajes que van apareciendo en la historia. Por ejemplo, para referirse al corrupto abogado Arriaza, afirma: “De allí se nutría el ave carroñera con el manjar que más le apetecía: el dinero”. Más adelante, lo define como un “pequeño reptil subrepticio”, con “hocico de bestia” y “ojos de congrio”. Sin embargo, algunos personajes signados de manera positiva son igualmente comparados con animales, como es el caso de Jerónimo Lisboa, quien, ya transformado en un hermoso y atlético joven, es descrito como alguien que: “Irradiaba vida, daba envidia contemplarlo moverse como una combinación entre pantera, gacela y león”. Ocurre lo mismo al remitir a la doctora Isabel y al ruido que esta produce al dormir. Sugiriendo en dicha acción la presencia de una pasión animal, el narrador considera que “El relincho evolucionó hacia el mugido de alguna extinguida bestia prehistórica”. Finalmente, es elocuente que ciertos personajes se vean a sí mismos cual engendros animales, como es el caso de uno que confiesa: “la verdad es que estoy convertido en un carcamal”.

Entre la vida, la muerte y un secreto inconfesable

La muerte es un trámite tematiza el deseo de inmortalidad del ser humano. Jerónimo Lisboa, personaje central de la historia, es un multimillonario que tiene 132 años y quiere volver a ser el joven que era cuando tenía 20 años. Ya al final de sus días considera que no vale la pena seguir viviendo en las condiciones que está: “Solo soy un muerto viviente que espera”. El deseo de vida eterna será el acicate narrativo desde el cual se desarrollará la trama. Jerónimo Lisboa, para hacer realidad su deseo, contrata a un grupo de personas de su absoluta confianza, quienes deberán mantener en total secreto el plan que llevará a cabo, esto es: realizarse una intervención que le permitirá cumplir su anhelo de inmortalidad.

Respecto a dicho plan, los personajes de la novela se distribuyen en dos posiciones y dos puntos de vista opuestos. Por un lado, están los argumentos que apelan a la ciencia y a la posibilidad de conquistar un futuro utópico, donde sea posible superar la muerte y lograr la eterna juventud. Es lo que piensa Jerónimo Lisboa, como puede apreciarse en las siguientes palabras:

“La vejez y las enfermedades degenerativas se convertirán en meros recuerdos de una era arcaica. Quizás más adelante la muerte pueda migrarse a cuerpos mejorados genéticamente, resistentes a las enfermedades y el deterioro, dotados de enorme fuerza muscular. Se les podría insertar piezas electrónicas y mecánicas que los conviertan en súper humanos ¿Por qué no? Si no hay límites para la imaginación, tampoco los hay para la ciencia. Rejuvenecer. Sentir de nuevo aquella potente energía de la juventud corriendo por las venas. La vida a raudales. El deseo, la virilidad fluyendo de nuevo por el cuerpo. Poder dar y recibir placer”.

Jerónimo Lisboa sabe que únicamente quienes tengan una gran fortuna podrán acceder a la fuente de la juventud: “El milagro lo puede lograr una montaña de dinero (…) La vida eterna ha dejado de ser una utopía y privilegio para los dioses. Ahora está al alcance de la mano, para un grupo de elegidos. Claro está. Estoy invitándote a participar de este selecto club”.

Por otro lado, están quienes argumentan desde la ética humanista o la fe religiosa, problematizando el proyecto de Jerónimo Lisboa, debido a las eventuales e impredecibles consecuencias que pueden generarse ante la eventualidad de lograr la vida eterna. La doctora Isabel, por ejemplo, afirma que: “Es una transgresión gigantesca, un salto al vacío, hacia un lugar desconocido. Implica torcer la mano a la muerte, violar una regla esencial de la naturaleza”. Lo mismo piensa Marco Antonio Jeldres, secretario y confidente de Jerónimo Lisboa, quien plantea que, desde los principios éticos que regulan su concepción religiosa de la vida: “Lisboa atenta contra las leyes naturales”. Además de los argumentos recién esgrimidos, la doctora Isabel postula que la posibilidad de ser inmortal puede convertirse en el gran negocio de la ciencia y el dinero en la única vía que determine quiénes podrán -y quiénes no- acceder a la inmortalidad:

“La inmortalidad estará a alcance de la mano, siempre que surja un fajo de billetes los suficientemente grueso como para financiar el cultivo del anfitrión y la correspondiente cirugía. Uno entre miles podrá alcanzar un estatus diferente. El motivo de mi vacilación es la inminencia de la inmortalidad para alguien, un elegido”. ¿Y cómo tener garantía de que tal poder sería utilizado por un hombre sabio y bueno?”.

Las reticencias, sin embargo, irán anulándose progresivamente y el proyecto de Jerónimo Lisboa podrá encontrar los cauces que le posibiliten conseguir su fin. La seducción del dinero y la ambición que este despierta se liga a la búsqueda de gloria y fama. El doctor Urquiola, a quien se le propone realizar la intervención, es fácilmente convencido por Jerónimo Lisboa: “Hágalo por dinero. Hágalo por alcanzar la gloria. Hágalo por demostrar que es posible derrotar a la muerte. Será millonario si tiene éxito. (….) Tal vez sería buen socio en un negocio revolucionario: la venta de la vida eterna”. Cuando están todos convencidos de involucrarse en el plan, el narrador, haciéndose eco de los pensamientos del Jerónimo Lisboa, se refiere a la trascendencia del momento histórico que se está viviendo: “Estaban ante el umbral de la vida y la muerte: ahora había que dar el gran salto.”

La revolucionaria y exitosa intervención es definida por Jerónimo Lisboa como “el más grande milagro de la ciencia moderna”. Ahora sí es posible imaginar un futuro utópico, “una nueva raza de inmortales jóvenes, bellos y sabios”. Más adelante agrega: “Esos robots nanotecnológicos han hecho maravillas en mi mente, reconectando información extraviada. Es sensacional. Nunca me sentí mejor ni física, ni intelectualmente. La energía de la juventud combinada con la sabiduría de la experiencia: una mezcla increíble”. Desde la perspectiva del médico Urquiola, con la exitosa intervención se ha alcanzado “la gloria de derrotar la muerte. La posibilidad de la vida eterna”. En lo que respecta a Marco Antonio Jeldres, cuando reflexiona acerca del resultado de la operación, afirma que su renacido jefe: “No era un mero continuador del original, en él había ocurrido una transformación que lo convertía en un ser humano distinto. Ruptura y continuidad, vida y muerte se combinaban en él de un modo extraño y difícil de comprender y asimilar”.

Calma y caos: una tensión irresuelta

Unido al éxito del inédito experimento científico, comenzarán a surgir los problemas que iniciarán la categoría narrativa de la Complicación. Desde distintas esferas del poder y desde el mundo delictual, comenzarán a aparecer en escena quienes también desean someterse a la intervención que los hará inmortales. Jerónimo Lisboa y los suyos, con la necesidad de mantener todo en el más estricto secreto, desarrollarán un plan de acción a partir del cual irá quedando al descubierto la corrupción generalizada: “policías inescrupulosos, líderes de la mafia, asesinos profesionales, traficantes poderosos, políticos bien encumbrados en las esferas del poder”. La crítica social que la novela realiza se condensa en la confesión del personaje central respecto a las grandes fortunas del país, las que, en su mayoría, han sido producto de sobornos y oscuras artimañas: “Nadie hace una gran fortuna sin mancharse las manos”. En una trama donde se van complejizando cada vez más los hilos narrativos, algunos personajes representan las peores lacras del ser humano. Ejemplo de ello es Elizardo Eyzaguirre, jefe de un grupo mafioso que, según Jerónimo Lisboa: “es una mezcla de Hitler, Stalin, Pol Pot, Musolini y cuanto tirano a uno se le ocurra, metido en el tráfico de drogas duras, la explotación infantil, la trata de blancas y lavado de dinero”.

Con el transcurrir vertiginoso de los acontecimientos se va haciendo más compacta la zona oscura donde se entrecruzan diversas instancias de un poder no fácilmente localizable, pero letal, compuesto por jueces, políticos, empresarios, policías, todos ellos corruptos y eventualmente también criminales. En el plano del discurso de las ideas, se inscribe en la escritura la pregunta acerca de qué pasaría si todos los ricos del mundo decidieran pagar por alcanzar la vida eterna. Según el doctor Urquiola: “Cada poderoso exigiría su propio acceso a la fuente de Juvencio. Se convertiría en esclavo de quienes gozaran de tal privilegio, odiado por los fanáticos religiosos, por los desposeídos que continuarán sometidos a su condición mortal. Su vida se convertiría en un infierno espeluznante”. Manuel Antonio Jeldres se refiere a los riesgos judiciales involucrados si todo se supiera: “Los cargos por crear un clon y vaciar su cabeza para usarlo como repositario del cerebro de un anciano, técnicamente muerto, implican la comisión de dos gravísimos crímenes, el del viejo y el del clon”.

Mientas la categoría de la Complicación va desplegándose, el número de enemigos de Jerónimo de Lisboa va aumentando, como también su capacidad letal. Según el narrador, se está frente a: “Un enemigo poderoso, obstinado y frenético”, que alcanza su máxima expresión en el personaje “Mahmud Ban Hasal, quien encarna el mal en todas sus variantes: “Tráfico de drogas, trata de blancas, ventas de armas, pornografía dura, un ejército de gorilas y sicarios dispuestos a matar por tres chauchas”. Al referirse a él, uno de los personajes, Edgardo Olivárez, afirma que: “Mahmud Ban Hasal es la encarnación del demonio. Se relaciona con las mafias más siniestras y crueles: la rusa, la china, la colombiana, la mexicana. Lo peor de lo peor”. Otro personaje sostiene que a Mahmud Ban Hasal le rinden pleitesía “senadores ministros, jueces, fiscales y hombres de negocios. Todos agachan la cerviz delante de él, piden favores en susurros y obedecen sus instrucciones sin chistar; es un padrino para ellos, un gigantesco poder en las sombras” más jueces, dirigentes políticos empresarios y congresales”.

Al interior de este desolador panorama, el único detective ético entre sus colegas hace una síntesis de lo que ocurre entre las policías y las altas esferas del poder: “Las jefaturas superiores estaban reservadas para los regalones de los ricos y los caciques políticos. Aquellos poderes ocultos en las neblinosas e invisibles estructuras de la sociedad, se hacían cargo de eliminar a quien osara perjudicar sus intereses”. El mundo representado en la novela permite informarse de las dinámicas internas de las profusas mafias que manejan el país, de las confabulaciones que planifican y de las estrategias de los poderosos para mantenerse en el poder. Los territorios del hampa cubren todo el tejido social, desde carísimas residencias hasta lugares marginales y bares prostibularios donde se vende: “cocaína , heroína, armamento pesado o liviano, municiones, mujeres de extrañas nacionalidades, sicariato”.

Delirio, sangre y situación límite

En los tramos finales de la historia se intensifica la acción y son convocadas todas las líneas narrativas anteriores. Quedan al descubierto las diversas trampas tendidas por la gente de Mahmud Ban Hasal, como también las estrategias asumidas por el grupo de Jerónimo Lisboa para liquidar a sus adversarios. En dicho enfrentamiento, a los personajes se les hace evidente que cualquier planificación racional de cómo deben actuar, requiere tomar en cuenta la posibilidad del azar. Lucidez y azar son las categorías en las que se sostiene la posibilidad del éxito o fracaso de cualquiera de los dos grupos.

Los segmentos conclusivos de la novela espectacularizan la dualidad vida muerte, llevando sus términos a una situación límite: se trata, en definitiva, de salvar la vida y de salvarse de la muerte. Ya no es de la vida eterna de lo que están preocupados los personajes, sino de la vida física y concreta, la que puede acabarse en cuestión de segundos. Como afirma, Mahmud Ban Hazal: “Nadie se olvida de asuntos de vida o muerte”. La posibilidad real de morir en cualquier momento de la encarnizada lucha incide en que los personajes se replanteen su existencia. Todos desean seguir vivos y valorizan como nunca antes la vida.

Las fugaces reflexiones acerca de la vida y la muerte surgen en los momentos en que la violencia física explota y se intensifica en su máxima expresión, hasta convertir el espacio de lucha en un lugar insostenible. Como afirma el narrador: “El infierno se había desatado allí dentro con toda su maligna energía”. Violencia y muerte, sangre, cuerpos reventados, son los componentes de una escena cinematográfica, donde la matriz vida y muerte reaparece en modalidad dramática: “Habían estado a milímetros de la muerte. Podría decirse que estaban vivos por milagro”

Una vez que la debacle y el delirio de muerte finaliza, el ritmo de la novela alcanza su reposo estructural definitivo. Sin embargo, ello no significa que al final de la historia surja la calma en los personajes, ya que la búsqueda de la vida eterna parece seguir intacta.

A modo de conclusión

Entrelazada entre los géneros de la ciencia ficción y la novela negra, La muerte es un trámite de Diego Muñoz establece un diálogo fructífero con algunos diagnósticos acerca de cómo se enfrenta en la actualidad el tema de la muerte. Por ejemplo, en su libro Un instante eterno. Filosofía de la longevidad (2021), Pascal Brukner analiza el fenómeno de la extensión de la vida en el mundo actual. El epígrafe de Bertolt Brecht: “Se debe tener más miedo a una mala vida que a la muerte”, condensa la profunda reflexión que realiza Brukner acerca de lo que significa en la actualidad la extensión del tiempo de la vida y su impacto en los planos social, cultural y existencial. Desde la perspectiva del filósofo francés, las personas adultas intentan hoy, de manera a veces desesperada, seguir siendo jóvenes, como si fuese posible experimentar una especie de eterna juventud. Al considerar que la única edad humana realmente valiosa es el tiempo en que se es joven, se genera por lo mismo un temor excesivo a envejecer y exhibir dicha degradación a los demás. En Un instante eterno. Filosofía de la longevidad se afirma que desde mediados del siglo XX la vida de los seres humanos se ha ido alargando cada vez más y ello ha modificado sustancialmente la perspectiva que se tiene sobre la vida y la muerte. Lo anterior ha ido paralelo a una tendencia a negar la muerte. En dicho contexto la pregunta existencial que surge y se agudiza cada vez más, es: ¿Qué hacer y cómo vivir el excedente de vida que ahora se tiene antes de morir? Según Pascal Bruckner, esta es una época donde a través de operaciones y múltiples tratamientos, las personas adineradas batallan contra la vejez y la muerte, convirtiendo la inmortalidad en su objetivo principal en la vida. Deviene a partir de ello una segunda interrogante acerca de cuál sería el valor de la vida si esta consistiera únicamente en tratar de conservarla. ¿Sería eso vivir, realmente?

Como puede apreciarse, el diagnóstico sobre la sociedad y sus temores, realizado por Pascual Bruckner, posee una íntima consonancia con lo que Morir es un trámite plantea en el ámbito de la ficción literaria. El nivel latente del texto actualiza una denuncia a un tipo de sociedad donde todo se ha banalizado y mercantilizado, incluso lo relativo a cómo los seres humanos enfrentan el misterio de la existencia y la compleja relación vida-muerte.

Para concluir, es necesario agregar que en La muerte es un trámite el humor, cualidad tan poco presente en la literatura chilena, salvo contadas excepciones, enriquece la representación de mundo con un manejo virtuoso de la parodia, la ironía, el humor negro y lo esperpéntico. Así, la profundidad social del tema desplegado, la productividad de la ciencia ficción y la novela negra como géneros privilegiados en el proceso de significación de la novela, son dimensiones del texto que conviven con situaciones sumamente cómicas e hilarantes. La novela de Diego Muñoz es una comprobación, por lo tanto, de que la tematización de un aspecto tan trascendente para el ser humano, como la relación Vida Muerte, puede coexistir, artística y estéticamente, con la presencia de un humor corrosivo, incisivo y, en este caso, imprescindible.