Por Antonio Rojas Gómez
HB Editores, 200 páginas.
Este es un libro dedicado a, o inspirado por, la pandemia del COVID-19 que asuela a la humanidad en el siglo XXI, como la peste negra asoló a Europa en el XIV. En aquel tiempo lejano Giovanni Bocaccio escribió El Decamerón, al que alude Elssaca y sobre el que se detiene con morosidad, dando detalles interesantes sobre el libro y la película que realizó Pasolini. Pero su libro no tiene nada que ver con el de Bocaccio, que es una obra de narrativa, un conjunto de cuentos. Este es un texto de prosa poética, que incluye también algunas poesías, en que el autor manifiesta su sentimiento, personal y exclusivo, provocado por la pandemia actual causada por un murciélago de Wuhan, en China, al que culpa de sus zozobras y las del resto de la gente.
“Los murciélagos también son mamíferos, quirópteros placentarios del inframundo con más de mil trescientas especies que supuran y plagan el planeta. Si no fuéramos análogos a ellos este virus no podría infectarnos. Hematofagia que succiona nuestra sangre, vampiros mitológicos que inoculan el endoparasitismo de las tenias. Fenómenos zoonóticos que padecemos. Simios, cerdos, murciélagos, pangolines y humanos somos todos mamíferos de genética semejante… eso explica muchas cosas” (Pág. 169).
El párrafo citado es una muestra de la prosa del autor y al mismo tiempo de la mala voluntad que le tiene al murciélago hecho sopa en la lejana China, responsable de que “ya no estarán aquellas personas con las que se ha compartido parte del lacónico trayecto” (Pág. 45).
Y nos entrega antecedentes de aquellas personas, a las que nombra y refiere sus acciones meritorias en el ámbito de la cultura. Surge entonces el recuerdo de figuras señeras de la cultura nacional, a quienes el autor conoció y con las que compartió en momentos previos a la pandemia. Y aparecen los hermanos Duvauchelle, Mario Lorca, Fernando Cuadra en el teatro; Aldo Francia, Raúl Ruiz en el cine; Matta y Delia del Carril en la pintura; Armando Cassígoli, Virginia Vidal en la narrativa; y un sinfín de poetas: Matías Rafide, Jorge Teillier, Stella Díaz Varín, Efraín Barquero y un largo etcétera.
Pero no se detiene en Chile, nos habla también de figuras extranjeras a las que conoció en sus viajes innumerables, como Ernesto Cardenal, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Rafael Alberti. En fin, son multitud. Los nombres que he citado, tanto nacionales como de otras latitudes, sirven solo a vía de ejemplos. Y puede que al lector le resulten más atractivos que los bichos lamentables que han mantenido a la población mundial refugiada en sus casas por más de dos años.
Theodoro Elssaca también incluye algunos poemas en este libro. Y entre ellos “Árbol de las palabras” merece ser destacado. Veamos una de sus estrofas: “En el magnífico árbol de las palabras / hay los más raros frutos, extravagantes, / caprichosos, inauditos y estrambóticos. / Palabras evanescentes, como fantasmas / sólidas y pétreas o tenues del jazmín” (Pág. 160).
El libro lleva dos prólogos, el primero de la poeta argentina Graciela Bucci y el segundo del académico chileno Fernando Lolas Stepke. Está bien compaginado, la edición es de calidad e incluye fotografías y grabados que contribuyen a aumentar su valor.






Emotivo y crítico. Es un gran relato picaresco.