por Federico Gana Johnson, periodista y escritor
Todos los días hábiles de la semana el señor Kleinz, relojero, llegaba a su pequeño negocio exactamente a la misma hora, segundos más o segundos menos. Por reloj, pero no llevaba su reloj pulsera cuando transitaba por las mismas calles, diariamente. Jugaba con su tiempo. Le gustaba dominarlo. Incluso, cuando notaba que iba adelantado, aminoraba el paso o se detenía frente a un kiosco de diarios o, sencillamente, se detenía a mirar en lontananza. Al revés, cuando se creía atrasado, aceleraba sus pasos y, más de una vez, se sintió atropellando a otros transeúntes, pero no había tiempo de excusarse.
Luego de subir al segundo piso de la antigua galería, demoraba alrededor de dos minutos en abrir los cuatro candados de la angosta puerta de hierro. Los segundos oscilaban según lo que demorara en encontrar las llaves correspondientes. Cinco, seis segundos de diferencia. Y abría, con su calma habitual y hasta con cierta solemnidad. Con la costumbre mecánica por hacer lo mismo durante tantos años cumplía la función inicial del día, apenas ingresaba: oler el encierro de la noche. Aspiraba profundamente. A continuación, sin pérdida de tiempo enrollaba, dando vueltas a una manivela, la cortina metálica de la vitrina donde, justo en su centro permanecía, impávido, el robusto y elegante reloj de pie del tipo Grandfather, en espléndido estado y que conservaba como se guarda un tesoro. Le placía exhibirlo.
El aparato, repleto de tiempo, era uno de los dos únicos objetos heredados de sus padres, lo encadenaba con el pasado y constituía su principal compañía.
La máquina del Grandfather, de caja exterior fabricada con maderas de caoba, palosanto y ébano y tallada a mano, funcionaba a la perfección. Su palpitar de 21 días de autonomía y las cuatro pesas movibles y alineadas para el primer, el segundo, el tercer y el cuarto intervalo de quince minutos, respiraba incesantemente cuando el relojero le daba vida. Las tres agujas de su esfera para las horas, los minutos y el segundero, lucían un diseño clásico. Combinaban con los paisajes holandeses de la esfera, pintados a mano. La sonería, a base de una melodía Winsminster, nacía de su sistema de rastrillo y martillo sobre varillas. Tenía una palanca que Kleinz desactivaba por las noches y activaba por las mañanas. La dominaba exclusivamente él. Y, si no fuese así, el gigante de la vitrina no podría vivir puesto que el relojero trabajaba solo en su local. Sin siquiera un empleado. Gozaba íntimamente dándole vida cada mañana y dándole muerte cada fin de jornada al Grandfather de sus padres.
Luego, despreocupándose del gigantesco reloj que parecía aún más grande en la pequeña vitrina, volvía su mirada hacia el interior. Con un minúsculo reflejo mecánico moviendo rítmicamente su cabeza, fijaba la vista en los segunderos de cada uno de los doce relojes de pared de colores neutros (el más vistoso era un café y sobresalía), que mostraban la hora exacta inexpugnable. Y se sentía obedecido, dueño de cada minúsculo movimiento de los aparatos. Los sentía confiables. Cómplices.
A continuación, revisaba someramente los relojes de pulsera guardados, también con candados, en las repisas vidriadas con cristales biselados. Le eran más indiferentes, pero igualmente dominaba el paso del tiempo encarcelado en ellos. Abría esas repisas, guardando las llaves de cada candado en el mismo bolsillo derecho de su pantalón. Colgaba su eterno abrigo negro de delgadas líneas grises en una de las dos perchas tras la única puerta, la del estrecho baño. En la pared que enfrentaba a la taza colgaba un reloj cucú, de procedencia alemana, la otra herencia que el relojero había recibido de sus padres, llegados del Viejo Mundo en los años treinta del siglo pasado. Ellos, estudiando, midiendo la vida de otra manera, habían inaugurado la tienda en este pasaje vecino de la estación Central de Ferrocarriles, entonces centro neurálgico de la capital. El “cucú” constituía ahora su pasatiempo secreto durante el día. Había logrado dominar su mecanismo y a la hora 12, justo el mediodía, el cucú gritaba su propio nombre, Kleinz, doce veces. Así, se sentía acompañado y recordaba a sus padres. En las medias horas el pájaro desde su ventanita cantaba solo una vez. Dos veces por semana, Kleinz subía los contrapesos en forma de piñas para que el reloj funcionara con toda su cuerda, por ocho días. Cuando veía que las pesas bajaban, las subía para asegurarse de que el pájaro siempre cantaría y jamás lo dejaría solo. Sobre todo, abandonado.
Todos los días también, depositaba su maletín bajo la mesa de trabajo y encendía el antiguo pero potentísimo foco que, durante las horas de cada jornada y desde hacía cuatro décadas, le permitía entrar hasta otros mundos, menos o más profundos, traídos por relojes de pulsera que los clientes del barrio y la gente de paso le confiaban para refaccionarlos. Eso le permitía dominar el tiempo de los demás. Luego se cubría, sin sacarse la chaqueta también gris oscura, de tweed, con su delantal blanco como de médico y que abrochaba con sus cinco botones. Avanzaba después, automáticamente, cinco pasos por el angosto pasillo interior hacia la caja de fondos inmensa y que, parecía lejana de todo movimiento. Solo los relojes de pared eran testigos de cuando la abría con el código secreto, que escondía celosamente en el fondo solitario de su memoria. Ya abierta la caja y con el movimiento acostumbrado de alguien que sabe cómo asir un objeto valioso en sus manos, alcanzaba su reloj con pulsera de oro, que permanecía junto a su cajita original, forrada en terciopelo y satín. También sacaba su luneta circular con aumento, enmarcada en un anillo de alambre y con una cadenilla que sujetaba al lado derecho de su delantal y de inmediato se la encajaba en su ojo izquierdo, como monóculo. En sus primeros años de relojero, siguiendo la costumbre de su padre, había usado un quevedo pero el único recuerdo que tenía de éste eran dos pequeñas cicatrices simétricas, a ambos lados de la nariz. De espaldas a la puerta de ingreso, se colocaba el reloj en su muñeca izquierda. Luego, en un leve ademán, poniéndose de frente hacia la puerta de ingreso y al exterior del pasaje, finalmente veía la hora.
Era la correcta.
El bolsillo derecho del pantalón, ya convertido en un peso muerto con todos los candados y las respectivas llaves en su interior, le hacía ladearse al caminar. Todos sus vecinos de los demás locales en el pasaje lo creían cojo. Sin embargo, quizás por ser de origen alemán y tez clara pero enrojecida, de alguna manera lo respetaban. Tenía, además, los ojos tristes y, el izquierdo, cansado. Se rumoreaba que, siendo muy niño y al terminar la Guerra Mundial, había sufrido graves penurias. Él se daba cuenta de los rumores, pero se ensimismaba horas enteras bajo el foco, cabeza abajo y la luneta en su anillo de alambre aprisionada en el ojo izquierdo, revisando los pequeños y precisos engranajes.
Hacía como que el tiempo no existiera. Disimulaba.
Un día a mitad de semana llegó a su local, sorpresivamente, más temprano que de costumbre. A lo sumo, no más de un minuto. No sabía por qué, pero había caminado con una incomprensible sensación de urgencia. Y venía con un abrigo distinto, color pelo de camello, de corte antiguo, cinturón y solapas muy anchas. Demoró también menos de lo habitual en abrir los cuatro candados de la ancha puerta de hierro. A continuación, enrolló la cortina metálica de la vitrina, dando vueltas a la manivela. Guardó los cuatro candados y sus llaves en el bolsillo derecho del pantalón y comenzó, como de costumbre, a cojear.
Y olió.
En ese preciso instante y como jamás antes, sin mirar alrededor, sintió algo inusual. El olor del encierro de la noche no era el mismo de siempre. Olía pesadamente a algo muy añejo, azumagado y seco. Se dio vuelta, de improviso. Asustado. Sonó una campana. Dos veces. Tres veces. Doce veces, en total. Las horas totales. Luego, la melodía del Grandfather inundó el local sin que él hubiera activado la palanca, repitiéndose con cierto estrépito y singular desenfreno, aunque el inmenso reloj mostraba su impavidez inalterable. Su rostro se demacró en un instante al advertir que los relojes de pared no estaban ordenados como de costumbre. Y lucían otros colores. Los había púrpura, verdes, naranjas, violetas. Unos mostraban las horas del mediodía o de la medianoche, otros la madrugada o el anochecer. Cómo saberlo. Los punteros de los más grandes, que permanecían en la pared del fondo, decían que era la hora del amanecer, de la siesta o de la plena noche. Todos estaban chuecos, se notaban cansados, como si hubieran transitado mil veces y sin medida por todas las últimas horas. Y parecían recién regresar a sus puestos respectivos para sus funciones sincronizadas de horarios, segunderos y minuteros.
El relojero se sintió perturbado, pero guardó silencio durante una eternidad sin límites. Traicionado. Luego, colgó su abrigo pelo de camello con más silencio que nunca. Lo hizo cuidadosamente, sin mover un músculo ni malgastar un instante. Guardó con extrema lentitud y falsa calma su maletín y encendió el foco de su mesa de relojero. Por primera vez, no le pareció tan potente. Se cubrió, sin sacarse la chaqueta gris, con su delantal blanco, el de médico. Abrochó, nervioso, solo dos botones. Avanzó después, mecánicamente, por el pasillo interior derecho hacia la caja de fondos. Cinco pasos. La abrió, temeroso, con el código secreto. Con el movimiento de quien va a tomar un objeto valioso en sus manos, pero que ahora le tiritaban, alcanzó su reloj con pulsera de oro. De espaldas a la puerta de ingreso, se lo colocó en su muñeca izquierda. Y, en un leve ademán, vio la hora. No era la correcta. Faltaban aún tres minutos para su llegada de todos los días de tantos años, excepto domingos y festivos.
No recordaba haber fallado alguna vez.
En silencio miró a los relojes de pared, que todavía intentaban reordenarse. Entre avergonzados, pero todavía juguetones. Algunos minuteros de los coloridos relojes modernos daban las últimas vueltas, escurridizos y veloces, en sus esferas de diferentes formas geométricas, intentando volver a la realidad del instante sin disimulo alguno. Los de estilo tradicional, de números romanos, lentamente se esforzaban por vencer esa vergüenza, borrarse los colores fuertes que se habían pintado en sus caras y reinstalarse a la medida de las horas aproximadas al momento. Todavía en riguroso silencio el relojero miró a su reloj con pulsera de oro y se sintió, por un instante, menos intranquilo.
Luego, se colocó la luneta aprisionándola insistentemente en su ojo izquierdo, pero por primera vez desde hacía muchos años, o talvez nunca, la extrajo y la llevó de regreso al interior de la caja de fondos. De inmediato, la cerró con la clave. Se sentó finalmente frente a su pequeña mesa de trabajo y, al revés de siempre, apagó el antiguo foco intrusivo y miró alrededor. Todo estaba en el orden acostumbrado. Desde el baño el reloj cucú, preso en su jaula de madera, cantó sin motivo ocho o nueve veces y su eco se escuchó más lejano que de costumbre, como si se le hubiera acabado la cuerda.
Siguió mirando, esperando quién sabe qué. Por un instante y como nunca en su vida, le golpeó la sensación de que estaba solo, muy solo. Que no hablaba con nadie días enteros, desde ya no sabía cuándo. Que de nada le estaba sirviendo medir el paso constante del tiempo de la mañana a la noche, con exactitud enfermiza. Que por algo que no lograba entender había sacado esa misma mañana de su antiguo ropero el viejo abrigo color pelo de camello de cinturón y solapas anchas. De improviso, con la certeza de negarse a investigar engranajes y palpitaciones ajenas, miró de reojo a sus relojes de pared, sus cómplices. Y le pasó veloz por la mente, como un pájaro libre, la idea de que hacía tiempo que no veía pasar el tiempo, sin la más mínima intención de medir las consecuencias.






Emotivo y crítico. Es un gran relato picaresco.