soniacienfuegos¡Ah, la madeleine de Proust!

La gata que, sentada sobre la repisa, lame y limpia su pelaje de todo olor y humor que no sean los propios, guardando luego sus garras en los cojinetes para posarlos suavemente sobre sus mejillas, repentinamente la hace evocar a la hija no nacida, mutilada por el arsenal obstétrico.

Ella puede verse como entonces, medio sentada, amarrada a una camilla dentro de aquel cuarto oscuro que hiede a desinfectantes, a carnicería, a sudor que brota del dolor contenido pues no la han anestesiado. La médica  había afirmado que el procedimiento sería más seguro.

Siente como entonces, que su boca se desencaja emitiendo alaridos de loba abandonada que no reconoce como suyos. Trémula/gélida se mece suavemente. La enfermera le coloca un enorme apósito, su bikini y comienza a vestirla mientras la obstetra le comunica como informando el resultado de una ecotomografía intravaginal, que ese montoncito de células/ojos y párpados que aún no se abren/puños cerrados/manos que se inician en el tacto/ sangre/coágulos – que luego será colocado en una bolsa negra- habría sido una niña.

 

Eutanasia                                      

 

a Cristóbal

 

porque su vida – después de enterrada Sophie  – deviniera en dolor, ausencia y sobresalto como un continuo revés,  la data de su propia muerte sería el único y último derecho.

 

Latin lover                                                                                          

 

Saca con el dedo índice de su mano derecha el humor espeso y pegajoso que han segregado  sus membranas nasales.

Lo amasa entre sus dedos velludos y lo lanza al suelo del bus. Quita el cerumen de su oído izquierdo. Lo guarda en la uña del dedo meñique de su mano derecha y lo lanza solapadamente por la ventanilla. Se refriega durante varios segundos las nalgas con sus dos manos – justo al medio del culo – por dentro del pantalón color crema. Mete su mano izquierda sobre el tórax piloso hasta la axila derecha, la retira y huele su sobacuno. Lame el índice izquierdo de su mano derecha, lo lleva hasta sus cejas gruesas y las alisa conservando su movimiento. Sus dos manos entreabren sus rizos oscuros y los sacuden.

Macho chileno, macho total.

Pulsa el timbre. Vuelve a refregarse al medio de sus dos porciones carnosas y redondas. Juega distraídamente al ping pong de bolsillo.

Ya está. Se encuentra a un tris de descender del bus y abalanzarse sobre su próxima presa.

 

Después del asalto, Charles (1)

 

–No soy Orellana. Y no entraré de ninguna manera a ese café –me dijo con su inconfundible acento francés.

Yo venía del asalto a la farmacia de la esquina de avenidas Suecia y Providencia y no estaba para exabruptos. Pero esa es otra historia. Me parecieron excesivas su arrogancia, su atildada vestimenta, su apariencia extemporánea. Me percaté de inmediato que yo “era” de alguna extraña manera su “conexión chilena”. Supongo que fue por mi mirada de súdica observando a un comunero europeo. La tri-ilógica leyenda “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, se desplegó ante mis ojos –debo admitir– desempolvando fantásticas y pretéritas expectativas.

–Soy Charles, Charles Baudelaire –se presentó–. ¿Le gustaría caminar conmigo por esta avenida? Me da lo mismo su respuesta, puesto que su condición de mujer ya la habrá arrastrado inexorablemente a la prostitución.

Tomándome del brazo comenzamos a bajar hacia la Avenida Pedro de Valdivia. Continuó –en sus ojos de chilena y provinciana, leí hace un instante su pregunta–. ¿Los dandys?

¡Ah, ellos son otra cosa! Están muy por encima de emperadores, traficantes de armas, droga, influencias, genomas; órganos, mujeres, niños, trabajadores; empresarios, presidentes de naciones y multinacionales, ministros y embajadores, administradores de justicia, contralores, censores, militares, sacerdotes, policías, críticos literarios diletantes o profesionales. Obviamente, mujeres.

–¿Puede ver la ventana de allá? –preguntó mostrándome una que estaba cerrada en ese segundo piso de calle Guardia Vieja frente al “Misantro” –un tugurio apestoso donde se baila y se consume droga hasta que el sol alumbra– así afirman los vecinos.

¿Ve la luz difusa de una lámpara detrás de la cortina de colores chillones? Yo puedo imaginarlo todo. Rehacer la vida de la mujer que ahí vive. Ahora se inclinará sobre un mesón. Está escribiéndome sobre hojas rosadas. En su mano derecha hay un lápiz rojo. Escucha un violín que ejecuta una partita de Bach. Se acuerda de su juventud.

Apoya la otra mano sobre su sien izquierda.

Su hijo está muy enfermo. Sufre y escribe. Más tarde estará leyéndome en francés, comme il faut, como debe ser –es mi idioma paterno. Abrirá la página 75 de una edición Cluny de 1947. Es un texto que escribí hace mucho tiempo, tanto que no lo recordaba. Y ella sonreirá. “Les fenêtres”, Las ventanas, así lo titulé. Es curioso, viviendo en polvorientos anaqueles de casas particulares donde proliferan los ácaros y el desinterés, abovedado en bibliotecas y librerías de viejos, furioso en carnicerías y verdulerías, entretenido en mercados de pulgas, administrado en escritorios y feliz en uno que otro corazón borracho de vino, poesía o virtud a su elección, me doy el tiempo –como dandy que soy– para recorrer las calles de París. Me atrae el Sena, su espeso y rancio aroma. Me agrada observar las ventanas cerradas de cualquier casa o departamento. Si es verdadero o falso lo que suceda dentro de la historia que contaré, no tiene importancia alguna.

Me daría placer que esa dama continuara escribiendo y le publicaran algo, una sílaba, una palabra, una frase, a lo mejor dos. ¿Hay algún premio que otorgue la Mairie de la Providence? Municipalidad de Providencia, corregí a Charles.

En estricto rigor, este deseo se contradice con mi opinión sobre George Sand ¡esa mujerzuela! Es que ella nunca fue artista. Era tonta, pesada, parlanchina. Tuvo sus buenas razones para querer suprimir el infierno, porque ella era el diablo en persona.

Verdad o mentira –me mira como hablándose a sí mismo– es cuestión de vidrios, de cristales, de ventanas. Yo describo, escribo y rescribo sobre lo que me conmueve, lo que más tarde me hará sollozar, sonreír o reflexionar en mi habitación, solitariamente.

Même que, está muy bien que me corrija. Aunque al inicio de este cuento afirmé como dandy que lo soy, que no entraría bajo ninguna circunstancia ¿puedo invitarla, madame, a una taza de té y pasteles? ¿Le parece bien el café Coppelia? Yo asentí con un leve gesto de súdica frente a un comunero europeo. Y entramos. Seguro que Orellana sentirá en el lugar donde se encuentre, mi solidaridad en estos difíciles momentos.

 

 

A partir del cuento “Las calles” del escritor chileno Fernando Jerez, cuyos protagonistas están a punto de morir de inanición luego del Golpe Militar de 1973 y del libro Le Spleen de Paris del notable y vigente escritor francés, Charles Baudelaire.

 

***

 

Sonia Cienfuegos, estudió filosofía, vivió algún tiempo en París, ha escrito de todo, y publicado sus textos en un libro con otros cinco autores, participantes del taller de Diego Muñoz Valenzuela.  Participó también en dos talleres con Gonzalo Millán. Es asesora del directorio de la Corporación Letras de Chile.