Por Bartolomé Leal

Italo Calvino (1923-1985) nació en Santiago de Cuba y fue criado en San Remo, Italia. Desde allí se movió a Turín, donde se graduó en letras con una tesis sobre Joseph Conrad. Perteneció a una estirpe de botánicos, geólogos y poetas italianos. Familia protestante, además. Su mismo patronímico suena a provocación. Es autor de novelas sin par, a medio camino entre la alegoría filosófica, el género fantástico, el humor desatado y la ironía como forma superior de la crítica… Destaca la celebérrima “Trilogía de los antepasados”. En tanto cuentista, su obra es tan abundante y rica que ni siquiera me referiré a esas novelas admirables, aunque la tentación es grande. Los que las conocen, saben de qué hablo. Son magia pura. Sólo me permito señalar, a todo riesgo, que si alguien ansía ser escritor de narrativa, de cualquier género, bien le vale leer Si una noche de invierno un viajero.

Sus primeros relatos estuvieron fuertemente influenciados por las corrientes neorrealistas predominantes en la Italia de posguerra, lo cual se vio facilitado por la postura política de izquierda que Calvino adoptó desde muy joven. Sin embargo, su evolución hacia una forma particular de interpretar el género fantástico, elegantemente rupturista, comienza a imponerse en su modo de escribir.

Cabe mencionar que muchos libros de relatos de Calvino mezclan géneros, siguiendo tal vez a Borges, y los cuentos suelen dar paso a parábolas, y estas a ensayos filosóficos. Es lo que ocurre en “La hormiga argentina”, cuento escrito entre 1949 y 1952, que acompaña a la novela ecológica La nube de smog. También en el cuento hay una tesis sobre la degradación del medio ambiente debido al abuso de los pesticidas, y de cómo la peor parte se lo llevan los más pobres, y de cómo la acción del estado es inútil en el marco de una burocracia insensible y apática, más preocupada de aferrarse a sus gabelas que en servir a la gente.

Con frecuencia el más estricto realismo transmuta repentinamente en la fantasía más desatada, y la reflexión científica se mezcla con la fábula y el sarcasmo. En este plano se inscriben sus brillantes incursiones en la ciencia-ficción, con los libros Las cosmicómicas (1965) y su secuela, Tiempo Cero (1967), ambos publicados por la sin duda mejor colección del género en lengua castellana, las Ediciones Minotauro de Buenos Aires. La misma que acogió las Historias de Cronopios y de Famas de Cortázar, un autor sin duda cercano a Calvino en su afán por romper esquemas literarios, sin renunciar a brindar placer al lector.

Las cosmicómicas es uno de esos libros que se podrían calificar de únicos, de absolutamente originales, de prodigiosos. Por su forma parecen cuentos infantiles destinados a explicar avances científicos, en temas paradójicos como el nacimiento de las galaxias, la gravitación universal, la formación del sistema solar, el día y la noche, el material de que está hecha la luna, la formación de la atmósfera terrestre, la desaparición de los dinosaurios… El viejísimo Qwfwq, un narrador al estilo de los creados por Conrad, se dedica a monologar sobre sus viajes por el universo, relata acontecimientos remotos y cercanos, y discurre sobre la veracidad de muchas especulaciones científicas contrastándolas con su propia experiencia. Son viajes circulares, palindrómicos como su nombre, los que Qwfwq emprende por un cambiante universo que no solo acoge transformaciones geológicas y biológicas, sino también sentimentales y filosóficas, y donde no hay dioses que desvíen la evolución adobándola con sus mitos.

Las historias cosmológicas de Calvino son por eso lejanas, con ecos sagrados o arcanos, tendencia fuerte en buena parte de la mejor ciencia-ficción anglosajona, léase a Sturgeon, Olaf Stapledon o Ballard.

Las cosmicomicas

Calvino se permite, en todo caso, burlarse un poco de Darwin y de las teorías astronómicas, al tiempo que deja espacio al milagro en el marco de las grandes mutaciones que han permitido que seamos lo que somos. Así, “Sin colores” es una enternecedora historia de amor que acontece en un mundo dominado por los rayos ultravioletas, antes que se creara nuestra amenazada atmósfera. Y alcanza un nivel de poesía misteriosa y sublime en “Los dinosaurios”, un cuento digno de cualquier antología de lo mejor del género ciencia-ficción.

Y bueno, no puedo dejar de poner una cita de la mencionada novela Si una noche de invierno un viajero (1979): “Había logrado convencer al viejo autor de thrillers para que me confiase el comienzo de la novela que no conseguía llevar adelante, y que nuestros computadores serían capaces de completar fácilmente, programados como están para desarrollar todos los elementos de un texto con perfecta fidelidad a los modos estilísticos y conceptuales del autor”. ¡Plop! Y nosotros creíamos que la IA era algo nuevo.

Pero sin duda el libro de relatos más singular que nos dejó Italo Calvino es Las ciudades invisibles (1972), también publicado en castellano por Minotauro. Son invenciones poéticas de imaginarias estructuras urbanas, descritas en su mayoría en un tono elegíaco. Constituyen a la vez lugares y deseos de lugares, tienen nombres de mujeres y recuerdan a ciudades del pasado, del presente o del futuro. Calvino se prodiga en construir un universo verbal exquisito, a la vez que nos lleva a pensar sobre aspectos de nuestras vidas, personales o sociales, que a veces pasan desapercibidos. Para que ustedes vean de qué manera se puede construir un relato sin que haya necesariamente diálogo, anécdota, plano único de realidad, suspenso o unidad de tiempo y lugar, he reproducido un relato breve de ese volumen, traducido por la escritora argentina Aurora Benárdez, quien fuera esposa de Julio Cortázar.

Para terminar esta breve nota, menciono Bajo el solo jaguar (1986), que contiene tres cuentos donde Italo Calvino vuelve a su vena realista, improvisa como un jazzista, desciende a los sentidos y asciende a lo fantástico. Su legado, su regalo póstumo, una maravilla. Hay una frase de Calvino que llama a reflexión: “… estoy convencido hace tiempo de que la perfección solo se produce accesoriamente y por azar; por tanto no merece el menor interés”. Su concepto de la modestia es válido para la literatura, pero también para muchos emprendimientos en nuestro fugaz tránsito por la vida.

Las ciudades y la memoria. 2.
Cuento de Italo Calvino

Al hombre que cabalga largamente por tierras selváticas le acomete el deseo de una ciudad. Finalmente llega a Isidora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol incrustadas de caracoles marinos, donde se fabrican según las reglas del arte largavistas y violines, donde cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres encuentra siempre una tercera, donde las riñas de gallos degeneran en peleas sangrientas entre los apostadores. Pensaba en todas estas cosas cuando deseaba una ciudad. Isidora es, pues, la ciudad de sus sueños; con una diferencia. La ciudad soñada lo contenía joven; a Isidora llega a avanzada edad. En la plaza está la pequeña pared de los viejos que miran pasar la juventud; el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos son ya recuerdos.

(Traducción de Aurora Bernárdez)