Por Nicolás Bernales Lyon
Carmen Ollé y Gustavo Faverón Patriau llegan a Chile
gracias a alianza entre Zuramérica y PEISA.
En tiempos recientes, el ecosistema literario en español ha comenzado a replegarse sobre sí mismo. Lo que alguna vez fue un entramado de lecturas cruzadas, de descubrimientos al otro lado de las fronteras inmediatas, hoy parece reducido a una suerte de archipiélago de islas que apenas se rozan. Y lo que queda, en los suplementos que aún resisten, es una conversación doméstica, plegada sobre sí misma. Se diría que hemos vuelto a una forma de provincianismo ilustrado: un territorio donde se lee con devoción lo propio, pero se ignora lo próximo. Lo que ocurre en Lima, Bogotá o Montevideo nos llega con años de retraso o no llega nunca. Es el sino de un continente que habla el mismo idioma, pero habita distintos silencios.
Por eso adquiere un valor simbólico y cultural enorme la reciente alianza entre la editorial chilena Zuramérica y el Grupo Editorial PEISA, del Perú. PEISA fue fundada en 1968 y conocida por haber publicado a autores como Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique o Jaime Bayly, y es una de esas casas que, lejos de las modas, ha mantenido una línea coherente. Esta línea está sostenida por la convicción de que el libro puede seguir siendo un espacio de resistencia. Su actual director, Germán Coronado, figura clave en la organización de la Feria Internacional del Libro de Lima, ha sido también un puente entre generaciones de escritores y lectores.
Gracias a este acuerdo, en las próximas semanas llegarán a Chile Amores líquidos y Halo de luna, de Carmen Ollé, y Mínimosca, de Gustavo Faverón: dos nombres que permiten leer, desde registros distintos, las tensiones más fecundas de la literatura peruana contemporánea.
Ollé —reciente ganadora del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2025— representa una tradición de escritura que asume el cuerpo y la errancia como campos de experimentación poética. El acta del jurado destacó “el valor artístico, experimental y político” de una obra que desborda los géneros y se adentra en territorios híbridos, donde conviven la novela negra, el teatro japonés y la escritura del yo.
En títulos como Halo de luna y Amores líquidos, la autora despliega una galería de mujeres solitarias, atravesadas por la pulsión del deseo y la violencia, que buscan —a través del placer o la palabra— formas de emancipación frente al mandato social. Su escritura, siempre nómade, se mueve entre lo sensual y lo filosófico, entre la introspección y el gesto político.
Por su parte, Gustavo Faverón confirma con Mínimosca su lugar como uno de los novelistas más ambiciosos del continente. La novela acaba de estar entre los seis finalistas de la VI Bienal Mario Vargas Llosa junto a nombres como Gioconda Belli, Ignacio Martínez de Pisón y Sergio Ramírez. Seis años después de Vivir abajo, el autor entrega una obra monumental que transita entre la novela total y la antinovela: una suerte de archivo de la historia del horror y de la imaginación. En sus páginas confluyen las guerras europeas, el Holocausto, los Balcanes, las dictaduras latinoamericanas y el Perú de Sendero Luminoso.
Como señaló Babelia en su edición del 29 de julio de 2025, Mínimosca es “una novela admirable: la novela total se resiste a morir”. Torrencial, digresiva, múltiple, está tejida con materiales dispersos que finalmente se convocan para construir una atmósfera moral y estética que solo la literatura puede sostener. Faverón Patriau no narra simplemente: reflexiona sobre la ficción como forma de conocimiento y sobre la imposibilidad de representar el horror sin ser absorbido por él.
Ambos autores —Ollé y Faverón Patriau— escriben desde la orilla del abismo, con una intensidad que descoloca al lector domesticado por la oferta editorial global. Son escritores que entienden la literatura como una forma de resistencia ante la banalidad, como un acto de fe en medio del derrumbe. Y su llegada a Chile, gracias al esfuerzo conjunto de Zuramérica y PEISA, es también una invitación a reanudar una conversación interrumpida: la del espacio común latinoamericano, ese territorio imaginario donde la lengua no es frontera, sino el lugar donde reunir los fragmentos dispersos del idioma antes de que el desierto avance demasiado.







Bonito cuento.