Por Omar López
Puente Alto, 8 de octubre de 2025

El lunes 22 de septiembre y a través de un programa de radio de la Universidad de Chile (FM 102.5, la radio que piensa) supe que ese día, el escritor chileno Ramón Díaz Eterovic había sido galardonado con el Premio Nacional de Literatura 2025: pensé de inmediato –una grata y reluciente noticia para recibir o saludar a la naciente primavera. Curiosamente, en la semana anterior y en unas de mis habituales ritos de ordenamiento y reordenamiento de libros, carpetas y archivos había separado una novela corta de Ramón (Nadie sabe más que los muertos, LOM Ediciones, segunda edición, agosto 2002) para leerla e internarme en el mundo del detective Heredia y su inquisidor (y a veces, displicente) gato Simenon.

Debe haber sido a fines de la década del 70 o a comienzos de la siguiente, cuando conocí a este querido y admirado compañero de letras en un espacio de actividades culturales ubicado en la calle San Martín 57. Y funcionaba justamente, bajo el nombre Taller 57. Lo dirigía un personaje de simpatía innata y cierto perfil clandestino hecho a su medida: (Luis Aravena… ¿qué será de él?). Estamos hablando de un tiempo oscuro, de amenaza constante y donde cualquier hecho, iniciativa o acción de carácter cultural era asediado por eventuales infiltradores o una directa represión.

En ese lugar, por nuestra parte, realizamos diversos actos desde un andamio poético y solidario que, por entonces, lo integraban jóvenes estudiantes, pobladores y trabajadores de diversas zonas de Santiago. Pero… esa es otra historia y ahora, nuestro personaje es Ramón.

La distinción de Díaz Eterovic es a nuestro juicio, un premio oportuno, merecido y muy necesario: oportuno, porque Ramón ha desarrollado un género de narrativa policial (o lo que algunos denominan – novela negra) ambientada desde el Chile real y perverso de la dictadura hasta temas de reiterada contingencia que más allá de su violencia o criminalidad denuncian los disfrazados hilos del poder de grupos económicos, vía corrupción o legalidad sumisa. Merecido, porque nuestro autor les imprime a sus personajes, en voz, conducta y diálogos “el hablar chileno”: pasando desde la connotación clasista hasta la “picardía” del hombre común a la hora de la conquista sentimental o la arrogancia de aquellos que lucen e imponen su cuna dorada, cuando invocan “el orden establecido” y otras añejas conservas afines. Muy necesario, porque Ramón es un hombre que ha revalidado con dignidad y silencio, la sencillez y la humildad del poeta verdadero; del escritor prolijo y documentado; del ser humano solidario, bondadoso de tiempo y actitud con las nuevas generaciones o con sus camaradas de ruta.

Por ejemplo, tengo entre mis reliquias exquisitas algunos números de la revista de poesía La Gota Pura; (creada y dirigida por Ramón) cuyo primer número fue publicado en octubre de 1981, y también, el número uno de otra revista, esta vez de cuentos, El gato sin botas, dirigida por él y Sonia González, publicada desde octubre de 1986. Además, por esos años, Ramón y Diego Muñoz Valenzuela (otro escritor de vasta trayectoria tanto en nuestro país como en el extranjero) fueron actores imprescindibles en la creación del Colectivo de Escritores Jóvenes y al calor de esta organización, se impulsaron múltiples actividades literarias y culturales. Tal vez, la de mayor importancia fue la convocatoria y realización del Primer Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes, si no me equivoco, en agosto de 1982 y por supuesto, en las salas de nuestra querida Sociedad de Escritores de Chile (SECH).

Escuchando una entrevista radial realizada por Cristián Warnken a un par de días de su distinción, constaté con fresca emoción que nuestro amigo no ha cambiado nada en voz y eco su calidad de ser y persistir en el sello de su talento. Es decir, sin abanicarse con la estatura de sus logros literarios o mencionar sus distintos reconocimientos ya sean estos a nivel local o internacional. Por cierto, una trayectoria potente, concreta, admirable, es también en su caso asumida con tranquilidad; reitero… en estilo silente, sin apelar a plumajes de papagayos (tan abundantes en la mediocridad) y tan lejana de esa retórica de sesudo intelectualismo que subyace entre ciertos mapas de la intriga y en el ya tradicional e irreductible ejercicio del chaqueteo.

Saludamos y compartimos el aplauso de muchos amigos que fuimos hermanos de esperanza y lucha contra la tiranía de Pinochet y sus secuaces donde nuestras “armas” eran versos, cuentos, novelas, crónicas, música y consignas; panfletos y rayados; abrazos y miradas en la complicidad militante y en el desfile callejero. Ramón Díaz Eterovic, era uno más en esas calles santiaguinas, uno más en la tarea invisible, tan cotidiana como arriesgada y creo que, esa unidad de coraje y de miedo educado en el terror ejercido por cobardes, nos hizo crecer como árboles sin dueños; nos hizo pensar y repensar que, solo pintando nuestra imaginación y tallando nuestro océano particular, día a día, nuestra juventud sería plena y… casi eterna.

El premio de Ramón, lo confirma.