Concierto Nocturno

La palabra como travesía y asombro

Por Reynaldo Lacámara

En la travesía poética la palabra va transfigurando el tiempo y el espacio, no solo para invocar presencias, sino para convertirlas en compañeras de camino.

De este modo es como la poesía logra descubrir y tocar aquellas fibras adormecidas del ciudadano común y corriente, cuya sombra adorna los atardeceres en tantas ciudades del mundo.

La poesía se convierte en un medio para explorar el vasto espectro de experiencias humanas y para confrontar las incertidumbres que acompañan su condición.

Nada le es ajeno a la mirada del poeta. A través de ella reinaugura las cosas y los seres a partir del asombro, cuando no del espanto. Es así como la voz propia de cada autor se torna compañera de camino para todo transeúnte en cualquier rincón o pliegue donde la humanidad reclama carta de ciudadanía.

Así es como la propuesta poética de Guillermo Pilía asume y canta este desafío:

«en la dársena oscura se duplican el cielo y sus estrellas; así aquello que antes era remoto es ya cercano»

Podemos encontrar en estas páginas de Pilía la búsqueda por la trascendencia, el sentido de la vida y las cosas, el rostro del ser humano encarnado en lo cotidiano y, por sobre todo, la búsqueda intensa de aquello que hace de la experiencia humana algo marcado por la pasión y el asombro.

En estos textos asoman percepciones marcadas y asumidas desde la palabra, como instrumento decodificador de aquello que por su propia naturaleza se manifiesta como inefable. En esta aparente contradicción, propia de toda travesía literaria, la poesía busca imponerse como un espacio de nueva realidad, a partir del cual el lector puede asumir su propia síntesis de lo propuesto.

Estamos frente a poemas, cuya fluidez y versificación, nos permiten experimentar un matiz del «carpe diem» impregnado de humanidad y transparencia. De este modo el verso no solo cumple una función literaria, sino que además provoca una suerte de complicidad vital, entre el texto, su propuesta y el lector.

El espacio fundamental en el cual la poesía cumple su tarea no es otro que la vida misma. Guillermo Pilía lo sabe y esta certeza la plasma en cada una de las páginas de este «Concierto Nocturno», en el cual nos conduce por una galería de imágenes cargadas de matices y sugerencias reconocibles, cada una, en nuestro propio cotidiano marcado tantas veces por la prisa artificial de un entorno que no solo nos consume, sino que además nos ha ido secuestrando el temblor del asombro y la porfía de la belleza.

Lo fundamental, entonces, es dejar que el asombro cumpla su tarea y se convierta en compañero de jornada. Que sea él quien nos conduzca por los laberintos de la imagen, del verbo, de todo aquello realmente significativo. Es decir, de aquella experiencia que pretendemos fijar en el tiempo propio y en el de los demás, a modo de propuesta, pero también de cuestionamiento.

Así es como lo propone Pilía en uno de sus poemas, titulado «La tentación»:

» ¿Será acaso un espejismo sonoro
falsa promesa a una carne envejecida?
Y aun así es tan dulce ese equivoco,
ese asombro en la bitácora que llevo».

Estamos ante una poesía para acompañar el camino de aquellos transeúntes atentos, asombrados e insumisos.

Es precisamente a vivir esa experiencia a lo que nos convoca cada una de estas páginas. El flujo incesante y rítmico, que transita por estos poemas, se nutre no solo de la experiencia vital del autor, sino que por sobre todo apunta a la inauguración de horizontes abismales, pero cautivantes. Hoy más necesarios que nunca.

En cada una de estas páginas el autor nos hace llegar una cuestionadora invitación a sostener y disfrutar, cada día de nuestra vigente travesía, el atrevimiento irrenunciable de estar vivos.

Cataluña, agosto de 2025.