Por Jorge Muñoz Gallardo

I.

La prueba

La voz de dios resonó en el cielo y las nubes se disiparon. Abraham oyó atemorizado la terrible voz que le ordenaba sacrificar a su hijo Isaac como prueba de fe. Cuando la voz desapareció y el silencio volvió a reinar, Abraham regresó a su casa a paso lento, con la cabeza inclinada, su corazón palpitaba con fuerza, y mientras avanzaba sus pensamientos daban vueltas en su cerebro como abejas enloquecidas por el humo. En cuanto llegó a su hogar, llamó a su hijo, lo llevó al establo, lo hizo montar una mula, le dio unas monedas de oro, también le indicó un camino, y se despidió de él con un beso en la frente, al tiempo que le decía: “¡Corre hijo mío, corre!”

El sueño de Jacob

Mientras dormía a la sombra de un árbol Jacob soñó con una escalera que descendía de las alturas y llegaba hasta el suelo. Por esa escala subían y bajaban ángeles gordos, con una cola larga, de alas cortas que batían con gran esfuerzo porque el peso excesivo les impedía moverse con agilidad. Algunos caían al piso rodando como pelotas que se esparcían y evaporaban hasta desaparecer. Otros chillaban y pataleaban colgando de los peldaños. También, unos saltaban sobre su pecho y corrían en sus piernas. A ratos la escalera se balanceaba agitada por el viento y nubes de vapores nitrosos la rodeaban, luego se desvanecían. El árbol vibraba como si una extraña corriente lo envolviera. Cuando Jacob despertó y sorprendido miró a su alrededor, dejó escapar un alarido de espanto, ratones negros subían y bajaban por el tronco donde estaba apoyado. Intentó levantarse, las piernas no le respondieron. Millares de ratones lo cercaban y en sus ojos bordeados por un círculo rojo había un brillo siniestro.

Una sonrisa

Israelitas y filisteos vivían separados por un viejo rencor que enfrentó a dos figuras muy desiguales: David y Goliat. David era un pobre pastor, ignorante, chico y flaco, su única gracia era que tocaba el arpa con mediana habilidad y usaba una honda fabricada por él mismo, una honda que en sus entusiastas palabras poseía características únicas. Por su parte, Goliat era un filisteo gigante, excéntrico, aparentemente invencible, al menos eso creían en su tribu. David no tenía ningún conocimiento de lucha, tampoco le interesaba esa disciplina, puesto que se pasaba el día entre las ovejas, cantando acompañado por su arpa y disparando con la honda a los pájaros que tenían la mala suerte de cruzarse en su camino, y silbando a las chicas que iban a buscar agua al río en cántaros de greda. Goliat se paseaba dando golpes, patadas, empujones, a cuantos se le ponían por delante, incluyendo ovejas y asnos, no tenía rivales, sacaba pecho, eructaba como un camello, resoplaba fuerte, le mostraba los músculos a las mujeres de su tribu que lo tenían por un héroe, y recitaba versos antiguos que le sacaban lágrimas, hábito que desconcertaba a sus admiradores. Pero, el enclenque David había adquirido tanto dominio con su honda que podía derribar un gorrión en pleno vuelo casi sin mirarlo, lo que le había conferido cierto prestigio. Ambos, sin saberlo, se buscaban. Un día el destino los enfrentó, el esmirriado pastor, al que todos daban por muerto, se plantó ante su rival con una descarada confianza y manejando su honda con destreza le acertó en la mitad de la frente con una piedra de contornos afilados, con tanta precisión que Goliat se desplomó inconsciente en la hierba y antes de que se recuperara, David cogió la espada del gigante y le cortó la cabeza. En ese momento ocurrió algo insólito: del cuello sangrante del filisteo salieron millares de duendes provistos de armaduras, espadas y lanzas que atacaron con enorme energía y ferocidad a los asombrados israelitas que huyeron lanzando alaridos de horror.

En la cara de Goliat, que se había vuelto hinchada y verde, había una amplia sonrisa de triunfo.

El Edén

El monje florentino, Artemio Baranzano, que era un marinero de gran experiencia y arrojo viajó durante muchos años por el atlántico en compañía de otros quince monjes buscando hallar el Edén. Enfrentaron tormentas, monstruos marinos, tribus salvajes. Unos tras otros fueron cayendo víctima de tantas peripecias. Hasta que Baranzano, sólo y envejecido, acabó en una isla desconocida donde no había ningún otro ser humano fuera de él. Se alimentaba de raíces, semillas y frutos silvestres. Presa de unas extrañas fiebres que lo mantenían sudoroso y delirante hablaba con los árboles, las flores, los pájaros y los cangrejos que abundaban entre las piedras de la playa; compuso alabanzas, poemas y una curiosísima crónica en la cual sostenía que Adán era un tritón, Eva una sirena, y él la reencarnación de Hermes Trismegistus. Los años pasaron, el monje murió abrazado a un árbol y su cadáver se fue fundiendo con la corteza, luego, cubierto de musgo desapareció.
Mucho tiempo después, sin que nadie sepa cómo, sus escritos, junto con una breve biografía, aparecieron en una biblioteca de Toledo, donde yo los encontré.

Fantasía

Hace mucho tiempo, hubo un hombre que se dedicó a recorrer las calles y senderos de pueblos y aldeas hablando contra los ricos y poderosos, en favor de los débiles y los pobres, de un reino celestial donde los últimos serían los primeros. Tuvo seguidores fieles y enemigos tenaces. Mientras más hablaba, predicaba, más creía en sus palabras, en sí mismo, hasta que asumió su fantasía como una verdad absoluta y se creyó una divinidad. Como su presencia se convirtió en un problema para los intereses vigentes, incluyendo a sus seguidores que también empezaron a ser molestos, terminó en la cruz. Fue en ese momento cuando comprendió su error; pero ya era demasiado tarde.

Adoración

Dicen, ciertas crónicas medievales, seguramente escritas por un blasfemo, que los monjes de una antigua abadía normanda adoraron a un cerdo que se tragó una imagen de Jesucristo.

Exorcismo

El vientre de sor Angélica se hinchó de repente, como el de una embarazada próxima al parto; igual que sus senos, que alcanzaron un tamaño descomunal. Él, que era un experimentado exorcista, aplicó el agua bendita y las reliquias en cada región del cuerpo afectada y la monja reaccionó mostrándole su lengua pequeña y rosada, sus dientes parejos y blancos, en señal de burla, y su voz de contralto profirió una variada gama de insultos y palabrotas que lo hicieron palidecer, luego enrojecer. Desesperado se propuso liberarla de las fuerzas satánicas, ordenando sin éxito a Baalam, el demonio que la poseía, que adorase al Santísimo Sacramento. Estruendosas carcajadas resonaron en el interior del templo y las velas de un candelabro se encendieron creciendo sus lenguas de fuego hasta casi tocar el alto techo de la bóveda. En los bellos ojos verdes de sor Angélica brillaba la lujuria mientras le hacía gestos obscenos. Haciendo caso omiso de sus palabras, sor Angélica salió por una ventana del altillo y subió al tejado con la agilidad de una gata, estaba completamente desnuda, su vientre había recuperado su forma plana y elástica, sus senos volvieron al volumen normal, su cabellera rubia agitada por el viento parecía una llamarada. Él sentía flaquear sus fuerzas y su fe, las dudas lo empezaban a dominar, Dios y el diablo luchaban ferozmente en su interior, sus pensamientos se contradecían, el deseo carnal se iba apoderando de todo su cuerpo y su ánimo, corrió tras la monja quitándose las vestiduras y llegó desnudo junto a ella. Al caer la noche abandonaron el templo para adentrarse en el bosque, iban de la mano. El cielo, que estaba claro y estrellado, se fue oscureciendo, una ráfaga de viento frío sopló de pronto y estremeció la ventana cubierta con una cortinilla delgada y sucia. Entonces se revolvió en el angosto lecho de pino y abrió los ojos, se hallaba en su humilde cuarto, recordó que a las diez de la mañana debía estar en el templo, sor Angélica lo había citado para convidarle unos repollos de su huerto.

Ruego

Un hombre ambicioso y avaro ruega a su Dios que lo convierta en algo análogo a su mayor sueño. Dios lo escucha y se convierte en una jugosa cuenta bancaria que sus hijos despilfarran en poco tiempo.

Salvación

Había decidido suicidarse la noche de san Juan. Pero, siendo ateo se le presentó un conflicto interior, su acción podía interpretarse como un extravagante homenaje al santo, lo que deseaba evitar. Después de una larga reflexión concluyó que debía seguir vivo para eliminar toda sospecha de devoción. Luego arrojó al fuego la cuerda con la cual pensaba colgarse de la rama de una higuera. Entonces le surgió una terrible duda: ¿se había salvado gracias al santo?

Emprendedor

El diablo instaló su oficina en el oscuro sótano de un edificio abandonado. Su sillón era de hierro enmohecido con un par de cojines rojos de tela gastada. Entre sus pertenencias había numerosos braseros, tridentes, cadenas, látigos, tenazas y espátulas. Infinidad de disfraces. También tenía una máquina para imprimir billetes falsos, numerosos timbres y sellos. Un equipo de diez diablillos menores estaba siempre dispuesto a cumplir sus órdenes. Desde que el jefe supremo lo expulsó del cielo se vio obligado a reinventarse. Pero, a pesar de todas sus diabluras le fue mal. Es que no tuvo en cuenta la astucia de los hombres.

Reportaje

La cabeza de Juan Bautista estaba allí, sobre una bandeja circular colocada sobre una mesa metálica con cubierta de mármol. El médico, bajo, obeso y calvo me miraba con sus ojillos grises y maliciosos que no ocultaban el malestar que le provocaba mi presencia. La cabeza, o mejor dicho los ojos, de Juan Bautista también me miraban. Eran unos ojos amarillentos, incrustados en un rostro amoratado que tenía el aspecto de un pez que lleva varios días fuera del agua. La melena negra y grasienta, la barba, todo en él parecía pertenecer a un pez de aquellos que hunden la trompa en el barro marino para alimentarse. Cuando le dije al médico que me llamaba Gloria Ortega y le mostré mi credencial de periodista y le expliqué que trabajaba como reportera para el diario “B” puso una cara como si estuviera tragando detergente para lavar la loza. Me dijo que debía apurarme, que él disponía de poco tiempo, que tenía una partida de póquer dentro de una hora y media. Juan Bautista, no el que aparece en el Nuevo Testamento, ese que bautizaba en las aguas del río, no, ese no. Este era Juan Bautista González Pérez, más conocido en el mundo del hampa como el Banana, un temerario narcotraficante que había sido asesinado y decapitado en un ajuste de cuentas entre bandas rivales. El día anterior había conversado con la madre, me habló de su triste historia marcada por la pobreza, del maltrato que había sufrido durante años, de su permanente abandono y soledad, del alcoholismo de su marido, de la temprana adicción de su hijo a las drogas. Con el padre me fue imposible conversar porque estaba borracho y sólo emitía eructos y expresiones ininteligibles, y cuando empezó a vomitar sobre el perro que estaba echado junto a la silla donde permanecía balanceándose, preferí retirarme. El médico me insistió en que me apurara, que debía abandonar pronto el instituto forense. Abrí mi bolso con deliberada lentitud, saqué la cámara y comencé a fotografiar la cabeza de Juan Bautista, o, si ustedes prefieren, del Banana, haciendo varias tomas desde diversos ángulos. Luego, guardé la cámara, extraje una libreta de notas y un bolígrafo, todo con movimientos muy lentos, como si fuera la discípula de un monje tibetano haciendo una práctica de mind fulnes, y me dediqué a realizar algunas anotaciones totalmente innecesarias para el reportaje del diario, con la única finalidad de molestar al odioso médico que se paseaba a mi alrededor como una hiena que no puede saltar sobre la carroña debido a la presencia cercana de un cazador. Y, podría jurarlo, creo haber percibido, en la cara de Juan Bautista, una leve sonrisa de complicidad con mi actitud.

Dioses

Dicen que si los caballos pudieran pintar, harían a su Dios con forma de caballo. Es precisamente esto lo que ocurrió con Plutarco, el caballo del general Bartolomé García de la Piedra. A sus 85 años el general se mantenía en excelente forma, su gran afición eran los caballos y los libros. Plutarco había escuchado diariamente, durante mucho tiempo las lecturas del general, porque a este le gustaba leer en voz alta; y como las lecturas favoritas del general eran la Biblia y la Divina Comedia, el caballo las conocía tan bien como su amo. Un día, sin que el propio animal se diera cuenta, se halló repitiendo pasajes de la Biblia, y lo hacía con una voz muy parecida a la del general. Cuando Plutarco tuvo clara conciencia de su nuevo don, se cuidó de no ser descubierto.

Una noche clara y estrellada, un caballo encontró, en un rincón del establo unos tarros con pintura y un par de brochas, y se los llevó a Plutarco para que les pintara a su Dios. Plutarco trabajó durante toda la noche y por la madrugada la obra estaba lista, cubriendo toda una pared. Era un formidable caballo de largas crines, parado en las patas traseras, en su cabeza brillaba una corona y bajo sus cascos había soles y astros; a su alrededor, pequeños caballos alados tocaban arpas y trompetas. Cuando los demás caballos lo vieron, adoptaron una actitud de adoración.

Por la mañana ingresó en la cuadra un criado llevando un balde, al ver a los caballos reunidos y la pintura que cubría la pared del fondo, se quedó pasmado. Enseguida salió corriendo a llamar al general. Este aún estaba en bata y pantuflas, pero siguió a su criado que parecía fuera de sí. Al estar delante de la pintura, abrió la boca, mas ningún sonido salió de ella. Después de unos minutos de parálisis, interrogó al criado y el pobre hombre juró no saber quién había hecho tal cosa. Entonces, Plutarco se adelantó y hablando con orgullo, dijo: Yo pinté a nuestro Dios así como ustedes los hombres pintan los suyos a su imagen y semejanza, porque no se les ocurriría hacerlos como un cerdo ¿verdad? Del mismo modo nuestro Dios no puede ser otra cosa que un caballo.

II

El hilo

Las tres parcas estaban sentadas ante un bracero de bronce. El humo crecía abriéndose en anillos blancos que luego se desvanecían en el aire. Cloto movió las brasas con una tenaza de hierro labrado, enseguida sacó el ovillo de hilo que guardaba entre los pliegues de su negro ropaje. El fuego se avivó. Ya estiré el hilo, señaló Láquesis. Entonces lo cortaré, dijo Átropos, y cogiendo su tijera de plata cortó el hilo. En ese instante el doctor Abel Toro se desplomó sobre el suelo de su habitación, no había alcanzado a ponerse los zapatos. Lo hallaron muerto en el suelo.

Felicidad

Creso, rey de Lidia, era un individuo vanidoso y muy rico. Un día de mayo en que el sabio Solón le visitó en su capital, Sardes, Creso le dijo que era el hombre más feliz del mundo. Sonriendo, Solón le contestó que la felicidad de un hombre no se puede asegurar mientras esté vivo. Creso no lo escuchó y se dedicó a conquistar los pueblos vecinos. Luego, se sintió capaz de atacar a los persas y ésta fue su mayor equivocación. El rey Ciro tomó la ciudad de Sardes y condenó a Creso a morir en la hoguera. Cuando iba a ejecutarse la sentencia, el condenado gritó: “¡Solón, tenías razón!” Ciro oyó, lleno de curiosidad, aquellas palabras y preguntó a Creso qué significaban. Éste le contó su conversación con el sabio griego. El rey de los persas guardó silencio, luego dijo: “Sí, Solón tiene razón”. Después ordenó a los guardias que liberaran a Creso y volvió a hablarle: “Busca a ese sabio y dale las gracias por salvar tu vida. Pero, si vuelvo a encontrarte no habrá perdón”.

Suerte

En la isla de Samos, Polícrates impuso su tiranía con la ayuda de dos hermanos suyos, pero luego desterró a uno y mató al otro. A partir de ese momento la suerte del tirano fue enorme. Sorteó con éxito toda clase de peligros y también obtuvo triunfos bélicos. El poeta Anacreonte, protegido de Polícrates, empezó a preocuparse, pensaba que la suerte de aquel hombre era excesiva. Así se lo manifestó cuando ambos paseaban a orillas del mar. Entonces, el tirano, para aplacar la posible ira de los dioses, se quitó un anillo que llevaba en su mano derecha y lo arrojó al agua. Al día siguiente acudió al palacio un pescador que había encontrado el anillo en el vientre de un pez que acababa de sacar en sus redes y se lo dio a Polícrates. Al poeta lo dominó el pánico al ver cuán generosa era la Fortuna con aquel hombre y huyó de la isla. En ese mismo instante Polícrates moría envenenado, retorciéndose entre espantosos dolores, después de haber comido el pez que le llevó el pescador.

Tarde de otoño

Recuerdo que era un día frío, nublado y triste. Me aparté de la chimenea y fui a la ventana, por la calle vi pasar a Pandora, tras ella iban enfermedades, vicios y abusos; al final caminaba, temblorosa y pálida, la esperanza.

III.

El brujo

Dos hombres están sentados en el suelo, uno es bajo y grueso, el otro alto y flaco. Ante ellos, el brujo duerme con la espalda y la cabeza apoyadas en una piedra cubierta de musgo. Una fogata arde y el rostro del brujo se transforma una y otra vez modificado por el humo que serpentea y asciende con lentitud. Hace tiempo que duerme, dice el alto con voz muy suave. Podemos despertarlo, sugiere el más bajo. No lo creo, replica el otro. ¿Por qué? Si lo despertamos podemos desaparecer nosotros, dice el alto mirando a su compañero. Pero… ¿Crees que somos parte de su sueño? Eso le oí decir a mi madre, responde el alto. Yo no lo creo, hagamos la prueba, afirma el otro moviendo un poco el torso. Tengo miedo. Yo lo despierto, y tú te quedas aquí, sentado junto al fuego. No, espera un poco, habla el alto sujetando con una mano el brazo de su amigo. El humo sigue subiendo, a ratos aparece la cara del brujo que adquiere formas variadas entre el humo y las brasas que lo alimentan, y su respiración acompasada golpea rítmica en el hondo silencio de la noche. Lo voy a despertar, repite el bajo moviéndose pese a los ruegos del otro, y sin esperar más se levanta, su sombra se dilata con proporciones monstruosas sobre la tierra, va hacia el brujo y lo remece por el hombro izquierdo. En ese momento el fuego se apaga, el humo los envuelve y desaparecen.

El espejo

Una mujer está sola sentada ante un espejo. No sabe que todos han muerto. Cierra los ojos, enseguida los abre y vuelve a mirarse; el espejo refleja una tumba, en la lápida está escrito su nombre.

Afición

Le gustaba escribir historias de fantasmas, en los cuales, naturalmente, no creía puesto que era un hombre sensato. Gozaba manipulando aquellas criaturas fantásticas a su antojo. A unos los colocaba en un castillo que alzaba sus torreones almenados en las orillas del olvido, a otros en una casa abandonada junto a un lago o apareciendo tras el tronco de un nogal en un camino solitario. Y estos juegos del ingenio le duraron hasta que su abuelo, muerto de un tiro en la frente durante una revuelta campesina, se le plantó delante una noche de invierno, mientras escribía una de sus historias. El viejo se acomodó en una silla, cercana a su escritorio, vestía ropas sucias, arrugadas, con manchas de sangre, en la frente tenía la herida de una bala, y sus ojos vacíos intimidaban. Ya que te gustan tanto los fantasmas, dijo el anciano, quiero que escribas mi propia historia, escucha bien lo que te voy a contar… cuando el viejo terminó de hablar, ya amanecía, y desapareció con los primeros rayos de sol. El autor de fantasmagorías no escribió la historia del abuelo, y abandonó definitivamente su afición literaria.

Incertidumbre

Una mujer está sola en casa, sentada junto al fuego que arde en la chimenea, en la mesa la llama de una vela brilla, y un libro abierto espera. Afuera el viento sopla, a lo lejos un perro aúlla. En el respaldo de la silla se apoya una escopeta, el arma le da tranquilidad. El viento sopla más fuerte y empieza a caer la lluvia. De pronto el fuego se apaga, la llama de la vela también, el libro cae al suelo. Las manos de la mujer buscan en el respaldo. La escopeta no está.

IV.

Cansancio

Llegó a casa rendido, había trabajado demasiado. Se acostó temprano y empezó a roncar en cuanto acomodó la cabeza en la almohada. Soñó que era un ratón; despertó entre las garras de una lechuza.

Gotera

Aquella tarde se acostó temprano, hacía frío y llovía con intensidad. Mientras se iba adormeciendo miraba la gotera que caía con monótono compás en el recipiente que había puesto en el piso para recibir el agua. También miraba el orificio por el que se filtraba la lluvia, abierto en el techo, en una esquina de la habitación, tenía el tamaño de una moneda de cien pesos. Era un orificio circular que empezó a expandir su diámetro de manera progresiva, creciendo a todos lados, carcomiendo la madera, los clavos, las tejas, avanzando al tiempo que destruía el techo, las paredes, puertas y ventanas. Cuando abrió los ojos se halló sentado en el pasto, junto a unas tablas rotas. Ya no llovía. A lo lejos, una bandada de cuervos cruzaba el cielo graznando a baja altura.

Sensatez

Hubo una vez un hombre llamado Gregorio Samsa, que después de una serie de incidentes desafortunados, llegó a la condición de cucaracha. Pero, en este triste estado, le dio por decir que era Kafka, un tal Franz Kafka. Como nadie le creyó, reconoció que era el señor Samsa, como tampoco le creyeron, aceptó que no era más que una cucaracha, lo que vino a ser uno de sus pocos gestos de sensatez.

Fuga

Salí de la casa por la ventana que daba al jardín, nadie percibió mi presencia. La noche era oscura, una lluvia fina y persistente caía. Me deslicé con rapidez hasta detenerme detrás de una tupida mata de hortensias y me quedé observando, una luz se prendió en el interior y un rostro apareció en la ventana por la cual yo había salido, mis músculos se contrajeron, después de unos cuantos segundos la cara se apartó de la ventana, la luz se apagó y todo volvió a la normalidad. Avancé hacia el muro que se levantaba a mi espalda, salté sobre él, de ahí pasé a un tejado y me alejé tranquilo. Ellos se quedaban en la casa, con sus manías y pendencias, claro, los humanos son así. Nosotros, los gatos, somos diferentes.

Bruma

No sabía cómo era que estaba ahí, colgado en un gancho de hierro, en la carnicería de don Pascual. Algunos recuerdos le llegaban de la espesa bruma de su memoria y enseguida desaparecían. Quince años de ejercicio de su profesión le habían valido un bien ganado respeto y aprecio de las buenas gentes del pueblo, y como hábil dentista, hasta le había sacado la muela del juicio al alcalde, que le regaló una pipa de fina madera en agradecimiento. Pero, ahora estaba allí, completamente desnudo, sintiendo, con horror, el chirrido de la sierra que trozaba los muslos y el lomo de cerdos y vacunos, como si fueran un pan de mantequilla. Había intentado gritar, pedir ayuda, sin embargo, de su garganta solo brotaban gruñidos. A ratos pensaba que todo había comenzado con esa extraña pesadilla… Se levantó como siempre, con entusiasmo, pero al salir de la cama rodó por el suelo, y al incorporarse descubrió con asombro que andaba en cuatro patas, y al mirarse en el espejo del ropero comprobó que su apariencia era la de un cerdo. Luego corría por un potrero y unos hombres lo perseguían…. Después lo metían en un cajón y más tarde colgaba en ese gancho infamante… Ahora no sabía si continuaba en la pesadilla o se trataba de una espantosa realidad. Cuando la sierra metálica comenzó a trozarle el redondo cogote y dejó escapar un alarido indescriptible, supo que era verdad, pero su conocimiento duró menos de un segundo; su cabeza enrojecida por la sangre, había caído en el interior de un balde.

V.

Venganza

La duquesa y su amante entran en un callejón estrecho, ella lo guía. Llegan a un sector cubierto de baldosas viejas y rotas, hay unas sillas dispuestas en hilera. La duquesa le indica una silla y luego se sienta a su lado. Es de noche, una luna redonda, blanca como un plato de loza, brilla. A ratos pisadas, voces apagadas, de nuevo el silencio. Una puerta se abre, alguien avanza hacia la calle. Cuando le toca a ella, su amante se levanta, y mientras espera, da unos cuantos pasos, de un lado a otro, y se burla en voz alta de las supersticiones femeninas. Un cuarto de hora después, la puerta se abre, la duquesa sale, lo toma del brazo y caminan hacia la calle. Cuando están afuera, ella le dice que la adivina escuchó todas sus burlas. Él sonríe. Caminan en silencio, la noche es clara pero fría. Cuando llegan a un lugar donde un carruaje espera, se detienen ante la puerta, ella lo mira a los ojos y luego dice: “Ya sé que no te importa, igual te lo voy a contar, la adivina me anunció tu muerte”. Él vuelve a sonreír. Se despiden con un beso, los cascos de los caballos resuenan y el carruaje avanza, en la distancia un perro aúlla. Él se dirige a su carruaje que no lejos de allí espera. Antes de subir mira hacia atrás, una sombra salta y un puñal se clava en su cuello. La duquesa suspira, sus grandes ojos húmedos contemplan las estrellas; seguramente, el sicario que ha contratado (un sobrino de la adivina) ya perpetró el crimen. De ella ningún amante se ríe.

Para Elisa

Sentado ante el piano, Beethoven improvisa las primeras notas de una nueva obra. A poca distancia de él, sobre una butaca forrada en terciopelo verde, Elisa permanece inmóvil: el cabello abundante y castaño cae sobre sus frágiles hombros, brillantes los ojos, inclinada la cabeza, con una sonrisa de éxtasis curvando suavemente sus labios. La tarde se rompe en hebras de oro y esa luz postrera que llena la habitación le da a su estática figura el aspecto de una virgen renacentista.
La melodía juguetona y ágil avanza, crece, vibran los tonos medios, las notas agudas y el ronco temblor de graves acordes. Y mientras en la imaginación del artista los almendrados ojos y la dulce sonrisa de la muchacha se encadenan a los largos períodos de las apasionadas oraciones musicales, ella piensa en el duque de R: su amante.

Pushkin

De soltero Alexander Pushkin visitaba la corte con frecuencia, pero sin entusiasmo. Convertido en flamante esposo, las reuniones palaciegas, llenas de conversaciones vacías, frivolidad y lujo, aumentaron igual que sus inquietudes; y aunque a Natalia, su bella mujer, le encantaba esa vida superficial, él se desgastaba e irritaba cada vez más. Fue en una de esas reuniones donde Natalia conoció a Georges de Anthés. El nuevo integrante de las veladas nocturnas de la nobleza era alto, apuesto, refinado, y pronto se ganó la coqueta admiración de las damas y la amistad de los varones más influyentes. Oyó la música, abrió otra vez los ojos y se quedó como hipnotizado mirando el humo que seguía los movimientos del adagio de Alvinoni y poco a poco dibujaba una forma. Un rostro de mujer surgió del humo, era la hermana de Natalia que lo observaba con semblante triste mientras decía: “Georges disparó antes de los seis pasos… Fue un asesinato preparado por los agentes del zar…” Se revolvió en el sillón hasta despejarse y miró a su alrededor, todo estaba igual, la música seguía sonando con su melodía dulce y envolvente. Le dio otra chupada a la pipa y recordó que Kathia, la desdichada hermana de Natalia, se había casado con el oficial francés poco tiempo antes del duelo donde murió el poeta. Dejó el libro con la biografía de Pushkin en la mesita y se quedó pensando.

VI.

La espada en la piedra

La espada Excalibur estaba clavada en una piedra de la cual debía sacarla quien sería el rey de Inglaterra. Sin embargo, no era llegar y darle un tirón para quedar con Excalibur en la mano, inflando el pecho y poniendo cara de “Su Majestad”. Muchos lo intentaron y se quedaron con la tremenda frustración. Merlín, que se divertía con los sucesos que lo rodeaban, sonreía ante el cúmulo de cretinos ambiciosos que llegaban hasta la piedra a sudar haciendo fuerza. Fue Arturo quien la sacó como si se tratara de un cuchillo clavado en la mantequilla. Los que se quedaron con las ganas y la ambición atravesadas en el gaznate, se convirtieron de inmediato en conspiradores.

Olvido

El Caballero del Alba que había rendido su corazón a la bella Olga, para ser digno de merecerla, partió en busca de aventuras. Transcurridos diez años el valeroso caballero regresó a su tierra, iba sucio, flaco y malherido, pero feliz. Mas, una triste realidad lo aguardaba, la bella Olga no estaba dispuesta a perder su juventud y se había casado, otro caballero, menos valeroso ocupaba su lugar, la bella dama había engordado, media docena de chiquillos alegres y ruidosos saltaban a su alrededor. Destrozado por la amargura, el Caballero del Alba se marchó allende los montes para hacer penitencia y vivir a solas su desgracia. Se levantaba antes que los pájaros, rezaba arrodillado delante de una gruta. Se alimentaba sólo de avellanas, nueces y nabos. La barba le caía hasta las rodillas, se le había alargado la nariz, se le achicaron los ojos y le crecieron las orejas. Una tarde, mientras estaba sentado en una piedra, mordisqueando un nabo, sintió que se estremecía con violencia, y todo el dolor que llevaba dentro se convirtió en una furia terrible contra el mundo. Se levantó de un salto, cogió yelmo, adarga y lanza, trepó a su jamelgo y partió en busca de un dragón deseoso de medir sus fuerzas. Estaba decidido a vencer o morir. Si la Señora de los cielos lo amparaba y le permitía salir airoso del lance, buscaría un reino lejano para poner su espada al servicio del monarca, haciendo famoso su nombre en el mundo entero. Sin embargo, no alcanzó a correr mucho camino porque vencido por la anemia y una agresiva neumonía, cayó muerto al pie de un peral. Insectos, cuervos y ratas dieron cuenta de su cadáver; y nunca, jamás, alguien recordó su nombre.

Acción reprochable

Un príncipe oriental compró un hermoso perro afgano y le cortó la cola. La gente condenó este proceder y empezó a criticarlo. Sus amigos le reprocharon aquella acción, diciéndole que no tenía necesidad de exponer su prestigio por un motivo tan insignificante. El príncipe contestó riendo: eso es lo que deseo, que se ocupen del perro y se olviden de mí. Pero, si tanto les molesta, puedo hacerlo al revés, cortarle el perro a la cola.

Enfermedad

El rey estaba enfermo. Temiendo que el mal terminara con su vida, mandó a llamar a sus tres hechiceros. Cada uno de ellos recomendó un remedio distinto. No sabiendo a cuál creer, el rey decidió no probar ninguno y entregarse a al destino. Los hechiceros le aseguraron que sin remedios moriría. El rey no murió y al cabo de seis días estaba en pie y de buen talante. Pero los tres hechiceros murieron…, ahorcados.

Traje nuevo

Dicen que el emperador estaba desnudo. Sí eso dicen, que marchaba desnudo por el medio de la calle, con la corona brillando en su cabeza erguida. Iba desnudo con una sonrisa confiada, el vientre abultado y las piernas flacas. Eso dijeron mucho tiempo después, que tenía las piernas flacas. Lo seguían los nobles, lo escoltaban soldados de andar marcial. Una banda de músicos tocaba himnos, en lo alto el sol dejaba caer sus fulgores dorados. Era un ambiente de fiesta. Pero él iba desnudo, todos lo aclamaban. El pueblo, apostado en las veredas lo veía pasar, todos veían que estaba desnudo y comentaban la hermosura de su traje, el traje nuevo del emperador. Si yo hubiera estado allí me habría echado a reír o, tal vez, habría gritado que iba desnudo, que el espectáculo era ridículo, que el emperador había perdido el juicio o cualquier otra cosa parecida. Pero lo aclamaban y hablaban de la belleza del traje. Seguro que el emperador se había vuelto loco o los locos eran quienes lo rodeaban. La locura puede ser contagiosa, el miedo también. Por un acto de abuso no estuve ahí. Mis padres y mis hermanas fueron a ver el paso del emperador. Y todo por un traje que no llevaba. Pero yo no estuve ahí. Habían dicho que la tela del traje, traída de lejanas tierras orientales era tan delicada, tan fina, que resultaba invisible a las miradas vulgares y a los ojos de los necios. Unos días antes de que el emperador saliera a lucir su traje nuevo, yo sostuve en una plaza llena de gente que eso era un disparate, que los vulgares y los necios podían ver cualquier tela, aunque sus apreciaciones del color, la textura y la calidad no fueran las más acertadas. Unos guardias que me oyeron hablar exigieron que me retractara, lo que no hice, entonces me detuvieron y me arrojaron al calabozo donde todavía estoy COMPARTIENDO LA CELDA CON UN TAL Christian Andersen. Por eso no estuve ahí, cuando el emperador paseó desnudo por la calle.

Abandono

La bella Blanca Nieves estuvo unos cuantos meses con los siete enanos, pero, como es natural en un espíritu joven y lleno de energía, no pudo soportar el aburrimiento de una vida tan monótona y abandonó a sus protectores para trasladarse a la ciudad anhelando acontecimientos que hicieran vibrar su corazón, pensando, tal vez, en el príncipe azul, pero no ya como una fantasía sino como una realidad bien concreta. En esa búsqueda azarosa fue rodando de una experiencia a otra, de un fracaso a otro, hasta terminar bailando desnuda en un burdel de pueblo costero, aplaudida y deseada por marineros borrachos, que le gritaban toda clase de obscenidades mientras la muchacha se quitaba la ropa y se movía al compás de los tambores. Por su parte, los enanos, presa de una enorme desilusión, por haber perdido a su musa inspiradora, abandonaron la mina de oro y su casa en el monte para bajar al pueblo; recorrieron ciudades, reinos y aldeas, y terminaron trabajando en una compañía de teatro itinerante.

Alicia

Que lindo pelo lleva, que lindo pelo tiene. Alicia estaba de pie ante el espejo con marco de concha colgado en una pared del salón. Se alisaba el abundante cabello dorado con su peine de cristal y de pronto sintió la necesidad de abrir la boca. Era un cosquilleo en los dientes, la lengua y el paladar. Una sensación cada vez más intensa que no podía resistir. Despegó los labios y de su boca salieron puñados de hormigas negras que ocuparon la superficie del espejo, corrieron por las paredes, cubrieron el techo y el piso formando una capa espesa de insectos en movimiento. El asombro inicial que la dominaba se convirtió en miedo, el miedo en terror. Un grito agudo brotó de su garganta y despertó. Con los ojos desmesuradamente abiertos, Alicia miró su habitación: por el techo, las paredes, el cubrecama, avanzaban las hormigas.

Juegos de niños

“Juguemos en el bosque mientras el lobo no está. ¿Lobo estás?” Así, los corderitos preguntaban y el lobo contestaba. Por supuesto, como era un juego, los corderitos eran niños y el lobo otro niño que se esforzaba por colocar una voz ronca, amenazante. Una brisa tibia soplaba, los árboles del parque abrían sus ramas cubiertas de hojas verdes, amarillas y doradas por las pinceladas del sol que poco a poco se iba retirando. Cuando una niñita, que se había escondido tras un espeso arbusto, grito “¡lobo feo!”, no se oyó ningún ruido. El silencio se tornó pesado; una sombra negra apareció entre los árboles, era un lobo de ojos crueles, sus colmillos blancos y agudos brillaban, de sus fauces entreabiertas caía una baba amarillenta.

Calcetín

Pulgarcito asoma por el hueco de un calcetín, es un calcetín inmenso, es el calcetín de un gigante. El gigante duerme tendido en el suelo y ronca, y Pulgarcito cree que sus ronquidos son truenos. Después de mirar a todos lados, Pulgarcito sale del calcetín y camina alrededor de los pies del gigante, son unos pies enormes. ¿Qué pasaría si el gigante despertara? Pero el gigante no puede despertar porque el que duerme es Pulgarcito, y el gigante es parte de su sueño, y él sabe muy bien que cuando despierte habrá desaparecido el gigante. Pulgarcito despierta y el gigante ya no está, pero en el suelo descubre el calcetín inmenso, con un hueco en la punta, el mismo hueco por donde se asomó cuando dormía y soñaba.

Fábula

La zorra: Oh tú, ilustre cuervo… El más ilustre en el reino de las aves. El cuervo: Permanece en silencio, parado en la rama, sosteniendo un pedazo de queso en el pico. La zorra: Tu plumaje brilla como el metal recién pulido. El cuervo: continúa en silencio, mirando con ojos burlones. La zorra: Tu voz es la más notable y no tiene igual entre las aves. El cuervo: silencioso, como si las palabras no lo tocaran. La zorra: ¡¿Por qué mierda no abres el pico y sueltas el queso?! ¡Es precisamente eso lo que ocurre en la fábula! El cuervo: Comienza a tragar el queso. La zorra: Se lanza de cabeza contra el tronco del árbol y cae inerte al suelo. El cuervo: ¡El queso estaba delicioso! Enseguida extiende las alas y emprende el vuelo.

Complicidad

Caperucita sale de la cabaña de la abuela, a su lado camina el joven cazador. Van de la mano, se miran y sonríen. La brisa susurra entre las hojas de los árboles, los pájaros cantan, las flores pintan el bosque de variados colores. En la cabaña quedan dos cadáveres: la abuela y el lobo.

El loro

Flaubert tuvo un loro, no era un loro gracioso y parlanchín, era un loro más bien feo. Como si eso fuera poco estaba disecado. En cierta ocasión, Flaubert pensó que su loro podía servir como figura para el Espíritu Santo en una de sus obras, en esa condición lo incluyó en su cuento “Un corazón sencillo”. Las palomas blancas nunca lo perdonaron.

VII.

Don de mando

Don de mando

El coronel Crispín Argensola de la Cañada y Valle, medía, con las botas puestas y el casco brillando sobre su cabeza rapada, un metro con cincuenta centímetros, y pesaba cuarenta y nueve kilos. Pero, su voz podía romper los cristales de un ventanal. Quienes debían obedecerle temblaban como una hoja azotada por la tempestad cuando él les daba una orden. Es que el coronel Crispín Argensola de la Cañada y Valle poseía esa fuerza interior que se irradia hacia el exterior como un relámpago, esa fuerza que sólo unos pocos elegidos de los dioses pueden exhibir, esa misma fuerza que permitió al infatigable corzo decir: “Usted es más alto, pero yo soy más grande”. Y fue, precisamente, esa frase la que causó la desgracia del coronel. El suceso ocurrió una soleada mañana de septiembre, cuando el coronel Crispín Argensola de la Cañada y Valle cruzaba el jardín para ir a las caballerizas en busca de Napoleón, su caballo favorito. En el camino se encontró con el nuevo jardinero, un bruto alto y fornido como un cíclope, que se quedó parado frente al coronel, mirándolo con sus ojillos interrogantes. El coronel estaba de buen humor y jugaba con la fusta que llevaba en la diestra. Después de echar un rápido vistazo al gigantón, lo saludó indicándole que se apartara. El sujeto permaneció inmóvil, como una piedra. El coronel repitió: “¡Hágase a un lado!” Enseguida, con un fulgor homicida en la mirada, agregó, subiendo la voz: “¡Usted es más alto, pero yo soy más grande!” Ese fue el instante en que el cíclope cogió la pala y descargó un certero golpe en el cráneo del coronel que se desplomó muerto.

Después se supo que el nuevo jardinero era sordo.

Oratoria

Hablaba tanto y tan rápido que se murió ahogado en sus propias palabras. Los médicos dijeron que fue un agudo ataque de asma, pero en el pueblo nadie lo cree, todos dicen que murió asfixiado por sus palabras. Unos afirman que le cayó encima un pesado sustantivo, Otros sostienen que fue un afilado adjetivo. La señora María, que lo conocía desde niño, asegura que una verdadera tormenta de palabras le salió de la boca y le arrebató la vida que le quedaba. Esta versión es la más aceptada por los vecinos porque lo hallaron tirado en el suelo con la boca abierta y los ojos cerrados. La señora María agrega otros datos al contar que de chico soñaba con ser un político famoso por sus discursos en el foro, que se paseaba alrededor de la mesa del comedor leyendo en voz alta. Hasta su madre, una viuda bondadosa, le rogaba que hiciera un alto para descansar y respirar, que la pobre mujer vivía angustiada pensando que su único hijo varón podía morir por exceso de palabras. Y el temor de la madre se cumplió según juran todos quienes se relacionaron con el difunto. Como si todo lo anterior fuera poco, la misma señora María, con los ojos velados por las lágrimas, mostró a los atribulados vecinos, un rollo de papeles que contenía un discurso de 37 páginas, preparado por el muerto, discurso que pensaba leer ante la comunidad para pedir apoyo y lanzar su candidatura a una diputación. Que lindo habría sido tener un diputado que defendiera los intereses de este pueblo tan abandonado por las autoridades centrales, repetían con nostalgia algunos vecinos. Pero, la esperanza local había caído aniquilada bajo el peso de su propia oratoria, por supuesto, los médicos no podían comprenderlo, por el contrario, ellos, los vecinos, lo sabían muy bien. La señora maría lo había probado con sus palabras y ese discurso póstumo. Recordaban su cara en la urna, lucía impecable, que bien lo había acomodado la señora María, lo único incómodo era que no pudieron cerrarle la boca al cadáver. Los más viejos se conformaban diciendo que sin no había podido mostrar sus grandes dotes oratorias aquí en este mundo, podría hacerlo allá en el cielo, en presencia de los ángeles, y tal vez, delante del mismo Dios.

Viernes

Como todo auténtico bohemio, el Loro Ortúzar, ex funcionario de la Dirección de Crédito Prendario, soñaba con levantarle un monumento al viernes. Al principio sólo fue una idea, pero, con el correr del tiempo, fue ganando fuerza. Había comentado su proyecto con algunos amigos, en un bar donde se reunían a jugar dominó, alrededor de unas botellas de tinto, mas a nadie le dijo que ya tenía hecho los bocetos, que había comprado la piedra y las herramientas, que ese mismo fin de semana iniciaba la obra en el patio de su casa. Durante un año trabajó, de la mañana a la noche, sacando piedra a la piedra y chispas con el cincel, dándole forma a su sueño. Cuando estuvo terminado sonrió satisfecho: era un ángel con las alas caídas, el torso levemente inclinado, que sostenía en su mano izquierda una copa, las piernas estaban un tanto separadas, como si le costara caminar y emprender el vuelo. Después de un largo rato, en que permaneció inmóvil contemplando su obra, entró en la casa, destapó una botella de vino y se echó un par de tragos, al tiempo que decía: “¡A tu salud, Viernes!” Enseguida se dejó caer en un sillón de mimbre, suspiró hondo pensando en la cara que pondrían sus amigos al ver la estatua. Sin embargo, no pudo quedarse mucho tiempo sentado, se incorporó y salió otra vez al patio para observar al ángel, al que había dado por nombre el correspondiente al quinto día de la semana. Le pareció notar algo que antes no había observado, las alas estaban un poco más levantadas, las piernas más separadas. Se rascó la cabeza, caminó alrededor de la estatua mirando con atención y sin comprender regresó a la casa, donde siguió bebiendo hasta vaciar la botella. Luego sacó un pañuelo, se limpió la nariz y volvió al patio, justo en el instante en que el ángel agitaba las alas y empezaba a elevarse.

VIII.

Brindis

Adam Smith y Carlos Marx se encuentran en una pequeña cervecería londinense, una fría tarde invernal. Ocupan una mesita junto a la ventana, comparten una jarra de cerveza caliente. Smith brinda por la “mano invisible”, Marx por la “dictadura del proletariado”. Terminada la jarra de cerveza bien conversada, abandonan el local, cogidos del brazo, cantando una vieja tonadilla escocesa.

La carta

En una carta que usted, doctor Freud, envió a Estefan Zweig, y apareció en una revista especializada, pretende establecer una insólita relación. Aunque no lo afirma de manera taxativa, sugiere la existencia de un componente anal en el “don de la música”. No le parece extraño a usted establecer un vínculo entre las ventosidades alojadas en las cavernas del vientre y la más universal de las artes. Con ese propósito, alude a la figura de Mozart y su supuesta afición a los pedos, que le era conocida sin saber cómo, según usted confiesa. Por lo anterior, hemos de conjeturar que también, doctor Freud, lo inspiran las musas. Sostener, sobre la base de aquella inspiración, que Mozart gustaba de los pedos, produciéndolos a voluntad, con fines rítmicos o, talvez, buscando armonías más elementales, o simplemente, como dice usted mismo, para manifestar su interés por el mundo de los sonidos que tendría, en las explosiones intestinales, una singular motivación para quienes están dotados de talento musical, no es algo muy coherente. Siguiendo sus curiosas ideas podríamos, entonces, imaginar al genial creador de tantas sonatas, tríos y cuartetos para cuerdas, sinfonías y conciertos, con los intestinos en una actividad perpetua. Si aplicáramos la teoría del componente anal en la música a otros autores, por ejemplo, a Wagner, podríamos llegar a resultados sorprendentes. Por fortuna, todo aquello no es más que, en mi opinión, un intento exagerado de psicoanálisis intestinal, carente de fundamento.

Lo saluda, cordialmente: N. K. L., director de orquesta.

A la hora del té

Aquel sábado tan caluroso de marzo nos reunimos en casa de mi prima Cecilia. Éramos cuatro: mi prima, su marido Ernesto, Gladys y yo. Cecilia y Ernesto como siempre preocupados de la etiqueta y las apariencias. Hasta el canario que estaba en el interior de una jaula colocada sobre una mesita de madera barnizada cubierta con un paño rojo se había contagiado con la actitud de los dueños de casa. Gladys, una amiga de mi prima, que acababa de llegar del sur en un viaje muy breve, era espontánea, graciosa, habladora. En cuanto a mí, puedo decir que soy ajeno a la etiqueta y las normas de cortesía cuando se extienden demasiado, pero disfruto con la buena mesa. Como es habitual, primero estuvimos en el living charlando de todo un poco, algunas bromas, risas, entre Gladys y yo, supervisados por una mirada de tácita reprobación por parte de Ernesto que mantenía una actitud un tanto ceremonial, y la fingida indiferencia de Cecilia. Luego pasamos al comedor donde nos instalamos alrededor de una mesa bien servida con alimentos dulces y salados. Yo, que prefiero lo salado combiné la conversación con un calculado ataque al queso, la palta, los pepinos agridulces, las papas fritas con sabor a orégano, además de otras cosas llamativas para el olfato y el gusto. Cuando ya no quedaba más queso cometí la imprudencia de preguntarle a Cecilia si podía traer otro poco. Entonces escuché un grito estridente y doloroso, diciendo: “¡Se acabó!” era Ernesto, estaba pálido, sus ojos brillaban enrojecidos, sus manos abiertas sobre la mesa temblaban. Lo observé asombrado, daba la impresión que iba a perder el sentido en cualquier momento. Confieso que tuve ganas de reír, apretando los dientes volví la mirada hacia Gladys que me contemplaba con una sonrisa de maquiavélica solidaridad.

Lo más insólito fue que el canario estiró el cogote, abrió el pico y empezó a cantar.

Pigmeos

El padre de Marquito entró sonriendo en la habitación de su hijo, bajo el brazo llevaba un libro. Intentó hablarle con voz suave, conciliadora. Pero, Marquito siguió concentrado en la pantalla del computador, destrozando soldados, mutilando brazos y piernas, en una batalla virtual cruenta, despiadada. El padre se aproximó unos pasos, le tocó el hombro, le mostró el libro. Marquito respondió con una fría indiferencia.
-Hijo, quiero hablarte de los pigmeos…
Marquito no abandonó su postura rígida delante del computador, un tanto inclinada hacia el teclado, pero con los ojos fijos en la pantalla. De los parlantes salían alaridos, disparos y otros ruidos catastróficos.
El padre repitió sus palabras, ahora con un extraño temblor en la voz. El niño no respondió. Entonces, una súbita transformación tuvo lugar en el padre, lanzó el libro al suelo, se precipitó sobre el computador, arrancó de un tirón los parlantes, golpeó la pantalla y lanzó la torre contra la pared. En unos pocos minutos el aparato estaba hecho pedazos y Marquito llorando. Mientras la madre calmaba al niño, el padre salió de la casa dando un portazo. Necesitaba caminar para desahogar toda su frustración. Había escuchado a un psiquiatra entrevistado en un programa radial, decir que era bueno caminar unas veinte cuadras diarias para serenar el ánimo. Cuando llegó a una pequeña plazuela, que por fortuna, estaba completamente solitaria, se dejó caer en una de las bancas. Luego, hablando para sí mismo, dijo: “Yo sólo quería hablarle de los pigmeos, decirle que los antropólogos han estudiado a esos hombrecitos y han descubierto con asombro que en su vocabulario no existe la palabra felicidad. No existe porque no la necesitan, porque ya la tienen, porque son felices, eso era todo”.

FIN