Por Miguel Vera

Escribir con referencia a la ciencia y/o a la tecnología con la intención de formular una narrativa de ciencia ficción, ya resultaba difícil en los tiempos de Verne y es, sobre todo hoy, cuando a diario nos sorprendemos (o ya no), con las “maravillas” que nadie sabe a dónde nos llevan, y al parecer, a nadie le importa mucho.

Pues, ese es el tema que trata este libro; como señala el subtítulo, de ciencia y minificción.

Actualmente, todas las personas están informadas y al día en distintos niveles, porque hay abundantes fuentes y participación (Internet, celulares poderosos, etc.); pero Diego Muñoz es un escritor que “cumple los requisitos” para escribir en torno a estas áreas. No hablemos de ciencia ficción solamente, sino abordar el género fantástico con amplia formación profesional, tanto en lo científico como lo tecnológico. Él es ingeniero civil químico y tiene un máster en inteligencia artificial.

El microrrelato, muy bien definido en el prólogo de este libro, es el terreno donde el autor despliega su ingenio, su conocimiento y su sabiduría acerca de lo humano.

Muñoz no es un “aparecido” en estas lides: dos docenas de libros, con profusión de cuentos, microcuentos y novelas, nos indica su “destreza y maestría literaria”, como dice Dina Grijalva, destacada escritora y humanista mexicana, quien ha prologado este pequeño libro, con menos de cien páginas.

La literatura, expresada inicialmente como una página en blanco original, libre para contener universos, es abordada por Diego Muñoz con rigor; sus microcuentos tienen orden, pertenecen a categorías y subcategorías concretas, es decir, no son expresiones dispersas y ante todo esto, el lector puede armar un todo sumando el contenido.

Respecto a la escritura del autor, diremos que él baraja ideas y conceptos, magia y fantasía, ciencia y tecnología de forma solvente y clara.

No es usual hacer una particular mención al prólogo en un comentario de libro, pero en este caso, Dina Grijalva hace una excelente aproximación y enmarca al autor de una manera notable; hace una preparación a su lectura, abre una puerta de entrada al mundo mágico -no menos real por eso-, que nos plantea este experimentado autor.

De un libro de cuentos como este, es muy probable que el lector logre retener al menos uno de ellos, que en el tiempo se va a ir desfigurando, transformando, pero que va a generar una píldora conceptual que apuntalará la estructura de nuevas ideas en su cabeza. Tal podría ser “Existencia virtual”, microcuento que con 2,5 líneas no presenta solo una construcción ingeniosa, sino una cuestión de gran calibre:

“Se buscó en el Google. No encontró nada. Sus manos comenzaron a evaporarse sobre el teclado. Pronto desapareció por completo”.

El planteo se hace sin el aporte de ideas extra y es un razonamiento complejo hoy en día: si una persona no tiene like en Facebook o abundantes WhatsApp y correos en su día a día (entre otras redes sociales), su autoestima podría afectarse al no ser suficientemente atractivo(a), impactante o deslumbrante como miembro de una comunidad virtual como propone el cuento; se diluye en una nada ante la falta de referencias a sí mismo. Quizá un símil sea no haber sido invitado a una recepción o a una fiesta tiempos atrás, algo terrible si se quiere destacar, conectar. Se trata de un yo proyectado cien por ciento afuera de sí y no como dice la lógica, adentro de uno mismo (Yo).

Otro ejemplo lo constituye “Donde Dios 2”, a continuación del anterior. El protagonista se va expandiendo en conciencia hasta el origen del universo y no encuentra a Dios (…no hallé nada). El mensaje es muy claro y a la vez, invita a profundizar en el concepto de lo divino; la paleta de razonamientos que propone Muñoz es clara.

Para los conocedores del trabajo de este prolífico autor se podría decir que, en este breve libro, ha alcanzado un grado de gran profundidad, expresado en la síntesis máxima tal como en los ejemplos citados. Los pequeños cuentos no son mecanismos, no pretenden serlo; encierran conocimiento, ese conocimiento importante que se instala en los cerebros de algunos seres humanos desde el principio de la filosofía que la constituye.

En el libro hay ochenta y cuatro cuentos, varios no tienen más de una línea y el lector podrá encontrar desafíos en todos ellos, con humor matizado oportunamente. Puede parecer que el autor puso la vara alta para la comprensión de sus textos y que el uso de términos técnicos y científicos requieren una dosis de experiencia previa para comprenderlos, pero no es así: basta leerlos. Pero, en algunos casos, conviene hacerlo un par de veces, siguiendo la simple regla implícita que dice: a mayor brevedad literaria, más hay que masticar.

Muñoz juega con las escalas del espacio en “Teísmo 1” o con el tiempo en “El tiempo de los dioses”; nos lleva a cuestionar las definiciones clásicas de las dimensiones, la velocidad, la geometría, haciéndonos reflexionar más allá de la lógica, aunque no tan ilógica: él se basa en ciencia física y matemática, pero sin abrumar con la terminología.

“…cayó fulminado de amor ante una esfera. Le pareció perfecta, completa, interminable”. Es -tal vez- muy poco probable que el autor pudiera escribir con este estilo en su etapa temprana.

El libro no parece presentar batalla a simple vista, al menos, no más que unas pocas horas de lectura en una tarde. Contra la intuición del lector promedio, este será todo un viaje (quién sabe si largo), abriéndose a posibilidades que la imaginación del autor nos propone: mundos nuevos, sorpresas intelectuales que nos dirigen hacia la reflexión profunda; hay trampolines y resortes, camas elásticas y columpios para jugar, junto a distorsiones del espacio-tiempo y portales dimensionales, que nos invitan a participar con un ¿por qué no?

¿A quién va dirigido este libro? Es una mala pregunta; todo libro es una sorpresa, pero aun cuando Diego Muñoz emplea términos propios de la ciencia, bastará una mente curiosa, para encontrar el deleite de leer una obra “inteligente”, bien escrita. La maestría en el género se nota en cuentos tal como “Traje autónomo”, donde sugiere (a lo mejor), la dicotomía del cuerpo y el habitante de este, el “ser”. Eso sin arrogancia, en términos simples. Podría leerse así, ontológicamente o solo leerlo y se disfruta igual.

El autor vaticina en general, un futuro más bien sombrío. Ejemplo de ello son los cuentos “Apocalipsis now” y “El sobreviviente”. Sin embargo, la belleza está presente en cuentos tales como “Relatividad” o el cuestionamiento planteado, por ejemplo, en el apartado “Ateísmo” número 3: “Yo no sería ateo si Dios existiera. Esa es mi prueba”.

En muchos cuentos, el autor se escapa del narrador en primera persona humano y se expone una visión, una perspectiva no definida o a veces, a una escala de vida que lo trasciende y traspasa todo.

En la sección de “Relatividad”, señala … “a veces es preferible la ignorancia”, lo cual es bastante cierto en el mundo contemporáneo: hay demasiada información, abrumadora y cegadora. Las secciones tienen micro concatenadores y se disfrutan los cuentos de manera individual y también en el conjunto, solo si el lector ha estado atento a los cambios.

Un aspecto no mencionado antes es la ironía que subyace en algunos cuentos, tal como en el siguiente. Si se lee entre líneas -pues ni siquiera lo sugiere-, podríamos coincidir en que estamos ante el advenimiento de un nuevo ‘Orden Mundial’ con la caída del imperio norteamericano que, aunque patalea y se sacude, no puede evitar que el bloque BRICS vaya tomando su lugar, tal vez con esperanzas de un mejor futuro, de entendimiento y paz, basado en las buenas comunicaciones, sin que interceda la fuerza brutal como mecanismo normal de la diplomacia del más fuerte. Pero, más allá de esta posible lectura, se vislumbran los ciclos repetitivos de la historia, no solo lo contingente, que es de paso.

Arenarum

“Arenarum no es un mundo, sino dos, intensamente imbricados. En esto no se parece a los demás cosmos que hemos estudiado. Tiene la forma de un reloj de arena: arriba hay un mundo que desaparece, abajo uno que emerge. Después procede el turno del decaimiento para uno y el apogeo gradual del otro. El orbe superior se hunde devorado por las exigencias desmedidas del inferior, cuyos rascacielos comienzan a alzarse hacia el tubo comunicante. En el vaso de arriba, un bosque y un castillo son devorados por un vórtice hambriento e insaciable. No hay final para esta historia pulsante y eterna, cuyo auténtico significado es inaccesible, o no existe, que viene a ser lo mismo”. (pág. 58)

En síntesis, leer este libro es importante porque es diferente dentro de su género: es “atrevido” en cuanto a transgredir lo que entendemos por normal, es entretenido por la cantidad de escenarios que plantea como posibles, es ingenioso por las formas en mostrar lo humano de tan diversas maneras.

Autor: Diego Muñoz Valenzuela.
Editorial: La Tinta del Silencio. Ciudad de México, 2023.
Colección: La Nave Insólita de narrativas breves, 96 páginas