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Ciclo Literatura e Historia: Ciudad y literatura

Por Josefina Muñoz Valenzuela

Nona Fernández, destacada escritora y actriz; Cristián Cisternas, académico de la U. de Chile, y Luciano Ojeda, del mundo de la historia, pero centrado en la ciudad y el patrimonio, dieron vida a este tercer encuentro del ciclo, que aportó una mirada reveladora de la importancia de las ciudades en la vida humana.

Nona Fernández, santiaguina, señaló que, mirando retrospectivamente su escritura, su obra se desarrolla en estrecha relación con la ciudad, en una relación simbiótica, porque la vida se despliega en ese espacio urbano. Descubrir y conocer la ciudad en que se vive es una tarea de autoconocimiento, de leerse a sí mismo para ver qué hay en la ciudad de lo que yo soy y qué huellas ha dejado la ciudad en mí. Advierte que la ciudad contiene muchos tiempos, y en los mismos espacios han ocurrido todas las “historias” personales y sociales desde la existencia de la ciudad. Importa más el conocer, el viaje de descubrimiento, la indagación, que encontrar respuestas únicas.

Plantea que Santiago es una ciudad desmemoriada, en tanto en ella quedan muy pocas huellas del pasado, no solo por los terremotos, sino también por malas políticas en el ámbito patrimonial. Para ilustrar sus ideas, leyó un fragmento de su libro “Chilean Electric”, una historia contada por su abuela, que habría asistido a la instalación de la luz eléctrica por primera vez en Chile, en la Plaza de Armas de Santiago. Buscando información, se dio cuenta de que este acontecimiento había sucedido mucho antes del nacimiento de su abuela, lo que refuerza la idea de que la historia, la nuestra también, está compuesta de mentiras que, a la vez, también son verdades en tanto obedecen a la necesidad de haber asistido de verdad a aquellos acontecimientos que consideramos importantes

Luciano Ojeda inició su exposición recordando a su gran maestro, el historiador y profesor Armando de Ramón, quien marcó su interés en la historia urbana. Se refirió a la ciudad especialmente desde la literatura y, en este caso, en referencia directa a algunas de las obras de Nona Fernández, en que aparecen variadas formas de ver (y pensar) la ciudad: qué hacemos aquí, cómo nos marca la ciudad, a menudo sin tener mayor conciencia de ello. Recordó también libros centrales, ahora inexistentes, de la primera mitad del siglo XX, como “Estampas del Nuevo Extremo” de Ricardo Latcham (1941) y “Tradición y leyenda de Santiago” (1941), de Antonio Rocco del Campo, así como textos de Joaquín Edwards Bello y las últimas publicaciones del escritor Roberto Merino, cuyo tema central es la ciudad, sus secretos y recovecos, a menudo desconocidos por los habitantes que caminan por ella sin mirarla.

Así como en la novela “Mapocho”, la abuela da a su nieta una indicación inequívoca para no perderse: “Cada vez que te pierdas, Rucia, recuerda que vivimos mirando el poto de la virgen”. Pero esa virgen que parece protegernos a todos, “ignora” esa enorme parte de la ciudad que está a sus espaldas. Y así los sellos personales y sociales marcan el deambular de la ciudad: Plaza Italia divide el mundo en los de arriba y los de abajo, la Cordillera se levanta como la gran guía visible desde cualquier sitio, el río Mapocho es un límite histórico, cada vez más oculto y arrinconado por sucesivas “transformaciones”.

Cristián Cisternas, desde la academia,reflexionó sobre las representaciones de la ciudad, del espacio urbano, entregando numerosos ejemplos literarios: “Ojerosa y pintada”, novela de A. Yáñez que refiere a la ciudad de México; W. Blake y su crítica a Londres; “Las ciudades invisibles” de I. Calvino y otras; la poesía de Javier Campos y la novelística de Germán Marín. También, las visiones de la ciudad como un infierno; el exilio interno y la vida en los márgenes; la ciudad mestiza… Junto a lo anterior, la ciudad hipertextual, plagada de cámaras de teléfonos móviles, retratada en videos de aficionados y todo tipo de soportes digitales. Ciudades cada vez más grandes por los fenómenos de conurbación, que tienen su contraparte en el anhelo ciudadano de espacios más pequeños y acordes a la vida humana.

En las intervenciones del público, O. Rodríguez contó que está realizando un documental sobre el edificio construido durante el período de la Unidad Popular en tiempo récord (275 días) para albergar la Tercera Conferencia Mundial de Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas (UNCTAD), en 1972 y que ahora conocemos como GAM. La idea central es que todos los espacios de una ciudad son un relato; después del golpe militar del 73 desaparece el espacio social y se privilegia una arquitectura que dificulta el acceso o permite ver desde adentro, pero niega la visión a quien mira desde fuera.

G. Aguirre apuntó a la ciudad como patrimonio, como lugares con historia, pero no inamovibles, porque las ciudades se van reciclando, desde sus inicios hace unos 10.000 años. También la vida y literatura surgen tenazmente desde los escombros.

Nona Fernández remarcó que la literatura no necesariamente debe hacerse cargo de la ciudad, porque son temáticas e intereses personales los que la sustentan, pero sí deben resguardarse los vínculos con el pasado como contraparte a las políticas de la “desmemoria”. La sociedad y las personas que viven en ella requieren hacerse cargo de su historia: de dónde venimos, qué hemos hecho, quiénes somos o fuimos.

Cristián Cisternas comentó los serios problemas que se generan con el crecimiento de las ciudades a megalópolis: transporte, horas de trabajo, etc. Por otra parte, el modelo económico impulsa la destrucción de los barrios tradicionales para construir edificios de altura, lo que ha hecho que los propios habitantes comiencen una tarea de denuncia y defensa.

Finalmente, Luciano Ojeda destacó que la mala memoria es un fenómeno global que hace difícil conocer o reconocer la ciudad, pero desde los barrios las personas toman conciencia de la necesidad de defender sus espacios de vida. Una característica de la literatura contemporánea es ocuparse de lugares de las ciudades, y ejemplificó con algunas obras de Fuguet, o las más antiguas de A. Romero y Sepúlveda Leyton entre muchos otros.

G. Robles destacó el poemario “La ciudad” de Gonzalo Millán, escrito en el exilio, que describe la vida en dictadura, y donde aparentemente suceden las mismas cosas cotidianas de siempre, pero algunos versos van entrando como cuñas que muestran que hay algo radicalmente diferente.

Y así, este tercer ciclo permitió recorrer las ciudades en que vivimos, las interiores y las invisibles, reconociendo algunas de las múltiples huellas que ellas dejan en nosotros y quizás algunas de las que nosotros hemos dejado. Les recordamos que el cuarto ciclo se llevará a cabo el 12 de julio y la invitación es a continuar leyendo, en este caso los libros de Nona Fernández, una escritora que incursiona en esos atrayentes mundos paralelos que se desarrollan en la ciudad en que vivimos.    

 

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