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Una literatura “entrañable” y “extrañable” del mundo

Entrevista al escritor Juan Mihovilovich

Por Luis Herrera 
Publicado en La Prensa Austral. 22 de mayo de 2016

 Considerando que, supongo, gran parte de su formación la dedicó a las leyes, por tanto ¿Cuál y cómo fue su formación literaria?

— La pregunta parte de una inferencia que admite un par de alcances. Cierto: un período no menor de mi existencia ha sido dedicado al derecho, otro mayor aún, a la búsqueda de justicia durante el largo período dictatorial y, finalmente, concomitante, el necesario estudio de las leyes. Entre ellos, y previo a todo lo anterior, mis derroteros fueron siempre los literarios. Desde que rizaba los siete años hice amistad con un compañero de primaria que, por esos avatares de la vida, contaba con una impresionante cantidad de revistas de historietas (Búfalo Bill, el Halcón de Oro, David Crockett, El Peneca, Patoruzu, una revista argentina de gran influencia patagónica, etc.), las que me iba facilitando cada fin de semana. Entonces los sábados y domingos en Punta Arenas, mi tierra natal, los dedicaba a la lectura encerrado en la pieza que compartía con mi segundo hermano. Y en ese descubrimiento de mundos fantásticos, aparecieron los primeros libros, especialmente, Genoveva de Brabante, que leí a los 8 años y que releí varias veces mostrándome un mundo imaginario y de reclusiones que me marco, creo, definitivamente; tengo impresa en la memoria la tremenda conmoción interior que me provocó la lectura en clases de El vaso de leche de Manuel Rojas. Allí “sentí” que un día sería escritor. Luego, las novelas de Marcial Lafuente, cuyo número debió sobrepasar la cincuentena; las interminables novelas policiacas de Agatha Christie y crónicas más fidedignas de la verdadera historia del Oeste americano, pasando incluso por las repetitivas y sensibleras historias de Corín Tellado que mi hermana mayor, de 20 años entonces, compraba casi todas las semanas. A los 15 años llega a mis manos Trópico de Capricornio como una lectura prohibida que, no sólo involucra el erotismo como enganche, sino una visión de mundo desprejuiciada e iconoclasta que me remeció y me costó ensamblar por un buen tiempo, hasta cuando ya mayor leyera todo lo de Henry Miller. Naturalmente, viene el salto a Linares. Mi viejo era carabinero y lo trasladan cuando yo tenía 17 años. Allí ya ingresé de lleno a una mezcla de literatura algo más formal y otra más íntima. Lobsang Rampa, entre estas últimas, y las primeras incursiones de lecturas místicas y esotéricas. Y entre aquellas la clásica trilogía de Herman Hesse: Siddhartha, Demian y Lobo Estepario. La búsqueda, luego, era interna, matizada casi al mismo tiempo con Cortázar, Sábato, Borges, los argentinos de entonces y de siempre. Y poesía, mucha poesía de todo tipo, de todos los formatos y calidades; Neruda, obviamente, Huidobro, Carlos Pezoa Veliz, y, especialmente, Pablo de Rokha, que me acompañaron hasta el ingreso a la Universidad de Concepción en los años 72, donde apareció Vallejo, el grandísimo poeta peruano, junto a la vitalidad discursiva de Nicanor Parra. Y en ese período transicional obtengo un premio literario cuya recompensa eran las obras completas de Shakespeare. Me aluciné con ellas. Las leí con ese fervor que resulta el descubrir un mundo nuevo, un hallazgo, el, supuestamente mayor escritor que haya existido nunca. Y el Quijote, naturalmente, una obra que siempre me costó leer, a pesar de su belleza estética y filosófica. Ya en la Escuela de Derecho de la U. de Concepción y los años 74 y 75 fundamos la revista de poesía Amantida con otros compañeros alcanzando a editar unos cinco números de ella en plena época dictatorial. Luego, en ese mundo más abierto y que constituye un salto cualitativo en toda formación individual, incursioné de lleno en la novelística nacional: Manuel Rojas, Nicomedes Guzmán, González Vera, Luis Durand, Carlos Droguett, etc., hasta llegar a Donoso y su Obsceno Pájaro de la Noche, que me resultó crucial en su momento. A Juan Emar lo descubrí mucho más tarde. Y en Concepción, mi amigo Pacián Martínez Elisettche me mostró a Erich Rosenrauch, un escritor sumamente hermético y desconocido, que leíamos y comentábamos en conjunto. Entremedio los grandes íconos de boom latinoamericano, particularmente, García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, y al mismo tiempo, Onetti, pero por sobre ellos, Juan Rulfo, que fue un develamiento mayor y me hizo ver la realidad desde una perspectiva diferente. No desde el clásico realismo mágico, sino desde una perspectiva multidimensional: era posible convivir con los vivos y los muertos al mismo tiempo y las fronteras que delimitaban a unos y otros se diluía en la conciencia hasta hacer de la realidad múltiple una sola y viceversa. Nuestro Homero, ha dicho alguien por ahí. Y en paralelo, la exorbitante personalidad de Dostoievski, Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov, Memorias del subsuelo (que releo habitualmente), etc., y análogos, Tolstoi, Chejov, Gogol. Kafka, qué duda cabe. Claro, existen muchos otros que la memoria va dejando a un costado del camino, pero no puedo obviar a Camus: El extranjero es otro de mis libros de cabecera (o el Extraño como alguien lo motejó con título alternativo); Sartre y su Edad de la razón, el noruego Knut Hamsun, etc. Mi formación literaria hasta allí (y hasta hoy) siempre fue autodidacta, siguiendo esa suerte de intuición natural que suele regir mis actos, con los yerros y aciertos que la vida y uno mismo propone. Alguien me preguntó alguna vez cuál de las opciones era más fuerte en mi vida personal, la del derecho o la literaria. La respuesta es fácil y cae por su propio peso. “Descubrí” la literatura desde niño. Fui abogado y juez muchísimo después…Con una, vivo y con la otra sobrevivo, aunque misteriosamente ambas “profesiones” y funciones han estado fuertemente entrelazadas.

 Si tuviera que situarse dentro de alguna línea de la literatura chilena ¿Dentro de cuál se encontraría? ¿Junto a quiénes?
— Puede parecer arrogancia (o ignorancia con seguridad) y de hecho me lo han manifestado, pero la verdad es que no siento pertenecer a ninguna corriente en especial. No me identifico con ningún autor en particular, aunque generacionalmente haya “nacido” concomitante a las carreras literarias de mis amigos Diego Muñoz Valenzuela, Ramón Díaz Eterovic, Pía Barros, y varios otros como Antonio Ostornol, Roberto Rivera, etc. En los 90 alguien invitó a un grupo, supuestamente generacional, a una especie de proclama nacional que “reinventaba” la literatura chilena. Allí aparecí como uno de los pocos provincianos en medio de una quincena de escritores, casi todos de Santiago. Ya había publicado mi primera novela: La última condena, (1983) teniendo el honor de ser la primera novela del sello Pehuén, de ese gran editor que era Jorge Barros y quien venía llegando desde Venezuela. Fue un texto que venía premunido de un par de premios nacionales y que constituyó una novedad, tanto por la temática como por la estructura de la misma y el lenguaje utilizado. El entrañable Martín Cerda la presentó en el Instituto Goethe en Santiago. Alguien me dijo en broma que debía leerse con un tanque de oxígeno al lado para poder respirar: no tenía puntos aparte, salvo al fin de cada capítulo, y estaba escrita en primera persona, con diálogos incorporados. Fue escrita durante unos seis meses a mano y en gran medida en el departamento de mi amigo Pacián Martínez E. (QEPD). La influencia de Rulfo y García Márquez es notoria. Pero aun así la crítica fue muy favorable y creo que me sirvió (su edición) para reafirmar una vocación ya asumida entre bambalinas. Cuando busco algún equivalente o compañía no la encuentro, probablemente por esa ignorancia a que aludí al principio. Claro, si hurgo un poco más, me siento cercano a los textos de una Bombal o de un Manuel Rojas. Pero son apreciaciones un poco forzadas. He buscado mi interioridad de modo permanente y eso se ha traducido en libros. Mis influencias han venido desde afuera, de los clásicos, antiguos y modernos, de los ya nombrados arbitrariamente, y un número grande de escritores leídos después de los 25 años y que omití en esa “formación” literaria inicial; y por lo mismo, es probable que muchas influencias sean inconscientes…

 Conceptualizando la provincia -presente de manera importante en sus libros- ¿Qué tratamiento la categoriza dentro de lo universal, alejándola de un criollismo hermético? 
— Mis historias son las historias de un individuo de provincia que ve el mundo desde adentro y lo sitúa en medio de una realidad atosigante. La vieja y ya algo manida máxima de Tolstoi que alude a que la descripción del pueblo equivale a la descripción del mundo, la he asumido desde mis primeros escritos. El ventanal de la desolación, libro de cuentos, que tuvo dos ediciones absolutamente artesanales, da cuenta de ese proceso de reinvención de lo provinciano a través de seres marginales que habitaban el barrio croata (ex yugoslavo) en Punta Arenas. Sus historias mínimas alteraban mi imaginación a límites insospechados. Vagabundos, alienados, física y mentalmente, pero, sobre todo, por ese abandono o desarraigo espiritual de que eran objeto, atraían mi atención permanentemente. Crecer entre ellos, temiéndoles y admirándolos a la vez, hizo de ese universo el mío propio. Y no sólo el mío. Las aventuras cotidianas de un grupo o pandilla en el que nos desarrollábamos como adolescentes, con esa maldad consustancial de quien es irresponsable y ese humor lacerante y perverso del grupo como forma de defensa y de sobrevivencia, me marcó (y nos marcó, imagino) a quienes lo conformábamos por la década del 70 en Punta Arenas. Mi observación del entorno fue luego mágica, teñida de seres indigentes y desprovistos de la mano de Dios. Y también matizada por los primeros escarceos sexuales de quien accede a un mundo desconocido que resulta seductor y extraño. Desde la perspectiva humana los personajes que delinee en mis primeros cuentos fueron todos reales, aunque naturalmente imbuidos de esa “fantasía ficcional” que me acompañó desde niño. Mi visión de mundo luego, nace de sentirse parte entrañable de ese mundo, y no obstante ello, sentirse a su vez, extraño en él. Una suerte de misticismo soterrado ya daba cuenta de mis inquietudes individuales. Pero no se trataba solo de la religiosidad tradicional, ritos católicos o catecismos impuestos. Había un cierto sentido esotérico (por ponerle una definición conceptual, pero que es limitante, en definitiva) que me hacía ver el mundo de los seres y las cosas como advertencias o señales de algo mayor, más trascendente. El mundo no era ni podía ser el de los simples relacionamientos externos. “Algo” hacía que las cosas funcionaran de tal o cual manera. Y ese algo asociado al misterio me sedujo desde siempre. Ahora bien, describir esos derroteros desde una óptica interior era y sigue siendo mi obsesión o necesidad. Si aquello se desliga de ese criollismo hermético al que aludes, así ha de ser. No he sido un estudioso de las corrientes literarias porque sí. Sencillamente escribo. Y al hacerlo como necesidad apremiante las consecuencias de mi narrativa tienden a la universalización de sus componentes internos. Resulta por ello habitual que sea la atmosfera que envuelve la anécdota lo más relevante. Ese sentido de extrañeza, de ser y no pertenecer al mundo estrictamente físico ha impregnado la mayoría (por no decir todas) mis obras en su esencia.

 ¿¿El escritor llega a un punto en que encontró su registro? O, después de todo, ¿Es factible estar en una constante revisión, transformación y reinvención? O ¿Cuál de ambas posturas las considera de mayor “éxito” en la literatura?
— La búsqueda de ese registro al que aludes, es una constante en mi narrativa personal. De hecho “encontrarlo” en cada una de las obras que emprendo es una lucha casi angustiosa. La vida está llena de historias e individuos dignos de ser traspasados a la literatura. Pero nada de ello me resulta mecánico. Si lo que “necesito” sacar desde mi interior no es auténtico me resulta sinsentido escribir. Y claro, en esa conjugación sistemática de la vida diaria y del proceso interno, no siempre las confluencias son ordenadas, estandarizadas ni obedecen a un proceso matemático (aunque, quién sabe). Quizás por ello resulte siempre novedoso encontrar o desmenuzar, o intentar al menos en toda nueva historia, ese registro personal y en la medida que se intenta se produce como consecuencia una transformación e invención continuas. No lo veo en todo caso como procesos antagónicos, al menos en mi caso. Existe una necesaria búsqueda del ritmo interior narrativo, de esa pulsación que pareciera abandonar el cuerpo y los sentidos, que se aleja de la imaginación cada cierto período, pero cuyo adormecimiento sencillamente espera el momento propicio. Y ello puede darse de las maneras más inesperadas: un gesto oblicuo, una mirada, un pájaro que pasa, una noticia aberrante, las obsesiones personales y familiares que siempre están al acecho, etc. El punto radica, en mi caso, cómo y en qué momento me conecto con esas realidades ocultas que es preciso sacar a la luz (o a la oscuridad, dependiendo del cristal con que se mire). Y ese momento que se busca consciente e inconscientemente, es la lucha diaria. Luego, si se mira en perspectiva de “éxito” en la literatura (entendiendo que tu concepto está asociado a la idea de realización o encuentro literario) siento que arribo a él cuando parte importante de mi interioridad se plasma en la hoja de modo auténtico. Claro, las imperfecciones están a la vuelta de la esquina, pero la insistencia, la perseverancia, es lo que debiera salvar, si es que salva. En suma, el registro no es estático: es dinámico y, por ende, importa una reinvención a partir de su encuentro. Y como al final del día se trata (dicho registro) de una mirada estrictamente personal que la diferencie de otras, el éxito, en la óptica descrita, implicará algún grado de realización…hasta que la próxima obra imponga su llamado imperativo…En Yo Mi Hermano, novela que me edita LOM por estos días, hay mucho de esa idea dinámica esbozada.

 En una crítica al magistral libro El Asombro, el crítico Cristian Arregui habla de un sustrato gnóstico en que se contrapone la monstruosidad de la realidad y una luz liberadora. Finalmente, ¿La literatura debiera enfocar, en parte, el refugio de esa luz, muchas veces perdida en nuestra realidad? (como en la dictadura o la desigualdad y segregación bestial de hoy)
— El conocimiento introspectivo de lo divino es algo que me seduce desde que era niño. No es nada nuevo por lo demás. Y en cierta forma lo que Arregui ha descubierto en mis libros es una línea de continuidad que da cuenta de esa apreciación. Es cierto: tras el mundo plano de la circularidad donde la realidad que nos atosiga se muestra como única y definitiva, pareciera subyacer otra u otras, que configuran en su esencia la manifestación del mundo material; luego las formas visibles y percibidas por nuestros limitados sentidos son una advertencia, un señuelo, un complemento de lo oculto. Claro, esto no es perceptible únicamente por la fe, aunque es posible que muchas personas lo sientan de ese modo. Y efectivamente, para ellos es así. Sin embargo, siento que la fe por sí misma no me basta. Es preciso conocer y sentir lo divino en su esencia. La energía que nos mueve y en la cual nos movemos se expresa en todo lo manifestado. La belleza de estar vivos es una expresión palpable de una espiritualidad que mis sentidos no alcanzan a vislumbrar del todo. Por eso siento que la intuición es el vehículo que toca las puertas de la divinidad o de esa fase superior de la existencia que llamamos alma. En esa perspectiva mis libros pretenden dar algunas señales de mis propias búsquedas personales y, como contrapartida, rasguñar apenas esa suerte de “luz liberadora” que tan certeramente indicas. Y es porque esa contraposición de lo bestial y lo angélico se halla inmerso en la expresión material: lo demoníaco existe, las dictaduras existen, (si no lo sabremos nosotros), el mal nos rodea por dentro y por fuera, el monstruo que nos habita ruge por sacar sus dentelladas, por engullirnos y ser parte de la estadística, del número controlado por esos poderes casi omnímodos y secretos que apenas “intuimos.” En ese panorama desolador, la literatura cumple el rol que el propio escritor que busca trasluce. No es una proclama. La literatura de verdad no requiere de pancartas: la grandilocuencia o la frivolidad no es su sello. Esa “necesidad de verdad” está implícita en la obra de su autor. Si ello se alcanza o no es otro cuento. Pero intentarlo, saber qué soy y cómo lucho con el peso de esa realidad, es una necesidad. Una necesidad imperiosa que –imagino y siento- solo debiera acabar con la muerte…si es que acaba.

 ¿Cuánto hay de Mihovilovich en el juez de “El contagio de la locura”? Y en el ambiente de trámites, portafolios, filas y tribunales ¿Cuánto hay de “El Proceso” de Kafka?
— Cuando escribí El contagio de la locura y le dije entonces a mi querido amigo Pacián Martínez E. (QEPD) que la había terminado en dos semanas le costó creerme. Pero claro, se estaba escribiendo en mi conciencia por largos nueve años, mientras ejecutaba mis funciones de juez en Curepto. Nueve años en que la conciencia individual aprehendía en sus niveles subconscientes cada uno de los capítulos que componen el libro. Nueve años en que el personaje central se con-fundía con cada uno de los personajes que a diario veía, a quienes conoció o conocía en el trayecto de su casa al trabajo, al realizar una que otra operación bancaria o comprar el diario donde el librero del pueblo. Además, claro está, de “los usuarios” (que palabra tan inapropiada) del sistema judicial, de quienes accedían al tribunal por decisión propia o ajena. Allí surgen entonces las escenas y situaciones “esperpénticas” que estructuran la novela.

Luego, el traslado al ordenador es el resultado de esa recopilación interior que el propio autor ha ido adquiriendo con el transcurso de los años. En un momento determinado la nouvelle está lista. Ya ha se ha fraguado por dentro. De ahí que las dos semanas de su gestación definitiva sean la consecuencia natural de ese período previo, donde las obsesiones personales se transforman en contenido, en encuentros con seres desvalidos y marginales, como suelen ser los individuos que “caen” en manos de la justicia, aunque por estos días pareciera que comienzan a caer los otros. Por lo mismo ¿cuánto hay de mí en la novela?, pues mucho. Por un lado, mi propio yo aislado en su rol funcionario, una especie de ermitaño que se mimetiza con sus habitaciones, que ejerce el poder del mallete sobre el estrado, y por otro, el ser humano que se niega a perder la identidad primaria, su locura vital por sobre la locura general. En ese contrapunto el personaje se alía, no sólo con El proceso, sino con Kafka en general, con su obra y con su singularidad. Cuesta hacer la separación cuando un autor de esa envergadura ha penetrado hasta los tuétanos. Pero, aun así, el juez de El contagio…procura ser nuevo, “otro ser”, otro personaje que se baste a sí mismo y que, en definitiva, concluye desde el inicio de la novela con que el condenado era un colibrí… (¿?)

 ¿Qué vigencia tiene “El desencierro” en el Chile de hoy? Así como múltiples elementos lo vinculan a la dictadura ¿Qué elementos permiten un vínculo con el Chile actual? (considerando el hedor de los políticos corruptos de estos días)
— En la novela Desencierro, el personaje señala que vivimos la peor época del encierro humano, y ello tiene que ver con la soledad individual en que nos hallamos enclaustrados. La vorágine del mundo moderno ha transformado las relaciones humanas en algo de antología. Nunca hemos tenido tantos adelantos tecnológicos que podrían servir para el complemento del desarrollo espiritual, no obstante, la codicia ha hecho de aquellos un instrumento de poder y dominación incalculables. Manejados por esos invisibles hilos de los poderes ocultos nos hemos (han) convertido en meros datos estadísticos. El ser anónimo escudado en aras de la tecnología es seducido hasta en sus instintos más primarios creyendo que “piensa” la realidad en la que vive. Sin duda, una mera ilusión formal. El modo en que hoy nos relacionamos es la expresión pura de una competitividad irracional dirigida. Cualquiera situado a nuestro lado es un potencial enemigo. La solidaridad es pieza de antología. Y se la disfraza con los peores atuendos. Tras cada acto de supuesto servicio las garras del lucro sacan cuentas alegres. En el Chile de hoy, donde el capitalismo a ultranza maneja las relaciones de poder y las utiliza a su amaño, el individualismo egoísta se ha enseñoreado. No hay casi esperanzas de redención. Y al decir casi, dejo abierta la posibilidad. La civilización occidental pareciera tocar fondo y como se dijo hace un par de siglos acertadamente, en su propio seno yace su mecanismo de destrucción. No resulta válido ni creíble que el hombre camine sobre este planeta como un mero y simple depredador. “Algo” ha de existir más allá de su apariencia de “bípedo implume.” Si la mínima esperanza existe es preciso “desencerrarla”, sacarla a la luz y hacerla parte de la historia humana. Las dictaduras no son eternas, porque, aunque parezca una perogrullada, la vida del dictador es finita como la de cualquier hijo de vecino. Solo que no debe olvidarse el pasado. Las historias tienden a repetirse. Ese “hedor” al que aludes es peligroso, porque no es únicamente el de una institución. Es parte del individuo que termina siendo un déspota (en cualquier nivel) y que cree que el poder de dominar a otros es tan eterno como los sueños del dictador. Luego, el rescate de la individualidad como forma de ser y re-conocerse parte de la belleza de estar vivo; es el impulso que puede ayudar a encontrar “al otro.” El otro, espera. El otro soy yo, en suma. Y somos todos al final. Eso indaga el personaje de Desencierro…me parece.

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