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Hombres de hojalata

Los robots en la ficción:

Hombres de hojalata

Por Diego Escobedo/ Ilustración: Camila Cumplido

La posibilidad de crear robots, seres pensantes construidos a imagen y semejanza del hombre, ha fascinado a la humanidad desde hace generaciones. Si bien la tecnología actual aún no ha desarrollado inteligencia artificial que iguale al intelecto humano, no son pocas las películas y novelas que imaginan sus consecuencias.

En la película ganadora del Óscar a mejor guion de 2014, Her, se presenta a un hombre solitario (Joaquín Phoenix) que se enamora de un nuevo y avanzadísimo sistema operativo de su celular llamado Samantha, cuya voz es interpretada por Scarlett Johansson. Dadas las características del mismo, ella se vuelve cada vez más inteligente, lo que lleva su relación a extremos insospechados. Si bien Samantha tiene un claro referente en Siri, una aplicación real que funciona como asistente personal en dispositivos de Apple, la ciencia aún no ha desarrollado una inteligencia artificial de ese tipo. Antes de Her otras historias han explorado esa posibilidad.

Estatuas y autómatas

La creación de seres con inteligencia artificial ha sido largamente tratada por la ciencia ficción, así como la fantasía e incluso la mitología. Quizás el primer antecedente podemos ubicarlo en el mito griego de Pigmalión, rey de Creta que esculpe la estatua de una mujer a la que llama Galatea. Se dice que era tan hermosa que se enamoró de ella y, los dioses al ver la intensidad de su amor, convirtieron a Galatea en una mujer real.

En la Ilíada de Homero (siglo VI A.C.) y en el mito de Jason y los Argonautas, también se narran historias de estatuas que por obra de los dioses se convirtieron en autómatas. Es posible encontrar una idea similar en la mitología hebrea, con la historia del Gólem. Un ser hecho de barro o greda al que se le da vida siguiendo conjuros de la Cábala, la doctrina esotérica del judaísmo.

En todos estos casos, el propósito de los seres artificiales era el mismo: servir a los humanos. Esta tendencia se rompió con Frankenstein (1818) de Mary Shelly, la primera historia de ciencia ficción en tratar la creación artificial de un ser pensante. En esta ocasión, la criatura fue creada con partes de otros cuerpos humanos y reanimada con electricidad. El monstruo terminó por rebelarse contra su creador.

Un año antes, el escritor alemán E.T.A Hoffman escribió el cuento El Hombre de arena (1817), otra historia de horror donde presenta a Olimpia, una autómata de movimientos mecánicos que un inventor hace pasar por su hija. Si bien ya era común en el siglo XIX publicar historias de autómatas accionados por mecanismos de relojería que eran empleados como juguetes o atracciones de feria, Julio Verne lo lleva al extremo en su novela El castillo de los Cárpatos (1892). Esta es una de las pocas obras de terror gótico del autor francés, en la que el protagonista enloquece tras la muerte de su amada, una exitosa cantante de ópera. Tras su deceso, se encierra en su castillo donde desarrolla distintos autómatas que imitan la voz de la soprano que ha grabado en cilindros, lo que crea en el pueblo vecino la ilusión de que el castillo está embrujado.

La industria de los robots

La palabra “robot” apareció por primera vez en la década de 1920 en la obra de teatro RUR del escritor checo Karel Capek. Se trataba de una historia de ciencia ficción en la cual la fábrica RUR se dedicaba a la producción industrial de sirvientes que debían hacer todo el trabajo pesado del mundo, los cuales eran denominados con la palabra “rebota”, que significa “esclavo” en checo. En la obra, los robots tenían aspecto humano.

La imagen que hoy tenemos de los robots como máquinas metálicas viene de la película Metrópolis (1927), del alemán Fritz Lang. En ese clásico del cine mudo, el científico loco Rotwang construye un robot con la capacidad de adoptar la forma y la personalidad de cualquier persona, con el cual suplanta a María, una de las protagonistas del film.

Más adelante, con el auge de la llamada Edad de Oro de la ciencia ficción (1939-1966), donde se masificaron revistas y libros de este género en Estados Unidos, los robots y la inteligencia artificial se convirtieron en un tópico recurrente del género. En paralelo, se desarrollaban los primeros computadores durante la Segunda Guerra Mundial y el científico inglés Alan Turing, uno de los precursores de la informática, fue el pionero en postular la posibilidad de generar mediante la computación algún tipo de inteligencia artificial. Todo esto avivó el interés por las tramas que trataran estos avances.

Stanley Kubrick filmó una de las historias más conocidas al respecto, 2001: Odisea en el espacio (1968). La película, basada en el relato El Centinela de Arthur C. Clarke, relataba cómo una misión a Júpiter fracasaba dado que la computadora encargada de manejar la nave, Hall 9000, termina rebelándose contra los astronautas, asesinándolos uno por uno.

Tanto la película como Hall 9000 se convirtieron en un ícono de la cultura popular y en una de las mejores representaciones del miedo a que las máquinas, una vez que han alcanzado cierto nivel de refinamiento, terminen superando al ser humano. Isaac Asimov se hizo cargo de este problema en innumerables ocasiones en sus novelas y relatos sobre robots.

El autor Isaac Asimov le dio una ética a los robots en sus narraciones con la creación de tres leyes de la robótica.

En su colección de cuentos Yo, robot (1950), Asimov populariza sus tres leyes de la robótica: Un robot no puede hacerle daño a un ser humano; un robot debe obedecer a un ser humano siempre que no pase a llevar la primera ley; y un robot debe protegerse a sí mismo siempre que no pase a llevar las dos leyes anteriores. Estas reglas tenían como objeto evitar que los robots fueran una amenaza para los humanos. No obstante, a lo largo de los cuentos, se presentan distintas situaciones donde la interpretación literal de las leyes lleva a los robots a comportamientos erráticos. El libro fue llevado al cine en 2004 en el film homónimo, pero la película es una versión más bien libre de la obra de Asimov, donde se conservan las tres leyes y un par de personajes recurrentes de sus cuentos. En el film, el detective Spooner (Will Smith) debe investigar la misteriosa muerte de un científico y termina haciendo frente a una rebelión de robots.

Otro cuento clásico de Asimov es El Hombre Bicentenario (1976), también adaptado a la pantalla grande en 1999. Allí se cuenta la historia de Andrew (Robin Williams), un androide que aspira a convertirse en humano, para lo cual pasa por distintas transformaciones físicas y mentales hasta lograr su cometido a la edad de doscientos años.

Los límites entre robots y humanos también han sido puestos a prueba en películas como Inteligencia Artificial (2001) de Steven Spielberg, que sigue las aventuras de David, un robot con la forma de un niño de 12 años que aspira a ser un niño de verdad, aludiendo a Pinocho.

La película Blade Runner basada en una novela de Phillip K. Dick explora la tensión entre los seres con inteligencia artificial y las emociones humanas.

El escritor Philip K. Dick iría todavía más lejos en su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), en la que una industria se dedica a la creación de seres artificiales para suplir las tareas humanas, de forma similar a la obra de Kapel. Ahí los robots no están hechos de metal, sino mediante ingeniería genética. Dichos seres, llamados “replicantes”, son tratados como máquinas dado que carecen de empatía y poseen un restringido rango de emociones humanas, con lo que la novela trata, entre otros temas, el difuso límite entre lo artificial y lo humano. El libro fue llevado al cine como Blade Runner (1982) y protagonizado por Harrison Ford quien interpretó al detective Rick Deckard, cuya misión era capturar a un grupo de replicantes prófugos.

Robots en Chile

En nuestro país, son pocos los autores que han escrito historias centradas en robots. Uno de los precursores fue Arturo Aldunate Phillips, quién les dedicó un ensayo titulado Los robots no tienen a Dios en el corazón (1963). Libro de divulgación científica donde trataba, entre otros temas, los avances de la cibernética y donde sostenía que ésta aún estaba muy lejos de superar al cerebro humano o de desarrollar algo similar a la consciencia propia.

Es posible encontrar cuentos en distintas antologías que traten la temática como Overflow, de Carlos Gaona (Alucinaciones TXT, 2007) y Réplica, de Daniel Villalobos (Cuentos chilenos de ciencia ficción, 2010), pero el único autor nacional que se ha dedicado a desarrollar el tema de la inteligencia artificial a lo largo de su obra es Diego Muñoz Valenzuela. Autor de la trilogía del Cyborg, que comenzó en 1997 con Flores para un Cyborg, en la que un científico chileno vuelve del exilio a su país para construir un androide al que llama Tom. Personaje que se volvería cada vez más humano en las siguientes entregas: Las criaturas del Cyborg (2011) y Ojos de metal (2014). Diego conversa sobre el subgénero con Km Cero.

Tomando en cuenta que la inteligencia artificial y los robots fueron un tópico bastante desarrollado a mediados del siglo pasado, qué rescataría como lo más original de su trilogía del Cyborg. ¿Cuál diría que es su mayor aporte al subgénero de los robots?

— Uno de los mayores aportes lo constituye la hibridez de mi trilogía, porque se encuentran rasgos de -al menos- cuatro géneros tan diversos como la ciencia ficción, novela negra, novela social y novela de aventuras. Esto hace a las novelas plenamente posmodernas, aludiendo además a transtextualidad, fragmentación, integración de diversos lenguajes. Ha ido más allá del terreno fantástico, trasponiendo fronteras e integrando mundos narrativos con escasos vasos comunicantes.

Debe agregarse que la base científica de las novelas es muy sólida, lo cual la pone en el terreno de la ciencia ficción dura, sin que ello implique que estén orientadas solo a lectores especializados del género, por las razones antes anotadas.

Usted es una de las pocas personas que han escrito historias de ciencia ficción en Chile sobre robots. ¿Qué le parece lo que se ha escrito en nuestro país sobre este tema? ¿Escaso, quizás?

— Pienso que tal vez se debe a que se considera un tema ya abordado en exceso en la literatura internacional. Ciertamente, es una premisa falsa: los temas nunca se agotan y en el cine se ha visto la presencia recurrente de esta temática en los años recientes.

Pienso que Flores para un Cyborg, justamente demuestra que el tema puede abordarse de forma fresca e incluso combinarse con nuestra historia reciente.

¿Cree posible que lleguemos a desarrollar máquinas con inteligencia artificial en el futuro cercano?

— Creo que la cibernética progresa a pasos agigantados y de eso hay evidencias múltiples. Convivimos con una gran cantidad de máquinas que resuelven problemas que antes estaban reservados exclusivamente a los humanos. Las predicciones de Turing ven acercarse la inteligencia artificial con el aumento de las capacidades de los computadores y pronto es posible que haya sorpresas mayores.

No obstante, creo que el mayor avance se va produciendo en la integración entre el ser humano y la tecnología. Nos vamos convirtiendo en cyborgs progresivamente. Que la tecnología sea, por ahora, exterior a nuestros cuerpos, no disminuye la dependencia de computadores, internet, celulares y otras tecnologías. Asimismo, cada vez más prótesis van integrándose a humanos vivos, no sólo brazos y piernas, sino que capacidades como visión y audición. Creo que esta será la mayor repercusión de la inteligencia artificial en la intervención del ser humano para convertirse en auténticos cyborgs.

Sobre el autor: Diego Escobedo es estudiante de Periodismo y escribió este artículo como colaborador de Km Cero.

En www.kilometrocero.cl

Para leer el artículo original, presione aquí 

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