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La jerga

Por Nicolás Foti

Una tarde hubo una reunión en la casa de Ernesto. Ese no era su verdadero nombre sino solo el que utilizaba para todos los asuntos relacionados con La Organización. Así era con todos los integrantes… si es que podemos hablar de “integrantes” cuando nos referimos a esta especie de conglomerado de ideas que eran compartidas por un conjunto indefinido de individualidades. Pero lo cierto es que una de esas cosas que compartían, era el reemplazo de sus verdaderos nombres.

A Ernesto no le preocupaba el hecho de que las ideas que conformaban la estructura de La Organización fueran demasiado abstractas; lo suficiente como para que una mente tan transparente como la de Crisanta, su pareja, no pudiera comprenderlas. Crisanta sí era el verdadero nombre de ella.

Que este fuera un tema que no le preocupara, no significaba que no lo tuviera siempre presente; de hecho, esto le encantaba. En cierta forma, podría decirse que Ernesto había sido cautivado por aquel contraste: Él siempre con los ojos bien abiertos y el mentón apretado, jugando al ajedrez con su vida; y ella, con sus ojitos entrecerrados suavemente, como si no necesitaran esforzarse para hacer foco en su propia imaginación.

Por eso, él amaba conversar con ella sobre cualquier trivialidad, tirados en la cama durante horas, abrazados por la oscuridad de la madrugada. Se había enviciado con el vértigo de sentirse tan lejos, pero a la vez tan peligrosamente cerca, como separados sólo por una delgada membrana permeable a cualquier eventualidad.

La tarde de la reunión, como ya había sucedido en otras oportunidades, Ernesto recibió a varios correligionarios en la oficina que disponía en su casa para tales efectos. Crisanta, siempre comedida, se dispuso a prepararles algo para comer y tomar. Este tipo de atenciones completaban la imagen que ellos, independientemente uno del otro, y sin nunca antes haber tocado el tema ni de soslayo, continuamente intentaban proyectar hacia afuera del hogar. Los dos se sentían cómodos en sus respectivos roles.

En las reuniones de La Organización se hablaba en perfecto castellano. Sin embargo, la gran complejidad de la jerga (todo era complejo en La Organización), impedía que cualquier alma transparente pudiera capturar las ideas. Estas almas eran atravesadas furtivamente por las palabras desconocidas, a tal punto, que ni si quiera se detenían a intentar interceptarlas, y por lo tanto, jamás absorbían un ápice del banquete de brillantes ideas que desfilaban por el lugar durante toda la reunión. Por eso, nadie se preocupaba de la presencia de estas almas, ni de codificar sus palabras de alguna manera adicional a la que la misma jerga le confería, a pesar de que se trataran temas de extremada delicadeza.

A tal punto llegaba la despreocupación, que frecuentemente los protagonistas de las reuniones llegaban a no ver a las personas portadoras de estas almas. Su mirada simplemente los atravesaba, y al poco tiempo terminaban por olvidar por completo su presencia. Y entonces los integrantes se encontraban solos, entre ellos, y debían esforzarse por aumentar su fluidez en la jerga, no fuera a ser que cualquier titubeo mostrara un indicio de debilidad delante de sus pares. Y, por último, este esfuerzo adicional aumentaba la encriptación de sus palabras, hasta que las personas olvidadas llegaban a sentir náuseas a causa de ellas, y se retiraban del lugar, dejándolos aún más solos que antes. Sin embargo, era una soledad sin un efecto aparente, porque la necedad de los integrantes, la misma que alimentaba la jerga, tampoco les permitía percibirla.

Esa tarde, un poco antes de la reunión, Crisanta se sentía algo contrariada. No tenía ganas de recibir gente. Se le anudaba el estómago de solo pensar que, durante la reunión, con el pasar de las horas iría sintiendo como siempre, esa especie de desvanecimiento que acompañaba a la creciente indiferencia de los integrantes.

Llegaría a sentir asco, y después solo le quedaría aguardar hasta la noche, cuando Ernesto necesitara de su conversación en la cama para poder terminar el día con los pies sobre la tierra. Recién entonces, la oscuridad rompería ese muro que se tornaba infranqueable con la luz del día. Ella finalmente terminaría el día con el timón en sus manos, y sentiría el alivio de saber que el desvanecimiento de su existencia había sido solo una ilusión, producto de su mal estado anímico.

Solo por eso, animada por saber que la noche llegaría indefectiblemente, a la hora de preparar un modesto cóctel para agasajar a los invitados, no dudó en hacerlo, aunque de mala gana.

Los integrantes fueron llegando de a uno, todos muy elegantemente vestidos. Apenas ponían un pie en el salón, comenzaban rápidamente a moverse con diligencia y a hablar entre ellos en voz innecesariamente alta. Así demostraban que se sentían como peces en el agua, y que habían estado aclimatados perfectamente al lugar aún antes de llegar. Y eran tan convincentes en su actitud, que Crisanta poco a poco se iba olvidando de que ella era la dueña de casa.

Durante esta etapa, a menudo se escuchaban nombres de gente importante que nunca había asistido a estas reuniones, y que evidentemente nunca lo haría. Quien se refería a alguna de estas personas, lo hacía insinuando la existencia de una relación de confianza con ellos. Además, la mayoría de las veces que el nombre de alguna de estas personas era mencionado, inmediatamente otro integrante redoblaba la apuesta volviéndose a referir a ella, pero esta vez utilizando un apodo que solo era conocido por algunos de los concurrentes.

Aún no comenzaba la reunión, y por eso el perfecto castellano que utilizaban, era entendible para cualquier mortal. Sin embargo, a medida que notaban que su postura previa al inicio de la ceremonia no les alcazaba para resaltar entre sus pares, uno a uno, iban incorporando en su hablar los vocablos codificados por la jerga.

Antes del comienzo formal de la reunión, Crisanta era tratada con total cordialidad por los concurrentes, e inclusive era cubierta de halagos a causa de su belleza. Los piropos absolutamente atinados, también tenían la velada intención de cumplir con la sana costumbre de enorgullecer al anfitrión. Pero mientras su lenguaje iba siendo colonizado por las palabras encriptadas, ellos paulatinamente dejaban de notar la presencia de la dama.

Entonces ella, otra vez, como siempre, no tenía más remedio que resignarse a ser el sumidero de la indiferencia de los integrantes. Y lentamente comenzaba a desaparecer de la sala sin abandonar del todo el lugar. Entraba y salía sin la menor intención de entender una palabra de lo que se hablaba, sin ser notada, sin ser vista por nadie, ni si quiera por Ernesto, quien además de estar poseído por la jerga al igual que todos, se encontraba en un estado de tensión continua por causa de su condición de anfitrión.

Ahora sí ya había comenzado la reunión formal. Crisanta no sabía ni le importaba exactamente en qué momento había sido, de hecho, nunca hubiera podido saberlo, porque los signos que así lo señalaban escapaban por completo a su naturaleza.

Ella solo era capaz de sentir su acostumbrada repugnancia, cada vez que se veía obligada a entrar al salón para observar que todo estuviera en su debido orden. Entraba, y cada vez que salía, debía permanecer unos minutos en el baño para vomitar espasmódicamente.

Si Ernesto hubiera sido capaz de notar el rostro rojo y transpirado, y los ojos fuera de órbita de Crisanta, sin dudas se habría dado cuenta de que esta noche no era exactamente igual a las anteriores. Por algún motivo, tal vez solo por hastío, por esta vez ella no se mostraba dispuesta a esperar la madrugada, para que la oscuridad destruyera el muro infranqueable.

Pero a Ernesto, por el momento solo le preocupaba que no faltaran canapés en las bandejas que Cristanta había dispuesto prolijamente en varias mesitas desparramadas por el salón. Los integrantes de La Organización esperaban mucho de él, y él se mostraba dispuesto a cubrir por completo sus expectativas.

Unas horas después del comienzo, en lugar de esperar invisible como estaba, después de vomitar por enésima vez, ella entró a la sala donde los integrantes ya eran indiferentes también a sus respectivas soledades. Y como nadie la vio, decidió expulsar un grito desgarrador en medio de la concurrencia inmune a su presencia. Y como nadie la notó, decidió recogerse la falda con ambas manos y pararse en una silla desocupada para gritar nuevamente, pero aún más fuerte.

Después pegó un salto hacia otra silla en la que sí había alguien sentado, y al quedar parada en el regazo de quien ocupaba el asiento, debió equilibrarse con sus brazos abiertos para no caer al piso. Además, tuvo que poner un pie en la mesa en la que el ocupante apoyaba un codo, en un intento por asegurar aún más su estabilidad. El hombre que prestaba su regazo a las piruetas de Cristanta, se mostraba indiferente a sus movimientos, como si ella fuera solo una niña que quería llamarle la atención. Acentuando esta actitud, con una mano intentaba apartarla, para asegurarse de que su presencia no perturbara la animada conversación que él mantenía con otro integrante, pero sin darse cuenta, mientras la sostenía, le acariciaba las piernas atraído por su calor.

Entonces ella aprovechó para tomar un nuevo impulso y subirse a la mesa, y allí parada, haciendo bocina con sus manos, comenzó a vociferar un discurso con lo que suponía que eran vocablos pertenecientes a la jerga. Creyó que de tanto escucharlo a Ernesto en sus reuniones, de tanto hacerlo hasta quedar asqueada, había terminado por aprender ese aborrecido dialecto. Sin embargo, emanaba palabras sin coordinación y sin ningún tipo de sintaxis ni coherencia, que la hacían ver absurdamente transgresora.

Casi todos siguieron inmersos en sus respectivas conversaciones, sin prestarle atención y totalmente inmunes al disparatado discurso de Crisanta, y continuaron saturando el aire del salón con un castellano perfecto y una jerga asombrosamente fluida. La única excepción fue Ernesto, quien quedó espantado al ver los ojos fuera de órbita de su concubina. El pánico y la desolación que se apoderaron de él, sólo lo llevaron a desear estar en la cama con ella, atrapados, envueltos por la oscuridad de la madrugada. Porque al verla, por un segundo se olvidó de los canapés, y sintió el vértigo de estar tan cerca, pero la tristeza de estar tan peligrosamente lejos.

Nicolás Foti

Nací en Paraná, Entre Ríos, Argentina, y crecí en la vecina ciudad de Santa Fe. Estudié Bioingeniería en la Universidad de Entre Ríos, y luego de graduarme me trasladé a Chile.

Actualmente resido y ejerzo mi profesión de Bioingeniero en la ciudad de Concepción, en Chile, y en los momentos libres me dedico a mi pasión: La lectura y la autoría literaria.

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