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Dolor flameando al viento

Por José de María Romero

Todo se cuestiona en el microcuento Bestiario II:

“La pelícana, en tiempos de escasez, picotea su propio pecho para alimentar a sus crías. Así se compara la historia de Jesucristo, clavado en la cruz”.

La voz nos llega desde la oscuridad, mientras se pregunta acerca de la existencia de ese Jesucristo “sacrificándose por todos sus hijos e hijas”. El relator nos invita a revisar nuestras convicciones: “El pueblo judío fue acusado de deicidio por dos mil años”. A continuación, el falso apólogo Ausencia de lobo simpatiza con la causa de Caperucita: su inocencia, su cuerpo ultrajado (“Después de todo, qué importaban los víveres si nadie supo nunca a quién llevaba aquel mitológico canasto”). La ficción exige trucos que ella, pobre niña, no tiene, o no encuentra. A veces, por el contrario, está en posesión de todos ellos. Difícil decidir por quién sentir más lástima: si por la víctima inocente, o por la víctima auto-consciente de su propio fracaso.

En los microrrelatos El crujido de la seda (Ediciones Menoscuarto, 2016. Edición de Gemma Pellicer), la chilena Lilian Elphick (1959) avanza a través de trazos a vuelapluma que describen personajes y escenas; declaraciones ocasionales que resumen y analizan; aforismos sobre la vida y la muerte, el misterio de Dios y el tiempo. La narradora de Ojo travieso (2007) se debate en esta antología entre un profundo conocimiento de la tragedia de ser consciente y la secreta intuición de que todo es comedia. Sus historias, demasiado reales, se mueven en los límites que establecen las vidas de sus personajes: la mente y la imaginación, las palabras y las imágenes. Sus cambios de tono y textura se despliegan en misteriosos cantos de cisne.

En la serie que da título a la colección, se retiene y al mismo tiempo se cuenta demasiado: (“La ciudad continúa su ritmo de lagartija con la cola cercenada”). La protagonista se deshace en juicios de barrido y observaciones minuciosas, “bocinazos lejanos, perros hurgueteando en los tarros de basura”. Hay momentos en los que se olvida de sí misma, como hace a menudo Beckett, y encuentra algo demasiado interesante o demasiado grotescamente divertido en cuestionar su papel, su verdad o su naturaleza ficticia: “una puta disfrazada de mucama espera apoyada contra una pared hedionda a orines”.

“Dos harapientos conversan junto a un tambor donde arden cartones y papeles”.

El cuento breve Monstruo IV, por el contrario, medita sobre dos tipos de impotencia. La primera, la del narrador, alguien que tiene las palabras a su disposición, pero siente que estas, en su incertidumbre y astucia, se deshacen de él:

“Recorro mis distancias, mis dientes podridos, el repliegue de mis alas”.

No está seguro de si debería reír o llorar; en lugar de eso, el interlocutor se solaza en perplejidades. La segunda imposibilidad es la del personaje que las palabras, en toda su fragilidad, evocan:

“Alguna vez tuve un nombre que ahora olvido. Soy, en mi orgullo, un dolor flameando al viento”.

La crítica francesa Hélène Cixous escribió que el lema de la obra de Clarice Lispector era “la pobreza de no ser pobre”. Lo mismo podría aplicarse a los microrrelatos de Lilian Elphick. Posee la autora de Bellas de sangre contraria (2009) una forma de ser cómplice que es al mismo tiempo locuaz y extrañamente refinada. La originalidad de las composiciones de El crujido de la seda radica en su técnica y su lenguaje: la auto-consciente tristeza de su buen humor poético. Espectral la belleza de estos cuentos; innato su sentido de la forma y el contenido. Elphick escribe para remover y agitar la narrativa; para llevarla, aturdida y libre, a donde nos encontramos nosotros, sus lectores, desconcertados, estremecidos.

En www.revistadeletras.net

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