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Presentación de “Espejismos con Stanley Kubrick, Relatos Novelescos”, de Juan Mihovilovich

Simplemente editores, abril de 2017

Por Luis Herrera

Juan Mihovilovich lleva adelante y atrás un proceso de producción literaria prolífica y profunda. Sólo en la última década ha publicado “Yo mi hermano”, “Grados de Referencia”, “El asombro”, “Desencierro”, “Los números no cuentan” y este año, estos relatos que ha titulado “Espejismos con Stanley Kubrick, relatos novelescos” en simplemente editores.

Tal como el autor señala, su obra no permite mayor clasificación dentro de la escena literaria. No obstante, la crítica y su afán de comprender lo incomprensible ha hecho esfuerzos por categorizar su obra dentro del grupo de escritores del golpe de Estado, caracterización que tiene más que ver con el contexto que con la esencia literaria que promueve. Como también se ha aventurado a decir que sus libros podrían incluirse dentro de una especie de ensayo novelado, o novela experimental e incluso realismo mágico. Mihovilovich, padre y señor de la ironía, le hace el quite a estos supuestos señalando que lo suyo es “realismo patético”. ¿Pero en qué sentido patético? ¿Qué es lo patético?

Aparentemente, la definición de patético se asocia a lo que denota angustia o sufrimiento moral, que conmueve y agita incluso con violencia. Sin embargo, dentro del uso social de la palabra habría que agregar que el patetismo de cierta forma genera una combinación de lástima y al mismo tiempo rechazo. En ese sentido, los personajes presentes y sobre todo, el personaje central Iván Aldrich, responde a lo primero: su manifestación y despliegue surge de la angustia y el sufrimiento moral (a pesar que la discusión sobre lo bueno y malo, no es importante), conmoviendo a ratos y cayendo en la violencia en otros, pero en ningún caso provoca lástima y, al sentirse el lector, amargamente identificado con las sensaciones y sentimientos del personaje, difícilmente puede caer en el rechazo. Como buen agente de justicia y letras, Mihovilovich emplea el concepto de patetismo para autodefinirse desde la literatura, desde la denotación formal lingüística y no desde el motivo popular.

En ese sentido, la identificación de un lector profundo y honesto con los acontecimientos y reflexiones del libro, podría, me retracto, generar rechazo por lo leído, pero he ahí la trampa y la virtud del autor: quien lee va reconociéndose en el texto, desde los miedos, deseos más inciertos y las ilusiones que nos van recreando esto que llamamos existencia. Rechazar a Iván Aldrich es no sólo rechazar las complejidades del mismo lector, sino también rechazar las oscuridades de la humanidad misma.

Para ello, Mihovilovich hace años que ha optado por una prosa que reniega de algunos aspectos formales: no hay puntos aparte, no hay pausas, como la vida misma. Como el delirio mismo. Como la superposición de sensaciones, experiencias, pensamientos, miedos y sentidos físicos, uno sobre otro, sin detención, sin comienzo, sin esquemas. El único esquema y planificación podría ser la falta de ella... a partir de un realismo patético, como bien ha dicho el autor. Un realismo delirante, como yo preferiría decir.

Mi pobre bagaje literario me hace asociarlo al realismo psicológico de Dostoievsky, o quizás no al autor ruso, si no que a su más célebre creación, Raskolnikov, el delirante asesino de “Crimen y Castigo”: leer a Mihovilovich es imaginar a Raskolnikov narrando en su cama lúgubre de San Petersburgo, con 40 grados de temperatura. Naturalmente, hay que decirlo, leer este realismo patético o delirante, no es fácil, como no es fácil vivir ningún delirio. Se disfruta y sufre a la vez, se quiere avanzar en el texto como se quiere lanzar el libro por la ventana. En ese sentido, cada libro de Mihovilovich es una invitación a no leer, pero que indefectiblemente uno siempre terminará leyendo.  

O por otro lado, es difícil no relacionar este texto a obras tan relevantes como “El guardián en el centeno” de Salinger, otro autor inclasificable, cuyo personaje principal Holden también narra desde el delirio y la superación moral, para mostrar la crudeza del pensamiento desde lo oscuro. O también, es muy difícil no conectarse con Ignatius Reilly, ese personaje inadaptado y transparente en sus falencias y tragedias que anima la novela de John Kennedy Toole, “La conjura de los necios”.

Comparaciones más, comparaciones menos, Iván Aldrich, el personaje central, se va desarrollando en el libro en el orden forzadamente cronológico de la vida: desde la gestación intrauterina, el aullido del primer grito, hasta la madurez, todo en 26 relatos conectados en este proceso de delirio temporal que es la vida, pero desconectados en el sentido que cada relato toca una sensación, miedo o desvarío que se procesa bien o mal de forma independiente. Por ejemplo, en el origen gestacional del héroe o antihéroe, se lee:

Me veo navegando en la inundada pared vaginal como un náufrago que manotea a tientas en la inmensidad del espacio sideral. Soy un guerrero herido que se arrastra hacia la salida de un túnel demasiado oscuro sabiendo que atraviesa un peligroso terreno minado. Pero sé que basta un solo espermio para convertirme en ser humano y sé, además, que yo mismo soy ese espermio que lucha por la sobrevivencia. Veo adelante una esfera luminosa que surge cual llamado silencioso: es mi contraparte, un óvulo, y antes que intente su huida, me introduzco en él como un polizonte que ansía no ser descubierto. Así que espero y sueño. Sueño que serán nueve los meses para mi nacimiento, solo que no puedo predecir todavía la oposición de mi futura madre. Ella se niega a aceptarme y no la culpo. Quiere abortarme. No me desea, o más bien, no desea tenerme como producto de una violación, más allá de que el vínculo afectivo con mi padre se haya reconstituido a pocas semanas del hecho. Yo puedo entender desde mi ensimismado letargo que mi madre asuma que el amor forzado no es tal, que no puede amarse de ese modo. Y por tanto deberé luchar nuevamente por mi derecho a vivir, así se trate de una existencia miserable escogida a sabiendas, aunque luego lo olvide.

La simpleza de la vida, se ve truncada por las angustias de nuestra consciencia. Los propósitos y bellezas convencionales se cuestionan y tiñen del rigor del pensamiento traidor. La vida no parece un fluir hacia la felicidad, sino un trabajo de 24 horas que agota profundamente sin derecho a descanso, dice el libro: Hay que construir sobre roca, caminar sobre ellas y si es posible, como seguramente lo será en el futuro, debo construir una ciudad entera de piedra indestructible. Y si me bajo de ella es para hurguetear con esta misma rama de pino su resistencia. Pero, ¿Es la vida o es el pensamiento? La trampa parece radicar en lo segundo, cito:

Es obvio que mi dilema, mi delirio o mi sospecha, todos estos supuestos que vivo, son exclusivamente personales. Pero, ¿por qué entonces siento que mi angustia proviene en directa proporción de quienes son la causa inmediata de mi aflicción? ¿Y por qué mi encono, mi ira contenida, se enfoca en alguien que surge como un antagonista sin verdaderamente serlo, salvo en mi poderosa fantasía? ¿Más aún, si ni siquiera ese pobre individuo sabe de mi existencia? ¿Cómo puedo entender este odio que crece multiplicado con la escena que a cada instante revivo? ¿Y cómo detengo estos pensamientos destructivos, estos dardos venenosos que dirijo contra ellos? Si como leí en un libro de budismo elemental es cierto que la energía sigue al pensamiento, estos pensamientos desordenados tendrían que tener a ambos como destinatarios.

Para ello, la gran odisea que propone Mihovilovich no radica en los grandes relatos, ni en los grandes acontecimientos, es más, muy pocas veces el autor se detiene en describir el ambiente o en situarnos temporal o espacialmente, la gran lucha de este Ulises, que es la humanidad entera, está en su propia consciencia y el cómo ésta se sostiene en los traumas y deseos inconscientes. He ahí la guerra sin cuartel del cotidiano: en el útero, en la incubadora, en la mirada de la enfermera, en el amor adolescente, en la cama de los padres, en la masturbación, en los celos, en la amistad, la muerte, el ascenso laboral, en la infidelidad, en la envidia, el egoísmo y la ternura. Mihovilovich no necesita una novela en que se recorra toda Europa envuelto en decenas de acontecimientos grotescos, sino que sólo observa y toma el gran recorrido mental de la vida común y lo transforma en un dilema magnífico.

El juicio adolescente de Iván Aldrich sobre la vida se puede graficar en el siguiente párrafo:

-Lino ha muerto, -me dice una voz lejana de un amigo que ya no recuerdo- Era esperable, la cirrosis hepática convivía con él hace años. Cuestión de tiempo. Tú sabes, vivía borracho. El funeral será mañana. -Estoy por agradecer el aviso, pero el eco sostenido de un teléfono que cuelga convierte mi agradecimiento en un entristecido susurro. Es cierto, estimado Lino, siempre guardé para mí la mayor parte de tu secreta afición, quizás porque un día me enseñaste con ese minúsculo grano de arena recortado contra el cielo que toda la existencia no sería otra cosa que una masturbadora ilusión.

Masturbación e ilusión, empotradas en un solo concepto que es la existencia. La creación mental de la realidad desde la creación mental y física placentera de la masturbación. Ese enigma secreto que te conecta con el nacimiento y la muerte, con el placer y el dolor. Con la soledad y el deseo del otro. El blanco y negro de cada sensación y pensamiento.

No obstante, los desvaríos atropellados y oscuros de la juventud, van consolidándose, al avanzar los relatos, en una experiencia y paz que se manifiesta en la forma de escribir. Las imágenes ya no se superponen en sensaciones contradictorias y variadas, sino que van adquiriendo cierto orden y reflexión. Pero que se comprenda bien, los miedos, angustias y deseos, son los mismos en el Iván adulto como en el Iván joven, pero se procesan y viven de otra manera. Como si el personaje hubiera logrado su objetivo de construir sobre roca, su ciudad de piedra indestructible, donde pudiera seguir su danza del delirio del pensamiento, pero ya sin trastabillar o dejando de lado el sufrimiento sin sentido. El mismo personaje, ya avanzados los relatos novelescos, no enfrenta las circunstancias desde la defensiva, sino que es capaz de reflexionar que Lo que no se busca suele ser lo necesario. Es decir, el personaje ha adquirido con los años una actitud más de manos en los bolsillos que de manos en guardia. Comprendiendo que la vida no es una lucha como en el origen, sino que como una película, que se afecta y conmueve, pero que sólo se observa.

Por ejemplo, nuestro personaje, ya convertido en una autoridad de un pueblo, intuyo cercano a Linares, señala:

El alcalde, seguro y centrado en sus pasos, se acerca hasta mí y me abraza con medido afecto. Yo, devuelvo el abrazo, igualmente contenido. El mandatario comunal me da la bienvenida, saluda cortésmente a mi pareja, presenta a su cónyuge e invita a la comitiva a presenciar la misa. Y su invitación no puede ser más precisa: ninguno de nosotros, salvo mi compañera, profesa la fe católica. Yo la dejé como un hábito en desuso en la plaza de una ciudad sureña a mediados de la década pasada. Y mi forzado agnosticismo está a la espera de un milagro que me devuelva la fe en los hombres y en alguna divinidad menos inalcanzable. Me siento observado cuando me piden que nos situemos en la primera fila, el sitio de las autoridades locales. Me incomoda ese distanciamiento formal, pero lo acepto: es mi primera incursión en calidad de tal y no puedo ni debo ser descortés. Ya habrá tiempo de evadir esas ceremonias y estrados ocasionales, donde el pueblo mira hacia arriba y el poder accidental hacia abajo. Por lo pronto, el sacerdote da la enhorabuena en un castellano medio inentendible y se equivoca en la pronunciación de mi apellido, lo que resulta usual. Pero como nadie me conoce, nadie nota la falta, que para el caso da exactamente lo mismo. Al momento de iniciarse la misa todos se persignan, incluido el alcalde y su esposa. Naturalmente, yo no lo hago y siento la mirada de reproche de la autoridad edilicia sobre mi perfil derecho, mientras el sacerdote esparce el agua bendita sobre los asistentes de la primera fila.

La actitud ha cambiado. El personaje, lanzado a la batalla de la vida, se ha tallado en madera como un maestro budista, reconociendo sus complejidades, pero respirando profundo. De discípulo a sensei. De novato a experto. Y de ese modo, hacia el final del libro, nuestro héroe o antihéroe, se lanza al encuentro de otros maestros y aprendizajes, pero sin vender cruces: enfrenta la experiencia también desde el miedo, el deseo y la ilusión, pero acepta su camino ya disfrutando el vuelo de la caída libre. Y el final de la caída es la muerte, cuestión que obsesiona a Iván, alimentando los deseos de matar:

A menudo sueño con la muerte y cuando ocurre mi desestabilización interna es grande. Siento un áspero escozor en la garganta, un nudo que sube por ella y se estaciona en la nuez, impidiendo una respiración tranquila. Mi corazón vibra de manera anormal, salta como un canguro que no puede detenerse. Las manos me sudan frío y en la boca del estómago una pelota compacta de inhumana energía se aposenta doblando mi cuerpo en dos. A eso es a lo único que temo de verdad. A mi furia interna, a ese volcán próximo a la erupción y que puede transformar todo a mi alrededor. Tengo ese deseo inevitable de querer matar. No me basta saber que podría hacerlo: -debo hacerlo. Preciso experimentar el lado oscuro de la existencia: dar muerte a otro, sacar de la faz del planeta a un ser tan mísero o peor que yo mismo. No es una tragedia, más bien una necesidad. Hacerlo implica dejar de sentirme moribundo y revitalizarme con la muerte de un semejante. Es paradójico, pero así percibo la decisión si ella se concreta. Los candidatos son varios. Hay muchísimo dónde elegir.

Y finalmente, ¿Por qué Kubrick? La imagen del feto que se aproxima majestuoso a la tierra en “2001 Odisea del Espacio”, ese instante sideral, infinito y atemporal, en que cada uno de nosotros caemos a este mundo, como gotas de agua en el océano, pareciera ser el motivo velado que se ha querido reflexionar en estas más de 100 páginas. El enigma del por qué y la incertidumbre del para qué, son respuestas que Mihovilovich ha querido desenredar en la madeja de nuestra mente, probablemente asumiendo de partida lo indefectible del fracaso. Pero su esfuerzo, puede ser admirado y agradecido por cada lector.

Ha sido un placer y un honor presentar el libro de este tremendo escritor y mejor amigo y persona.

Muchas gracias.

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Equipo editorial

Diego Muñoz V.
Alejandra Basualto
Lilian Elphick
Miguel de Loyola
Gonzalo Robles

Colaboradores:

Edmundo Moure
Juan Mihovilovich
Ramiro Rivas R.
Gabriel Canihuante
Sonia Cienfuegos

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