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Los campos mudos de la oruga: lenguaje de los exilios

Por Josefina Muñoz Valenzuela

Este poemario del escritor chileno que escribe bajo el pseudónimo de Alejandro Urrutia (1957), fue publicado por Mosquito Editores en 2016. En la solapa leemos que vive en Suecia desde 1987, donde trabaja como profesor universitario; desde su trabajo académico ha publicado artículos sobre poesía española del siglo XVII, siglo de poetas como Góngora, Pedro Espinosa y Calderón de la Barca.

Como sucede durante las lecturas, llegan a la mente asociaciones con otros textos y temas, lo que facilita no solo una mejor comprensión sino su lugar en una red literaria que construye también un mundo paralelo de significados que dan nuevos sentidos a nuestras experiencias reales o imaginadas. En este caso, irrumpe el tema de la comunicación, fundamental siempre en las relaciones personales y sociales, pero con matices muy diversos en el caso de quienes vivieron situaciones históricas y políticas de exilio, debiendo aprender idiomas muy diferentes al propio. También es un tema que asoma en el mundo del fútbol, cuando leemos en la prensa que diversos jugadores -chilenos entre ellos- han sido “conminados” a aprender el idioma del país en que juegan sus equipos.

En la lectura de “Los campos mudos…” recuerdo al inolvidable Salvatore de “El nombre de la rosa”, novela que tiene muchas lecturas diferentes, una de ellas, el paraíso y el infierno de las lenguas en su tarea de comunicar. Salvatore tiene un habla comprensible pero que no pertenece a un solo idioma. El protagonista escribe: “…comprendí que Salvatore hablaba todas las lenguas y ninguna. O sea que se había inventado una lengua propia utilizando jirones de las lenguas con las que había estado en contacto…”.

Y en contextos contemporáneos, donde han aumentado enormemente los viajes por trabajo o placer, junto al exilio y las migraciones forzadas de cientos de miles de personas, el contacto con otras lenguas es cada vez más habitual y hace necesario el manejo de idiomas diferentes al propio. Internet y los traductores de Google que, sin duda, han ido perfeccionándose, surgen como tablas de salvación para lograr mayores grados de comunicación con el nuevo entorno.

Acudiendo a uno de los muchos traductores disponibles, el siguiente texto pertenece a un artículo reciente que informa sobre nuevos impuestos a los pequeños almacenes de barrio en Londres: “With excessive increases in Business Rates threatening an imminent wipe-out of independent shops and small businesses across London”. Su traducción: “Con aumentos excesivos de Tarifas De negocios que amenazan un inminente limpian -de tiendas independientes y pequeños negocios a través de Londres”. ¿Alguna idea vaga nos permite entender algo…? Y ya en la literatura, unas líneas de un soneto de Shakespeare que no presenta grandes dificultades lingüísticas, pero que al ser poesía se distancia aún más de los significados concretos: “Come away, come away, death, and in sad cypress let me be laid”, se transforman en un sorprendente y sin sentido: “Separado, se separan la muerte y en el ciprés triste me deja ser puesto”.

El autor de “Los campos mudos de la oruga” trabaja con un lenguaje siempre vivo, en transformación, incluso cuando sea la lengua materna. En este caso preciso, escribe poesía a partir de las dificultades de comunicación-expresión provocadas por el encuentro abrupto entre la lengua materna y otra(s) desconocida(s), que quizás nunca llegaremos a dominar en su totalidad, pero es un hecho de realidad que no logra enmudecernos, sino que despierta la creatividad lingüística necesaria para comunicarnos de algún modo, acudiendo, como Salvatore, a las oralidades y escrituras que conocemos. También, en el caso de este autor se agrega el conocimiento del lenguaje de la literatura española del siglo de oro, que se caracteriza por su complejísimo orden sintáctico que altera el orden lógico de una manera que dificulta la lectura.

En el poema “Echan en sus” leemos:

“Echan en sus

los ojos de su antes las hojas de sus tés

unas lanas amarradas por los palillos de sus tías abuelas

los nudos ciegos entre los azules y los rojos y los blancos”

 

Se aprecia la distorsión del lenguaje, especialmente en términos de orden y de concordancia, pero aun así es posible recrear poéticamente una imagen cálida y familiar de un hogar donde los quehaceres cotidianos relevan el recuerdo de esos momentos compartidos de la preparación del té, de las cálidas lanas tejidas y enredadas.

 

Y en el poema “las tías las abuelas”, hay un mundo campesino, con caballos y queltehues, pero donde estas mujeres ya no están en un escenario bucólico sino recordando torturas sufridas por sus amados:

 

“y ellas tarareantes de campos muertos del sur

con sus queltehues y otras aves de poca

en los goznes de sus mesas mesones almacenes a la entrada

sus amados estuvieron a las patas de los catres atados eléctricos las tías

las abuelas las tías abuelas esperantes en veloz subida en mañanas”

 

Estamos frente a una “nueva lengua” que se ha construido desde la sumatoria del bagaje lingüístico, pero también desde el desconocimiento y el olvido de las palabras. Se amalgaman la lengua materna, traducciones más o menos precarias, lenguas literarias, modos de decir escuchados o leídos o vagamente recordados… El flujo comunicativo de la escritura se interrumpe a menudo y queda en suspenso, como sucede cuando hablamos en otra lengua y olvidamos cómo se dice una palabra; el sentido queda inconcluso, pero el lector puede ir agregando suposiciones. Aparecen algunas enumeraciones de posibles (o supuestos) sinónimos: “mesas mesones almacenes”. La puntuación es una gran ausente, tal vez porque su uso no solo varía de un idioma a otro, sino que requiere de un conocimiento más profundo de las estructuras gramaticales y así enfatizar con mayor precisión los sentidos.

En la lectura de este poemario ronda la interrogante de si verdaderamente el lenguaje es capaz de traducir nuestros pensamientos de manera fiel, en términos de significantes y significados. Cobra especial relevancia el rol del lector como activo creador de significados e interpretaciones, capaz de entender y descifrar aquellos elementos que parecieran ser interferencias lingüísticas, pero que, sin duda, contribuyen a la creación de algo que leemos como poesía.

Imágenes de trenes, vagones, boletos, andenes y estaciones, maletas, paisajes recordados-vistos desde las ventanillas de un tren en movimiento, los rieles, unas tierras que se van quedando atrás hasta desaparecer, a medida que el tren avanza. Y esas tierras pareciera que ahora no son nada o casi nada: apenas los campos mudos de la oruga. Lugares que plantean la interrogante de si se vuelve o se llega a ellos, porque no hay raíces sino desarraigos sucesivos. ¿Qué lenguaje podría recoger y hacer eternos esos recuerdos deshilvanados a los que no queremos renunciar? ¿Cómo recuperar nuestras raíces tempranas?

Como siempre, solo quedan las palabras, en este caso una mezcla de propios y nuevos lenguajes, que confluyen a nuevos modos de decir y de expresar las emociones en una lengua que ya no es la materna, pero que nos diferencia radicalmente de los campos mudos de la oruga. En esta nueva lengua se han incorporado también fragmentos de un conocido hip hop (she like my style…) en su lengua original, como leemos en “leen (olen) descascaran jalan rasgan”:

 

leen (olen) descascaran jalan rasgan

emanan olvidan rascan rasguñan enlazan enteran

en sus sillitas tren al sur

she like my style / she like my smile

she like the way I talk

(…)

 

Y termina con los siguientes versos:

 

viendo los campos del sur paseantes

sus trapitos sus coligües soplando las cañitas

y ellos reclinados recostados remolinos

cerrando el círculo abierto

de su saliente su sombra su subirse

al que hasta a ti llegue

y puede lo que

 

En el poema “boletos del tren nombres estaciones…” encontramos nuevas enumeraciones de cosas que no se relacionan entre sí naturalmente, pero que sí revelan el acervo lingüístico de este hablante precario que ha debido memorizar (o quiere recordar) los nombres de las cosas en otra lengua: “peldaños lozas lámparas zoquetes hojas lomos de libro punta del lápiz…”; “andén andenes andén enterrado rieles saliente norte entrante sur…”.

 

Emociones, recuerdos, sensaciones, imágenes, van apareciendo como vistas desde las ventanillas de un tren en perpetuo movimiento, donde el tiempo lineal desaparece. Y es así como, página a página, estos “campos mudos” nos van entregando un mundo fragmentado, que va recomponiéndose para nosotros gracias a la magia de diversos lenguajes. Son mundos perdidos y encontrados, donde el tiempo y los lugares precisos no importan, porque las palabras son capaces de dar cuenta de algo que fue parte de una experiencia vital.

Marzo 2017

Alejandro Urrutia (1957, Santiago de Chile). Durante la década de los 80 publicó diversos poemas sueltos en las revistas El organillo, Tranvía, 100piés, Poesía Diaria. Ha publicado los libros Cantos de sireno (2004) y Palabras de a dios (2006). Vive en Suecia desde 1987 donde trabaja como profesor universitario. Ha publicado algunos artículos universitarios relacionados con la poesía española del siglo XVII y con la obra de Pedro Lemebel. 

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Diego Muñoz V.
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Colaboradores:

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