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No se agota en una primera lectura

Por Camilo Marks

Si hay alguien calificado para escribir sobre la década de 1950, ese alguien es, indudablemente, Poli Délano. Además, lo acompaña un especial ingenio para el detalle -o sea, la copucha, la ambientación, los dichos de época-, una prosa segura, aplomada, aguda, de modo que Un ángel de abrigo azul , su última novela, es un gran acierto, uno de sus mejores logros y, por qué no decirlo, todas las anticipaciones favorables se confirman. Hay que agregar también que este volumen es entretenidísimo, que no decae en ningún momento y que, concebido con calma y buena letra, o sea, con gran esfuerzo, se lee como si hubiese sido construido en un continuo soplo de inspiración. Por último, ya en la tercera edad, Délano parece más joven y vital que cuando comenzó su prolífica carrera, hace unos 50 años.

Todos los personajes o, al menos los personajes masculinos, son o fueron personas de carne y hueso, a las cuales Délano conoció íntimamente, o sea, gente real, genuina, veraz, con quienes el novelista se relacionó muy de cerca, en algunas ocasiones íntimamente, por haber sido amigo de ellos o por haberlos tratado en ese semillero de hombres y mujeres de letras que fue el Instituto Pedagógico, donde él mismo estudió y luego fue profesor. La enumeración es larguísima, por lo que nos detendremos en aquellos que quedan de inmediato grabados en la memoria. Rubén Azócar, el gran cronista de Chiloé, una especie de figura tutelar del extenso grupo, que recibe en su casa a la manada de muchachos y muchachas que viven con lo puesto; Francisco Coloane, muy famoso como para extenderse en él; el gran poeta lárico Jorge Teillier; el músico Roberto Falabella, en fin, el mismo Délano, que aquí adopta el seudónimo de Manuel. Asimismo, tenemos apariciones fugaces, lo que en el cine se llama cameos, de figuras tales como Enrique Lafourcade, Nicanor Parra o José Donoso. Cual más, cual menos, vive por y para la literatura y el arte, de modo que Un ángel... es una formidable recreación de un medio en ebullición, un conjunto de seres humanos excepcionales, que definitivamente cambiaron para siempre el modo de entender la narrativa y la poesía chilenas.

Sin embargo, Un ángel... es mucho más que lo antes dicho. La música que todos escuchaban, sobre todo tangos y boleros, lo que comían, las tormentosas relaciones amorosas de unos y otros -que, dicho de paso, hacen pensar que quizá hace medio siglo éramos mucho más liberados que ahora- y, por supuesto, el turbulento panorama político de entonces. Estamos en una época en que el Partido Comunista se hallaba ilegalizado, lo que en absoluto impedía la ferviente militancia de sus miembros, la inflación era galopante, la crisis de gobernabilidad era mucho peor que en el presente y las tendencias ideológicas se debatían entre el marxismo y el populismo, la derecha, el centro, la izquierda. Con pulso seguro, Délano nos transporta a la asonada popular del 2 de abril de 1957, en las postrimerías de la presidencia de Ibáñez, a las grandes manifestaciones populares de esos tiempos -que vieron la irrupción de los primeros ataques policiales con gases lacrimógenos y carros lanzaaguas- y, por lo general, a una ciudad, Santiago, muchísimo más amable que la de la actualidad, nada de provinciana, pero sí apacible, con micros, trolleys, restoranes modestos y sin pretensiones, si bien muy acogedores, en fin, fuentes de soda, teatros de excelencia y cines donde se pasaban muchas películas que hoy son clásicos, con verdaderas estrellas que, a la vez, eran actores y actrices de primera.

Para el lector interesado especialmente en la lírica, la figura central de Un ángel... es Jorge Teillier. Desde luego, Délano lo conoció muy cercanamente, porque, con memoria asombrosa, reconstituye sus primeros pasos, el comienzo de su carrera que se inauguraría con Para ángeles y gorriones , un poemario seminal de nuestra tradición. Con todo, quizá más interesante que lo que Teillier producía resulta su inestable personalidad, su inseguridad, su incapacidad para relacionarse bien con las mujeres -en su caso, la temible y excéntrica Priscilla-, sus mañas y entrañables gustos y muy en particular su carácter fundamentalmente aldeano, o quizá habría que decir local, ya que al ser becado en Nueva York y haber tenido amplias posibilidades de desarrollar una profesión académica, prefirió volver lo antes posible a Chile, ya que el extrañamiento le resultaba insoportable.

En verdad, Un ángel... es muchas cosas al mismo tiempo y, como ocurre con los buenos libros, no se agota en una primera lectura.

En El Mercurio, Artes y Letras, página 10.

Domingo 12 de marzo de 2017

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